Y por fin aparecen, y con ellos comienza a sonar el áurea de victoria en forma de canción. La megafonía atrona, y al mismo tiempo se desata un férreo temporal sobre el Estadio. Una pequeña nube que rodea perfectamente el perímetro de Celtic Park, el viento se multiplica y los chuzos se precipitan con fuerza. La afición mantiene la cabeza alta y las bufandas llegan al techo, y sin dejar de mirar al terreno de juego, vislumbran que allí, a lo largo de la nube, se encuentra la luz del sol.
Por fin el momento se cohesiona, termina de surgir el once inicial, y las estrofas de su himno llegan a la parte donde la música le deja paso a alguien más importante, a la gente. A capella, sin estridencias, suena, ahora sí, el grito de guerra. Nadie es capaz de contemplar a su vez el entorno, se quedarían perplejos, ni siquiera son capaces de comprender que allí, partido tras partido, nace algo grande. Hay eco, pero no procede de la concavidad del campo, son las voces rebotando en las uniformes bufandas.
Abajo, los jugadores no son protagonistas, sin embargo están viviendo un sentimiento de extraña excitación. No es la excitación guerrera, ni la motivación agresiva de rabia espumosa. Es diferente, es un sentimiento de liberación ante la responsabilidad, el momento en que saben que van a vivir una importante situación, y en la que aún así no serán juzgados, sólo apoyados. Por eso van a correr como nunca, pero lo van a hacer levantando la cabeza, porque van a quedar entremezclados en la perfección de los que saben alentar.
Termina el You´ll Never Walk Alone, y por primera vez hay un chillido, que de unísono que es parece ensayado. Va a comenzar el partido. El Celtic ya va ganando.





