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lunes, 29 de abril de 2013

El Diluvio de Deucalión y otros plagios

Últimamente me ha dado por la Historia y mitología griega. No sé si por puro pedanterío o porque supongo que porque ya no hay mitos como los de antes. El caso es que leyendo "Los mitos griegos", de Robert Graves, me he topado con éste que por lo curioso del asunto me ha parecido interesante compartir. Allá va.

El diluvio de Deucalión fue causado por la ira de Zeus contra los impíos hijos de Licaón, antiguo rey de Arcadia, y los habitantes de Licosura, famosos por su maldad, su insolencia y su impiedad. Las noticias de sus crímenes llegaron al Olimpo y el propio Zeus los visitó, disfrazado de viajero pobre, para alojarse en su palacio y conocer su hospitalidad. Ciertos augurios hicieron sospechar a los licaonidas de la divinidad de huesped, así que decidieron ponerlo a prueba.  Tuvieron la desverguenza de ofrecerle sopa de menudos, asesinando antes a su hermano menor Níctimo para mezclar sus vísceras con los menudos de oveja y cabra. Zeus no se dejó engañar, y apartando la mesa de un golpe, los convirtió a todos en lobos, excepto a Níctimo, a quien devolvió la vida.
A su regreso al Olimpo, Zeus, asqueado, soltó un gran diluvio sobre la tierra, con la intención de acabar con toda la raza humana y dar por finalizada la Edad de Bronce del hombre; pero Deucalión, rey de Ptía, advertido por su padre, el titán Prometeo, construyó un arca, la avitualló, y disponiendo en ella de todo lo necesario, subió a bordo junto a su mujer, Pirra. Entonces sopló el Viento del Sur, cayó la lluvia, y los ríos corrieron con estruendo hacia el mar que creció a una velocidad asombrosa y se llevó todas las ciudades de las costas, de las riberas y de los llanos, hasta que por fin el mundo entero quedó sumergido, con excepción de unas cuantas cimas de montañas, y parecía que todas las criaturas mortales hubieran perecido salvo Deucalión y Pirra. El arca estuvo flotando durante unos nueve días, hasta que por fin las aguas se calmaron, y se detuvo en el monte Párnaso.
Al desembarcar, ofrecieron un sacrificio al padre Zeus, y bajaron a rezar al altar de Temis, junto al río Cefiso. Suplicaron humildemente que se renovara la humanidad, y Zeus, que oía sus voces en la distancia, conmovido por su bondad y generosidad envió a Hermes a asegurarles que cualquier petición que hicieran se les otorgaría sin tardanza. Tras esto, para responder a sus plegarias, Temis se les apareció en persona, diciendo:
- ¡Cubrid vuestras cabezas y arrojad hacia atrás los huesos de vuestra madre!
Puesto que Deucalión y Pirra tenían distintas madres, ambas muertas ya, decidieron que la titánide se estaba refiriendo a la Madre Tierra, cuyos huesos eran las rocas que yacían en la orilla del río. Así pues, agachándose con las cabezas cubiertas, recogieron las rocas y las tiraron por encima del hombro. Estas se convirtieron en hombres o en mujeres, según si estas las hubieran recogido Deucalión o Pirra.
Sin embargo, Deucalión y Pirra resultaron no ser los únicos supervivientes del Diluvio, pues Megaro, un hijo de Zeus, se había levantado de su lecho al oír unas grullas que le ordenaban subir a la cima del monte Gerania, lugar que se salvó de las aguas. Del mismo modo, los habitantes de Parnaso se despertaron al oír los aullidos de unos lobos y los siguieron hasta la cumbre de una montaña. A la nueva ciudad le pusieron por nombre Licorea, en recuerdo de los lobos. Así pues, el Diluvio no sirvió de mucho, pues algunos de los parnasianos emigraron con el tiempo a Arcadia, y revivieron las abominaciones de Licaón.
Este Deucalión se convirtió así en padre de Oresteo, rey de los locrios de Ozolia (...). Otro de sus hijos fue Anfictión, que hospedó a Dionisio y fue el primero en mezclar el vino con agua. Pero su hijo mayor y el más famoso fue Hélen, padre de todos los griegos.

viernes, 5 de abril de 2013

Escarches y lo miserable que es uno

Voy a hacer una confesión de esas que relatan las partes más oscuras del alma de uno que reservaba para cuando publicara mis memorias, o mi carrera editorial necesitara de un artículo polémico que me diera popularidad. Al hilo de una escena relatada por Enric González dándole vueltas al tema de los escarches y su relación con el terrorismo nacionalista vascomusulmán he caído yo también en el asunto. Él la nombra de refilón, para ilustrar el tema principal, pero a mí me ha recordado bastantes reflexiones y sombras morales mías previas. La primera vez que la vi fue ficcionada en la ultra-mega-magistral-must serie Hermanos de Sangre (Band of brothers), que narra el frente europeo de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Ya avanzada la temporada, cuando allá por Holanda y tal, el ejército estadounidense va liberando pueblos de la ocupación nazi (¿SPOILER?). Posteriormente la he vuelto a ver en artículos, libros, y mucho más explícitamente, en documentales. Y al final, siempre acabo pensando lo mismo. En el fondo (o más bien superficialmente), me acabo dando bastante asquito a mí mismo. Pero qué se le va a hacer.

No, la cosa no va de judíos. Es el rapado y exhibición pública subidas a un camión de las vecinas que habían estado congraciando y follando con los nazis en la ocupación belga, holandesa y francesa. Éstas, en su mayoría jóvenes y agraciadas, bien por amor o por puro instinto de supervivencia, y como ya he comentado elegantemente, se follaban al enemigo. Voluntariamente, no forzadas. Que eso es otra historia. Al enemigo que en la misma ocupación de su ciudad (no un enemigo abstracto, propagandístico), saqueaba, explotaba, humillaba y asesinaba a sus vecinos y destrozaba sus edificios y sus calles. Cuando los Aliados llegaban y liberaban las ciudades, los supervivientes, resabiaos ellos, les daban el mencionado paseillo. Y ya en la calle los hombres les pegaban, los niños les escupían y las amas de casa les tiraban fruta podrida. Les perseguían, les gritaban, atacaban sus casas, les insultaban, las marcaban. Esta moda se inició en los Países Bajos y fue avanzando con la línea del frente hasta Francia. Y paradojas de la Historia, era una situación análoga a la que realizaban de forma espontánea los vecinos rusos, bielorrusos e ucranianos en sus respectivas liberaciones con sus respectivas concubinas germanófilas. Cosas de la condición humana, me imagino. 

Eso está mal, y es un mal absoluto. Lo veo y lo sé. Reconozco en las imágenes el rencor, el odio, la venganza, la humillación. Todo muy desmedido. Son almas humanas vomitando una bilis negra y ponzoñosa que sólo empeora la injusticia que pretende arreglar. Y sin embargo, no me dan ninguna pena esas zorras. Lo siento en el alma, pero no. Lástima sí, claro. Pero no me sale un yo muy digno de mis adentros que les gritara a la plebe enfurecida no tíos no, no hagáis eso, que también son seres humanos y merecen sus dignidad. Será empatía. Por la plebe, digo, no por las muchachas. Pero no. Y lo escribo ahora, lo releo y me encojo de hombros. Lo único que estoy haciendo es confesarme sin un ápice de propósito de enmienda. Como comentario sociológico, nada más. Así que ahorraos la moralina, porque es que no puedo asegurar, por mucho que yo sepa que está mal, que de vivir yo allí no disfrutaría rapando y escupiendo yo mismo a cualquiera de esas putas. Será que no tengo yo una moralidad a prueba de bombas (quizá ni acaso de petardos), que la propaganda me ha calado hasta los huesos, que tengo una visión muy depurada de lo que es una guerra y la humanidad o que de esta última no tengo ninguna. Y quiero creer, seguramente porque me veo obligado a ello, que de haber ostentado algún tipo de cargo de autoridad en tal situación habría hecho algo por detenerlo. General, comandante, alcalde o algo así. Más por defender unos principios universales en los que se supone que creo que por sincera piedad. Pero como no, como hubiera sido un manolo más, hubiera disfrutado dándole yo mismo el primer guantazo. Igual aquí la pregunta definitiva es si hay odios legítimos, porque que el odio habla es una evidencia. Yo para ciertas preguntas no tengo respuestas. Pero tengo intuiciones, y a falta de algo mejor son las que dejo que me guíen.  Así que hoy vuelvo a ver una nueva versión de dichas imágenes, que al final es una historia más vieja que las piedras, y me quedo igual. Lo dicho. No me dan ninguna pena esas zorras.


sábado, 16 de marzo de 2013

Con la gracia en paro

El escritor que no escribe es o porque no tiene nada que decir, o porque es demasiado flojo como para decirlo. Ese es el Primer Axioma. El Segundo Axioma es que el buen practicante debe ejercitarse con una media de 500 palabras al día, y el Tercer Axioma es que de lo que se come se cría. Partiendo de la base de que en cuanto ejercicio llevo atrasado aproximadamente el equivalente a dos o tres producciones completas de Proust, que mi bloqueo creativo no es sólo expresivo, sino que también presento una incapacidad receptiva equivalente al Ministerio de Finanzas griego, y que hace mucho tiempo que sospecho que en el remoto caso que yo tenga nada que aportar al negro mundo de la opinología esto muy bien podría no importarle un nabo a nadie, debo reconocer que no estoy nada contento con esta situación.

En realidad yo diría que el problema radica en mi ordenador nuevo. Me da a mí que yo le tenía el punto cogido al teclado antiguo y con este no me termino de sentir cómodo. Yo creo que está relacionado con la postura de los brazos o de la espalda, que me queda muy rígido, y claro, así no se puede crear. También es cierto que la llama que lame mi mano más que llama va tirando a agua tibia, y que la patrulla de búsqueda que envié a las últimas esquinas de mi sangre en búsqueda de un duende me reporta no sólo una severa duendopenia sino un estado de degeneración física y lipídica que debería mirarme antes de que la panza que estoy criando me impida la visión de mi mismo pito. Lo mismo es que el fuego interior que uno creía tener se apagó, quizá definitivamente, igual hasta víctima de mi exilio asturiano. Es curioso, porque allí, creativamente encadenado y sujeto a una condena de opositor creí sentirlo varias veces. O puede que fuera fiebre. A ver si tengo suerte y conservo algún ascua o alguna brasa, y a base de avivarlo y prenderlo con magia de la de Cortázar y otros dioses quemo algo de imaginación o alguna experiencia pasada y me sale algún textillo. Mientras tanto protesto, que es lo único que se me ha dado bien en mi puta vida y con eso, de paso, practico un poco.

Plano. Planísimo. Como un rollo de cinta adhesiva al que se le ha perdido el extremo y vas recorriendo deseserado con la yema de los dedos en busca de algún doblez o algún escaloncito para sacarlo de nuevo. Y lo intentas y nada y pasas a rapiñar con la uña otra vez el rollo entero a ver si sacas ese apéndice útil de su fusión. Más o menos así me siento yo ahora mismo. Y nada. Que no me encuentro yo el extremo. O por poner otro ejemplo, como una manga pastelera rellena hasta arriba en la que te lías a apretar y apretar pero resulta que no sale nada porque del desuso se le ha taponado el boquete de chocolate así como reseco. En fin, supongo que lo único que me queda es apretar como un loco, a base de motivación y fé (a ver si las encuentro), hasta que una de dos, descongestione el boquete o me reviente  la manga pastelera en las manos. Claro que nadie me asegura que lo que haya dentro esta vez en lugar de chocolate no sea mierda.

Pues eso, que al menos me quejo. Y con esto me marco una publicación más en el blog, refresco a base de destrozarlas las lecciones más básicas de la gramática y la ortografía y quieras que no, por primera vez en año y pico, cumplo uno de los Tres Axiomas. Torbellino. Lluvia. Caballo. Pollino.


PD: Hola y tal.

lunes, 16 de abril de 2012

Semanticada tautogramática

- Tranquilo, tómate tu tiempo.
- ¿¿¿Tranquilo??? ¡¡¡Tatúate "tautograma" tú, tontolculo!!!
- Tío, tranqui. Toma, ten tu tinta.
- Tssss... Timbécil

jueves, 12 de abril de 2012

Semanticada surrealista: aliteración, onomatopeya, epanadiplosis, hipálage, reduplicación y un calambur

Entero inmerso estaba
buceando en la retórica.
Entero inmerso en la tormenta,
digo bien de las dos,
reduplicando en la semántica,
y en la de rayos y truenos.
Jugando al calambur
recitaba en alta voz
cuando de chispazo blanquiazul
se iluminó la habitación
y la abuela dijo:
¡Hipálage de los repálagos
en este texto oscuro
de la noche confusa!
Olé tus lereles yaya
la que me has liao tú
en estos versos
que me has aliterao
una onomatopeya,
y me has conmutado ésto.
Contestole ella con denuedo:
"Niño, déjate de pijotadas
de pedante revenío,
o te epanadiplosio entero".


PD: Por divertirme, más que nada.
PPD: Con respecto a lo de ayer, y una vez superada la indignación inicial, no voy ni a molestarme en plantear que eso que se dijo de "criminalizar la resistencia pasiva" sea posible. Ha sido una ocurrencia sacada de contexto, error tipográfico o baja calidad de transmisión lo que nos hizo creer que de verdad se había sugerido tal cosa por parte de nadie. Obviamente, eso ni puede ni va a pasar. Y punto.

viernes, 23 de marzo de 2012

Secuestro electoral

Pues sí, resulta que aquí tenemos elecciones en dos días. Y así es como estamos, atados de pies y manos por unas papeletas que nos llevan en cadena por un camino predeterminado y que además, dan bastante asquito. Apestan, vaya. El sentimiento generalizado, o al menos el que yo puedo percibir, es que por estas latitudes no nos hace ninguna ilusión eso de tener que ir a votar el domingo. Es una especie de pa qué muy grande y muy desagradable en que vamos con las cartas marcadas y en el que Andalucía se ve obligada a elegir entre lo malo y lo peor. Cuando Camps ganó las pasadas elecciones Valencianas, muchos de allí dijeron que si los valencianos fueran hobbits, habrían votado a Sauron. Puestos a seguir con ese símil, podríamos decir que los andaluces fuésemos los hobbits ahora, tendríamos que elegir quíen preferimos que nos proteja: si Sauron o una piedra. Desde luego que uno tiene peor pinta que el otro, pero... ¿¿¿qué coño va a hacer una puñetera piedra por nosotros??? Bah, dejadlo. Probablemente si la mejor opción que tenemos para velar por nuestros intereses es un cacho de roca, la mayor parte de la culpa sea nuestra. Y lo que me jode no es que muchos vayan a optar por ella, sino el Club de Fanáticos Adoradores de la Piedra que se monta en torno a ella. Si yo pudiera, optaría por lo adoradores de la sandalia (todo el mundo sabe que aparecieron antes que los adoradores de la calabaza), pero desgraciadamente no se presentan en Andalucía. Tampoco el Frente Judaíco Popular, ni el Frente Popular de Judea. Eso facilitaría en algo las cosas. Pero no, ellos prefieren quedarse con sus cosas y olvidarse de nosotros.

Asumámoslo. Incluso antes de plantearnos el voto. A estas alturas de la película, aquí ya sólo tenemos tres opciones posibles para la noche de la jornada electoral. O gana el PP por mayoría absoluta, o no consigue esa mayoría absoluta y el PSOE pacta con IU, o una última opción posible pero muy poco probable, que UPyD saque escaños suficientes para darle el gobierno a PP en caso de que no llegue a la dichosa mayoría absoluta. Visto así, ¿quién prefiero que gane? Bueno, la respuesta es obvia. Nadie. ¿Quién me da, entonces, más miedo que pueda hacerlo? Uf, sabe Dios. Hay que elegir entre los corruptos que se han llevado nuestro dinero (y mannda cojones que la cosa sea tan repugnante como para que ellos sigan siendo una opción), o los que ya han empezado a podar por el resto del país y se guardan la traca final para cuando las elecciones acaben. Es completamente cierto que 30 años de socialismo son demasiados y es imperativo un cambio, pero precisamente ahora... No sé, lo mismo no sea tan malo aguantarlos cuatro añitos más a cambio de conservar la sanidad pública y gratuita, las becas escolares (Andalucía es la que más ofrece) y la apuesta por las renovables. Y sí, estoy diciendo que quizá no sea tan malo soportar a esos a cambio de conservas esas cosas. A los que han robado el dinero de los despidos, han dado contratos a sus familiares y se gastaban nuestros recursos en kilos de cocaína. Si para alguno es difícil leerlo, imagínense para mí que lo estoy escribiendo.

¿Votaré al PSOE entonces? Ni de coña. Sólo decía que entiendo que visto lo que se nos viene encima, para algunos continúen siendo una opción. Pese a que yo les deseo el mayor de los fracasos. ¿Votaré pues, al PP? Los cojones. Pero vista la alternativa, pues me parece lógico hasta que ganen. Entonces, si lo que temo es perder esas conquistas sociales de las que gozamos aquí... ¿Debo votar a IU? No. Ya he dicho que no voy a votar al PSOE. Y aunque a nivel nacional aprecie con sinceridad lo que está haciendo ese partido, no puedo votar en conciencia a alguien que ha demostrado la falta de independencia más absoluta en nuestra comunidad. Bueno, parece que la mejor opción posible sería un gobierno del PP en minoría con UPyD. ¿Es la mejor opción de voto entonces? Venga hombre, imposible. ¿Cómo voy a votar a un candidato tan jodidamente feo y con esa cara de pollo? ¿Qué pasa? ¿Por qué me miran así? ¿Ellos se pasan todo el año repartiendo argumentos populistas y oportunistas y yo no puedo usar uno ahora?

Total, señores que yo ahora mismo me debato entre tres opciones. O voto a EQUO (siempre fui un enamorado de las causas perdidas), o voto a Ciudadanos en Blanco (el único voto realmente útil, la verdad) o me cojo un papeleta del PP (ya que va a ganar), me limpio el culo con ella después de cagar, y la meto impregnada de mierda en el sobre para demostrar mi más sincera opinión sobre nuestro sistema democrático y las opciones que contamos. Ya lo decidiré sobre la marcha. Según cómo tenga de suelta la barriga el domingo.

                                                                     ¡VOTE PIEDRA! ¡No somos tan malos como los otros!

miércoles, 1 de febrero de 2012

"Cómo empezar una revolución"



"Cómo empezar una revolución" es el título del documental emitido el pasado domingo en Documentos TV, en La 2 de Televisión Española. Dirigido por Ruaridh Arrow en el 2011, el documental realiza un retrato de Gene Sharp, filósofo estadounidense mundialmente reconocido por su desarrollo de las técnicas de lucha política no violenta, a través de su obra más reconocida: "De la dictadura a la democracia"

"Cómo empezar una revolución". Pues sí, como podéis ver, la cosa últimamente va de documentales. Os jodéis. Y éste es tan sensacional o más que el de la semana pasada. Quizá un poco menos "emocionante", pero precisamente por ello mucho menos sensacionalista y más objetivo. También es más asequible y corto: apenas 50 minutos de nada que pueden ayudar a cambiar vuestra visión del mundo actual, sus problemas y las posibles soluciones a este.
Conmigo, desde luego, lo consiguió. Y si lo pongo aquí y os lo recomiendo como un poseso es porque sinceramente creo que, desde luego sin ser una obra maestra de documental, la información y los conocimientos que nos ofrece, lo que divulga (qué coño, precisamente para eso existen los documentales) es de un interés y de un valor incalculable y os ruego, como hice la semana pasada, que hagáis un favor al mundo en general y a vuestra alma en particular y lo veáis.
El documental repasa la vida de Gene Sharp a través de su obra más importante: "De la dictadura a la democracia". Gene Sharp es un filósofo estadounidense, fundador de la Institución Albert Einstein, basada fundamentalmente en el estudio, desarrollo y expansión de la lucha no violenta cómo medio para la revolución política. Tanto ese libro, como las "198 métodos de acción no violenta" son las obras capitales de Sharp y sobre ellas gravita todo el documental. Estos manuales revolucionarios, sus técnicas y su estrategia, fueron puestos en práctica por primera vez y perfeccionados en Serbia, en las revueltas populares que acabaron con el hijo de la grandísima puta de Milosevic.Posteriormente saltaron a Ucrania, Rumanía, y han acabado siendo usados por los líderes de los movimientos de la Primavera Árabe. Delante de nuestras mismas narices hace menos de un año y no teníamos ni idea.
Sólo os deseo que al terminar el documental os invada la misma duda que me invade a mí desde entonces. Cómo coño es posible que esto exista desde hace casi 20 años y yo no haya sabido nunca antes de él.



Como no podía ser menos dados sus principios y su lucha, además de que los libros de Gene Sharp se pueden comprar, también se pueden descargar gratuitamente de su página oficial y el poseedor tiene permiso para distribuirlos. Aquí os dejo un par de links con los dos mencionados en español en PDF, para ver online y descargar:

viernes, 27 de enero de 2012

El viejo murió esa noche

Yacía sobre la cama, postrado y consumido. Su respiración entrecortada parecía más un quejido o un lamento que el fino lazo que le unía a la vida, esquelético y con la mirada perdida. En la habitación oscura, tres mujeres lo miraban morir a la derecha de la cama, muy arregladas, hablando sin cesar en voz baja entre ellas. El doctor hacía ya rato que se marchó, y un joven, quizá un pariente lejano, lo miraba sentado en una vieja silla de mimbre en la esquina del otro lado, reflexionando. Cuestionándose sobre aquella muerte, aquellas causas, aquel doctor y aquellas viejas, en las que por supuesto él también era objeto de chisme secreto y comentario velado. En la habitación no había ventana. No las hubo nunca. Ni más lámpara que aquella que derramaba una lánguida luz anaranjada sobre la cara huesida, aguileña y calva del enfermo. Lámpara, lo llamamos, y no era mucho más que una vela derretida a punto de extinguirse. Como él. 
Su condena era pequeña, pero era eterna. Eterna en su duración, pequeña en su exposición. Pequeña administrativamente, digamos. Apenas una palabra en apenas un papel de apenas pocos centrímetros. Tan pequeño como una cucharilla de postre. Y la condena era aún pequeña en aquél pequeño espacio, pues no ocupaba más de veintiún milímetros en su exposición.
Las tres viejas a la derecha seguían hablando, seguían murmurando, seguían desaprobando. El jóven a la izquierda aeguía sentado, seguía interrogando, seguía cuestionando. El doctor seguía ausente. El viejo seguía mirando, sobre su nariz, un mundo imaginario con los ojos perdidos y desbocados más allá de la oscuridad de la habitación y de cuantos lo rodeaban. El viejo empezó a agitarse, el doctor regresó y le administró un calmante, sus acompañantes se marcharón.Y se quedó solo en aquél cuarto lúgubre en su vieja cama, con los ojos aún abiertos mirando más allá de las paredes negras.
Volvió a ver a los de antes. Y vio a muchos otros. Y vio más cosas. Vio una Justicia sin venda en los ojos y con la toga remangada por encima de los muslos haciendo arrumacos con señores trajeados y poderosos. Vio procesiones y al pueblo de rodillas entregando su dinero con lágrimas de emoción para vírgenes y mantillas. Vio púlpitos incendiados y las puertas de las iglesias abrirse para dejar salir a la gente a la calle con hachas y antorchas. Vio reyes desnudos, infantes desnudos, pajes desnudos y admiradores desnudos congratulándose de lo hermoso y rico de sus ropas. Vio a mujeres y niños gritar ¡guapa!, ¡guapa! Vio como la Justicia, en pleno frenesí, arrojaba lejos la espada y esta calló atravesando a un pobre. Vio a sus vecinos comer de las migas que caían de la boca de sus alcaldes. Vio a Caín susurrándole al oído. Vio a la Justicia llegar al orgasmo dejando caer la báscula al suelo. Y todo el mundo de aquel universo imaginario que veían sus ojos se detuvo en un instante a mirarlo a él, y a gritarle. ¡Vivan las cadenas!
El viejo murió esa noche.
Murió abandonado. Murió de español. 

domingo, 22 de enero de 2012

"LA DOCTRINA DEL SHOCK"



'La doctrina del shock', estrenado en febrero de 2009 en el Berlin International Film Festival, rastrea los orígenes de las teorías radicales de Milton Friedman en la Universidad de Chicago y su puesta en práctica, durante los pasados cuarenta años, en países tan dispares como el Chile de Pinochet, la Rusia de Yeltsin, la Gran Bretaña de Thatcher y, más recientemente, en Afganistán e Irak. Con guión de Michael Winterbottom (que también lo dirige) y de Mat Whitecross, y basado en el libro de Naomi Klein, 'La doctrina del shock' pone al descubierto el lado más oscuro de la ideología de Friedman, tan impopular que sólo pudo imponerse mediante la tortura y la represión. El documental denuncia la influencia de Milton Friedman y los Chicago Boys en la economía mundial en las últimas décadas. Desde Chile hasta Gran Bretaña, esas tesis económicas basadas en suprimir al estado y dejar mano libre al mercado, se han impuesto aprovechando grandes crisis como guerras, devastaciones naturales, golpes de Estado o hasta el 11S 


"La doctrina del shock" es un documental que emitieron el fin de semana pasado en La 2, y animado por las buenas críticas que ha recibido y el revuelo que causó en internet, me he decidido a verlo esta tarde. El documental, basado en el libro homónimo de la autora, narra básicamente la historia del neoliberalismo como corriente económica ideológica desarrollada por Milton Friedman, desde el inicio del siglo XX hasta ahora. O mejor dicho, la "contrahistoria del neoliberalismo" (pues ese es su título completo) y de cómo se fraguó, se desarrolló, se experimentó, y se guerreó , y finalmente, de cómo nos han jodido. Es el mejor documental que he visto en mucho tiempo, y por internet dicen que es, junto con Inside Job, una de las claves principales para entender nuestra situación actual. Sinceramente, a mí me ha parecido mejor que Inside Job. Puede que un pelín más sensacionalista (claro que tiene sus defectos, incluso más que Inside Job), pero también bastante más comprensible para neófitos en el tema económico.Y es, por encima de todo, y aún con todo lo reprochable, PERIODISMO.

He pasado una hora y veinte minutos con el culo pegado al sofá, la boca abierta, la bilis en la lengua y el corazón en un puño mientras desfilaban ante mí algunos de los mejores documentos gráficos históricos del siglo XX. Y es que, no olvidemos, al final la historia del neoliberalismo ha sido la historia del siglo XX y su fracaso: Salvador Allende, Pinochet, la dictadura militar Argentina, la caída de la URSS, Boris Yeltsin, la primera guerra del Golfo, la segunda, Afganistan, Irak, Margaret Thatcher, Ronald Reagan, Bush, Obama y otros desfilan en una narración brillante y de una forma evidentemente (y siniestramente) interconectada.

Cada uno de los fotogramas de ese documental daría para un artículo (ya caerán, cuidado con Boris Yeltsin bombardeando el Parlamento Ruso), pero de momento mi petición es clara. Por favor, os lo ruego: VEDLO. Sé que en esta época de exámenes no es fácil encontrar una hora que gastar frente a You Tube, y si es así, hacedlo por partes (hay versiones fragmentadas también), pero HACEDLO. Si lo preferís, aprovechad que esta noche no dan Salvados para poner el ordenador en la mesa de la salita, repanchigaos en el sofa, y poded el documental. Pero por favor, os lo suplico, no os lo perdáis.


jueves, 12 de enero de 2012

Aviso de bomba

Algunas veces, un grupo terrorista hace una llamada de advertencia después de colocar un artefacto explosivo. "Aviso de bomba", lo llaman. En esos casos, lo normal es que la policía desaloje el lugar, el artefacto explote y no haya víctimas mortales. De eso se deduce que el final último de ese atentado, y el de todos los actos terroristas, no es el mero asesinato. Qué va, eso es sólo el medio del medio. El verdadero fin del medio es el miedo. Ellos quieren conseguir sus objetivos finales a traves del terror, inclulcando ese temor en lo más profundo de la mente y el ánimo de la gente. El terrorismo sueña con llegar tan profundamente al corazón de la sociedad, que ese miedo llegue a condicionar sus acciones y sus decisiones. El terrorismo empapa de miedo y cala hasta los huesos con su pesadilla, infiltrándose en el ánimo general como un cáncer penetra y se expande por el tejido de un organismo sano. Quiere que miremos debajo de los coches, que caminemos deprisa por un lugar amenazado, que desconfiemos de todos, que aceleremos el paso cuando volvemos solos de noche a nuestras casas y que giremos la cabeza al doblar las esquinas. Y que cuando ponen una gran bomba en algún lugar concurrido, avisan y esta explota pero no se lleva por delante a nadie, pensemos "ufff... menos mal. No ha pasado nada, pero podría haber pasado". No ha pasado nada, pero podría haber pasado. Podría. Y si no ha sido así, es casi casi porque ellos mismos no han querido. Porque podría haber pasado. No obstante, al final, haya ocurrido o no lo peor, los terroristas son perseguidos, y si los pillan, castigados. Castigados ejemplarmente incluso cuando no han sesgado ninguna vida, porque no se puede hacer terrorismo. No se puede usar el miedo como método de dominación de la gente. Está prohibido.


Algunas veces, un Gobierno hace un esfuerzo y habla claramente a los ciudadanos. Normalmente esto sólo pasa en determinados países. Un pequeño porcentaje de todos los que hay en el mundo, en realidad, cuando su población ha alcanzado ciertos nivéles mínimos de democracia". Pero bueno, esto no es lo que nos ocupa, así que desarrollemos este minoritario caso. Decíamos que, a veces, un gobierno hace un esfuerzo y habla claramente a sus ciudadanos. La cosa está muy mal, dice. Muy pero que muy mal. De verdad, tenéis que ser conscientes de lo jodidos que estamos. Todos. Vosotros y nosotros. Vamos a tener que hacer grandes sacrificios para salir de esta. En serio, la cosa está malísima. Y si no conseguimos salir de esta, nos espera lo peor. Hay que pasarlo un poco mal ahora para salvarnos, porque esto se hunde. Como no lo arreglemos, hacemos crak. Nos vamos a pique. Adios. Arrivederci. Good bye. Vamos a tomarnos unos días para reflexionar profundamente y ya el viernes os decimos qué tenemos que hacer para salvarnos. Pero de verdad, no sabéis lo tremendamente mal que estamos. De hecho, ni siquiera estamos completamente seguros de que tenga solución.


Durante una semana, el pueblo contiene la respiración y espera lo peor. Los diarios y los políticos van soltando ideas, el apocalispis está más cerca que nunca y la gente se va cagando por las esquinas. Y así llegan al susodicho viernes (este día es intercambiable, ojo, sólo es un ejemplo ficticio), con la población ya anóxica perdida, y anuncian lo que han pensado en el cónclave. Todo ello, son "medidas temporales, aunque no definitivas, consecuencia de la terrible y extraordinaria situación que estamos atravesando" (por mucho que esto sea un ejemplo ficticio lleno de variables, es asombrosa la constancia de ese elemento). Entonces el pueblo respira al fin, aliviado, y piensa "ufff... menos mal. Vale, es una putada, pero la cosa es que está muy mal, así que podría haber sido peor".  Nadie lo duda, podría haber sido peor. Es cierto que aquí siempre pagan los mismos y siempre hay gente que nunca paga, pero ey, podría haber sido mucho peor. Fíjate, macho, que con lo mal que estamos aún conservamos la mayoría de la sanidad y la educación pública, la justicia que nos queda es gratuita, y sólo van a esclavizarnos un poquito. Y que con la que está cayendo, que sólo nos esclavicen un poquito es una suerte. Porque, já, al menos pueden hacerlo. Si no trabajáramos, ni podrían. Luego, haciéndo un mínimo y sutil juego malabar con el lenguaje y la lógica... ¡Es una suerte que puedan esclavizarnos! ¡Y encima sólo un poquito! ¡Qué buenos son nuestros amos! ¡Azótennos con látigos de terciopelo! ¡Golpeennos con los guantes puestos! ¡Córranse en nuestas bocas! ¡Disparennos con balas de fogueo!


Y así, asombrosamente, el pueblo acepta cosas que hace un par de años hubieran incendiado el país mientras los que hicieron el aviso de bomba los esperan en vano mientras sus huesos se van pudriendo en la cárcel y los libros de historia del siglo XX  reposan tranquilos en las estanterías de los estudiantes.



lunes, 24 de octubre de 2011

"Adiós, mafiosos, adiós", Pablo Ordaz

Si algún día de estos, mareados por la lógica alegría, se olvidan de quiénes eran y a qué se dedicaban los tres pulcros encapuchados que salieron ayer en televisión, llámenme y charlemos. Ahora estoy en Roma, pero tengo buena memoria y aquí el café es excelente. Es verdad que no retengo demasiado bien las fechas, pero sí las caras y los olores. Las caras de Alberto y de Asen, por ejemplo. Regresaban de madrugada a su casa de Sevilla cuando un terrorista los mató a los dos, dejando a tres niños solos para siempre. También recuerdo el rostro de Joseba, que en el sótano de la Casa del Pueblo de Andoain me enseñó -qué valiente era aquel tipo- una llave gigantesca hecha con corcho blanco y papel de plata que pensaba entregarles a los que, con la nocturnidad de los cobardes, le habían quemado el coche y colocado una llave de verdad en su buzón para advertirle de que en cuanto quisieran se lo cepillaban. Lo hicieron, malditos sean, unos días después. También recuerdo la angustia que me embargó aquella mañana en Rentería durante el pleno de condena por la muerte de José Luis Caso. Un hombre sentado junto a mí movía la pierna con nerviosismo. Su rodilla golpeaba la mía. Le pregunté qué le pasaba, me dijo que José Luis era su amigo, que fue él quien lo convenció para que se metiera en política, pero que ahora lo habían matado y que él tenía que ocupar su puesto de concejal del PP. Le di un abrazo y le deseé suerte. Dos o tres semanas más tarde fui a su entierro. A Manuel lo asesinaron cuando regresaba de comprar el pan. Nadie vio nada. Nunca nadie veía nada. En aquellos tiempos no tan lejanos, solo la mafia lo veía todo.

Gracias a esa gente que vivió con sus ideas a cara descubierta, aunque le fuera la vida en ello, estamos celebrando ahora la derrota

Así que fíjense, aquí en Roma, tomando café en el San Eustaquio -tal vez el mejor café del mundo- y recordando a los hombres y a las mujeres valientes. Gracias a ellos, no se líen, estamos celebrando ahora la derrota de la mafia. A esa gente que vivió con sus ideas a cara descubierta, aunque le fuera la vida en ello. Nada que ver con los de las capuchas o los que, desde las ventanas cerradas del miedo o la complicidad, siguieron viviendo cómodamente mientras a otros se les caían las llaves para mirar disimuladamente si les habían puesto una bomba en los bajos del coche. Pero dejémoslo, no es día de rencores sino de alegrías. Hoy es un día mucho tiempo soñado, así que ya no les cuento que Silvia tenía seis años cuando la asesinaron o que se me saltaron las lágrimas cuando, camino de Ermua, me enteré de lo de Miguel Ángel. ¿Se acuerdan de aquella imagen del padre llegando a su casa con la ropa de trabajo manchada, agarrotado por un presentimiento, sin saber todavía que a su hijo, al que había conseguido dar una carrera después de una vida de desarraigo y estrecheces, lo habían secuestrado para matarlo? En fin...

Dejemos el café y pidamos una grapa o un chacolí de Getaria o una manzanilla de Sanlúcar o, casi mejor, un tequila de mi adorado México y brindemos por la derrota de la mafia. Ah, pero antes les dije que tenía buena memoria para los olores. Y de aquellos años que me tocó escribir de los verdugos y las víctimas recuerdo un olor en especial. El olor a quemado de las Casas del Pueblo. Déjenme que les cuente. Durante aquellos años oscuros en que ETA puso en marcha lo que vino en llamar con ese lenguaje suyo tan ruin "la socialización del sufrimiento", en muchos pueblos del País Vasco solo quedó una lucecita encendida, un voluntarioso y heroico faro en medio del temporal. El de las Casas del Pueblo. Al atardecer de sus vidas, jubilados de los Altos Hornos o de La Naval, algunos con apellidos interminablemente vascos y otros con el sur del que emigraron acariciándole el acento, se juntaban en la Casa del Pueblo para retarse al dominó o a las cartas. Vistos desde fuera -desde los cristales blindados de la mil veces quemada Casa del Pueblo de Hernani- parecían jubilados corrientes, café corriente, coñac corriente, achaques corrientes, batallitas corrientes. No era así. Se lo digo yo que los observé durante tardes enteras. Hacían como que tomaban café, pero a lo que se dedicaban verdaderamente era a la política. Resistencia civil frente a la mafia. Lo habían hecho en sus años mozos frente a Franco y lo hacían ahora frente a los nuevos dictadores del terror. Los jubilados jugando a las cartas entre los restos de una Casa del Pueblo que acababan de quemar fue durante mucho tiempo la estampa más conmovedora y más democrática. La única que rompía el paisaje ultranacionalista que la mafia quería imponer.

Así que disculpen la plática y, ahora sí, brindemos ya por ellos a la sombra del Panteón. Ellos son hoy los protagonistas. Esta paz fue construida día a día, durante años, por un jardinero de Zarautz que iba al trabajo con escolta, que no podía bajar la basura y que los fines de semana se tenía que ir de Euskadi para poder pasear a solas con su hijo. No, nunca, jamás, por un pistolero con su ridícula capucha. Brindemos lo que haga falta, pero sin olvidar ese pequeño detalle.

...................................................................................................................Pablo Ordaz 

jueves, 20 de octubre de 2011

Amarillento ámbar

- Deberías empezar a leer según tu estado de ánimo. Es lo que yo hago. Disfrutas mucho más.
- ¿Por ejemplo?
- Mira, es fácil. Si sientes odio y asco en tu interior, lee a Bukowski. Si te encunetras especialmente discurrente y con el intelecto afilado, lee a Borges. Si te sientes aventurero, lee a Pérez- Reverte. Si estás completamente feliz, a  Cortázar. Si estás más bien cascarrabias y enfadado con el mundo, puedes leer también a Pérez- Reverte, pero sólo sus artículos.
- Entiendo.
- Es así. Si estás nostálgico, puedes leer a Vargas Llosa. Pero sólo si estás dispuesto a leer una gran novela. Y no me refiero a una novela buena, que también, sino a una novela larga.
- Vale.
- También hay días en los que estás muy activo, como con mucho movimiento interior. Esos días puedes leer a Bolaño. Si te tumbas en un butacón y rumias sobre la humanidad, entonces lee a Hemingway. Pero si te sientas en un butacón y rumias sobre España, entonces lee a Buero Vallejo. O a Sender. Y si estás triste, a Delibes.
- ¿Y cuando debería leer a Paul Auster?
- No sé, nunca he leído nada de Paul Auster.
- Ah.
- No tengo nada en contra suyo. Simplemente no he leído nada de él.
- Es bueno. Quiero decir, dicen que es bueno. Realmente bueno.
- Puede ser.
- ¿Y tú qué estás leyendo ahora?
- Bukowski.
- ¿Por qué?
- No sé. Siento odio, me imagino. Y asco. Y una especie de esperanza desesperanzada. Ya sé que suena imbécil, pero eso así. Es como si dijera ey, venga tío, todo esto puede arreglarse. De verdad, PUEDE arreglarse. Pero en el fondo sabes que nada va a cambiar.
- ¿Por qué?
- Porque no.
- Eso no es una respuesta.
- Mira, a ver. ¿Has entrado alguna vez en una casa en la que vive alguien, pero del que nadie tiene noticias desde hace días? Y entonces consigues entrar, y cuando abres la puerta todo lo que ves es una cocina desordenada y sucia, un salón mugriento, y un cadáver tirado en el suelo de la cocina sobre un gran charco de vómito. Y ese hombre era un borracho, tú lo sabes porque bebías con él, o simplemente lo sabes, y lo ves muerto ahí tirado con un par de moscas revoloteando sobre su cuerpo.
- No. Gracias a Dios.
- En realidad yo tampoco. Pero me siento así.
- ¿Tú eres el muerto?
- No. Una de las moscas.
- Vaya...
- Sí, así es.
- ¿Sabes lo que creo? Creo que tú eres Bukowski.
- No, yo no soy Bukowski. Ya quisiera yo. O no.
- No, me refiero en sentido figurado. Quiero decir, que cuando te sientes así, necesitas coger un libro de Bukowski para leerlo, porque así tú lo fabricas también y eres como si fueras él haciéndote a tí mismo, ¿me entiendes? Tú eres Bukowski porque creas a Bukowski, entonces te conviertes en él. ¿Me explico?
- No. No entiendo una mierda. Pero yo no soy Bukowski, eso te lo aseguro.
- Ya, puede ser. Realmente estoy un poco disperso ahora mismo. ¿Qué podría leer?
- Podrías coger un libro de Fernando Arrabal.
- Ya.
- Pic-nic, por ejemplo.
- Pero, ¿sabes? De todos modos creo que no es como dices. Creo que cuando leer a Bukowski te sientes como esa mosca, eres esa mosca, pero cuando lees a Borges estás todo el tiempo pensando y reflexionando y te vuelves más inteligente, y cuando lees a Cortázar entonces eres feliz.
- Yo creo que no.
- Pues yo creo que sí. Y creo que si todos leyeramos a Cortázar, todo el mundo sería más feliz.
- ¿Y vas a hacerlo tú?
- ¿Qué?
- Leer a Cortázar para ser más feliz.
- No.
- ¿Por qué?
- Porque yo no me merezco a Cortázar.
- Momento para leer a Bukowski entonces.
- Puede ser.
- Salud.
- Salud.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Otra cerveza

¿Por qué no iba a terminarme esta cerveza? Tengo los ojos llenos de alcohol y ya casi no veo. Me pesa en la lengua y balbuceo. Ya apenas no me arde la garganta al tragarme cualquier cosa y lo noto entrar poco a poco en mi cuerpo en cuanto cae en el estómago. Te deja las venas frágiles como cañas secas, y puedes sentirlo introducirse poco a poco en tu sangre, pudriéndola cada vez un poco más, envenenándote los músculos, los órganos y el cerebro. Y el alma, si es que existe. Ah, el alma. Esa si te la envenena bien. Si es que existe. Sabes que todo puede romperse en cualquier momento, y desangrarte por dentro. Te intoxica a cada trago, y aunque unas cuantas horas después la borrachera se ha ido y ya no queda ni rastro en tu ánimo, en el fondo hay algo que queda. Que sabes que se ha quedado y no se va a ir nunca, y a cada vaso se hace más grande y se va acumulando como la mierda dentro de un radiador o las piedras en una cantera. Te va haciendo cada noche miles de agujeritos por todo el cuerpo por los que se te escapa el agua y la vida, hasta que te levantas necesitando desayunar un vaso enorme de agua helada. Lo notas invadirte poco a poco, por dentro, espeso entre el aire que respira y la sangre fétida que bombea tu corazón amoratanado, denso y caliente como las mismísimas babas del diablo. Y es así, borracho, cuando ya tienes los ojos chiguatos y ves menos que una rata, cuando en realidad lo ves todo claro. Porque borracho sabes que tu mejor amigo te la está jugando y puede estar tirándose a tu novia, que tu contable te engaña, que el cura con el que te confesabas de pequeño podía ser un pedófilo y se tocaba al otro lado del confesionario cuando le contabas que habías visto a tu vecina desnuda y tu padre estaba deseando que te fueras a confesar o a la cama para poder follarse a tu madre. Sólo cuando estás ebrio alcanzas plena consciencia de lo que es Dios, porque el borracho sabe perfectamente que Dios lo ha abandonado y no se engaña. Ciego te da igual dormir entre cucarachas. Da igual lo que hayas hecho antes porque no sientes culpa. Y si la sientes, sigues bebiendo hasta que desaparezca. Y si aún la sientes, bebes y bebes más hasta que se te infle el cerebro, hasta que no sepas quién eres, qué haces allí, cuál es tu ley, y entonces tiras la botella contra el suelo y sigues bebiendo. Y sigues bebiendo y dando botellazos a las aceras hasta que lo vomites todo, vomites la cena, la cerveza, el agua que desayunaste, el estómago, la bilis y el agua. Y cuando te despiertas y recuperas la consciencia, sabes perfectamente que ni por ti ni por nadie iba a volver Virgilio a guiarnos por el infierno. Así que dime. Exactamente, ¿por qué no iba a tomarme otra cerveza?

jueves, 25 de agosto de 2011

Carta de un exiliado

Seamos honestos y comencemos por una obviedad: como exilio es una puta mierda. Huir a Italia por escapar de España es hacer bueno el ancestral dicho de salir de la sartén para caer en las brasas. Al menos, en la Italia en la que yo me encuentro, pues trazando una línea imaginaria que pase justo por debajo de Florencia, y tirando parriba, comienza otro país totalmente distinto, bastante más digno, pero que, cosas de la vida, resulta que se llama igual.

Nos vamos acercando, sin embargo, a tiempos en los que cualquier destino es bueno para huir de nuestro país. Pero insisto, seamos honestos, poco tiene que envidiar en materia de calamidad la bota al toro. Para empezar tiene a un Belrusconi que nadie quiere y al que nadie ha votado en su vida, pero eso da para otra carta. Por lo demás, la miseria, la mierda, la prostitución social y cultural y la absoluta indiferencia por todo son tremendamente superiores aquí. Aunque es cierto que la cosa no está tan malita, que se les ve felices y que los dineros no están aún tan mal. Podríamos decir que Italia es una gran mierda a flote, mientras que la nuestra, aunque ligeramente más pequeña, hace ya tiempo que se hundió.

Total, que me exilio aquí pensando que va a ser Inglaterra y me encuentro con que ni mijita. Y aún así, tan mejor que España. Y van pasando los días, y ni siquiera este ambiente de estar paseando por un Titanic llamado Atenas justo antes de irse a pique me hacen ver la silueta de mi país en las nubes ni contar las gaviotas del destierro. Sólo he claudicado en una cosa: me prometí a mí mismo no interesarme por nada de una España que hace ya tiempo que empezó a ignorarme a mí y a tantos otros. Pero no pude hacerlo.

Tanto en italiano como en español podría definirse nuestra situación actual y todo lo que me he perdido: un presidente inútil que se da cuenta de su desnudez y se bate en retirada, un nuevo candidato prometiendo el oro y el moro que ha negado y retirado mientras estaba en el gobierno, otro imbécil desnudo limpiando el trono y haciendo llamar al sastre para que vaya confeccionando el traje de gala de tela invisible, y tal y cual. El fluir ancestral de nuestra España. Sin embargo, incluso estas lenguas presentan sus limitaciones. Por ejemplo, en todo vocabulario romance no disponemos de ninguna palabra que pueda expresar con la certeza y verosimilitud lo que expresa la voz nipona "bukake". Que es, precisamente, lo que se está cocinando ahora mismo en nuestro parlamento: un grupo de unos 250 diputados dándose placer ellos solos a base de palabras bonitas y manotazos prepuciales a puntito de descargar el santo producto de sus cojones sobre una pobre dama humillada, pasiva y desvalida.

Puede haber cierta controversia sobre quién es la dama de la metáfora: solamente la Constitución o quizá todos nosotros bajo el nombre de España. Pero al final el resultado es el mismo. Si la reacción, indignación y el movimiento social no lo impide, es lo que vamos a tener. Doscientos cincuenta diputados, políticos de profesión, corriéndose de sinvergonzonería pura sobre nuestras cabezas. A tragar todos semen caínita por orden de Alemania. Y van los 250 mandaos orgullosos y fanfarrones, tocándose la polla como unos machotes. Y nosotros a abrir la boca. Así, sin referéndum ni nada.



domingo, 26 de junio de 2011

Ismail Kohout

Ismail Kohout no era homosexual. De hecho, como gustar, le gustaban las mujeres como al que más. Simplemente no había tenido demasiado tiempo para ellas. O no había querido tenerlo. Así que si acaso, lo que era es un poco asexual, pero nada más. Y trabajado, claro. Desde que era un niño. Desde que aprendió a sumar y restar, nunca mejor dicho.
Se graduó el primero de su promoción en el prestigioso Instituto Lennin de Praga. Cursó la carrera de matemáticas con una media de Matrícula de Honor. Se licenció Cum Laude, Premio Extraordinario Fin de Carrera, con un Doctorado en Aplicaciones Socialistas de las Funciones Gaussianas, un Máster en Irreales y otro en Cálculos Logarítmicos. Las autoridades checoslovacas le concedieron un permiso especial para continuar sus estudios en las más prestigiosas universidades Inglesas y Americanas, y más tarde, fue un destacado trabajador del Gobierno. Participó en programas espaciales de la Unión Soviética, en el ejército, en el Ministerio de Salud y Consumo, y recibió la Medalla de Oro al Mérito del Trabajo en 1985.
La Revolución de Terciopelo le pilló trabajando, encerrado en su despacho de la quinta planta de un modesto y obrero edificio situado en el Nove Mesto, bastante cerca del Moldava. La transición al capitalismo le pilló trabajando en una infinidad de ecuaciones diferenciales que trataba de aunar por aquél entonces. Entonces el Gobierno le encargó varios estudios estadísticos a fin de diseñar racionalmente la aplicación económica en diversos campos. Las primeras elecciones libres le pillaron trabajando. No votó. Estaba diseñando el programa de implantación económica escalonada en medios rurales, que el mismo aplicaría con éxito a petición de la primera Camara electa del nuevo estado Checo. Más tarde, le sería concedida una nueva Medalla de Oro al Mérito y la Investigación. Aún jubilado hace tiempo, seguía investigando, escribiendo libros y siendo requerido asiduamente por universidades, el Instituto Espacial Checo, y la Agencia Espacial Europea.
Esa tarde, a eso de las seis, algún ruido proveniente de la calle le distrajo de su trabajo. Aprovechó esa breve desconexión mental para levantarse y descansar un rato. A través de sus cortinas podía entreverse un cielo azul y soleado, en un hermoso atardecer de principios de otoño. Abrió sus cristales, y apoyado sobre el alféizar pudo ver el origen del barullo. Un grupo de jóvenes jugaba al fútbol allá abajo, en la carretera. Podía verlos agitar los brazos corriendo, llamándose la atención unos a otros, alertando de la presencia del contrincante. En un momento, vio una madeja de estos chavales (eran seis en total) enredarse en un mar de piernas. Uno se escapó de ese núcleo y se fue corriendo al otro extremo, mientras otro conseguía revolverse hacia atrás y dar un zapatazo en su dirección. Entonces el primer chico preparó el pecho para una recepción, detuvo el juego, y comenzó a correr hacia el que hacía de portero, mientras era perseguido por dos adversarios.
En ese instante, Ismail Kohout se restregó incrédulamente los ojos. No una, ni dos, ni tres, ni cuatro veces. Ni siquiera cinco. Seis veces. Seis enérgicas y agónicas veces intento apartar Ismail Kohout de su mente o sus ojos cualquier rastro de suciedad, cansancio u obnubilación. Sin éxito.
¿Dónde coño estaba el balón? El chico que corría (era un melenudo delgado, atlético, con una recortada barba negra sobre un rostro muy pálido) dio una nueva patada al aire, el portero se tiró al suelo (¡se tiró al suelo!), y el melenudo gritó y levantó los brazos y corrió hacia sus compañeros para celebrarlo. Lo celebraron los tres juntos saltando y abrazándose, mientras los jugadores del equipo contrario recriminaban al portero no haber hecho más por detenerlo.
Pero es que allí no había ningún balón.
En seguida se reanudó el juego. Los chavales corrían, se gritaban, se cubrían, se desmarcaban. Peleaban entre sí con los pies sin llegar a rozarse y daban ordenados zapatazos a uno y otro lado.
Pero allí no había ningún balón.
Y de cuando en cuando, más gritos, más celebraciones, más euforia. Todo perfectamente ordenado.
Pero allí no había ningún balón.
Por más que se esforzaba en encontrarlo, en descubrirlo, en calcularlo.
Allí ni había ningún balón.
Harto de semejante despropósito, bajó hasta el portal de su casa dispuesto a ver con qué estaban jugando esos chicos. Por qué no podía verlo.
Los jóvenes no notaron su presencia, no notaron cuando paseo disimuladamente a su lado, ni cuando cruzó la calle con excusa de ir a una tienda. Estaban demasiado entretenidos a lo suyo.
Pero allí no había ningún balón.
Al llegar a la tienda, la dependienta, una vieja regordeta, miraba divertida la escena y les sonreía.
Sin asomo de duda, no había, bajo ningún concepto, tipo alguno de balón ahí.

Así las cosas, Ismail Kohout hizo la única cosa que se le ocurría que podía hacer ese momento. Subió a su casa, cerró la ventana mientras lanzaba una última mirada de soslayo a los jóvenes y se sentó a reflexionar en su mesa un par de minutos. Ante sus trabajos, sus papeles, sus libros y sus números. Después, lógicamente, cogió una gruesa cuerda, hizo un nudo, y se ahorcó en su cuarto de baño.


jueves, 16 de junio de 2011

Vienen nubes negras

Me niego a seguir viendo los telediarios de Antena 3. Me parece una putísima vergüenza el viraje tan descarado que vienen haciendo desde hace unos meses hacia la bragueta del señor Rajoy. Una cosa es que busque la pluralidad escuchando la otra versión de las noticias, y otra muy distinta que aguante esa sensación que tengo cada día desde hace ya muchas semanas, de que poco a poco nos están metiendo un carajo bien gordo desde esa cadena, con dos enormes pes tatuadas en el glande. Algunos dirán que sigo escuchando La Brújula, Las Mañanas de Carlos Herrera, o leyendo las columnas del El País. Exactamente, porque cuando busco opiniones, las quiero escuchar desde todos los bandos. Pero cuando lo que quiero son noticias, exijo que al menos aparenten ser neutrales. Usar un espacio como el telediario para ir dilatando el ojete de los espectadores con nocturnidad y alevosía me parece, como mínimo vomitivo.

Evidentemente, algo ha cambiado cuando hacen cosas que meses atrás no. Supongo que ya ven irremediablemente cerca el advenimiento de su líder, y un medio que no siempre le ha respetado a nivel personal buscará congraciarse y dejar bien claro qué testículo cuelga más. Desgraciadamente, ahí veo yo el origen de todos nuestros males, en unas elecciones que ya sean en octubre, noviembre, marzo o cuando el demonio quiera mandarnos nuestro propio apocalipsis, ya están ganadas. Una etapa más de nuestro asqueroso “Turnismo (im)pactado”, que supone un avance con respecto al sistema de Cánovas y Sagasta. Si estos dos al menos se ponían de acuerdo en cuándo le tocaba a cada uno, el sistema de ahora consiste simplemente en sentarse a esperar que el otro se estrelle solo y sin ayuda de nadie, para levantarse entonces a recoger los restos y ocupar el sillón de presidencia. Nuestro “Turnismo esperado”. ¿Cuándo hay que soportar en la oposición? ¿Cuatro años como Zapatero? ¿Ocho como Aznar? ¿Diez como Rajoy? No pasa nada. Ancha es Castilla y cómodo el trono.

Qué quieren que les diga, ya que el PSOE nos ha sumido en un inmenso pozo de mierda en el que cada vez nos hunde más, así que lógico pensar que lo suyo es dar una oportunidad a los otros para ver si con sus métodos nos sacan. Pues lo peor que puede pasarnos es quedarnos igual, y eso lo tenemos ya asegurado con los que están, y al menos tienen la incógnita de la eficacia. Esa mentalidad, no exenta de su razón, es la que va a llevar al PP a Moncloa. Sin embargo, a poco que me paro a pensar, se me cae el alma al suelo. En tío que invariablemente va a gobernarnos dentro de unos meses no deja de ser el mismo que lleva tres años callado, siendo su principal baza estratégica no abrir una bocaza que pueda hacer a la gente pensar y restarle votos. Es el mismo tío que hace ruedas de prensa con guiones y sin aceptar preguntas (ayer mismo, la última). Es un orador pésimo, un comunicador asqueroso (“mmme ha pasado algo verdaderamente notorio…. Ehh…”), y un político denostado por la mayoría de los españoles (a su nota media en las encuestas me remito). Y sin embargo, va a ganar, porque parece la opción menos mala. Y es triste en un país con oradores políticos tan notables como Albert Rivera, Rosa Díez, Antonio Basagoiti, Julio Anguita, Duran i Lleida y Joaquín Almunia, vaya a ser presidente del gobierno semejante patata.

La única esperanza que tengo es que no consiga una mayoría absoluta que le dé total impunidad, y pueda verse un poco controlado por algunos partidos de los que dependa. Pues yo soy de la opinión de que en España no manda el que duerme en la Moncloa, sino el que le quita el sueño al que duerme en la Moncloa. Y sobre todo, me da fuerza creer que esta puede ser la última vez que vayamos a las urnas con una ley electoral avocada al bipartidismo, gracias al reciente despertar de nuestra sociedad y las exigencias que puedan plantearle esos otros grupos de los que dependa. Así, confieso que veo irremediable que Marianico llegue al gobierno, aunque no con mi voto (lógicamente, si el PSOE sobrevive y puede hacer algún tipo de oposición, tampoco contará con el mismo). Sin embargo, vuelvo a hacer la misma llamada que hacía al principio. Acuérdense de la última vez que abrió la boca el pollo que nos va a gobernar. ¿Les viene algo a la mente? Quizá sacando curas a la calle junto a señoras con sus collares de perlas contra los derechos de los homosexuales. Quizá los mismos curas contra el aborto, quizá los mismos curas contra cualquier otra cosa, portando y haciendo suyas una bandera que es de todos. ¿Van haciendo memoria de lo que dijo la última vez que habló? Quizá todas esas cosas. Quizá junto a todas aquellas que vinieron después. O quizá ninguna, porque quizá no fue más que una triste pesadilla.

martes, 24 de mayo de 2011

LLAMAMIENTO A LA PLAZA (crítica constructiva a la acampadacadiz)

Cuando miles de españoles salieron a la calle aquél glorioso domingo quince de mayo en el que despertamos, lo hicieron sin chaquetas, sin bandos, sin fusiles de uno u otro partido. Salimos a la calle indignados, gritando un sonoro y rotundo NO a aquellos a los que votamos hace tres años para dejar que les gobiernen otros. Teníamos muy claro lo que pedíamos: pedíamos Democracia Real. Estamos cansados de una democracia que es representativa en lugar de participativa, y que encima de todo, ni siquiera nos representa. Salimos a la calle con consignas claras: si votamos a políticos no queremos que nos gobiernen mercados, no entendemos porque en una estado “democrático” todos los votos no valen lo mismo, los políticos tienen privilegios que niegan a sus electores y los tres poderes no están separados. Salimos a la calle rojos de ira, porque entre los dos partidos que tratan de bipolarizar patológicamente nuestro Parlamento, acumulaban en sus listas más de 200 imputados por corrupción. No éramos ni de izquierdas ni de derechas. O mejor dicho, sí lo éramos, pero allí estábamos todos juntos pidiendo lo mismo. Fue la magia de aquél quince de mayo, que yo pudiera estar manifestándome justo por detrás de los miembros de Izquierda Anticapitalista, junto a amigos comunistas y capitalistas, a la vez que familias democristianas o conservadoras. No había color en Cádiz aquél domingo, sólo gritos de indignación pidiendo lo mismo: cambiemos las reglas del juego. Jóvenes, adultos, hombres, mujeres, trabajadores, empleados, estudiantes y parados no queríamos destruir el sistema. Queríamos cambiarlo, hacerlo más justo. Tal vez, para que la próxima vez que quisiéramos jugar a la Democracia, pudiera servir para algo.

España siguió así una semana, desde que el primer grupo de valientes conquistara la plaza de Sol y la hiciera bastión de nuestras protestas. Desde aquél lunes, miles y miles de ciudadanos, espoleados unos por los otros, gracias a aquella chispa recogida por las acampadas y prendida en viva llama, continuamos exigiendo lo mismo. Queríamos Democracia Real. Más plazas conquistadas surgieron como setas en todo el país, y más tarde, en Europa. En ellas la gente protestaba, tomaba el megáfono en las asambleas, decoraba los espacios con sus carteles, sus situaciones, sus frases. El pueblo salió a la calle y vertió todo su arte en ellas. Y el pueblo hablaba. Charlaban los unos con los otros, mientras los políticos hacían oídos sordos y a nosotros ya ni nos importaba. Como el prófugo de la caverna de Platón redescubrió sus ojos, nosotros nos encontramos con nuestras voces, y el gozo que nos producía escucharnos era estímulo suficiente. Las acampadas eran limpias, cívicas, educadas. Ejemplares en su mayoría. Comisiones cuidaban de los niños mientras los padres debatían, organizaban limpieza, recibían comida y mantenían el orden. El ejemplo, trabajo y estímulo realizado por tantos ha sido, sin duda, impagable. Gracias a todos, acampados o no, que han alimentado y mantenida viva la llama olímpica que ha incendiado España. Con un solo grito, ASÍ NO. Con un solo objetivo, CAMBIEMOS LAS REGLAS DEL JUEGO.

Sin embargo, como un corredor de maratón sin un recorrido marcado, el movimiento ha seguido corriendo sin saber exactamente donde va. Y lo que es peor, olvidándose de dónde tomamos la salida. Fue el domingo quince de mayo en el que, gracias a un movimiento sin ideologías, sin interés individuales, sin partidismos, se tiró la primera piedra. Pero ahora se habla de más cosas en las acampadas. Y hablar de ecologismo, feminismo, fuentes de energía, y posicionarse de una u otra forma ante tal ley mercantil es tomar partido por algo, desde una trinchera determinada. Es hablar de ideologías, de posturas. Todo lo contrario de lo que gritamos el día quince. Eso está pasando en muchas partes, en Cádiz también, y todos lo estamos viendo. Preocupado por lo mismo ayer fui a la asamblea de las ocho, y pedí el turno de palabra, y tomé el micrófono. Sí, era yo aquél chiquillo, por si algunos de los asistentes lee esto y lo recuerda. Avisé de que no éramos ni los primeros ni los últimos en levantarnos. Porque las revoluciones empiezan y acaban, y no siempre consiguiendo aquello para lo que nacieron. Para ver revoluciones, sólo hay que abrir un libro de Historia. Y esa en la que tanto nos inspiramos, el Mayo francés del 68, acabó muriendo de vieja, apagada poco a poco, sin ver cumplido muchas de sus reivindicaciones. Al menos se despertaron, dirán algunos. Y es cierto. Y aquí, pase lo que pase, al menos nos hemos despertado, dirán otros, y eso de por sí ya es un tremendo triunfo. Eso es aún más cierto. Pero estamos rozando con la punta de los dedos un éxito aún mayor, y es ver traducido todo el movimiento que empezamos hace una semana en cambios concretos. En cambios en las reglas del juego. Lo único que tenemos que hacer, todos los que deseamos algo así, es sentarnos en nuestras plazas, y gritar con una voz única: señores políticos, esto es lo que queremos: cambiar la ley electoral, eliminación de vuestros privilegios, mayor control del sistema financiero y separar los poderes legislativo y judicial. Eso, o lo que sea. El consenso de mínimos al que se llegue. Pero que sea aquello que podamos gritar entre TODOS con una sola voz, unidos codo con codo tantos tan diversos, y aún más, como en aquella manifestación. Esa fue mi propuesta a la asamblea, y me senté.

No demasiados pensaron como yo. Casi todos los que hablaron después opinaron, incluidos algunos de los organizadores de la acampada que tomaron la palabra, cosas como “cambiar la ley electoral ya no es una de las prioridades”, o ”Yo antes que quedarme en un detalle como la ley electoral prefiero intentar cambiar el mundo en el que vivo, que es una puta mierda”. Y continuaron hablando de feminismo, ecologismo, debatir tal ley mercantil, qué posición tomamos ante tal problema de tal barrio. Desgraciadamente, en eso es en lo que se han convertido acampadacadiz, y muchas otras. Ojo, que me parece que querer cambiar el mundo, y luchar por ello, el algo tremendamente lícito. Y hermoso. Y cada cual que lo haga desde la postura que en su conciencia crea conveniente. Pero ni yo ni los que salimos a la calle el día quince fuimos convocados por la plataforma Democracia Real Ya para cambiar el mundo. Gritamos indignados para pedir Democracia Real. Gritamos indignados para cambiar las reglas del juego. Y para que después, en igualdad y justicia de condiciones, y según lo que su conciencia le dictase, jugase su partida.

domingo, 15 de mayo de 2011

Mi último café con Bin Laden (Café Talibán I)

El café de ese domingo tuvo una compañía inesperada: miles de estadounidenses echados a la noche de las calles portando banderas, sonrisas, gritos y felicidad. Los luminosos de la Gran Manzana dejaban correr la noticia por sus pantallas: “Osama Bin Laden was killed by USA Army”. Cada vez que estas palabras parpadeaban, arreciaba la alegría. Me puse a estudiar una hora más tarde de lo previsto, pero supongo que mereció la pena. Fue un café recalentado un par de veces, pero un café histórico al fin y al cabo. También fue un café extraño. Esa fue mi primera reacción, una vez hube asimilado la muerte del líder de Al Qaeda y lo que eso pueda significar: había cientos de miles de ciudadanos celebrando la muerte de un hombre. En aquél momento ni lo censuraba ni lo dejaba de censurar. Simplemente, no sabía qué pensar de aquello. Sólo eso: extraño. A muchísimos de los que hemos recibido una educación basada en la moral occidental (y por tanto, cristiana), algo nos incomodaba en la conciencia al ver aquello. Como una astilla recién incrustada en un dedo. Celebrar la muerte de un hombre, y con aquellas muestras tan exageradas de alegría. ¿Pena? No creo que nadie sintiera pena por semejante perro. Simplemente, supongo que todos compartimos la misma duda: ¿está bien eso? Se supone que no hay que alegrarse de la muerte de ningún ser humano, dice el precepto. Desgraciadamente, temo que esa frase sea más útil como lema que como norma. Lo pensé fríamente (supongo que por solidaridad con mi café). Con la honestidad por delante: si hubiera estado vivo cuando murió Franco, habría salido a celebrarlo. Si hubiera estado vivo cuando murió Hitler… madre mía, creo que eso debió ser el éxtasis. Lo mismo con Mao y Stalin. Me alegré el día que Pinochet la espichó. Y me alegraré cuando Castro, los coreanos, Teodoro Obiang, Gadafi y alguno más pase al otro barrio. Supongo que hay que ser americano para sentir esa alegría. No hay que olvidar que a ellos les sesgaron más de tres mil vidas en un atentado que acertó en el mismo centro de Nueva York, además de los intentos del Pentágono y el que se estrelló en Pensilvania. Y aquellos más de tres mil, con derrumbe de las torres incluidos, no eran militares, soldados ni políticos. Era gente, normal y corriente, que iba a trabajar la última mañana de su vida. A ellos les dolió, y su país empezó una guerra por eso. Contra ese hombre. Y ahora estaba muerto. Ni lo censuro ni lo dejo de censurar. Simplemente, lo comprendo.

Otras dudas daban vueltas en mi café. Objetivo eliminado de un tiro en la cabeza. Dicen, claro. En lo que a mí respecta, puede estar vivo y preso, vivo y libre, o muerto y en EEUU. Ayer mismo yo cacé un unicornio, e incluso le hice fotos. Pero no pienso enseñároslas, y además, me deshice del cadáver tirándolo al mar. Por otro lado, la gran cuestión de aquello no es qué pasó con el cuerpo. Es si fue lícito. En mi opinión personal, lo fue. Los atentados del 11-S conllevaron a una declaración de guerra en toda norma a Afganistán y Al Qaeda. Una vez depuesto el gobierno talibán, e instaurado uno “democrático”, queda la otra parte de la guerra, cuyo grueso se libra en el mismo país, y nuestra Ministra de Defensa y el presidente del Gobierno llaman, muy amablemente, “Misión de Paz”. Se ve que más que balas lanzan pétalos de rosas, y en el manual básico de conversación pashtí de los soldados la frase más socorrida es: ojos negros tienes, moreno. El mundo ha cambiado, ergo la guerra ha cambiado. El enemigo son los Talibanes, cuyo objetivo es matar, destruir y conquistar occidente (así consta). Ya no se lucha contra un estado. Ni siquiera contra una nación. Es un grupo terrorista, o varios, ubicado en países distintos que no sólo no los apoyan, sino que los combaten. Por cierto, Bush firmó un acuerdo con Pakistán que autorizaba a este a actuar militarmente de manera unilateral en caso de conocer el paradero de Bin Laden, dato no lo suficientemente aireado. En fin, Llamémosle guerra supranacional, anacional, o como queramos. Pero llamémosle guerra. Y en ese contexto, considero lícito matar al contrario. Es legítimo eliminar al enemigo, y considero la muerte del pollo aturbantado un acto de guerra. ¿Capturarlo y juzgarlo? Habría estado bien. Pero entiendo que no fuera la prioridad: ni por permitir que se escapara, ni por poner vidas de soldados en riesgo, ni por las consecuencias que podría traer. No creo que un juicio fuera prioritario. Si se puede, se hace. Si no, pum. Lo fundamental era detenerlo (en un sentido físico, no legal). No hace falta un juicio para que alguien sea culpable, el juicio es necesario para la condena judicial. Pero la culpabilidad es intrínseca a los actos, y es determinable por una investigación. Y en una guerra, en el campo de batalla, no es la condena judicial el modo de actuación. Esta tiene sus propias normas, las cuales hacen cumplir soldados y armas, no jueces y policías. ¿La guerra es el fracaso de la civilización? Lo es. ¿La defiendo? No. Simplemente, asumo sus consecuencias. Lo comprendo.


lunes, 9 de mayo de 2011

Hasta Mafalda pudo

Algún publicista ingenioso ha reinventado una palabra que define a la perfección mi estado del último mes: infoxicado. Condenado a ir a la zaga de la noticia, y no a la par, como se empeñan los directores de periódico que exigen a sus becarios sesudos análisis de la actualidad instantáneos, el análisis y la comprensión necesitan de un tiempo que los eventos de los últimos treinta días no nos han dado. Una guerra enquistada, un presidente yemení que se va, un nuevo amanecer palestino con un ansiado pacto entre Fatah y Hamas, un presidente yemení que dice que ahora no, que fue un error, un contador del paro aproximándose peligrosamente a los cinco millones, un dictador sirio asesinando en las calles a más gente que el pollo aquél del Gadafi del que nadie se acuerda, un presidente del Gobierno diciendo que ya la cosa está tan mal que sólo puede estar tocando techo, mientras el líder (¿líder?) de la oposición calla cual mujer de mala vida, y sus secuaces se encargan de ir desencajando las placas de pladur, una Batasuna que es ETA que no se presenta a las elecciones, un voto mío más indeciso que un cura en un Imaginarium, un yemení que dice que no sabe, una Europa en la que tanto creí y que tanto se muere, un sirio que sigue asesiando, unos libios que siguen muriendo, unos batasunos que ya no son ETA que resulta que al final sí, una Edad Media que nos reinvade a pasos agigantados con sus reliquias de santos y sus bodas de postín y principesco y sus peleas por qué Dios es más verdadero, su...

"Hoy la vida parece demasiado hermosa como para estropearla con la realidad", dice Mafalda en una de sus viñetas, justo antes de apagar la radio y disfrutar de una naciente primavera. Una lección más del maestro Quino. Y si ella puede, que es de ficción, yo también. Así que, a lo que es a mí, este último mes apagué el wifi y me he dedicado al hockey, viajar y al arte. Con el más profundo convencimiento de que, si algún día me preguntaran, votaría sin pensarlo por la opción de que el mundo explote y la raza humana se vaya al mismísimo carajo. Y si podemos, mejor nos matamos entre nosotros. Dejamos así un planeta hermoso, con sus glaciares, sus mares, sus animalitos y sus plantas todas ellas. Sin el maldito cáncer que somos nosotros.

Sin embargo, no he podido evitarlo. Habrán notado los aviesos lectores un importante acontecimiento ausente en la lista de arriba. Efectivamente, parece que despues de una guerra empezada hace diez años por un chimpacé infraevolucionado, al presidente negro se le ha ocurrido dejar de tirar bombas a las montañas e ir a preguntar si cierto talibán está en su casa. Pim pam pum, tirito en el pecho (dicen que fue en la frente). ¿Y saben en qué se diferencian ahora Bin Laden de Bob Esponja? Pues absolutamente en nada. El líder de Al Quaeda eliminado ("suprimido", creo que es en argot militar), excursión militar a Pakistán sin aviso previo, y gente que sale a la calle a celebrarlo cual final de la Super Bowl, pero sin pecho de la Jackson incluído.

Juro por todo lo jurable que me había mentalizado mucho esta noche. Que tenía en mente un artículo serio sobre lo del tío del turbante. Y que no son pocas las reflexiones que me angustian sobre lo que he visto la última semana. Ayer tuve una genial conversación con un grandísimo amigo que me ayudó bastante a aclarar mis ideas sobre ese antes, durante y después de lo que ha sido la muerte más celebrada desde Hitler. Es el momento de hablar sobre eso, me he dicho esta mañana, ahora que tengo las ideas más o menos claras y he reposado suficiente la información.

Pero qué quieren que les diga... Hacía un día de putísima madre, la primavera está en plena efervescencia, la Calle Real estaba pidiendo a gritos que alguien pasara una bici por encima, encima Alonso ha hecho podio, y este año la feria del libro de Cádiz está dedicada al maestro Borges ("siempre soñé que el paraiso debía ser alguna especie de biblioteca", con las casamatas del Baluarte de la Calendaria plagadas de libros mirando al mar). En serio, háganme caso: si Mafalda pudo, nosotros podemos. Si tienen alguna duda, yo se la aclaro ahora mismo: no. No tenemos remedio. Y no se lo planteen más: muy probablemente, voten a quien voten dentro de dos semanas, al final los mismos de siempre les van a robar lo mismo. Así que apaguemos la radio. A veces la vida parece demasiado hermosa como para estropearla con la realidad.




sábado, 2 de abril de 2011

Gorazde

Me asusté cuando vi a los perros. Me da un poco de vergüenza reconocerlo, pero me asusté. Estábamos en el “otro” lado del río. Hacia el que cruzaron los serbios. No el que tenían directamente bajo la montaña. Precisamente por eso, por estar más alejado, era el que atacaban con morteros, obuses y armas más pesadas. Las lascas y huellas que se veían en esos edificios eran bastante más grandes y floridas que las de la otra orilla.
Curro y yo estábamos en un cruce a la altura del segundo puente. Lo veíamos, de hecho. No había casi nadie en las calles, y entonces aparecieron. Eran varios, y venían de sitios distintos. Supongo que esa mezcla soledad en un cruce tan amplio, los canes deambulando y la visión directa de las montañas fue lo que me despertó el subconsciente. Perros hambrientos devorando cadáveres (los francotiradores no disparaban a los perros), techos hundidos por las bombas, huellas de explosiones rodeando las ventanas, paredes agujereadas. Además, como en cualquier sitio de los Balcanes, no es difícil imaginarse la escena. A poco que observes, los restos están ahí.

Tampoco podía olvidar dónde estábamos. Gorazde. Probablemente, ahí empezó todo para mí. Claro que hubo otras lecturas antes, otros vídeos… pero no creo que hubiera ido a Yugoslavia, o al menos tan rápido, si no fuera por ese cómic. Joe Sacco nos había llevado directamente hasta allí, la cuna de nuestra obsesión. Habíamos estado conduciendo todo el día, desde que salimos de Mostar y Blagaj, y no habíamos hecho más que una breve parada en Foca (sorry, Foca?). La llegada fue casi como esperábamos, como son las llegadas a las ciudades en Bosnia: un cartel de bienvenidos a Gorazde con el escudo local junto a una hermosa casa de dos pisos y jardín al borde de la carretera junto a una casa que un día fue igual y ahora sólo conservaba la estructura y los impactos. Y ese color gris del cemento que tienen en Bosnia todas las casas masacradas en su momento que nunca han sido reconstruidas. Ese color es eterno en Bosnia. Y esa estampa, viejos esqueletos decrépitos plantados como árboles tristes sembrados junto a las carreteras. Dejamos el coche en la cuneta y paseamos por allí. Había un par de familias merendado en el jardín de la casa bonita. Nos gritaron algo cuando estábamos contemplando la otra ruina. Fue un hombre, creo. Pero no nos estaba riñendo. Era cordial, casi alegre. Simplemente estaban tratando de ponerse en contacto con nosotros. Lo intentamos, pero no hablaban inglés. Así que nos fuimos. Quién sabe lo que nos querían decir. Quizá sólo algún comentario banal, invitarnos a merendar, tomar algo, qué hacéis aquí chavales. O contarnos la historia de aquella casa, o decirnos era la nuestra, o la de unos amigos, pero todo salió bien al final. Sabe Dios. Incluso oye, ¿venís aquí a pasear sobre las ruinas de nuestros hogares? ¿Por qué no os vais mejor a la mierda?

Después fuimos al centro y aparcamos donde pudimos. Casi sin prestar atención dónde, lo único que queríamos era ir a los puentes, y buscar la avenida, el hospital, los sitios que conocíamos antes de haber llegado allí. Estábamos en ese primer lado del río, el de la montaña, el que había que cruzar. Y lo cruzamos. Paseamos por el primer puente, con sus farolas de bola, hace quince años todas rotas, y sus muescas de tiros en la carretera y los bordillos. Las vistas del Drina eran preciosas, y las de la ciudad también, y sobresalía a lo lejos la nueva mezquita de colores vivos, y la rivera ofrecía un amplio paisaje fangoso y reposado, donde muchos pescadores esperaban que la caña vibrara. Y cuando cruzamos y llegamos al otro lado, descubrimos que aún conservaban el “paso”.
Ese paso esa una estrecha pasarela de madera que discurría justo por debajo del puente, y que los bosnios construyeron para poder cruzar al otro lado del Drina esquivando los francotiradores. Estaba allí, tal cual. No estoy seguro de que se pudiera acceder, pero lo hicimos, y nos subimos, y cruzamos medio Drina sobre esas tablas salvavidas y lo vimos pasar caudaloso bajo nuestros pies. Después seguimos paseando por esa “otra parte” de la ciudad, y fuimos al hospital, pero ya no quedaban grandes huellas allí, excepto una nueva parte muy moderna construida en el lugar que los serbios hicieron arder desde dentro a base de obuses sin avisar. Lo que, al fin y al cabo, no deja de ser una huella. Porque los restos de una guerra no son sólo los vacíos que dejan, sino también aquello con lo que tratar de llenar esos vacíos.

Del resto de cosas que Sacco dibujó en sus láminas, ya no había ni rastro. Cruzamos el puente de regreso y me detuve a comprar un paquete de cigarrillos Drina en un puestecito. No fumo, era de recuerdo. Una parte de mí aún se avergüenza de haberlo hecho cada vez que lo miro en la repisa que hay sobre mi cama. Me hace pensar ese turista de guerra, ese japonés de foto de conflicto que siempre me juré que no iba a ser cuando fuera “allí”. Pero no lo hice por eso. No es un recuerdo de cuán osado fui haciéndome la foto. Es un fetiche. Con esas cajetillas de tabaco Drina, fabricado cerca de allí, en un territorio que permaneció bajo dominio bosnio durante todo el conflicto, era con lo que pagaban a los resistentes del asedio. Soldados, médicos, maestros… No podían dar dinero. Era una puta guerra, el dinero no valía nada. Sólo para cambiarlo a precios desorbitados en el mercado negro. Lo que funcionaba entonces era el trueque, y lo que todo el mundo quería era fumar, para olvidar en cada calada lo que les estaba pasando. Esas cajetillas eran sus salarios, cuando llegaban. Y yo tengo un poco, sólo para recordarlos.

Volviendo hacia el coche nos dimos cuenta de dónde habíamos aparcado. Estábamos tan ansiosos por cruzar los puentes que no habíamos reparado en ello. O tal vez, es que para hacerlo necesitábamos ver la montaña, esa montaña, de frente.
Los supervivientes del asedio de Gorazde cuentan que todo empezó una noche: la noche en la que la mayoría de sus vecinos serbios desaparecieron de la ciudad. Gorazde es una ciudad muy pequeña, y todos se habían llevado bien hasta que empezó la guerra: serbios, bosnios, musulmanes, ateos, ortodoxos, católicos. ¿Cómo no iban a hacerlo? Eran vecinos. Compraban en las mismas tiendas, bebían en los mismos bares, sus hijos salían en las mismas pandillas del mismo colegio, conducían por las mismas carreteras y tenían los mismos problemas con sus granjas. Pero esa noche, los serbios desaparecieron. Pensaron que quizá, lo habían hecho por miedo a las represalias del ejército de Karadzik (los serbios que convivían con bosnios eran considerados traidores), tal vez huyeron a un lugar más seguro, o más serbio. No sabían la verdad: estaban ocultos en las montañas. Esa montaña. Organizándose. Y al día siguiente, comenzó el asedio.
Salieron de los árboles, bajaron de la colina y tomaron esa orilla. O lo intentaron, porque tardaron varios días. A sangre y fuego, mucha sangre y mucho fuego, expulsaron a los bosnios de esa orilla y tomaron posiciones poco a poco, conquistándola por sectores, y permaneciendo en grueso en el monte. Todo aquel lado de la ciudad se infestó de francotiradores.
Íbamos andando de frente hacia aquella montaña, y Curro me recordó una frase de uno de los supervivientes: “Era absurdo que hubiera tiradores en aquella montaña. No necesitaban ni las pistolas, desde donde ellos estaban podían atacarnos lanzándonos piedras”. Era verdad. La ladera acababa abruptamente en la ciudad, y aquellos árboles, aquellos riscos de piedra, estaban jodidamente cerca. Literalmente, a un tiro de piedra. Y desde las ventanas de aquellas casas los bosnios podían escuchar aquellas canciones y gritos de borracho que salían desde lo oculto, tras la maleza, cada vez que los serbios bajaban por la noche a la ciudad a matar a sus hijos y violar a sus mujeres, cuando ya la ONU había declarado Gorazde “zona protegida”.