Se define como antítesis a la oposición de dos ideas. Quede como ejemplo el que se da en las puertas de La Casa Blanca: altos mandatarios del gobierno a un lado de la verja y surtidos protestatarios de toda clase de ralea al otro. Ese lugar concreto del orbe es curioso por la forma natural con la que se compaginan el trasiego de corbatas y los gritos de pacifistas despojados, madres de soldados, personas en paro y ociosos varios que disfrutan del espectáculo. Nuestro protagonista era uno de esos encorbatados que andan a un ritmo ridículamente rápido por las aceras. Todo pulcritud, todo eficiencia y eficacia, todo intachable. Uñas limpias, zapatos lustrados, folios importantes en un maletín caro y horas de trabajo por delante. Lo que se dice un triunfador del capitalismo, una de esas personas que han jugado a esta infernal máquina de la fiereza liberal y ha ganado la partida. Aquella mañana nuestro hombre se chocó con su antítesis. A partir de ahora denominaremos a su antítesis como Ella. Por dar algunos datos de Ella, cabe destacar que era un alma libre, artista de corazón, entrópica como la misma muerte y explosiva como un grano de pimienta. Estaba llorando, buenísima, soltera y desnuda. Al parecer, Ella había conocido a un hombre muy interesante la noche anterior. Compartían muchas opiniones, habían conectado muy bien. En resumidas cuentas, ambos creían en el amor y el sexo libre, por lo que decidieron romper las barreras del puritanismo americano yendo a follar sin tapujos (que es como se debe hacer, dicho sea de paso) enfrente del corazón de EEUU. Lo malo fue que aquel hombre encantador se fue de su lado en cuanto terminaron de follar la tercera o cuarta vez, el muy caradura. Chocaron el encorbatado y su antítesis, decía hace un par de párrafos, o más bien Ella se abalanzó sobre él y entre sollozos le explicó por encima las razones por las que deberían estar follando. Él no estaba muy convencido, pero ella insistía una y otra vez con tanta vehemencia que pronto se empezó a formar un corrillo entorno a aquel señor tan grave e importante y la señorita desequilibrada y desnuda. Dos agentes se estaban acercando al tumulto con el fin de disolver la muchedumbre. Viéndolos ella le dijo en voz baja "Corre, desnúdate, no sea que se crean esos policías que no estamos follando". Esa impertinencia era más de lo que podía tolerar. Tuvo que huir de allí. Ella tuvo que perseguirlo, claro. Por eso había un señor tan bien vestido correteando a una señorita desnuda en las puertas de La Casa Blanca.
P.D: Básicamente éste es el tono de mi nuevo proyecto.
"Cuando no se me ocurre una frase pienso en lo inmundo de vuestras existencias y me inspiro"
Ahora que han pasado unos días desde la concesión del Nobel a Mario Vargas Llosa ya podemos decir lo obvio: el premio tiene la importancia que tiene, pero nada más. Nada más, claro está, para la obra de Vargas Llosa, a la que ni quita ni añade una coma, no quizá para sus lectores ni para la Academia Sueca, que a juicio de muchos lo necesitaba con urgencia: al fin y al cabo, desde el punto de vista estrictamente literario este premio solo es, como ha dicho Rodrigo Fresán, un retorno a la cordura. Así que, aunque el Nobel no cambie en nada lo esencial, al menos hay que celebrar ese retorno; un retorno que, además, ha provocado interesantes efectos secundarios. Por ejemplo, la alegría indisimulable de los lectores corrientes de Vargas Llosa, muchos de los cuales parecían recién salidos del armario tras un largo encierro: de hecho, a ratos daba la impresión de que a todos les hubieran dado el premio, y de que para ellos sí era importante. No es algo tan frecuente, desde luego; no es algo que yo notara por ejemplo cuando se le conceció el Nobel a Cela, cosa que puede deberse solo a que los méritos literarios de Cela no son equiparables a los de Vargas Llosa, y no necesariamente a que esos lectores sintieran que Cela era un hombre opuesto a Vargas Llosa en casi todo, pero sobre todo en esto: aunque casi siempre pareció nadar contra corriente, Cela siempre o casi siempre nadó a favor de la corriente. Ese es otro de los efectos secundarios que ha tenido el premio: ha mostrado de nuevo que, aunque a algunos les parezca que nada a favor de la corriente, Vargas Llosa siempre o casi siempre ha nadado contra corriente.
Uno de los comentarios que más hemos leído estos días en los periódicos a propósito del nuevo Nobel ha sido el siguiente: "Admiro sus obras, pero no siempre comparto sus ideas". Dicha así, la frase es extraña, o a mí me lo parece: si ni siquiera comparto siempre mis propias ideas, ¿cómo voy a compartir siempre las de otra persona? Pero en el fondo todos sabemos que la salvedad alude a algo distinto: al hecho de que Vargas Llosa es considerado, en tanto que intelectual -es decir, en tanto que escritor que interviene con sus escritos en la cosa pública-, como un conservador, como un hombre de derechas, si no como un reaccionario o como un autoritario. La prueba es que los matices a su premio siempre los ha puesto la izquierda, mientras que la derecha lo ha recibido como un premio a uno de los suyos; mejor prueba aún es el hecho de que esa reputación es la causa más probable de que la Academia Sueca solo le haya dado este año un premio que merecía desde hace 30. Pues bien, lo que habría que decir de entrada sobre este asunto es que, seao no un intelectual de derechas, Vargas Llosa es un intelectual singular. Primero porque siempre ha servido a las causas que defiende y nunca se ha servido de ellas. Segundo porque siempre está dispuesto a contrastar sus ideas con la realidad y, si la realidad lo exige, a rectificarlas. Tercero porque en su evolución política desde las simpatías revolucionarias de su juventud hasta el liberalismo actual hay una coherencia profunda, como comprobará quien se dé el gusto de leer los volúmenes sucesivos de Contra viento y marea, donde entre otras cosas hallará una descripción razonada de esa trayectoria y, por ahí, un instrumento indispensable para entender la vida intelectual de los últimos años. Y cuarto -esto es un corolario de lo anterior, y quizá también lo más importante- por una cuestión digamos de estilo. Como pensador, como polemista, Vargas Llosa es un liberal de verdad: nunca confunde, según diría Alejandro Rossi, un error intelectual con un error moral; es decir, nunca ataca a las personas sino a las ideas de las personas -nunca considera que un hombre equivocado es un hombre inmoral-; y, cuando ataca las ideas, nunca lo hace caricaturizándolas, es decir debilitándolas, lo que en un pensador es síntoma de intolerancia y de impotencia, cuando no de vileza, sino exponiéndolas con la máxima fuerza, rigor y nitidez para luego lanzarse a refutarlas en buena lid y en campo abierto. Esto no es de derechas ni de izquierdas, ni reaccionario ni progresista: esto es algo que está mucho antes que todo eso y se llama honestidad y coraje.
Pero hay más. El mejor artículo sobre Vargas Llosa que he leído tras la concesión del Nobel apareció en este periódico y lo firmó Juan Gabriel Vásquez, que no en vano es un heredero legítimo de Vargas Llosa (háganse un favor y compruébenlo leyendo su novela Los informantes). El artículo se titula El malentendido Vargas Llosa y, como corre el riesgo de haber quedado enterrado entre la hojarasca que hemos publicado otros, me permitiré recordar su contenido. Vásquez sostiene que solo quien no ha leído a Vargas Llosa o lo ha leído con anteojeras puede afirmar que es un intelectual de derechas o conservador, no digamos reaccionario o autoritario, porque la verdad es que "pocos como Vargas Llosa han defendido las ideas que la mejor izquierda ha reclamado tradicionalmente para sí". No solo lo ha hecho en sus novelas, furiosos alegatos contra el fanatismo, contra el autoritarismo, contra el militarismo, sobre todo contra los abusos del poder; también lo ha hecho en sus ensayos y artículos, donde ha defendido la libertad individual, el derecho al aborto, la igualdad para los homosexuales, la legalización de la droga y donde ha atacado el nacionalismo de cualquier especie (y no solo, paisanos catalanes, el nacionalismo catalán). Por supuesto, no todas las ideas de Vargas Llosa -y en particular su liberalismo económico, por cierto menos radical y desde luego mucho menos ingenuo y más elaborado de como lo pintan sus detractores- parecen inmediatamente útiles o aceptables para la izquierda; pero lo que me parece seguro es que es imposible que la izquierda salga del atasco ideológico y la consiguiente parálisis práctica en que lleva mucho tiempo metida si no es capaz de discutir con seriedad ideas como las de Vargas Llosa, si no deja de demonizarlas sin esforzarse en entenderlas, si no olvida sus nostalgias autoritarias y su complacencia con tiranías y nacionalismos, si no acepta sin resignación que no hay justicia sin libertad y no entiende con entusiasmo que la democracia debe conseguir que libertad y justicia, esas dos verdades contradictorias -por usar la expresión de Isaiah Berlin que aprendimos en Vargas Llosa-, acaben conviviendo con armonía. Regalarle Vargas Llosa a la derecha es un pésimo negocio para la izquierda, igual que fue un pésimo negocio regalarles Orwell y Camus, que nunca quisieron saber nada de la derecha. De ahí, me parece, vienen muchos de los males del pensamiento de la izquierda: de su sectarismo, de su rigidez, de su miedo a salirse del camino trillado, de su miedo a afrontar la realidad como es para cambiarla, de su miedo a la izquierda autoritaria, obsoleta, fracasada y cerril que parece la mala conciencia de la mejor izquierda. En cuanto a mí, solo diré que si la izquierda no es capaz de atender a las razones de Vargas Llosa y hacer suyo lo que tiene de izquierdista -igual que si no es capaz de hacer suyo lo que tienen de izquierdistas Orwell y Camus-, que empiece a pensar en borrarme de la lista.
Cuando me lo comunicaron, nada más bajar del avión que obligó a volver del gran sueño que estaba viviendo en Bristol, fue lo primero que pensé. Es cierto que no cupe en mí de gozo y que inmediatamente le mandé un mensaje al móvil al exiliado Curro para celebrarlo. Pero lo pensé. Alguien se había equivocado en Estocolmo. Porque gracias a Dios le habían otorgado un galardón con un nombre tan impresionante como “Premio Nóbel de Literatura” a un autor que de verdad se lo merecía, en justicia y por derecho propio, a cientos de kilómetros por encima del resto. Al fin han caído, después de muchos años, en que ese reconocimiento hay que dárselo a los maestros de la literatura universal, antes de que caigan muertos y sus cenizas se hallen indispuestas para recogerlo.
Alfred Nóbel dejó escrito en su testamento: “el premio debe entregarse cada año a quien haya producido en el campo de la literatura la obra más destacada, en la dirección ideal”. No dijo a los que más hubiesen escrito, ni a los que podrían merecerlo en el futuro, a los que tuvieron una vida difícil y aún así escribieron, ni a lo políticamente correcto. No. Dijo “la obra más destacada, en la dirección ideal”. Y al fin la Academia Sueca ha vuelto a las formas de la dorada época en la que se premiaba escritores como Cela, Saramago o Grass.
Sin embargo, es Mario Vargas Llosa quien en realidad premiará a la Academia el día que acuda a recoger su medalla. Y lo hará justificando un título, y la mera existencia, de quienes dejaron morir sin amparar bajo su dorada sombra a escritores como Borges, Cortázar, Delibes, Tolstoi o Joyce. Así es que ahora permítanme un consejo. Si quieren leer una obra maestra, lean “La ciudad y los perros” y escupan sobre el esclavo y corran junto al jaguar y amen junto al poeta; si quieren leer la mejor historia sobre el amor que yo he leído en mi vida, odien en “Travesuras de la niña mala”. Y es que gracias a Mario Vargas Llosa el premio nobel de literatura ha vuelto a ser aquello para lo que nació: el Premio Nóbel de Literatura.
PD: Ruego me perdonen las tremendas ínfulas, mi evanescencia y la pedantería. Pero no hay ningún escritor vivo que se lo merezca más que Vargas Llosa. Y PATOCIENCA también está pa esto coño. Para ser pedante hasta explotar.
Hoy he estado en mi primera librería de París. Bueno, librería no es quizá la palabra exacta, más bien podría definirse como conglomerado de instrumental para actividades lúdicas diversas, o lo que viene a ser lo mismo, un FNAC. Quedé gratamente sorprendido al ver que la zona de literatura era netamente amplia, divisé columnas en perfecto orden que dejaban entrever un pozo de divina curiosidad. De la A a la Z, como mandan los cánones de la comodidad, y me adentré dispuesto a toparme con alguna joya, alguna obra que reuniese las condiciones perfectas para mi ocio y para mi aprendizaje del francés. Lo pasaba bien observando esa montaña de tomos de bolsillo tan diversa, ojeaba portadas, contraportadas e interiores, manoseaba obras nuevas, antiguas, famosas y extrañas. Para mí, un fiel seguidor de la tenencia de libros (no sólo de su lectura) me hallaba ante uno de los momentos mágicos de este vicio, la elección. Qué dulce incertidumbre. Y pasé por Robert Arlt, y pasé por H.C Andersen, y pasé por Auster y hasta pasé por Asimov. Y luego recorrí a Bacon, a Balzac, a Baudelaire y a Beckett, a Bukowski, Burroughs y Borges. Así era, con paciencia y dedicación, por Camus, por Capote, por Chejov, por Conrad y por Cort… No estaba Julio Cortázar. Repasé la estantería con detenimiento, pensando que podía habérmelo saltado, que algún encargado se había equivocado no colocándolo en su correspondiente hueco o que, con suerte, tenía la sección aparte que Julio merecía en cualquier ciudad del mundo, no digamos ya en la suya. Pero desafortunadamente nada de eso ocurría, y la oscuridad del desagradecimiento descendió desde el cielo tocando aquellas lánguidas estanterías donde, supuestamente, nada extraño sucedía. Sólo que allí, al cobijo de Conrad y Cudrow faltaba un hueco, el hueco que debía haberse dejado no a uno de los mejores escritores de la historia, sino a uno de los mejores amigos de París que nunca existieron. Don Julio Cortázar.
Me pregunta Manolo cómo lo hace uno. Cómo se sobrevive al zipizape público. De qué manera se endurecen la piel, los intestinos o el corazón cuando uno expone sus opiniones y se monta una pajarraca que le pone en riesgo el sosiego mental o la salud física. Manolo, que es lector viejo de esta página, me interroga sobre eso y me lo explica: tuvo la ocurrencia de enviar una carta a un periódico, opinando sobre el status de ciertos funcionarios públicos. Argumentaba en ella, tajante pero con respeto, sobre cómo algunos ciudadanos ven asegurado su puesto tras aprobar un examen, duro y de resultado merecido, en un momento determinado de su existencia. Y opinaba luego que no todos los funcionarios se tocan la barriga en horas laborables; pero que una parte del colectivo –pequeña, notoria y evidente– tiende a la indolencia operativa, a los asuntos propios, al café de las once y al bocadillo de la una. Expresada que estuvo esa opinión por escrito, pulsó Manolo el botón de enviar en su ordenata y se recostó en la silla, satisfecho por haber planteado, desde la humilde parcela de su vida, un poco de sentido común e higiene cívica. El infeliz.
Me brearon, cuenta. Me abrasaron vivo. Estaban ahí, acechando. Saltaron directos a mi yugular. Cuatrocientas y pico respuestas de Internet en veinticuatro horas: envidioso, malaje, te voy a rayar el coche, has ofendido a todos los funcionarios de España y el extranjero, tú no pagas mi sueldo, hijoputa, la subvención la va a tramitar tu padre, seguro que defraudas a Hacienda, vigila a tu mujer, cabrón, ya te pillaré en la ventanilla. Fascista. Respuestas demoledoras, construidas casi todas no sobre lo que Manolo dijo, sino sobre lo que los airados lectores creyeron entender que dijo. O sobre lo que a otros, que ni siquiera conocían la carta original, les dijeron que había dicho: Manolo insulta al gremio, pásalo. También hubo quienes desde el otro extremo quisieron apoyarlo, y terminaron por joderlo vivo: a los funcionarios habría que fusilarlos al amanecer, parásitos, vivís de mis impuestos, dejad de responder cartas en horario laboral y dedicaos a traspapelar expedientes, que es lo vuestro. Fascistas. Y todos, unos y otros, entre espumarajos de rabia, con saña homicida y con Manolo en medio, acojonado. Buscando un agujero donde meterse. España y su viva estampa, dicho en corto, escarbando en la eterna guerra civil que llevamos en el tuétano: conmigo o contra mí. Tampoco faltó el lince astuto que disparaba a ambos frentes y adivinó las verdaderas intenciones de Manolo: agente doble, provocador de mierda, levantas cortinas de humo como ese nazi, Goebbels. Etcétera.
Ahora, en el bar de Lola, Manolo se acoda en la barra, pide una caña con las orejas gachas, y solicita absolución, consuelo –el escote espléndido de Lola ayuda un poco– y consejo. ¿Cómo hago para tratarme la úlcera que esto me ha provocado?, me pregunta. ¿Cómo haces, colega, para sacar a relucir cada semana el colmillo sangriento y luego dormir a pierna suelta, bajo la lluvia de interpretaciones sesgadas que te caen encima? ¿Cómo sobreponerse a esa radiografía de control aeroportuario y mala leche? ¿Cómo soportar la impudicia de quienes pretenden, aún con más arrogancia que la tuya, descubrir y denunciar tus intenciones, astucias, bajos fondos, ideas, prioridades, color político, basándose en lo que sus ojos miopes y sectarios creen haber leído? Mi agonía, amigo, es mayor cuando compruebo que mi exposición en la picota no sirve para nada. Yo sigo pensando lo mismo. Quienes creyeron detectar mis perversas ideas siguen pensando lo mismo. Quienes insultaron a todo el cuerpo funcionarial siguen pensando lo mismo. Y el lince que me comparó con Goebbels sigue pensando lo mismo. Mi carta sólo agitó un rato las aguas para que luego, serenado el ánimo, sigamos todos, funcionarios perezosos incluidos, con los pies metidos en el mismo lodazal. ¿Sirve de algo? ¿Es posible opinar públicamente sabiendo que, sin duda, destrenzarán tus argumentos para tejer trajes nuevos a medida de cada lector?
Pido otras dos cañas mientras busco una respuesta adecuada. Quizá sirva, estoy a punto de decir al fin, para comprender dónde estás. Entre quiénes te la juegas. Para irte luego a un libro que hable de nosotros con banderas, con turbantes, con cota de malla, con abarcas y venablo, y comprender, bajo el contraste del paisanaje, lo que fuimos, lo que somos y lo que nunca pudimos ser. Creo que en conciencia debo responder eso, pero Manolo aguarda con expresión noble, confiada, y comprendo que es mejor no ir por ahí. «Para no sentirse del todo cómplice», improviso. «Y eso ya es algo.» Entonces Manolo mira el escote de Lola y sonríe a medias, pensativo, mientras moja los labios en la espuma de cerveza.
...................................................................................."Manolo y la jauría", Arturo Pérez- Reverte.
PD: Entenderán todos por qué publico este artículo, amigos.
"El diario La Nación, de Buenos Aires, había instituido un premio para una colección de cuentos; nosotros –Carmen Gándara, Adolfo Bioy Casares, Eduardo Mallea, Leónidas de Vedia y el mismo Jorge Luis Borges que firmaba estas líneas– integrábamos el jurado. Más de quinientos manuscritos, algunos de volumen considerable, nos abrumaron; al cabo de una tercera reunión, quedaron reducidos a uno. Nada sabíamos del hombre que velaba el pseudónimo; el ambiente, la entonación y cierto desenfado en el manejo de las palabras dejaban entrever a un español, y aún un andaluz. Dos temas, el vino y la tauromaquia, prevalecían en los textos; ambos tendían a alejarnos de ellos. Como Quevedo éramos partidarios del toro (...) no del toreo. Todos sentimos, sin embargo, que los temas son símbolos y adjetivos. (...) Y en los cuentos de Fernando Quiñones estaba el hombre, si índole y su destino. Los premiamos con unánime acuerdo porque advertimos en la obra de Quiñones a un gran escritor de la literatura hispánica de nuestro tiempo, o, simplemente, de la literatura."
Estas palabras fueron escritas por el Gran Maestro Borges a finales de los 70, años después de entregar ese premio, relatando como descubrió a nuestro escritor gaditano, y a petición expresa del mismo, introducidas como prólogo a la primera edición de su libro de relatos “El viejo país”. Quiñones no sólo disfrutó de la admiración de Borges, que ya es decir, sino también de su amistad. Así como de la de otros grandes escritores de su tiempo como Cortázar, Vicente Aleixandre, Juan Ramón Jiménez, Alberti, Gerardo Diego, o su íntimo amigo, Antonio Gala. Además, de las personas que más admiraba ya se agenció él la manera de conocerlas, independientemente de lo que quisiera el aludido. Como aquella mañana de seis de enero en Madrid en la que buscó la dirección de Pío Baroja en el listín telefónico y se plantó en su casa con un roscón de Reyes para invitarlo a desayunar y poder charlar con él. O como cuando fue invitado a cenar a casa de Picasso en Cannes, y estuvieron charlando y cantando flamenco toda la noche,y al acabar, como le había caído en gracia al pintor malagueño, este le señaló su estudió y le dijo “gaditano, ve allí y coge el que tú quieras, ¿me oyes?, el que tú quieras”, y este lo rechazó pensando que seguramente todo el que se arrimaba al maestro buscaba en alguna medida sacar algo, y él iba a ser más chulo que un ocho y se iba a plantar delante de Picasso para dar, y no para recibir. “Yo ya me llevo mucho, capitán, con usted, sus amigos y su pan, no quiero llevarme más”, le respondió el tío. Un poco finolis de más, pero con dos cojones.
Aunque nacido en Chiclana –una más de las villas de Cádiz que tan Cádiz son en realidad–, él siempre se consideró gaditano de pura cepa y se mostró orgulloso de ello. Paseó tanto su cariño y su amor por su tierra entre sus que le acabó costando ser considerado por muchos un escritor local, lastre que probablemente le impidió llegar más lejos entre el público y las editoriales –otra cosa fue en la Literatura, ya que después de cosechar la admiración de Borges y Cortázar, mucho más lejos no se puede llegar– de manera injusta, pues nunca se ha considerado como “local” a un escritor madrileño o barcelonés que haya hecho relucir a Madrid o Barcelona en sus obras. Fue amante del flamenco, del vino y de los toros, de la poesía, de los cuentos, del mar y de su mujer. De joven se juntó con un grupo de amigos y decidieron sacar una pequeña revista de poesía, “El Parnaso”, que fue seguida por otra mucho más conocida, de nombre “Platero”, con una pequeña subvención que les ofreció el régimen que él tanto detestaba. De aquella revista aún sobreviven poetas de sobra conocidos, como Caballero Bonald. De ahí saltó al periodismo, y marchó a Madrid para trabajar y poder echar de menos su tierra, y años más tarde, inició una serie de viajes que lo llevarían a conocer profundamente Hispanoamérica –la América Morena, como él la llamaba–, y otras partes del mundo, como Marruecos, Yemen o Yugoslavia.
Éxitos, lo que se dice éxitos, a nivel editorial cosechó pocos. Fue finalista del Premio Planeta por “Las mil noches de Hortensia Romero”, y otra vez años más tarde por su magnífica novela “La canción del pirata”, que de firmarla cualquier grande de la época hubiera sido traducida a cuarenta idiomas. Pero esto a él siempre se la trajo un poco floja, la verdad. En cambio, se dedicó a recoger reconocimientos de los grandes y a firmar unos libros de poesía –esas “Crónicas” maravillosas de tantas cosas, como Al-Andalus, Yemen, Yugoslavia, Hispánicas, Americanas, Inglesas…–, relatos, novelas, y una vida, que muchos otros más premiados quisieran para sí.
Es un escritor a quien siempre respeté muchísimo pero al que, cosas de la vida, nunca traté personalmente. Aunque una vez estuve muy cerca de ello. No recuerdo si fue en 1961 o 1962. Yo entonces vivía en París. Debía ser otoño. Paseaba por el Boulevard Saint-Germain cuando le vi en una de las terrazas de un bar. Estaba ahí, sentado, viendo pasar a la gente, abrigado; lloviznaba. Le reconocí y me paré a mirarlo y sopesé decirle que le admiraba mucho y esas cosas. Total, yo era tímido -bueno, aún lo soy hoy- y al final no me atreví. Años después, con motivo del Biblioteca Breve por Últimas tardes con Teresa, recibí una nota manuscrita suya, a la que contesté comentándole lo de París y que respondió diciendo que qué pena, que hubiéramos podido hablar... Me he arrepentido siempre. Para mí es un ejemplo de una prosa extraordinaria que yo ya leía cuando tenía 15 años en esos libros de Destino que editaba Josep Vergés y al que le fue tan fiel. Me fijé en La sombra del ciprés es alargada, Mi idolatrado hijo Sísí... Yo admiraba su dominio del lenguaje, si bien me interesó mucho más su obra posterior, ese esfuerzo conseguido por ponerse al día en lo estilístico en los ochenta, como en Los santos inocentes. Pero también me parecía un ejemplo de discreción y austeridad, que contrastaba con otros compañeros suyos, bastante campanudos y tal... Dejémoslo ahí.
Como cualquier gran movimiento, como cualquier gran idea nació en la espontaneidad y nació en la gente. Sí, con un porqué, un porqué que significó y significará la historia de un continente y la literatura de una historia. A base de talento, ingenio y gusto, pero lo más importante, no a base de conciencia. La herencia de un continente abotargado por su pasado, el nacimiento de un rama de calidades nacidas para semiliberar a pueblos sometidos a regímenes autoritarios, asilados que conquistaron patrias con su literatura, y no con su ideología, con su literatura. Donde personas no llegaron, llegaron los libros. Porque ellos no eran filósofos, no eran pensadores ni políticos, eran escritores por afición (no por profesión), y por eso se movían en el terreno de las intuiciones y de la fantasía. Los sudamericanos necesitaban la democracia, pero no sólo mediante la retórica y la política, ansiaban los libros, el cine y la música. Y el boom alcanzó este fin de la mejor manera, dejando atrás la rectitud de la literatura de las tiranías, buscando la novedad y el humor. La adaptación al pueblo. Y ya lo dice Eduardo Mendoza, que no fue terreno exclusivamente latinoamericano, fue exactamente lo mismo que ocurrió en España allá por las décadas de los setenta y de los ochenta.
Sin embargo, aún no se tiene constancia de lo que significó esa conjunción de magníficos escritores bajo “una misma bandera” (aunque ésta sea simbólica), autores que simbolizan algo en conjunto desarrollando sus obras en tan diferentes sitios del mundo, auxiliando a la lucha sudamericana aun comprendiendo diferentes ideologías, consiguiendo seguir la pauta marcada por Jorge Luis Borges y por Juan Rolfo. El azar contribuyendo a reunir a tan grandes personalidades en tan hermosa causa, como en el Siglo de Oro español, como en la Rusia de Dostoievski y Tolstoi, o como en la Inglaterra de la generación del opio. Incluso puede que superando esos niveles. Las obras de García -Márquez, de Cortázar, de Vargas Llosa, de Asturias, de Onetti, de Fuentes, de Donoso o de Benedetti despertados por el brusco levantamiento popular, en un precioso proceso alejado de todo marketing, libros pasados de mano en mano, superando aquello de “que nadie es profeta en su tierra” y abarcando el contacto con todo el mundo. Allí se acabaron las diferencias, donde triunfó el castellano, donde triunfó la gente.
Donde triunfó todo lo demás, es decir, la literatura.
"Nos habíamos conocido en Nashville, Tennessee, al hilo de unas conferencias sobre la Transición en nuestro país poco antes de que Tejero y sus conmilitones descargaran la zarpa sobre el Congreso de los Diputados. Entonces hablamos, entre canapés y bebidas de cola, del amargo destino que amenazaba a España a cada vuelta del camino. Nos hicimos amigos porque lo habíamos sido antes sin conocernos, ya que habitábamos desde antaño los mismos sueños y desdichas que mantenían la historia de nuestro país en la permanente zozobra en que nos habíamos acostumbrado a vivir. Yo le respetaba hasta la veneración, pero enseguida me sorprendí a mí mismo, frente a quienes reverencial o educadamente le llamaban don Francisco, tratándole de tú, con una camaradería que ni la edad ni nuestras respectivas biografías debían permitirme, pero que él agradeció enseguida. Mantuvimos la amistad hasta el final, enriquecida por las sesiones académicas en las que nos sentábamos codo a codo y a las que no faltaba ni un solo jueves. En los descansos, se posaba en medio de la sala erguido como un palo, presumiendo de no usar el bastón a sus cien años, y departíamos sobre lo humano y lo divino, aturdidos quienes le oíamos por su sabiduría precisa, bienhumorada e incombustible. "Llevo vivo más de la cuenta", comentaba sarcástico cuando le interrogábamos por su salud, y a veces le fallaba el oído, o la vista, antes de que le operaran de cataratas casi centenario ya, pero nunca la cabeza (en la que los médicos se habían visto obligados a hurgar para deshacer un coágulo), ni mucho menos las piernas, hasta bien entrado ya el tiempo de su adiós. Creador de una obra inmensa en la narrativa, en el ensayo, en el periodismo, Francisco Ayala era el último intelectual que podía presumir de haber sido a la par testigo y autor de la vida de España durante todo el siglo XX. Su aportación a la cultura hispana en todos los ámbitos, desde la docencia a la creación literaria, pasando por el análisis político, la crítica social y la investigación literaria o histórica, difícilmente admite parangón alguno. Irreductible en sus convicciones morales, inmarcesible en sus afectos, desmesurado en la calidad y cantidad de sus obras, vivió el exilio y el retorno con la dignidad de los maestros y la humildad de los buenos ciudadanos. En esta hora tan triste para cuantos aman nuestra cultura y saben de la magnitud de su pérdida, quienes tanto le hemos debido y admirado sólo podemos añadir que, sobre todo, le queríamos, le queríamos mucho. Y añoraremos esos ojos burlones, esa media sonrisa sobre las corbatas a la última que a menudo le regalaba Carolyn, haciéndonos un guiño cómplice, entre admonitorio y divertido, al tiempo que decía: "Yo en realidad tendría que estar muerto". Pero los elegidos como él nunca perecen, su rastro es perdurable y fecundo. Su ejemplo, irrepetible."
Amarrar un barco bajo la lluvia, en la atmósfera gris de un puerto mediterráneo, suscita a veces una melancolía singular. Es lo que ocurre hoy. No hay sol que reverbere en las paredes blancas de los edificios, y el agua que quedó atrás, en la bocana, no es azul cobalto a mediodía, ni al atardecer tiene ese color de vino tinto por cuyo contraluz se deslizaban, en otro tiempo, naves negras con ojos pintados en la proa. El mar es verde ceniciento; el cielo, bajo y sucio. Las nubes oscuras dejan caer una lluvia mansa que gotea por la jarcia y las velas aferradas, y empapa la teca de la cubierta. Ni siquiera hay viento.
Aseguras los cabos y bajas al pantalán, caminando despacio entre los barcos inmóviles. Mojándote. En días como hoy, la lluvia contamina de una vaga tristeza, imprecisa. Hace pensar en finales de travesía, en naves prisioneras de sus cabos, bolardos y norays. En hombres que dan la espalda al mar, al final del camino, obligados a envejecer tierra adentro, recordando. Esta humedad brumosa, impropia del lugar y la estación, aflige como un presentimiento, o una certeza. Y mientras te vas del muelle no puedes evitar pensar en los innumerables marinos que un día se alejaron de un barco por última vez. También, por contraste, sientes la nostalgia del destello luminoso y azul: salitre y pieles jóvenes tostadas bajo el sol, rumor de resaca, olor a humo de hogueras hechas con madera de deriva, sobre la arena húmeda de playas desiertas y rocas labradas por el paciente oleaje. Memoria de otros tiempos. De otros hombres y mujeres. De ti mismo, quizás, cuando también eras otro. Cuando estudiabas el mar con ojos de aventura, en los puertos sólo presentías océanos inmensos e islas a las que nunca llegaban órdenes judiciales de busca y captura, y aún estabas lejos de contemplar el mundo como lo haces hoy: mirando hacia el futuro sin ver más que tu pasado.
En el bar La Marina –reliquia centenaria, sentenciado a muerte por la especulación local–, Rafa, el dueño, asa boquerones y sardinas. A un lado de la barra hay tres hombres que beben vino y fuman, junto a la ventana por la que se ven, a lo lejos, los pesqueros abarloados en el muelle próximo, junto a la lonja. Los tres tienen la misma piel tostada y cuarteada por arrugas como tajos de navaja, el aire rudo y masculino, la mirada gris como la lluvia que cae afuera, las manos ásperas y resecas de agua fría, salitre, sedales, redes y palangres. A uno de ellos se le aprecia un tatuaje en un antebrazo, semioculto por la camisa: una mujer torpemente dibujada, descolorida por el sol y los años. Grabada, supones, cuando una piel tatuada –mar, cárcel, milicia, puterío– todavía significaba algo más que una moda o un capricho. De cuando esa marca en la piel insinuaba una biografía. Una historia singular, turbia a veces, que contar. O que callar.
Sin preguntarte casi, Rafa pone en el mostrador de zinc un plato de boquerones asados, grandes de casi un palmo, y un vaso de vino. «Vaya un tiempo perro», dice resignado. Y tú asientes mientras bebes un sorbo de vino y te llevas a la boca, cogiéndolo con los dedos y procurando no te gotee encima el pringue, un boquerón, que mordisqueas desde la cabeza a la cola hasta dejar limpia la raspa. Y de pronto, ese sabor fuerte a pescado con apenas una gota de aceite, hecho sobre una plancha caliente, la textura de su carne y esa piel churruscada que se desprende entre los dedos que limpias en una servilleta de papel –un ancla impresa junto al nombre del bar– antes de coger el vaso de vino para llevártelo a los labios, dispara ecos de la vieja memoria, sabores y olores vinculados a este mar próximo, hoy fosco y velado de gris: pescados dorándose sobre brasas, barcas varadas en la arena, vino rojizo, velas blancas a lo lejos, en la línea luminosa y azul. Tales imágenes se abren paso como si en tu vida y tus recuerdos alguien hubiera descorrido una cortina, y el paisaje familiar estuviese ahí de nuevo, nítido como siempre. Y comprendes de golpe que la bruma que gotea en tu corazón sólo es un episodio aislado, anécdota mínima en el tiempo infinito de un mar eterno; y que en realidad todo sigue ahí pese al ladrillo, a la estupidez, a la desmemoria, a la barbarie, a la bruma sucia y gris. El sabor de los boquerones y las sardinas que asa Rafa en el bar es idéntico al que conocieron quienes, hace nueve o diez mil años, navegaban ya este mar interior, útero de lo que fuimos y lo que somos. Comerciantes que transportaban vino, aceite, vides, mármol, plomo, plata, palabras y alfabetos. Guerreros que expugnaban ciudades con caballos de madera y luego, si sobrevivían, regresaban a Ítaca bajo un cielo que su lucidez despoblaba de dioses. Antepasados que nacieron, lucharon y murieron asumiendo las reglas aprendidas de este mar sabio e impasible. Por eso, en días como éste, reconforta saber que la vieja patria sigue intacta al otro lado de la lluvia.
El doce de octubre de 1936, en el engalanado salón magno de la Universidad de Salamanca, se celebra el Día de la Raza. Presiden el acto el rector emérito de la Universidad, Don Miguel de Unamuno y Jugo, en nombre de Franco, junto a la mujer del generalísimo, Carmen Polo, el cardenal Pla y Deniel, y el general Millán-Astray, líder nacional, directo de Franco, máximo de la Legión, mutilado y descarnado en la guerra de Marruecos, tuerto, manco y curtido de cicatrices en el cuerpo y en el rostro. Don Miguel preside el acto con gesto serio. Ahora, aunque jubilado de catedrático, lo han nombrado rector vitalicio (ya había sido rector anteriormente, pero fue cesado en 1914 por sus duras críticas al gobierno, su posición a favor de los aliados en la Primera Guerra Mundial, su posición enfrentada a la germanofilia monárquica, y desterrado por opositor por la dictadura de Primo de Rivera, recalando en Fuerteventura, París y Hendaya). Como desapuebra todo lo que está ocurriendo en el país (aunque al principió de mostró a favor de la causa nacional como remedio para rectificar los males de la República, lo que explica su permanencia allí, también firmó un manifiesto de intelectuales en contra de un enfrentamiento militar a la vez que lanzaba graves ataques contra el gobierno del Frente Popular), ha decidido no intervenir en toda la celebración y no formar parte de aquel esperpento más de lo mínimamente necesario cediendo el turno a los oradores previstos. De público asisten, junto al claustro universitario y autoridades mayores y menores y otros interesados, toda una cohorte popular de seguidores y arrimados al levantamiento franquista.
Uno de los oradores, el profesor Francisco Maldonado, pronuncia un discurso en el que ataca duramente a vascos y catalanes acusándolos, junto con Madrid, de ser los principales vértices de la llamada anti-España. Unamuno, por su parte, crece porgresivamente en indignación mientras va tomando notas en un sobre que saca del bolsillo.
- ¡No aguanto más! – Se escucha rumiar a Unamuno-. ¡No quiero aguantar más! ¡Esto es una vergüenza!
Al final de la intervención de Maldonado de Guevara, Don Miguel se levanta. Sin sentarse en ningún momento, bate sus gafas y su perfil afilado por todo el auditorio mientras habla.
- Dije que no quería hablar porque me conozco –comienza el rector-. Pero se me ha tirado de la lengua y debo intervenir. Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. Nací arrullado por una guerra civil y sé lo que digo. Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar a la compasión; el odio a la inteligencia que es crítica y diferenciadora, inquisitiva, mas no de inquisición.
Se ha hablado también de catalanes y vascos llamándolos la anti-España; pues bien, por la misma razón pueden ellos decir otro tanto. Y aquí está el señor cardenal, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo, que soy vasco, llevo toda la vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis. Ése sí es un Imperio, el de la lengua española, y no...
El general Millán-Astray suelta un bufido interrumpiéndole, da un puñetazo sobre la mesa y se levanta también gritando:
- ¡¿Puedo hablar?! ¡¿Puedo hablar?!
Un legionario, escolta del general, se presenta con el fusil firmemente sujeto en las manos. Cunde el nerviosismo y el temor entre el público, que junto con Unamuno, enmudece.
- ¡Cataluña y el País Vasco - grita Millán-Astray- , ¡el País Vasco y Cataluña son dos cánceres en el cuerpo de la nación! El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en carne viva y sana como un frío bisturí. La carne sana es la tierra; la enferma, su gente. ¡El fascismo y el ejército arrancarán a la gente para restaurar en la tierra el sagrado reino nacional!
Cada socialista –dice inquisitivamente, pues Unamuno perteneció por tres años al Partido Socialista, a finales del siglo XIX-, cada republicano y cada uno de ellos sin excepción y, huelga añadirlo, cada comunista es un rebelde contra el gobierno nacional, que será pronto reconocido por los estados totalitarios que nos auxilian, a pesar de Francia, democrática Francia, y la pérfida Inglaterra.
Y entonces, o incluso antes, cuando Franco lo quiera y con la ayuda de mis valiente moros, que si bien ayer me destrozaron el cuerpo, hoy merecen la gratitud de mi alma por combatir a los malos españoles, porque dan la vida por la sagrada religión de España, escoltan al caudillo, prenden medallas y Sagrados Corazones en sus albornoces...
Coronando la intervención, desde el paraninfo surge un tremendo grito, el lema de la Legión: "¡Viva la muerte!". Parte del público se une al espontáneo y jalean a Millán- Astray, junto al que acaban gritando la consigna franquista: “España, Una, Grande y Libre”.
Unamuno, que en ningún momento se ha sentado, levanta la mano en solemne gesto pidiendo silencio. Cesa el guirigay del auditorio y retoma su discurso.
- A veces callar significa mentir; porque el silencio puede interpretarse como aquiescencia.
Quisiera comentar el discurso, por llamarlo de algún modo, de Millán-Astray. Dejemos a parte el insulto personal que supone la repentina explosión de ofensas contra vascos y catalanes. Yo nací en Bilbao, en medio de los bombardeos de la segunda guerra carlista. –Época en la que perdió a su padre, con seis años de edad-. Más adelante me casé con esta ciudad de Salamanca, tan querida, pero sin olvidar jamás mi ciudad natal. El obispo quiéralo o no, es catalán nacido en Barcelona.
Acabo de oír el grito necrófilo e insensato de "¡Viva la Muerte!". Esto me suena lo mismo que ¡Muera la Vida! Esta ridícula paradoja me parece repelente. Puesto que fue proclamada en homenaje al último orador entiendo que fue dirigida a él, si bien él mismo es un símbolo de la muerte. ¡Y no otra cosa! El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso decirlo en un tono mas bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como dije, que carezca de esa superioridad de espíritu, suele sentirse aliviado viendo como aumenta el número de mutilados alrededor de él.
El general Millán-Astray no es uno de los espíritus selectos aunque sea impopular o, quizá por esta misma razón porque es impopular. El general Millán-Astray quisiera crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por ello desearía ver a España mutilada, como inconscientemente lo dio a entender.
Millán-Astray, que tampoco se ha sentado, clava la crispada mirada sobre Unamuno y brama:
-¡Muera la inteligencia!
José Maria Pemán, manifiestamente afín al bando nacional, presente en el acto, se levanta y acude a templar la discusión.
-¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!
El murmullo iniciado con la intervención de Millán-Astray ha ido subiendo durante la del poeta gaditano. Sin embargo, Unamuno, furioso, consigue imponer su voz sobre el auditorio:
- ¡Éste es el templo de la inteligencia y yo soy su sumo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. ¡Venceréis, pero no convenceréis! Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: Razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España. -Y tras un breve silencio, concluye-. He dicho.
Del salón surge un gran alboroto. La gente se levanta y clama contra Unamuno. Le llueven los insultos, las amenazas, y los puños se levantan inquisidores contra él. Esteban Madruga agarra a Unamuno del brazo y le indica a Carmen Polo que le ayude, asiéndolo del otro. Lo escoltan hasta la salida acompañados por el cardenal, más obligado que convencido. Al salir a la calle, Don Miguel tropieza y Carmen Polo lo sostiene.
- ¡Dele usted el brazo a la señora!- le grita Millán-Astray.
En el pasillo, Carmen Polo suelta el brazo de Unamuno y se aparta disimuladamente del tumulto.
Tras el incidente, Juan Crespo, del partido monárquico, acompaña al rector a su casa. Desde ese momento Unamuno es condenado tácitamente a arresto domiciliario, y un policía de paisano lo vigilará en las escasas salidas que le queden antes de su muerte, acontecida a finales de ese mismo año. En el tiempo que le queda, además de leer, escribir, reflexionar y sobrevivir, aún recibe visitas en su casa. En uno de uno de esos encuentros con su amigo, el escritor y filósofo griego Nikos Kazantzakis, le dirá:
“Se instauró el terror por todas partes y España se halla textualmente despavorida de sí misma. Creí que el Movimiento salvaría la civilización, al suponerlo fundado en una base cristina, pero terminé por percatarme de que sólo significaría el triunfo de un militarismo al que me opongo total y absolutamente. A esta gente les une el odio a la inteligencia y por eso fusilan a intelectuales. Si triunfan, España se transformará en un país de imbéciles. Sólo queda un terror cruel, sádico y cínico, aún más espantoso porque no proviene de excesos individuales, sino de la metódica organización de los dirigentes”.
“A las partidas de criminales, locos de atar y salvajes extrahombres de ambos bandos, sólo les mueve el resentimiento nacional, la lepra de la envidia, que señaló a fuego Quevedo, y además el rencor contra la inteligencia. Esto es un infierno. Y el que se adhiere a uno u otro bando ha de ser sin condiciones y sin piedad”
El 11 de diciembre del 36, pocos días antes de su muerte, Miguel de Unamuno escribe esta indignada carta al director del diario ABC de Sevilla, Juan Carretero Luca de Tena, en respuesta a una información publicada por el mismo el día anterior:
“Aunque conozco de antaño, señor mío, su característica mala fe, esta vez quiero decírselo. En el número de ese ABC sevillano de ayer, día 10, leo un suelto que dice: "Carta de Miguel de Unamuno a todos los centros docentes extranjeros." Pues bien, eso es mentira y usted lo sabe. Primero, hace tiempo que no soy rector de la Universidad de Salamanca desde que esta gente me sustituyó.
Esta carta, acordada en el claustro, no es mía sino de la universidad. No la redacté yo. Luego la puso en latín macarrónico un cura cerril.
Y ahora debo decirle que por muchas que hayan sido las atrocidades de los mandos rojos, los hunos, son mayores las de los blancos, los hotros. Asesinatos sin justificación. A dos catedráticos, a uno en Valladolid y a otro en Granada por si eran… masones. Y a García Lorca.
Da asco ser ahora español desterrado en España.
Y todo esto lo dirige esa mala bestia ponzoñosa y rencorosa que es el general Mola.
Yo dije que lo que había que salvar en España era la civilización occidental cristiana, pero los métodos no son civilizados sino militarizados, no occidentales sino africanos, ni cristianos, sino católicos a la española tradicionalista, es decir anticristianos.
Esto procede de una enfermedad mental colectiva, de una verdadera parálisis general progresiva espiritual, no sin base de la otra, de la corporal. Sobre todo ahí, en esa corrompida Andalucía –de una parte y de otra- este estallido de repugnantes pasiones, resentimientos, envidias. Odio a la inteligencia, se manifiesta en invertidos, sifilíticos, y eunucos masturbadores.
No es este el Movimiento al que yo, cándido de mí, me adherí creyendo que el pobre general Franco era otra cosa de lo que es. Se engañó y nos engañó. [...]
Entre los hunos –los rojos- y los hotros –blancos (color del pus)- están desangrando, ensangrentando, arruinando, envenenando y –lo que para mí es peor- entonteciendo a España. En la España que proclama como caudillo a Franco–personalmente un buen hombre víctima y juguete de la jauría de hienas- cabrá todo menos franqueza. Ni amor a la verdad. Pero ustedes, los de ABC, podrán seguir envenenando con mentiras, insidias, calumnias…
Les escribo esta carta desde mi casa donde estoy hace días encarcelado disfrazadamente. Me retienen en rehén no sé de qué ni para qué. Pero si me han de asesinar, como a los otros, será aquí, en mi casa.
Y no quiero seguir. Aún me queda por decir.”
Don Miguel de Unamuno y Jugo murió en dicho domicilio salmantino el 31 de diciembre de 1936, a los 68 años. A pesar de su virtual reclusión, en su funeral fue exaltado como un héroe falangista. Tras su muerte, Antonio Machado escribió "Señalemos hoy que Unamuno ha muerto repentinamente, como el que muere en la guerra. ¿Contra quién? Quizá contra sí mismo".
(Unamuno saliendo del Paraninfo de la Universidad de Salamanca, tras su enfrentamiento con MIllán- Astray)
Fleming nació en Ayrshire, Escocia y murió en Londres, Inglaterra, a los 73 años. Trabajó como médico microbiólogo en el Hospital St. Mary de Londres hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial. En este hospital trabajó en el Departamento de Inoculaciones dedicado a la mejora y fabricación de vacunas y sueros. Almorth Edward Wright, secretario del Departamento, despertó el interés de Fleming por nuevos tratamientos para las infecciones.
Durante la guerra fue médico militar en los frentes de Francia y quedó impresionado por la gran mortalidad causada por las heridas de metralla infectadas (ej.: gangrena gaseosa) en los hospitales de campaña. Finalizada la guerra, regresó al Hospital St. Mary donde buscó intensamente un nuevo antiséptico que evitase la dura agonía provocada por las heridas infectadas.
Fleming fue iniciado en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado en 1909, en la logia Nº 2682 Santa María de Londres, y fue exaltado al grado de maestro en la logia Misericordi, también de Londres, Nº3286.1
Descubrimientos
Los dos descubrimientos de Fleming ocurrieron en los años veinte y aunque fueron accidentales demuestran la gran capacidad de observación e intuición de este médico escocés. El descubrimiento de la lisozima ocurrió después de que un moco de su nariz, procedente de un estornudo, cayese sobre una placa de Petri en la que crecía un cultivo bacteriano. Unos días más tarde notó que las bacterias habían sido destruidas en el lugar donde se había depositado el fluido nasal.
El laboratorio de Fleming estaba habitualmente desordenado, lo que resultó una ventaja para su siguiente descubrimiento. En septiembre de 1928, estaba realizando varios experimentos en su laboratorio y el día 22, al inspeccionar sus cultivos antes de destruirlos notó que la colonia de un hongo había crecido espontáneamente, como un contaminante, en una de las placa de Petri sembradas con Staphylococcus aureus. Fleming observó más tarde las placas y comprobó que las colonias bacterianas que se encontraban alrededor del hongo (más tarde identificado como Penicillium notatum) eran transparentes debido a una lisis bacteriana. Para ser más exactos, la Penicillium es un moho que produce una sustancia natural con efectos antibacterianos: la penicilina. La lisis significaba la muerte de las bacterias, y en su caso, la de las bacterias patógenas (Staphylococcus aureus) crecidas en la placa. Aunque él reconoció inmediatamente la trascendencia de este hallazgo sus colegas lo subestimaron. Fleming comunicó su descubrimiento sobre la penicilina en el British Journal of Experimental Pathology en 1929.
Fleming trabajó con el hongo durante un tiempo pero la obtención y purificación de la penicilina a partir de los cultivos de Penicillium notatum resultaron difíciles y más apropiados para los químicos. La comunidad científica creyó que la penicilina sólo sería útil para tratar infecciones banales y por ello no le prestó atención. Cabe destacar que un científico costarricense, llamado Clodomiro Picado Twight había descubierto la penicilina antes que Fleming, sin embargo él no lo patentó. Sin embargo, el antibiótico despertó el interés de los investigadores estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial, quienes intentaban emular a la medicina militar alemana la cual disponía de las sulfamidas. Los químicos norteamericanos Ernst Boris Chain y Howard Walter Florey desarrollaron un método de purificación de la penicilina que permitió su síntesis y distribución comercial para el resto de la población.
Fleming no patentó su descubrimiento creyendo que así sería más fácil la difusión de un antibiótico necesario para el tratamiento de las numerosas infecciones que azotaban a la población. Por sus descubrimientos, Fleming compartió el Premio Nobel de Medicina en 1945 junto a Ernst Boris Chain y Howard Walter Florey.
Fleming fue miembro del Chelsea Arts Club, un club privado para artistas fundado en 1891 por sugerencia del pintor James McNeil Whistler. Se cuenta como anécdota que Fleming fue admitido en el club después de realizar "pinturas con gérmenes", estas pinturas consistían en pincelar el lienzo con bacterias pigmentadas, las cuales eran invisibles mientras pintaba pero surgían con intensos colores una vez crecidas después de incubar el lienzo. Las especies bacterianas que utilizaba eran: Serratia marcescens - rojo Chromobacterium violaceum - púrpura Micrococcus luteus - amarillo Micrococcus varians - blanco Micrococcus roseus - rosa
Bacillus sp. - naranja
Alexander Fleming murió en 1955 de un ataque cardíaco. Fue enterrado como héroe nacional en la cripta de la Catedral de San Pablo de Londres.
Su descubrimiento de la penicilina significó un cambio drástico para la medicina moderna iniciando la llamada "Era de los antibióticos", otros investigadores posteriores aportaron nuevos antibióticos, como la estreptomicina utilizada para el tratamiento de la tuberculosis, salvando millones de vidas. La aportación científica de Fleming es doble pues además de descubrir una molécula química (penicilina) también encontró una molécula protéica (lisozima) con actividad antibiótica. Las proteínas (ej. lisozima) y los péptidos antibióticos son componentes naturales de la inmunidad innata de los animales que podrían ser utilizados con fines terapéuticos similares a la penicilina. Por esta razón Fleming puede ser considerado como el primero en descubrir una proteína antimicrobiana.
PD: No digo nada, es mucho mejor que Cortázar y la Penincilina es más importante que la Rayuela.
Bueno, se van acercando los exámenes y con ello aumenta la dificultad para poder realizar textos de cosecha propia (que no la imposibilidad). Así que más que nunca aprovechamos para colgar en éste, nuestro blog, todo aquellos que nos apasione y nos llame la atención. Y sin duda alguna, os digo que mostrar algo de Cortázar es siempre positivísimo, más aún si está relacionado con ese magnífico mundo de los cronopios, de los famas y de las esperanzas.
León y cronopio
Un cronopio que anda por el desierto se encuentra con un león, y tiene lugar el diálogo siguiente: León.-Te como. Cronopio (afligidísimo pero con dignidad).-Y bueno. León.-Ah, eso no. Nada de mártires conmigo. Échate a llorar, o lucha, una de dos. Así no te puedo comer. Vamos, estoy esperando. ¿No dices nada? El cronopio no dice nada, y el león está perplejo, hasta que le viene una idea. León.-Menos mal que tengo una espina en la mano izquierda que me fastidia mucho. Sácamela y te perdonaré. El cronopio le saca la espina y el león se va, gruñendo de mala gana: -Gracias, Androcles.
Cóndor y cronopio
Un cóndor cae como un rayo sobre un cronopio que pasa por Tinogasta, lo acorrala contra una pared de granito, y dice con gran petulancia, a saber: Cóndor.-Atrévete a afirmar que no soy hermoso. Cronopio.-Usted es el pájaro más hermoso que he visto nunca. Cóndor.-Más todavía. Cronopio.-Usted es más hermoso que el ave del paraíso. Cóndor.-Atrévete a decir que no vuelo alto. Cronopio.-Usted vuela a alturas vertiginosas, y es por completo supersónico y estratosférico. Cóndor.-Atrévete a decir que huelo mal. Cronopio.-Usted huele mejor que un litro entero de colonia jean-Marie Farina. Cóndor.-Mierda de tipo. No deja ni un claro donde sacudirle un picotazo.
Flor y cronopio
Un cronopio encuentra una flor solitaria en medio de los campos. Primero la va a arrancar, pero piensa que es una crueldad inútil y se pone de rodillas a su lado y juega alegremente con la flor, a saber: le acaricia los pétalos, la sopla para que baile, zumba como una abeja, huele su perfume, y finalmente se acuesta debajo de la flor y se duerme envuelto en una gran paz. La flor piensa: «Es como una flor».
Fama y eucalipto
Un fama anda por el bosque y aunque no necesita leña mira codiciosamente los árboles. Los árboles tienen un miedo terrible porque conocen las costumbres de los famas y temen lo peor. En medio de todos está un eucalipto hermoso, y el fama al verlo da un grito de alegría y baila tregua y baila catala en torno del perturbado eucalipto, diciendo así: -Hojas antisépticas, invierno con salud, gran higiene. Saca un hacha y golpea al eucalipto en el estómago, sin importársele nada. El eucalipto gime, herido de muerte, y los otros árboles oyen que dice entre suspiros: -Pensar que este imbécil no tenía más que comprarse unas pastillas Valda.
Tortugas y cronopios
Ahora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad, como es natural. Las esperanzas lo saben, y no se preocupan. Los famas lo saben, y se burlan. Los cronopios lo saben, y cada vez que encuentran una tortuga, sacan la caja de tizas de colores y sobre la redonda pizarra de la tortuga dibujan una golondrina.
"Cortázar es lo mejor que le ha pasado a la humanidad" (Sí Lepere, más que la penicilina)
Y Birdman, Charlie Parker, como a él tanto le gustaba. Como El Perseguidor...
¿Y si Dios fuera mujer? pregunta Juan sin inmutarse, vaya, vaya si Dios fuera mujer es posible que agnósticos y ateos no dijéramos no con la cabeza y dijéramos sí con las entrañas.
Tal vez nos acercáramos a su divina desnudez para besar sus pies no de bronce, su pubis no de piedra, sus pechos no de mármol, sus labios no de yeso.
Si Dios fuera mujer la abrazaríamos para arrancarla de su lontananza y no habría que jurar hasta que la muerte nos separe ya que sería inmortal por antonomasia y en vez de transmitirnos SIDA o pánico nos contagiaría su inmortalidad.
Si Dios fuera mujer no se instalaría lejana en el reino de los cielos, sino que nos aguardaría en el zaguán del infierno, con sus brazos no cerrados, su rosa no de plástico y su amor no de ángeles.
Ay Dios mío, Dios mío si hasta siempre y desde siempre fueras una mujer qué lindo escándalo sería, qué venturosa, espléndida, imposible, prodigiosa blasfemia.
El otro día escuché a la ministra de Educación. Me parece que era ella. Y si no, da igual. Sería otra pava que hablaba como la ministra de Educación. Títulos, por cierto, el de ministra y el de Educación, que en España parecen sarcasmos. O que lo son. La oí satisfecha de esto y aquello, goteando agua de limón, encantada de que, gracias a ella y sus colegas, el nivel cultural y educativo de los españoles de España vaya a estar a la cabeza de Europa de aquí a nada, e incluso antes, merced a su buen pulso y a sus previsiones astutas, que tienen rima. Con rutas y con virutas. Después, en el mismo telediario, creo, escuché a un ministro de Economía –por llamarlo de alguna forma– que anda camuflado y con gafas de sol, pese a lo arrogante que era en otro tiempo, después de pasar una larga temporada justificando lo injustificable. Y me dije: hay que ver, Arturete, qué poco trecho va, en esta perra vida, de fulano respetable a ministro, y de ahí a marioneta o sicario. Pero lo que me tocó el trigémino fue que ambos, ministra y ministro, mencionaran a los jóvenes y el futuro, en sus respectivos largues, sin despeinarse. Esos jóvenes llenos de futuro por los que tanto curran. Y se desvelan.
Así que voy a proporcionarles hoy, para facilitar un poquito el desvelo, el retrato robot de uno de esos jóvenes por los que cada día, en los ministerios correspondientes, se rompen abnegadamente los cuernos. Puede valer como ejemplo una de las cartas que me llegaron esta semana: la de una chica de 28 años que trabaja en una tienda de Reus cobrando 900 euros al mes. Con novio desde hace dos años. Un chaval noblote y atento, pero con quien no puede irse a vivir, como quisiera, entre otras razones porque él lleva ya seis meses en el paro; y ella, por su parte, carga en su casa con todo el peso de la economía familiar.
Porque esa es otra. Con la chica viven su padre y su madre. Ésta, enferma de epilepsia, después de trabajar quince años sin que la dieran de alta en la Seguridad Social, no tiene trabajo, ni ayuda, ni pensión; y los setenta euros que se gasta cada mes en medicinas –un hachazo para la mermada economía familiar– tiene que dárselos su hija. Había en casa una cuarta persona, segunda hija, estudiante, que trabajaba cuando podía hasta que también se quedó sin empleo, y tuvo que irse a vivir a casa de su novio, con la familia de éste, porque en su casa una estudiante era una boca más y no había modo de mantenerla.
En cuanto al padre, nos vale también para retrato robot del español medio. Echado a la calle de la empresa donde estuvo veinticinco años trabajando, perdió el juicio, como cada vez, o casi, que un trabajador se enfrenta en solitario a una multinacional. Después tuvo que pagar las costas procesales y la minuta del abogado, y ni siquiera pudo cobrar el finiquito. Ruina total. Tuvo que dejar el piso que ya estaba casi pagado, malvender el camión con el que trabajaba, liquidar letras e irse a vivir a un sitio más modesto, pagando 900 euros mensuales de hipoteca más gastos de comunidad. Al cabo de un tiempo de estar en el paro consiguió, temporalmente, un trabajo de seis días a la semana llevando un tráiler al extranjero, por 1.600 euros mensuales que, descontados seguros, hipoteca, comida, teléfono e impuestos, no alcanzaban a pagar la luz, el agua y el gas. Pero ese dinero lo dejó de cobrar al quedarse de nuevo en paro por la crisis –ésa que no iba a existir, y que ahora sólo durará, afirman, un par de telediarios–. Y resulta, para resumir, que un hombre que ha trabajado toda su vida, desde los catorce años, se encuentra a los cincuenta y tres con que el mes que viene no puede pagar la hipoteca de la humilde vivienda donde se refugió tras perder el primer trabajo y la otra. Porque no tiene los cochinos 900 euros cada mes. Porque resulta que el único dinero que entra en casa, justo esa cantidad, es el que gana su hija: la joven cuyo futuro maravilloso planean con tanto esmero y eficacia la ministra de Educación, el de Economía y el resto de la peña. Y esa chica, con el sueldo miserable que percibe por trabajar ocho horas diarias seis días a la semana, con la casa familiar puesta a su nombre –el padre, comido de embargos, no pudo ponerla al suyo–, tiene ahora la angustia añadida de que, con los tiempos que vienen, o están aquí, en la tienda entra menos gente, y cualquier día pueden cerrarla y ponerla a ella en la calle. Y mientras, mantiene a su padre y a su madre, paga la luz, el agua, el gas y el teléfono, compra comida y lleva un año sin permitirse un libro o un revista, ni ir a un museo –los cobran– ni al cine, ni salir con su novio un sábado por la noche. Porque no puede. Porque no tiene con qué pagarse, a los veintiocho años y con una carrera hecha, trabajando desde hace cuatro, una puta cerveza.
Así que ya ven. Barrunto que la ministra de Educación, y el de Economía, y la ilustre madre que los parió, no hablan de los mismos jóvenes. Ni de la misma España.
Documentos de este tipo tienen un valor elevadísimo, a pocos genios de la historia podemos tener la suerte de escuchar, y sin duda alguna este tipo es uno de ellos. Bendita sea su saber y su humildad.
P.S: Un resumen de la amplia entrevista que puede ser vista también en youtube en su totalidad, para no pecar de repetitivo en el futuro informar que también están a vuestra disposición del mismo programa encuentros con Salvador Dalí, Julio Cortázar, Octavio Paz, Camilo José Cela y un amplio abanico de autores y artistas.
No hay nada mejor para intentar escapar de un periodo de sequía y tedio creativo que una pequeña distracción personal puesta al servicio del público. Como últimamente, afortunadamente y gracias a Dios, anda el mundo poco preocupado en guerras que poder informar (pese al dantesco caso que se perpetra en Guinea del Norte y otros lugares de África, a desarrollar más adelante), me centraré en otra de mis grandes fuentes, que son los libros y aquellos que nos los brindan. Ateniéndome a esto, veo que hay dos autores principales en mi vida, a los que admiro y que me han influido muchísimo en mi vida en los vírgenes papeles en blanco que con mis líneas estropeo: Arturo Pérez-Reverte, desde mi adolescencia; y ya de adulto, George Orwell. Curiosamente, ambos exreporteros de guerra, grandes articulistas y novelistas de marcado corte bélico y político.
Afortunadamente para mí, el primero aún está vivito y coleando y parece que le queda cuerda para rato, así que centrémonos en la figura del segundo. La vida y obra del inglés está repleta de pequeños y curiosos episodios que poco a poco, movido por la curiosidad hacia la persona que había tras dos grandes obras maestras como son “Rebelión en la Granja” y “1984”, he ido descubriendo. Aviso. Puede que este pequeño reportaje que presento no interese a muchos y aburra al personal ajeno a su obra, así que pido perdón por adelantado y animo a saltar al siguiente. No obstante, creo que al menos 5 de los 8 lectores de PATOCIENCIA sabrán agradecérmelo.
En primer lugar, tracemos una breve línea bio-bibliográfica sobre la que ubicar las anécdotas. Eric Arthur Blair nació en la India, colonia británica, en 1903, hijo de padres británicos. Pese a pertenecer a la clase media, gracias a su talento e inteligencia consigue ingresar en prestigiosas escuelas y universidades (como Eton). Se hace periodista y comienza a escribir muy temprano, y ya en 1930 publica sus primeras obras, de corte social e idealista. Incluso se dedica a vivir en suburbios y barrios marginales para conocer más a fondo esa realidad y se va a vivir a París un tiempo sin dinero para sobrevivir solo. “Sin blanca en París y Londres” es la obra producto de esta locura. Pasa a ser corresponsal de guerra y se dedica a cubrir y analizar algunos conflictos de la época, y poco a poco va ganando una pequeña y relativa fama en su mundillo. En 1936 viaja a España para combatir el fascismo y defender a la República, teniendo que huir en 1937 al ser perseguido por los comunistas de su propio bando, que lo acusaban de haber pertenecido a una organización trotskista. Vivió la manipulación que se daba tanto dentro como fuera de España al desarrollo de la guerra, y particularmente a los sucesos acaecidos en la “semana trágica” de Barcelona, en la que los stalinistas iniciaron la persecución española de trotskista, apoyados por un gobierno en deuda con la URSS. Lo visto aquí lo marca profundamente, y esto, junto a su alcanzada madurez y su talento natural, germina en las dos grandes obras arriba mencionadas. Además, alcanza ya una fama real y relevante y llega a ser articulista de una importante revista de la época, el “Observer”, sin abandonar su vocación de reportero de guerra, cubriendo así diferentes frentes de la Segunda Guerra Mundial. Continúo así hasta morir de tuberculosis en 1950, a los 47 años.
Precisamente, la primera de las anécdotas que vamos a comentar está relacionada con uno de estos libros: “Rebelión en la granja”. Todos los que la hemos leído pudimos disfrutar también de su prólogo, un artículo de Orwell añadido en ediciones posteriores a su muerte titulado “Libertad de prensa” en el que hace una defensa de la libertad de expresión y critica tanto la autocensura complaciente a la que se someten escritores y editores, como la manipulación informativa que esto conlleva. En el artículo, nos cuenta como el libro fue rechazado por diversos editores hasta encontrar uno con suficientes agallas como para publicarlo. Unos lo rechazaban por ser “demasiado crítico con el comunismo” (la URSS era aliada de UK en la guerra y no querían molestarlos) y otros, más conservadores, por ser “demasiado complaciente con el comunismo”. Tal cual. Cuando por fin encontró un editor dispuesto a sacar el libro, Jonathan Cape, este se echó atrás en el último momento. Cape tenía un amigo trabajando en un alto cargo del Ministerio de Información que le desaconsejo que apoyara el libro, ya que la fábula era un espejo demasiado claro de la evolución de la Unión Soviética, aliada fundamental británica entonces. Tras esta charla, Cape escribió una carta a Orwell diciéndole “No hay duda de que la elección de los cerdos como la casta dominante molestará a muchos, y particularmente a cualquiera que sea un poco susceptible, como sin duda son los rusos”. Todo esto podemos leerlo en el prologo de la mano del propio Orwell. Lo que este no cuenta es que al recibir la carta de Cape, escribió simplemente en su margen “tus cojones”.Además, si indagamos en la Historia descubrimos, para regocijo de los que en su día leímos el prólogo, que este amigo de Cape que trabajaba en el Ministerio, Meter Smollet, fue posteriormente desenmascarado y procesado como espía soviético.
Meses después, en 1945, siendo ya escritor famoso y reconocido, marchó a Francia a cubrir el avance aliado hasta Alemania. Allí en París descubrió que en su mismo hotel se hospedaba otro gran escritor al que él admiraba bastante: Ernest Hemingway. (Genio y maestro de la literatura universal, premio Nóbel en 1954). Emocionado, subió a presentarse a su habitación como Eric Blair, pero Hemingway no le reconoció, pensó que nunca había oído hablar de él y pensando que se trataba de un corresponsal británico más le espetó algo arisco “¿Qué demonios quiere usted?”. Entonces el primero contestó “Soy George Orwell”. Al oír aquello, a Hemingway se le iluminó el rostro, disculpó azorado y le invitó a pasar. Sacó una botella de whisky escocés de debajo de la cama y le invitó a tomar una copa con él. “Por qué demonios no dijo eso antes? No se quede ahí, entre, póngase uno doble”. Y quedaron largo rato charlando. Esto es lo que nos cuenta un complaciente Orwell de aquella cita. Sin embargo, Hemingay da una versión un poco más larga años más tarde y cuenta que Orwell llegó con aspecto nervioso y preocupado, y más tarde le confesó que tenía miedo porque temía que los agentes estalinistas lo estuviesen buscando entre la confusión de un París recién liberado. Hemingay le prestó un Colt del calibre 32 para que se defendiese si se daba el caso.
Con el tiempo, como ya hemos dicho, Orwell se convirtió en un prestigioso escritor y periodista, especializado en el análisis político y literario, publicando tanto artículos como reseñas literarias en su revista. Era un crítico mordaz, despreciaba la demagogia y la manipulación por encima de todo y como el mismo confiesa, cada línea que escribió desde su llegada de España en una línea en contra del totalitarismo y a favor del socialismo democrático. Fue uno de los primeros revolucionaros en posicionarse en contra del Imperialismo Británico y su colonialismo, defendiendo por ejemplo la independencia de la India. Lideró junto a su amigo, David Astor, editor de la revista, un profundo cambio político e ideológico dentro de la misma, esclerotizada en los arcaicos valores de su editor anterior. Pero además, como escritor, desarrolló una cruzada particular en contra del desprestigio de su lengua, a la que tanto amaba (y será casualidad lo de Pérez- Reverte, oigan). Criticaba la ligereza con la que se le maltrataba y reducía su idioma. En 1946 publica un ensayo titulado “La política y la lengua inglesa” en el que se lamenta del patético estado del periodismo contemporáneo (y ya hace más de 60 años de aquello) en el que ofrece valiosos consejos para futuros escritores. Estos consejos aún se citan en los manuales de estilo del “Observer”, ya que su crítica del lenguaje descuidado continúa tomándose muy en serio. En Inglaterra, claro. “Un hombre puede darse a la bebida porque se siente un fracasado y después, fracasar aún más estrepitosamente a consecuencia de que bebe; eso es bastante parecido a lo que sucede con la lengua inglesa. La lengua inglesa ha llegado a ser fea e imprecisa porque nuestros pensamientos son estúpidos”.
Como ya hemos mencionado, una de las experiencias que marcó más determinantemente a Eric Blair fue su experiencia en España y su lucha en nuestra Guerra Civil. Cuando llegó a España se alistó en las milicias del POUM, más por motivos geográficos que ideológicos, y sin llegar de alistarse al partido. Manifestaba públicamente que no creía en el comunismo ni compartía sus ideales, pero de todas las opciones posibles para combatir, aquella fue la que más simpatía le despertó. Vino atraído por el ideal romántico de luchar por la democracia y la libertad en contra del fascismo y de la opresión de un pueblo, sin olvidar que aquellos que se empuñaban los fusiles enemigos, lo hacían sin duda para defender otro ideal que ellos, en su error, considerarían correcto. De hecho, fue uno de los autores en acuñar que la Guerra Civil española fue “la última guerra de románticos”. Esta experiencia la recoge en “Homenaje a Cataluña”, y en ella, como digo, muestra siempre un profundo respeto por los soldados enemigos. Aún sabiendo que su objetivo es “matar fascistas”. Puede que además del espíritu idealista le impulsara el amor y curiosidad por nuestro país que siempre manifestó. Incluso llega a dejar escrito que lamentó enormemente haber podido ver sólo el noreste del país y no haber podido volver nunca a causa de la victoria de Franco. Además de su amor a nuestro país nos muestra también gran respeto y admiración por los españoles, a los que califica, entre otras virtudes, de “tremendamente generosos, no sólo en el plano material, sino en todos los aspectos”. “Si a un español oculto en su puesto le pasa un tiro realizado a doscientos metros a un palmo de su cara, en cuanto consiga ponerse a salvo en su trinchera exclamará “ese fascista hijo de puta es un magnífico tirador”, mientras que un inglés se cortaría la mano antes de hacer semejante concesión”.
Una vez, en uno de sus artículos, escribió, “Si uno mira dentro de si mismo, ¿quién es, Don Quijote o Sancho Panza? Casi con toda seguridad, uno es ambos”. Esa delgada línea entre el idealismo y el cinismo es uno de los valores más representativos de este escritor del que tanto he aprendido y al que tanto admiro. Valgan las torpes líneas que yo pueda dedicarle como mi pequeño homenaje personal a este maestro: Eric Arthur Blair, George Orwell.
PD: Con mucho cariño, y especialmente, a mi amigo Alberto "Koala", junto a un fuerte abrazo. A ver si consigo arrancarte una sonrisa, hijoputa.
Si quieres que la gente escuche no puedes limitarte a darles una palmadita en el hombro, hay que usar un mazo de hierro, entonces se consigue una atención absoluta.