Años hacía ya que no se veían las caras, en parte porque las caras del resto del escuadrón les recordaba a cada uno de ellos cosas que no querían tener en mente. No es que fuera algo traumático, como cuentan algunos excombatientes, pero es complicado tirar de anecdotario cuando todas las historias empiezan con "Y la vez que matamos a tres...", "¿Os acordáis el bombardeo sobre...?" o "¿Cómo se llamaba aquél que murió en...?" por muy entrenada que esté la mente (al menos si lo que se pretende es echar un dominguito tranquilo y no hacer una terapia de grupo). El caso es que hacía ya 50 años desde que aplastaron a hijos de otras madres distintas a las suyas, codo con codo tanto ellos como los otros ellos, sin más acritud que la patria y el mando de un superior. Tan señalada fecha merecía ser celebrada, así que, lo que son las nuevas tecnologías, surgió como de la nada la idea de reunirse a comer, a pasar el día juntos, y crearon un grupito de WhatsApp para tal fin.
En realidad daba igual quién fue el que dio el primer paso y creó el grupo, además ninguno de ellos se llevaba tan bien con el móvil como para mirarlo, pero todo fue rodado. Todos estaban de acuerdo en ir al campo del que en otro tiempo fuera el abanderado, todos mostraron su conformidad con la idea de ir vestidos con el traje de gala militar y ninguno de ellos dudó en ningún momento que lo que comerían serían platos tradicionales, comida de la de verdad, de la de toda la vida.
Aquella mañana, uno bromeaba con el tamaño de la butifarra que acababa de comprar, otro hacía alharacas de lo fresco de sus frutas, otro que se decía buen pescador no paraba de decir que llevaría la captura del día aunque fuera menester llevarla en un tráiler, etc. Por eso pasó desapercibido el mensaje del pobre hombre, el más veterano del grupo entero, que parecía estar diciendo que llevaría avíos para hacer una paella, cuando en realidad al decir "SOS" a lo que se refería es a que cuatro descendientes de aquellos hijos de otras madres (con muy mal perder, todo sea dicho de paso), lo tenían acorralado, palos en ristre, en el párking del outlet de un supermercado y a que no le vendrían mal refuerzos.
P.D: Algo como esto es lo que llevaba meses queriendo escribir, sea mejor o peor, esté mejor o peor redactado, pero algo como esto es lo que necesitaba.
"¿A que si fumas de boca no se te sube nada? Pues lo mismo pienso yo de las felaciones."
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domingo, 9 de junio de 2013
martes, 16 de abril de 2013
Os presento a Malaluna
Por hablar, hablemos mal de alguien:
Malaluna era el suspiro de los suspiros,
el remordimiento de un verdugo mal pagado,
un hígado malcriado y falto de cariño.
Todos los miedos conocían a Malaluna,
el estallido de una bala era su apellido
y un folio arrugado, su foto de familia.
Malaluna era una lengua besando un filo.
Malaluna pescaba nubes con la napia
y por las entretelas se las remetía
igualito que si fuera un puto peluche.
El viento deseaba sentir su canina fría
y el deseo quería que Malaluna abandonara.
Malaluna siempre fue pura hipocresía
porque nunca estuvo de buena mañana
y a to cristo le daba los buenos días.
Los escupitajos que tiraba eran versos
con significado y color de brea pura,
Malaluna jamás rimó entre sí dos palabras
ni relacionó una imagen con una figura.
Nunca se le cayó la sonrisa ácida
porque el cabrón cínico de Malaluna
sabía que todas las vidas son iguales
pero la suya era más fea que ninguna.
P.D: Malaluna, el blog fantasma. Blog fantasma, Malaluna.
"... y me caigo (yo es que soy mucho de caer) como se caen los alfileres a los patinillos."
Malaluna era el suspiro de los suspiros,
el remordimiento de un verdugo mal pagado,
un hígado malcriado y falto de cariño.
Todos los miedos conocían a Malaluna,
el estallido de una bala era su apellido
y un folio arrugado, su foto de familia.
Malaluna era una lengua besando un filo.
Malaluna pescaba nubes con la napia
y por las entretelas se las remetía
igualito que si fuera un puto peluche.
El viento deseaba sentir su canina fría
y el deseo quería que Malaluna abandonara.
Malaluna siempre fue pura hipocresía
porque nunca estuvo de buena mañana
y a to cristo le daba los buenos días.
Los escupitajos que tiraba eran versos
con significado y color de brea pura,
Malaluna jamás rimó entre sí dos palabras
ni relacionó una imagen con una figura.
Nunca se le cayó la sonrisa ácida
porque el cabrón cínico de Malaluna
sabía que todas las vidas son iguales
pero la suya era más fea que ninguna.
P.D: Malaluna, el blog fantasma. Blog fantasma, Malaluna.
"... y me caigo (yo es que soy mucho de caer) como se caen los alfileres a los patinillos."
miércoles, 20 de marzo de 2013
"La sonrisa de un muerto."
En la mente de un mecanicista no cabe la idea del azar (tampoco la del libre albedrío, pero eso es porque los mecanicistas no creen en la existencia de arbitrariedades en un Universo apasionante y apasionado ni en casi ninguna idea de las que dan gustito) pero si no fue por eso, a saber por qué razón peregrina decidió aquel niño borrar con sus manos la sonrisa de la cara de aquel cadáver. En cualquier caso sus motivaciones no son lo que nos ocupa. Tampoco la razón por la que murió el finado, ni en qué condiciones, ni por qué tenía el niño acceso al cuerpo. Lo reseñable del asunto es que ese señor había tenido la gloriosa suerte de acabar sus días con una expresión de felicidad en su rostro, que no es que el día de la muerte de uno o lo que haga justo antes de fenecer sea más importante que el resto de la vida, pero por el simple hecho de ser un momento único y el último ya cobra cierta notoriedad dentro de la propia historia de un individuo.
Entonces estamos en que quizás por azar, quizás por una razón estúpida o quizás por ninguna razón, aquel difunto que antes estaba alegre nunca más volvería a estarlo. Su sonrisa había desaparecido para siempre en el tiempo, era imposible recomponerla, irrecuperable de entre las garras del olvido. De hecho, frente a la eternidad de muerte que le esperaba al buen hombre (que no se sabe si era bueno, pero existe y es comprensible la tendencia a presuponer que la gente, así en general, lo es), es como si su sonrisa nunca hubiera existido, como si jamás él hubiera sonreído ni hubiera sabido descifrar en toda su vida el significado de una sonrisa.
Pues, bien, yo soy ese muerto.
P.D: Ya está.
"Pienso decirte que te quiero como el que se arranca un botón."
Entonces estamos en que quizás por azar, quizás por una razón estúpida o quizás por ninguna razón, aquel difunto que antes estaba alegre nunca más volvería a estarlo. Su sonrisa había desaparecido para siempre en el tiempo, era imposible recomponerla, irrecuperable de entre las garras del olvido. De hecho, frente a la eternidad de muerte que le esperaba al buen hombre (que no se sabe si era bueno, pero existe y es comprensible la tendencia a presuponer que la gente, así en general, lo es), es como si su sonrisa nunca hubiera existido, como si jamás él hubiera sonreído ni hubiera sabido descifrar en toda su vida el significado de una sonrisa.
Pues, bien, yo soy ese muerto.
P.D: Ya está.
"Pienso decirte que te quiero como el que se arranca un botón."
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lunes, 25 de febrero de 2013
Tempus fugitivo
Allí estaba el alumno en prácticas, ante su primer juicio. No estaba nervioso, su responsabilidad en el mismo era inexistente y la posibilidad de que tuviese que intervenir otro tanto. Sí que le movía cierta inquietud derivada de la curiosidad, cierto sentimiento de captación de la importancia del momento. Porque allí se decidía su futuro, no en esa causa, sino desde esa causa.
Entraron en primer lugar jueces, abogados y procuradores. Como manda el protocolo. Posteriormente los testigos que debían ofrecer su versión, quienes se adaptaron al primer banco de la Sala. Y luego, con un amplio intervalo de medio minuto entró el alumno, situándose en la última esfera de esa habitación donde iba a dar comienzo el juicio. Todo se movía por el terreno de la teóricamente conocida rutina. El juez abría el procedimiento, los abogados proponían los medios a prueba y uno lanzaba su acusación mientras el otro eximía a su cliente de toda responsabilidad. Todo muy jurídico, todo muy mecanizado. Todo muy.
Y en ese círculo de normalidad se produjo un hecho que marcaría una rara estampa en el proceso. A la presentación de una prueba por medio de la parte actora, el juez aclaró que el demandado debía tener tiempo para contestar a la misma, por lo que abrió un período de reflexión en aquel mismo momento, recordando a la parte demandante que debía avisar cuando estuviese lista para contestar y que entonces el juicio podría seguir desarrollándose con normalidad. Esto no parecía sorprender en principio a nuestro alumno en prácticas, que personalmente tomó la decisión como algo beneficioso ya que así podía hacer un resumen mental de lo acontecido hasta aquel momento.
La sala se ahogó en el silencio. El abogado pasaba hojas con una tranquilidad inusual, el juez miraba al infinito sin parecer que en él se hallase un gesto de espera, el procurador consultaba su Iphone mientras los testigos se miraban buscando complicidad.
El alumno, que había terminado de repasar mentalmente lo allí sucedido, empezaba a inquietarse ante tan larga espera. Nadie abría la boca, y el tiempo pasaba y pasaba sin mostrarse públicamente. Desesperado, echó mano del móvil convencido de que, mínimo, habían pasado dos horas desde el momento de la pausa. Pero ya no le quedaba batería. El sol que antes entraba y rebotaba en la pantalla del reproductor había ido cayendo hasta el mueble metálico que la sostenía, provocando el reflejo de éste en los ojos del procurador, que se mantenía absorto ante su Iphone. El viento que antes azotaba el ventanal de la sala había amainado, y el silencio era aún mayor. El color predominante de la sala, donde nadie se había levantado para encender la luz ante la inminente llegada del ocaso, era ya anaranjado e iba tirando hacia el púrpura. La noche llegó y el alumno seguía sin entender nada, desconcertado al no saber la hora exacta, calculaba que debía llevar allí al menos ocho horas, siete y media desde que el juez había parado el juicio. La desesperación se reflejaba en su cara, pero una cosa era estar tremendamente desalentado, y hambriento, y sediento, y cansado, y otra cosa muy diferente era interrumpir un procedimiento civil la primera vez que acudía a juicio. Lo intentó lanzando prolongadas miradas a su procurador, que había cambiado el móvil por un expediente, pero éste respondía con una ligera mueca, como si aquella situación fuera corriente.
Al amanecer del día siguiente, cuando ya se oían a las primeras furgonetas que salían de la ciudad, el abogado respondió a la prueba y el juicio continuó. Se mandó a dictar sentencia treinta minutos después y las partes salieron de la Sala con absoluta normalidad. El procurador le preguntó al alumno qué le había parecido, a lo que éste respondió: "Tal y como me lo habían descrito".
Entraron en primer lugar jueces, abogados y procuradores. Como manda el protocolo. Posteriormente los testigos que debían ofrecer su versión, quienes se adaptaron al primer banco de la Sala. Y luego, con un amplio intervalo de medio minuto entró el alumno, situándose en la última esfera de esa habitación donde iba a dar comienzo el juicio. Todo se movía por el terreno de la teóricamente conocida rutina. El juez abría el procedimiento, los abogados proponían los medios a prueba y uno lanzaba su acusación mientras el otro eximía a su cliente de toda responsabilidad. Todo muy jurídico, todo muy mecanizado. Todo muy.
Y en ese círculo de normalidad se produjo un hecho que marcaría una rara estampa en el proceso. A la presentación de una prueba por medio de la parte actora, el juez aclaró que el demandado debía tener tiempo para contestar a la misma, por lo que abrió un período de reflexión en aquel mismo momento, recordando a la parte demandante que debía avisar cuando estuviese lista para contestar y que entonces el juicio podría seguir desarrollándose con normalidad. Esto no parecía sorprender en principio a nuestro alumno en prácticas, que personalmente tomó la decisión como algo beneficioso ya que así podía hacer un resumen mental de lo acontecido hasta aquel momento.
La sala se ahogó en el silencio. El abogado pasaba hojas con una tranquilidad inusual, el juez miraba al infinito sin parecer que en él se hallase un gesto de espera, el procurador consultaba su Iphone mientras los testigos se miraban buscando complicidad.
El alumno, que había terminado de repasar mentalmente lo allí sucedido, empezaba a inquietarse ante tan larga espera. Nadie abría la boca, y el tiempo pasaba y pasaba sin mostrarse públicamente. Desesperado, echó mano del móvil convencido de que, mínimo, habían pasado dos horas desde el momento de la pausa. Pero ya no le quedaba batería. El sol que antes entraba y rebotaba en la pantalla del reproductor había ido cayendo hasta el mueble metálico que la sostenía, provocando el reflejo de éste en los ojos del procurador, que se mantenía absorto ante su Iphone. El viento que antes azotaba el ventanal de la sala había amainado, y el silencio era aún mayor. El color predominante de la sala, donde nadie se había levantado para encender la luz ante la inminente llegada del ocaso, era ya anaranjado e iba tirando hacia el púrpura. La noche llegó y el alumno seguía sin entender nada, desconcertado al no saber la hora exacta, calculaba que debía llevar allí al menos ocho horas, siete y media desde que el juez había parado el juicio. La desesperación se reflejaba en su cara, pero una cosa era estar tremendamente desalentado, y hambriento, y sediento, y cansado, y otra cosa muy diferente era interrumpir un procedimiento civil la primera vez que acudía a juicio. Lo intentó lanzando prolongadas miradas a su procurador, que había cambiado el móvil por un expediente, pero éste respondía con una ligera mueca, como si aquella situación fuera corriente.
Al amanecer del día siguiente, cuando ya se oían a las primeras furgonetas que salían de la ciudad, el abogado respondió a la prueba y el juicio continuó. Se mandó a dictar sentencia treinta minutos después y las partes salieron de la Sala con absoluta normalidad. El procurador le preguntó al alumno qué le había parecido, a lo que éste respondió: "Tal y como me lo habían descrito".
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viernes, 15 de febrero de 2013
La transformación
Podría decir que todo empezó cuando me rodearon, pero en realidad fue ahí donde todo acabó. Aquél fue el principio de un interminable fin. No sé cómo pude escapar, pero desde luego no lo hice indemne. Sé que corrí más de lo que mis piernas aguantaban, mucho más lejos de lo que mis pulmones resistían, corrí como si se me escapara el alma por la boca. Cuando estuve a salvo, no me sentí así, estaba nervioso y el corazón me latía extrañamente fuerte, a pesar del esfuerzo físico realizado aquellos latidos eran excesivos, jamás me había sentido así. Creo que sudaba aunque no estaba seguro. Creo que apretaba las mandíbulas y creo que me temblaban tanto los dientes, en un bruxismo tan violento, que creo que me rompí un colmillo y que el sabor metálico que notaba en la boca no era fruto de mi imaginación. Creo que tropecé y creo que tenía algo roto, pero ya sólo sentía la sangre fluir torpemente por mis venas, como si se estuviera espesando y el histrionismo de mis sístoles y diástoles apenas dieran abasto para mantenerme vivo. No estaba bien, eso desde luego, la realidad había retrocedido dos pasos y se alejaba de mí, por ello escuchaba todo como en la distancia y veía el mundo con retardo y con los contornos de todo lo visible e invisible dejando estelas a su paso, nublando mi percepción. En algún momento caí al suelo y no pude levantarme, todo se volvió oscuridad y silencio.
Igual pasé 5 minutos allí tirado o igual fue un día entero, pero al fin y al cabo podemos confirmar que me levanté. No era capaz de articular palabra, todo lo que alcanzaba a vocear eran gruñidos. Y alaridos. Y aullidos. Gritaba porque me dolía todo. Y todo no es sólo lo que me debía doler, las heridas del día anterior y todas las lesiones que acumulé en mi huida. No. Todo es todo. El silencio y la calma que el frenesí de mi corazón dejó había sido sustituido por una lucidez insólita a la hora de reconocer y sentir nuevos dolores. Me dolía la piel, cada roce del viento, las articulaciones, las mucosas, la sequedad de los ojos, las uñas, incluso cada idea que mi abotagado cerebro era capaz de traer al primer plano de la consciencia. Me dolía el hambre que tenía, un hambre indescriptible, de extrema necesidad, un hambre animal. En la garganta se me acumulaba una ruidosa manifestación de preguntas y quejas que escapan de cuando en cuando desordenadamente hacia el exterior en forma de berridos ininteligibles.
Era uno de ellos, al fin, la infección se había propagado por todo mi organismo y me había convertido en uno de ellos. Ya sólo podría votar al PP.
P.D: Maburro.
"Me vuelvo vulgar cuando me empalmo".
Igual pasé 5 minutos allí tirado o igual fue un día entero, pero al fin y al cabo podemos confirmar que me levanté. No era capaz de articular palabra, todo lo que alcanzaba a vocear eran gruñidos. Y alaridos. Y aullidos. Gritaba porque me dolía todo. Y todo no es sólo lo que me debía doler, las heridas del día anterior y todas las lesiones que acumulé en mi huida. No. Todo es todo. El silencio y la calma que el frenesí de mi corazón dejó había sido sustituido por una lucidez insólita a la hora de reconocer y sentir nuevos dolores. Me dolía la piel, cada roce del viento, las articulaciones, las mucosas, la sequedad de los ojos, las uñas, incluso cada idea que mi abotagado cerebro era capaz de traer al primer plano de la consciencia. Me dolía el hambre que tenía, un hambre indescriptible, de extrema necesidad, un hambre animal. En la garganta se me acumulaba una ruidosa manifestación de preguntas y quejas que escapan de cuando en cuando desordenadamente hacia el exterior en forma de berridos ininteligibles.
Era uno de ellos, al fin, la infección se había propagado por todo mi organismo y me había convertido en uno de ellos. Ya sólo podría votar al PP.
P.D: Maburro.
"Me vuelvo vulgar cuando me empalmo".
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miércoles, 6 de febrero de 2013
Corgao
Se te escapan un par de mechones del gorro de lana y de ahí cuelga
todo. Y todo son las paredes, las aceras, los coches y las ventanas con
todas las vidas que en la pantalla de sus cristales se dejan espiar.
Todo es el mundo que entero y pleno cuelga de tu pelo y a veces se
balancea un poco. Es por eso que a veces me mareo con el vaivén y me
quedo paralizado por lo incierto que se presenta el camino que pende de
tus labios. Yo, que nunca me he quedado sin palabras y que las derrocho a
diario como si no costaran dinero, pierdo el hilo de mis pensamientos
cuando veo al Universo arreguindarse de tu pelo, y más cuando no lo veo,
y más aún cuando lo tengo delante, y más aún cuando no lo tengo.
Reconozco que estoy muerto de miedo porque temo que cualquier día te vas a ir y te vas a llevar los dichosos mechones y vas a dejar caer el mundo al suelo y se van a romper los edificios y las carreteras y las puertas y las escaleras bajarán por fin en un estrepitoso descanso y yo no podré evitarlo de ninguna forma porque estoy mareado y paralizado y nunca supe escribirle bien a este tipo de sentimientos. Dime tú qué hago.
P.D: ^_^’
"Si enfocan a un futbolista lo cogen escupiendo, si enfocan a un chirigotero lo cogen mascando letra."
Reconozco que estoy muerto de miedo porque temo que cualquier día te vas a ir y te vas a llevar los dichosos mechones y vas a dejar caer el mundo al suelo y se van a romper los edificios y las carreteras y las puertas y las escaleras bajarán por fin en un estrepitoso descanso y yo no podré evitarlo de ninguna forma porque estoy mareado y paralizado y nunca supe escribirle bien a este tipo de sentimientos. Dime tú qué hago.
P.D: ^_^’
"Si enfocan a un futbolista lo cogen escupiendo, si enfocan a un chirigotero lo cogen mascando letra."
viernes, 16 de noviembre de 2012
Se buscan carpinteros voluntarios para construir una tarima...
Y fue entonces cuando se subió a la tarima. No tenía perro
(porque a su madre le da miedo) ni flauta (porque desde el colegio no la tocaba
y nunca pasó del himno de Andalucía). Iba razonablemente bien vestido, siempre
que entendamos como bien y como razonable que no estaba pasando frío y que
mantenía a cubierto la mayoría de su anatomía. Sus ojos estaban cansados y sus
hombros apuntaban hacia adelante. Estaba guahnío. Se acercó al micrófono,
carraspeó sonoramente y comenzó a hablar:
-Ciudadanos todos y compañeros de esta fatiguita mala que es
el vivir, oficialmente nos hemos levantado. Ya era hora, compadres, que se nos
venía haciendo tarde. De tanto tirar de la cuerda el pueblo por un lado y las
administraciones junto con los bancos y las empresas por el otro, al final le
hemos dado la razón a Llach y la estaca se ha pegado un jardazo. Hoy no es el
segundo "Cerco al Congreso" porque no estamos aquí para eso, no
hemos montado esta tarima para rodear nada y no necesitamos intimidar a nadie. La
estaca se ha caído ya y no tiene sentido seguir alabándola.
>>"Antisistema", decían. Nos lanzaban
palabras a la cara como si fueran despojos. De hecho, como si nosotros fuéramos
los únicos despojos capaces de vestir dichas palabras. "Radicales, antisistema,
antidemócratas". Bien, pues el sistema ha colapsado y una ola de la más
radical vida se ha colado por la puerta y pretende comenzar una guerra abierta
contra el poder (y siento mucho si esto suena a Rocío Jurado).
>>Cayó el Antiguo Régimen y en una tarima nació su
hijo retrasado, el Nuevo Régimen. Sobre una tarima que sirvió de paritorio y
apoyado por la alienación de una clase que respiraba el humo de las fábricas,
bajo las banderas de unas promesas idealistas que nos persiguen, incumplidas y
vacías. Ya va siendo hora de que cerquemos el camino de la muerte y la
entropía, de que un nuevo orden llegue. Sobre esta tarima no hay una
guillotina, no debemos rendirnos al conformismo que nos lleve a cometer los
mismos errores. Necesitamos un nuevo símbolo de poder. Así pues, que suba el
primero.
Y el primero estaba cagado. Subió al escenario con la barba
empapada en sudor y los ojos desorbitados. Tropezó varias veces antes de llegar
al centro del improvisado plató donde lo esperaba el orador. Presto, alguien se
acercó al reo y le colocó un micrófono de solapa y una petaca para que todos
pudieran oír claramente sus palabras. Alguien lo maquilló apresuradamente (incluido
un ridículo brochazo de carmín en los labios), se hicieron las pruebas de
sonido pertinentes, se le acercó una mesita con un vaso y una jarrita de agua,
la iluminación se centró en él y el orador tomó la palabra de nuevo para dar comienzo al diálogo:
-Señor Presidente.
-Bu... bue... buenash nochesh.
-Si no le importa nos saltaremos ciertas formalidades
porque, estará usted de acuerdo, los actos protocolarios no son televisivos y
ésta es la única parte de la Revolución que será televisada.
-Co... como gushte ushted.
-Bien, pues, a ver que mire -el maestro de ceremonias
buscaba entre sus papeles pasando una hoja y otra apresuradamente-, esto no,
esto tampoco... ¡Ah, ya está! Aquí está la parte que más nos interesa a todos.
-...
-Sus últimas palabras, por favor.
-¿Cómo que mish últimash palabrash? Verá...
Y esas fueron. El orador interrumpió el discurso del
Presidente de manera abrupta. Concretamente lo interrumpió propinándole un
tremendo golpe que venía tomando carrerilla con un teclado de ordenador. El
golpe retumbó tanto que incluso las cornisas de los edificios aledaños al
Congreso se vaciaron rápidamente de palomas. Una especia de emoción inundó los
estómagos de todos los presentes (menos del agredido, cabe suponer). El
Presidente cayó al suelo y las masas gritaron de júbilo. Es irónico que al
dirigente se le quedaran incrustadas en la cara las teclas Alt y F4. Lo
que le sobrevino a continuación fue un aluvión de golpes con el canto más pequeño del teclado centrados principalmente en su cara. Literalmente estaban machacando su rostro y terminando así con
su vida.
El orador se volvió a la feliz masa y, mientras el resto de
los voluntarios limpiaban el desaguisado, dijo jadeante:
-Hala, el segundo.
Y el segundo estaba más cagado todavía. Comenzó el juicio
rápido:
-¡Anda, coño, pero si traes puestos unos botines! Jodío,
mira que tienes arte...
-Sois todos unos...
-Bueno, bueno, ya será pa menos. Ande, diga sus últimas
palabras. ¡Pero en inglés!
-Güel... Ai cinc...
Y también lo interrumpieron. Y al tercero le paso igual. Y
al cuarto y al quinto. Y al sexto más de lo propio. El desfile de escoria
humana cesó cuando el último de los corruptos fue encontrado en su casa
sin vida. Estaba balanceándose desnudo en su garaje, con los pies a
metro y medio del suelo y ahorcado con el cable de su ratón.
P.D: ¡Revolución!
"El capitalismo pide a gritos una mijita de AK-47."
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- Publicado por Antonio,
Pataleo,
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viernes, 19 de octubre de 2012
Cosas
Y cuando las palabras cuelgan del postrero grito de un libro que se duerme de pie para morirse, la noche repara los cortes de sus venas. El relente espesa cada movimiento y las sábanas no encuentran la postura, así que sobrevuelan el ambiente ideas que arden en deseos de ocurrirse, de que les den caza, de agarrarse a una neurona. En el futuro más previsible, la mañana está hecha de ibuprofenos y el desayuno de lágrimas saltadas, maleducadas bocas abiertas y sonidos guturales.
El nombre se cae al suelo y rueda bajo el colchón, donde los filos y los brillos y los monstruos y las pelusas monstruosas y las losas sin gastar y donde están todas las cosas (siendo cada cosa una cosa y todas las cosas cada una, pues no hay una palabra que resulte más despreciable cuando se usa sin gracia). Un nombre se puede caer, al fin y al cabo, y no pasa nada pues sólo lo echará en falta el señor que te tiende la mano y que abre los paquetes con tijeras y que desenvuelve los regalos sin rasgar el papel.
La luciérnaga se desvela en pompas de gases nobles que la encierran, le acarician las alas, la torturan y le cantan consignas repetitivas. Total, que el techo se ha tumbado a mirar pasar los sueños como el que deja escapar un mosquito, pensando que casi ha hecho un bien.
P.D: Cosillas.
"To el mundo ha ido a todas las manifestaciones, to el mundo estuvo por París en el 68 y to el mundo estuvo en Cuba llevándole el Ventolin al Che".
El nombre se cae al suelo y rueda bajo el colchón, donde los filos y los brillos y los monstruos y las pelusas monstruosas y las losas sin gastar y donde están todas las cosas (siendo cada cosa una cosa y todas las cosas cada una, pues no hay una palabra que resulte más despreciable cuando se usa sin gracia). Un nombre se puede caer, al fin y al cabo, y no pasa nada pues sólo lo echará en falta el señor que te tiende la mano y que abre los paquetes con tijeras y que desenvuelve los regalos sin rasgar el papel.
La luciérnaga se desvela en pompas de gases nobles que la encierran, le acarician las alas, la torturan y le cantan consignas repetitivas. Total, que el techo se ha tumbado a mirar pasar los sueños como el que deja escapar un mosquito, pensando que casi ha hecho un bien.
P.D: Cosillas.
"To el mundo ha ido a todas las manifestaciones, to el mundo estuvo por París en el 68 y to el mundo estuvo en Cuba llevándole el Ventolin al Che".
domingo, 7 de octubre de 2012
Caronte
"Nada pueden hacer los muertos por ser o por no ser. De hecho, si me preguntas mi opinión, puedo decirte que tampoco tengo muy claro que en el caso de los vivos sea distinto. La voluntad está totalmente sobrevalorada. Desde el principio nos enseñan a pensar que podemos labrarnos el futuro que queramos, pero no nos dicen que nuestra propia condición es una condena y una cadena que nos ata firmemente. Con una mano palpamos las opciones mientras la otra ya eligió antes de que nos preguntaran. La voluntad es al ser humano lo que la zanahoria al borrico", decía, "¿Cómo puede ser tan cenizo y tan pesimista?", preguntaban, "Tal y como estamos...", respondía.
Su idea estaba clara y la exponía cada vez que el azar le brindaba una oportunidad, siempre ilustrándola con diversas alegorías que servían de ejemplo. "No es cosa del destino ni siquiera del determinismo", solía decir, "el hecho es que podemos ser tan imperecederos, graves y poco apasionados como una piedra o tan fugaces y leves como una cometa sin hilo. Claro, puedes ser una cometa amarrada, una piedra que rueda... pero cada uno puede ser una cosa y sólo una cosa, no conozco el caso de ninguna piedra que repentinamente decidiera salir volando. Para siempre atados a una esencia".
Un día hubo quien se negó a seguir escuchando sin rechistar y sin pensarlo gritó "Y, si tan marcadas están las cartas, ¿por qué no dejas de jugar?, ¿cómo es que no abandonas el juego?", "¿Quitarme la muerte?", "¡Claro!", "Dejar de estar muerto, dices. Nacerme y acabar con todo", "Sí, borrar todo este hastío de un plumazo, coger por la calle del medio, sí, nacerte". Llegados a este punto, cartas sobre la mesa, no pudo más que sincerarse al decir "Porque tengo pánico. ¿Qué hay más allá del nacimiento?, ¿a dónde vamos? Todas las personas a lo largo de su muerte se han preguntado alguna vez esto y jamás nadie ha podido contestarlo. Y jamás nadie pudo negar cierto miedo innato al nacimiento. Todo eso sin contar con que la sociedad ha llegado a inculcarnos a todos que la muerte es lo más importante que tenemos, así sea que sólo nos procure dolor y sufrimientos, siempre nos dicen que nada hay con más valor que nuestra muerte y por nada hay que darla... ¡lo que hay que escuchar!", "Y si tan fantástica es la muerte, ¿por qué nadie vuelve de la vida?", "A saber, quizás se esté mejor, quizás no puedan o no sepan cómo, quizás vuelvan y no nos demos cuenta por alguna razón".
Navegando por el río, dando viajes entre las riberas, acarrea que te acarrea, el lúgubre barquero que escuchó parte de la conversación, se afanaba en ocultar la risilla malvada que se le escapaba entre sus desnudos dientes pero apenas lo conseguía. "Qué lástima que ninguno sepa nadar", ironizaba, "porque hay que ver lo que se parecen los de una orilla y otra".
P.D: Tiene que venir un nota desde Irlanda para subir textos. Es tremendo.
"Los problemas son una ETS."
Su idea estaba clara y la exponía cada vez que el azar le brindaba una oportunidad, siempre ilustrándola con diversas alegorías que servían de ejemplo. "No es cosa del destino ni siquiera del determinismo", solía decir, "el hecho es que podemos ser tan imperecederos, graves y poco apasionados como una piedra o tan fugaces y leves como una cometa sin hilo. Claro, puedes ser una cometa amarrada, una piedra que rueda... pero cada uno puede ser una cosa y sólo una cosa, no conozco el caso de ninguna piedra que repentinamente decidiera salir volando. Para siempre atados a una esencia".
Un día hubo quien se negó a seguir escuchando sin rechistar y sin pensarlo gritó "Y, si tan marcadas están las cartas, ¿por qué no dejas de jugar?, ¿cómo es que no abandonas el juego?", "¿Quitarme la muerte?", "¡Claro!", "Dejar de estar muerto, dices. Nacerme y acabar con todo", "Sí, borrar todo este hastío de un plumazo, coger por la calle del medio, sí, nacerte". Llegados a este punto, cartas sobre la mesa, no pudo más que sincerarse al decir "Porque tengo pánico. ¿Qué hay más allá del nacimiento?, ¿a dónde vamos? Todas las personas a lo largo de su muerte se han preguntado alguna vez esto y jamás nadie ha podido contestarlo. Y jamás nadie pudo negar cierto miedo innato al nacimiento. Todo eso sin contar con que la sociedad ha llegado a inculcarnos a todos que la muerte es lo más importante que tenemos, así sea que sólo nos procure dolor y sufrimientos, siempre nos dicen que nada hay con más valor que nuestra muerte y por nada hay que darla... ¡lo que hay que escuchar!", "Y si tan fantástica es la muerte, ¿por qué nadie vuelve de la vida?", "A saber, quizás se esté mejor, quizás no puedan o no sepan cómo, quizás vuelvan y no nos demos cuenta por alguna razón".
Navegando por el río, dando viajes entre las riberas, acarrea que te acarrea, el lúgubre barquero que escuchó parte de la conversación, se afanaba en ocultar la risilla malvada que se le escapaba entre sus desnudos dientes pero apenas lo conseguía. "Qué lástima que ninguno sepa nadar", ironizaba, "porque hay que ver lo que se parecen los de una orilla y otra".
P.D: Tiene que venir un nota desde Irlanda para subir textos. Es tremendo.
"Los problemas son una ETS."
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miércoles, 12 de septiembre de 2012
Incluso peor
O, incluso peor, habrás de mirar a los ojos a la persona que más quieres y negar hasta tu propio nombre, mentir, traicionar tu propia vida y refugiarte, cobarde, en la seguridad de una desgracia silenciosa.
O, incluso peor, habrás de buscar el amor en el cálido abrazo de las patitas de una cucaracha, sintiendo su cuerpo crujir, notando cómo se desprende su exoesqueleto, cómo se derraman sobre tu pecho sus vísceras, habrás de besarla y que sus antenas rocen tus labios para saber que por un momento ella fue tu vida y que todo para ella fuiste tú.
O, incluso peor, habrás de alimentarte por ti mismo, acechar en las sombras tras las pisadas de una rata, abalanzarte sobre ella, inmovilizarla, no perder tiempo en darle muerte por si se escapa, extender su cuello y morderlo sin atender a los crujidos de huesos y a los fluidos vitales que inunden tu boca e impregnen tu cara, ignorar sus chillidos, abandonarte a la más cruel naturaleza, tragar pelos y comer vida.
O, incluso peor, habrás de vivir, miserable, sin motivos para no dejar de hacerlo.
P.D: Hola, muy buenas.
"El placer se había enganchado a una roca en el fondo del orden natural."
O, incluso peor, habrás de buscar el amor en el cálido abrazo de las patitas de una cucaracha, sintiendo su cuerpo crujir, notando cómo se desprende su exoesqueleto, cómo se derraman sobre tu pecho sus vísceras, habrás de besarla y que sus antenas rocen tus labios para saber que por un momento ella fue tu vida y que todo para ella fuiste tú.
O, incluso peor, habrás de alimentarte por ti mismo, acechar en las sombras tras las pisadas de una rata, abalanzarte sobre ella, inmovilizarla, no perder tiempo en darle muerte por si se escapa, extender su cuello y morderlo sin atender a los crujidos de huesos y a los fluidos vitales que inunden tu boca e impregnen tu cara, ignorar sus chillidos, abandonarte a la más cruel naturaleza, tragar pelos y comer vida.
O, incluso peor, habrás de vivir, miserable, sin motivos para no dejar de hacerlo.
P.D: Hola, muy buenas.
"El placer se había enganchado a una roca en el fondo del orden natural."
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jueves, 6 de septiembre de 2012
"El progreso no existe", decía aquél.
Se vanaglorian allá desde sus púlpitos, enfrente de tribunas donde se
vanaglorian. Como cucarachas corretean por el mundo, unos sobre otros,
chocándose, se dan palmaditas con sus antenas repugnantes, se felan cada
vez que pueden y cubren de falsa modestia cada pasito que dan. No puedo
distinguirlos, todos son igual de insignificantes y todos representan
para mí el mismo trámite tedioso dentro de mi cometido divino. Creen que
ellos son responsables y libres, creen que son totalmente
autosuficientes y creen que van ampliando su autarquía manteniéndome a
raya, creen que los protege la sombra de su aparentemente vasto reinado.
Hace siglos creían que se salvaban por un dios o por otro, que me
esquivaban por la providencia y que la fe era capaz de detener la caída
de cada grano en mi reloj de arena. Con el tiempo cambiaron la dirección
de sus rezos, pero con la misma ceguera y el mismo tesón seguían
encomendándose a algo que la mayoría no entendía y que los que
entendían, sobrevaloraban. Oh, con la madre Ciencia hemos topado. Están
convencidos de que con una sutura, una inyección, un antibiótico o
cualquiera de esas alquímicas soluciones estúpidas están escapando de
mis manos una y otra vez. Miserables máquinas orgánicas, ciegas y
complacientes, todavía se creen que sobreviven cada día porque gracias a
su astucia consiguen una y otra vez una victoria épica contra lo
inevitable.
Ay, si no me hubiera precipitado. Ay, si mi guadaña pudiera funcionar todavía como antaño. Ay, si no hubiera matado al afilador.
P.D: Y permítanme mis lectores (xD) que en lugar de una imagen, ponga un bello vídeo...
"Cuéntale a otro lo del mérito, que pocas cosas más destructivas ha creado el ser humano"
Ay, si no me hubiera precipitado. Ay, si mi guadaña pudiera funcionar todavía como antaño. Ay, si no hubiera matado al afilador.
P.D: Y permítanme mis lectores (xD) que en lugar de una imagen, ponga un bello vídeo...
"Cuéntale a otro lo del mérito, que pocas cosas más destructivas ha creado el ser humano"
viernes, 31 de agosto de 2012
The Little Mermaid Revisited
El sol hacía ranitas con sus rayos sobre el plato de la mar. Jugaba a ver si daba dos botes, si daba tres, si le acertaba en los ojos a alguien...
Ambos corrían por la arena, saltando por encima de las tímidas olas, enjugando las lágrimas de la espuma y levantando de su letargo terroncitos de arena. La alfombra se arrugaba, daba su consentimiento a sus huellas y acariciaba cada tacto, cada espalda. "Vivir por siempre bajo el mar, dijo ella". Él la aferró por los brazos y precipitó una pelea de labios y lenguas húmedas mientras la llevaba en volandas, con toda pasión, hacia dentro del agua. Cuando el nivel les llegaba por la cintura, la dejó apoyar los pies en el suelo, sonrió, dio paso a un desfile de gotas por sus mejillas, metió las manos en su melena, agarró su nuca y con todas sus fuerzas hundió la cabeza de su amada en el mar. Ella braceó durante un ratito, otro ratito estuvo forcejeando y al ratito se dejó llevar. Para siempre bajo el mar.
P.D: La ha matao.
¿Y poco a poco ir quedándote sin respuestas cuando alguien dice "Con Franco se vivía mejor"? Eso sí que no tiene precio.
Ambos corrían por la arena, saltando por encima de las tímidas olas, enjugando las lágrimas de la espuma y levantando de su letargo terroncitos de arena. La alfombra se arrugaba, daba su consentimiento a sus huellas y acariciaba cada tacto, cada espalda. "Vivir por siempre bajo el mar, dijo ella". Él la aferró por los brazos y precipitó una pelea de labios y lenguas húmedas mientras la llevaba en volandas, con toda pasión, hacia dentro del agua. Cuando el nivel les llegaba por la cintura, la dejó apoyar los pies en el suelo, sonrió, dio paso a un desfile de gotas por sus mejillas, metió las manos en su melena, agarró su nuca y con todas sus fuerzas hundió la cabeza de su amada en el mar. Ella braceó durante un ratito, otro ratito estuvo forcejeando y al ratito se dejó llevar. Para siempre bajo el mar.
P.D: La ha matao.
¿Y poco a poco ir quedándote sin respuestas cuando alguien dice "Con Franco se vivía mejor"? Eso sí que no tiene precio.
jueves, 23 de agosto de 2012
Whitesnow Revisited
La primera vez que entró en el gran salón su nariz reaccionó
arrugándose ante el olor a desinfectante, meados blancos y sopor. Un ventilador
en el techo se balanceaba a cada vuelta y libraba una espectacular batalla
contra el calor. Parecía que la vida se había olvidado de pasar por aquel
lugar.
"¿Quiere un consejo?", le había preguntado su primer día de forma presumiblemente retórica una veterana enfermera, su única compañera durante el verano y, al fin y al cabo, su nueva jefa. "No les de pie, no les tome aprecio y no baje nunca la guardia. En cualquier momento pueden convertirse en su pesadilla. Todos y cada uno de los enfermos que hay aquí me han escupido, insultado o agredido al menos una vez. El dinero que se gana aquí es muy amargo y casi no está justificado". Deglutió el miedo y sonrió, agradeciendo el consejo y disimulando el desagrado que aquella aprensiva mujer le causaba.
Aquella era una residencia humilde que en verano se quedaba aproximadamente con media docena de enfermos. Los internos que no se iban de vacaciones solían ser personas con las capacidades muy mermadas o cuyas familias no podían darles la atención que requerían. Entre ellos, destacaba un señor muy alegre con un equívoco físico que a ratos parecía tener cuatro años y a ratos aparentaba haber pasado con creces el medio siglo. Era sordomudo de nacimiento y sufría frecuentes crisis de ausencia causadas por la epilepsia. El resto de la cuadrilla estaba formada por un esquizofrénico, un paciente especialmente agresivo con trastorno bipolar, un zoófilo catatónico, un enfermo con TOC y neurosis hacia los pies, un autista con trastorno histriónico de la personalidad y un paranoico que hacía un año se había amputado las piernas porque creía que el del TOC se las quería robar.
Ante tal pléyade exigente e impredecible, buscó la complicidad en cada paciente desde el primer día intentando usar la mano izquierda para encontrarle la espalda a sus defensivas actitudes. A base de no sobrepasar líneas y de apuntar siempre a la sien de los enemigos imaginarios de cada paciente, se fue convirtiendo en una cómplice más, en un apoyo dentro del hostil mundo que aparentemente los amenazaba. Y finalmente no era el lobo tan fiero como lo pintaban. En los dos meses que llevaba trabajando había conseguido cierta armonía y estabilidad en el trato con los pacientes y había hecho que todos se acostumbraran a su presencia. Incluso se podría decir, aunque jamás se atrevería a hacerlo en voz alta, que varios de ellos le empezaron a tomar cariño.
Esta situación que parecía estar transformando el triste ambiente del lugar, tenía verdaderamente contrariada a la veterana enfermera que en sus más de 25 años de trabajo jamás había llegado a tener tal grado de confianza con los enfermos. En poco tiempo había visto cómo "la guapita de la nueva" se había congraciado con todos haciéndola de menos, excediéndose en su trabajo. Incluso había ocasiones en las que algunos enfermos descansaban plácidamente o agradecían con una sonrisa las atenciones de la novata y un instante después, frente a la veterana, cambiaban totalmente la expresión y se revolvían violentamente. A finales del verano la situación se hizo insostenible para la jefa. Los celos y la envidia la tenían desquiciada. No soportaba la idea de que el trabajo de toda su vida se viera superado en unos pocos meses por las carantoñas y las boberías de una niñata. Fuera de sí y lejos de toda cordura quiso jugarle una trastada a su compañera. Un día, a hurtadillas y sin que se diera cuenta, le espolvoreó en la ensalada un soporífico que extrajo de uno de los blísteres de los pacientes. Lamentable y previsiblemente, la broma se le fue de las manos. Lo que debería haber acabado en un malestar y en un pesado sueño, acabó en tragedia. A media tarde la bisoña enfermera se disponía a subir a las habitaciones para despertar a los enfermos y bajarlos para la merienda. Ya casi en el segundo piso, con dos escalones por subir, le sobrevino un vértigo y perdió el equilibrio. Sin atino para agarrarse a la barandilla ni tiempo para reaccionar, la joven se precipitó escaleras abajo rodando. Cada uno de los escalones que la saludaron al pasar le dejaron un recuerdo bajo la piel. Cada centímetro de caída, cada milisegundo, cada golpe, cada raspadura. Cuando se detuvo su caída, había perdido varios dientes por el camino, se había destrozado una rodilla y una de sus asustadas costillas había ido a refugiarse de tanto golpe al calor de uno de sus pulmones. Casualmente en ese mismo momento salía de su habitación el alegre sordomudo que pudo ver el accidente y que, horrorizado e impotente, no supo qué hacer ni cómo avisar a nadie del desastre, así que corrió junto al inmóvil cuerpo de su enfermera preferida y se puso a llorar y a batir palmas.
Fue un milagro que la ambulancia tardara tan poco en llegar desde que la avisaran. También parece un milagro que todavía estuviera viva cuando se dispusieron a reanimarla, sin éxito, porque parecía estar en coma. La trasladaron inmediatamente al hospital donde, tras estabilizarla milagrosamente y tras cerciorarse de su evidente estado comatoso, le operaron la costilla y le cosieron las brechas. Siguieron días y semanas de recuperación, complicaciones médicas, la operación de rodilla, tejidos cicatrizando, picores e incomodidades. "Al menos está en coma", decía un médico, "ésa es la mejor y más barata anestesia que existe". El caso es que entre tanto milagro, los médicos pasaron por alto que en la caída la pobre enfermera se dañó gravemente el bulbo raquídeo y el puente troncoencefálico, quedando intactos su cerebro y su vigilia. Padecía el llamado síndrome de enclaustramiento y, para su desgracia, había estado despierta desde poco después del accidente, padeciendo cada segundo, cada operación y cada cura, rabiando por morirse de una puñetera vez o al menos por desmayarse del dolor. Vivía una muerte, con la mente y los sentidos encerrados en un trozo de carne dolorido.
Un día, una suave voz masculina, que le resultaba familiar de todos los días que llevaba en el hospital, se acercó a su oreja persiguiendo la humedad de un aliento pegajoso que parecía estar manchándole hasta el alma. "¿Sabes, princesa? Una de las ventajas de que estés en coma es que para hacértelo no tengo ni que darte un beso".
"¿Quiere un consejo?", le había preguntado su primer día de forma presumiblemente retórica una veterana enfermera, su única compañera durante el verano y, al fin y al cabo, su nueva jefa. "No les de pie, no les tome aprecio y no baje nunca la guardia. En cualquier momento pueden convertirse en su pesadilla. Todos y cada uno de los enfermos que hay aquí me han escupido, insultado o agredido al menos una vez. El dinero que se gana aquí es muy amargo y casi no está justificado". Deglutió el miedo y sonrió, agradeciendo el consejo y disimulando el desagrado que aquella aprensiva mujer le causaba.
Aquella era una residencia humilde que en verano se quedaba aproximadamente con media docena de enfermos. Los internos que no se iban de vacaciones solían ser personas con las capacidades muy mermadas o cuyas familias no podían darles la atención que requerían. Entre ellos, destacaba un señor muy alegre con un equívoco físico que a ratos parecía tener cuatro años y a ratos aparentaba haber pasado con creces el medio siglo. Era sordomudo de nacimiento y sufría frecuentes crisis de ausencia causadas por la epilepsia. El resto de la cuadrilla estaba formada por un esquizofrénico, un paciente especialmente agresivo con trastorno bipolar, un zoófilo catatónico, un enfermo con TOC y neurosis hacia los pies, un autista con trastorno histriónico de la personalidad y un paranoico que hacía un año se había amputado las piernas porque creía que el del TOC se las quería robar.
Ante tal pléyade exigente e impredecible, buscó la complicidad en cada paciente desde el primer día intentando usar la mano izquierda para encontrarle la espalda a sus defensivas actitudes. A base de no sobrepasar líneas y de apuntar siempre a la sien de los enemigos imaginarios de cada paciente, se fue convirtiendo en una cómplice más, en un apoyo dentro del hostil mundo que aparentemente los amenazaba. Y finalmente no era el lobo tan fiero como lo pintaban. En los dos meses que llevaba trabajando había conseguido cierta armonía y estabilidad en el trato con los pacientes y había hecho que todos se acostumbraran a su presencia. Incluso se podría decir, aunque jamás se atrevería a hacerlo en voz alta, que varios de ellos le empezaron a tomar cariño.
Esta situación que parecía estar transformando el triste ambiente del lugar, tenía verdaderamente contrariada a la veterana enfermera que en sus más de 25 años de trabajo jamás había llegado a tener tal grado de confianza con los enfermos. En poco tiempo había visto cómo "la guapita de la nueva" se había congraciado con todos haciéndola de menos, excediéndose en su trabajo. Incluso había ocasiones en las que algunos enfermos descansaban plácidamente o agradecían con una sonrisa las atenciones de la novata y un instante después, frente a la veterana, cambiaban totalmente la expresión y se revolvían violentamente. A finales del verano la situación se hizo insostenible para la jefa. Los celos y la envidia la tenían desquiciada. No soportaba la idea de que el trabajo de toda su vida se viera superado en unos pocos meses por las carantoñas y las boberías de una niñata. Fuera de sí y lejos de toda cordura quiso jugarle una trastada a su compañera. Un día, a hurtadillas y sin que se diera cuenta, le espolvoreó en la ensalada un soporífico que extrajo de uno de los blísteres de los pacientes. Lamentable y previsiblemente, la broma se le fue de las manos. Lo que debería haber acabado en un malestar y en un pesado sueño, acabó en tragedia. A media tarde la bisoña enfermera se disponía a subir a las habitaciones para despertar a los enfermos y bajarlos para la merienda. Ya casi en el segundo piso, con dos escalones por subir, le sobrevino un vértigo y perdió el equilibrio. Sin atino para agarrarse a la barandilla ni tiempo para reaccionar, la joven se precipitó escaleras abajo rodando. Cada uno de los escalones que la saludaron al pasar le dejaron un recuerdo bajo la piel. Cada centímetro de caída, cada milisegundo, cada golpe, cada raspadura. Cuando se detuvo su caída, había perdido varios dientes por el camino, se había destrozado una rodilla y una de sus asustadas costillas había ido a refugiarse de tanto golpe al calor de uno de sus pulmones. Casualmente en ese mismo momento salía de su habitación el alegre sordomudo que pudo ver el accidente y que, horrorizado e impotente, no supo qué hacer ni cómo avisar a nadie del desastre, así que corrió junto al inmóvil cuerpo de su enfermera preferida y se puso a llorar y a batir palmas.
Fue un milagro que la ambulancia tardara tan poco en llegar desde que la avisaran. También parece un milagro que todavía estuviera viva cuando se dispusieron a reanimarla, sin éxito, porque parecía estar en coma. La trasladaron inmediatamente al hospital donde, tras estabilizarla milagrosamente y tras cerciorarse de su evidente estado comatoso, le operaron la costilla y le cosieron las brechas. Siguieron días y semanas de recuperación, complicaciones médicas, la operación de rodilla, tejidos cicatrizando, picores e incomodidades. "Al menos está en coma", decía un médico, "ésa es la mejor y más barata anestesia que existe". El caso es que entre tanto milagro, los médicos pasaron por alto que en la caída la pobre enfermera se dañó gravemente el bulbo raquídeo y el puente troncoencefálico, quedando intactos su cerebro y su vigilia. Padecía el llamado síndrome de enclaustramiento y, para su desgracia, había estado despierta desde poco después del accidente, padeciendo cada segundo, cada operación y cada cura, rabiando por morirse de una puñetera vez o al menos por desmayarse del dolor. Vivía una muerte, con la mente y los sentidos encerrados en un trozo de carne dolorido.
Un día, una suave voz masculina, que le resultaba familiar de todos los días que llevaba en el hospital, se acercó a su oreja persiguiendo la humedad de un aliento pegajoso que parecía estar manchándole hasta el alma. "¿Sabes, princesa? Una de las ventajas de que estés en coma es que para hacértelo no tengo ni que darte un beso".
P.D: Suavecito y de colega.
"Pa que yo no me folle a una tía por tener hongos, tiene que tener en el potorro una inmobiliaria de David el Gnomo"
lunes, 16 de abril de 2012
Semanticada tautogramática
- Tranquilo, tómate tu tiempo.
- ¿¿¿Tranquilo??? ¡¡¡Tatúate "tautograma" tú, tontolculo!!!
- Tío, tranqui. Toma, ten tu tinta.
- Tssss... Timbécil
- ¿¿¿Tranquilo??? ¡¡¡Tatúate "tautograma" tú, tontolculo!!!
- Tío, tranqui. Toma, ten tu tinta.
- Tssss... Timbécil
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lunes, 26 de marzo de 2012
Coacción
Ebria, completamente ebria en la orilla del río. Sólo quedaba el culillo de la botella de vino blanco que había comprado en el ultramarino de siempre, y a pesar de no tener dónde caer muerta y de sobrarle ganas de beber, ese culillo tenía que terminar en el fondo del río. Porque era tradición, y ella le tenía más respeto a las tradiciones que al alcohol.
Fue entonces cuando, tras tirar el culillo y luego la botella al fondo del río, suspiró demandando el amor que le faltaba. Había tenido el alcohol, tenía las estrellas y el río pero faltaba la culminación. Y casi como una respuesta astral bajó su amigo, el dueño de la esquina con la Magdalena. No necesitaban palabras, sólo sentarse juntos y colgar las piernas en la orilla, escuchar el río con fuerza y la ciudad muriendo detrás. Y besarse, besarse en progresión, con la dulzura de los compases iniciales y la potencia de la continuación. A ella, él le olía rosas, y a él ella le olía a caucho pero le sabía mejor de lo que le olía.
Se tumbaron en las húmedas losas protegidos por la cantidad de ropa que ambos vestían, con ella encima agarrando las muñecas del de la Magdalena, haciendo rebotar el aliento a vino blanco con el aliento a vino rosado y luchando él por prolongar la excitación que sentía, porque aquellos momentos eran más difíciles que frecuentes y quizás no se volviesen a repetir.
Se lanzaron hacia el amor, con el deseo de dos enamorados, con la tristeza de dos almas en vilo. Y el deseo superó a la tristeza mientras se ahogaban en el placer, el placer que daba cada embestida y que había borrado el frío y la luz.
Llegaba el final, la explosión del amor, la culminación del precioso camino cuando al sonido del río y la ciudad se le unió el de una sirena, y el de un altavoz. Se escucharon insultos y pasos, los vagabundos no podían frenar su ímpetu pero no le ganaron al tiempo. Las porras les golpearon, las losas volvieron a su relieve original y la historia no tuvo final.
¿Libertad de amor?, tan coartada como el resto.
Fue entonces cuando, tras tirar el culillo y luego la botella al fondo del río, suspiró demandando el amor que le faltaba. Había tenido el alcohol, tenía las estrellas y el río pero faltaba la culminación. Y casi como una respuesta astral bajó su amigo, el dueño de la esquina con la Magdalena. No necesitaban palabras, sólo sentarse juntos y colgar las piernas en la orilla, escuchar el río con fuerza y la ciudad muriendo detrás. Y besarse, besarse en progresión, con la dulzura de los compases iniciales y la potencia de la continuación. A ella, él le olía rosas, y a él ella le olía a caucho pero le sabía mejor de lo que le olía.
Se tumbaron en las húmedas losas protegidos por la cantidad de ropa que ambos vestían, con ella encima agarrando las muñecas del de la Magdalena, haciendo rebotar el aliento a vino blanco con el aliento a vino rosado y luchando él por prolongar la excitación que sentía, porque aquellos momentos eran más difíciles que frecuentes y quizás no se volviesen a repetir.
Se lanzaron hacia el amor, con el deseo de dos enamorados, con la tristeza de dos almas en vilo. Y el deseo superó a la tristeza mientras se ahogaban en el placer, el placer que daba cada embestida y que había borrado el frío y la luz.
Llegaba el final, la explosión del amor, la culminación del precioso camino cuando al sonido del río y la ciudad se le unió el de una sirena, y el de un altavoz. Se escucharon insultos y pasos, los vagabundos no podían frenar su ímpetu pero no le ganaron al tiempo. Las porras les golpearon, las losas volvieron a su relieve original y la historia no tuvo final.
¿Libertad de amor?, tan coartada como el resto.
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viernes, 16 de marzo de 2012
Fábula de los monos y la imaginación
Si algún niño humano hubiera acabado por las razones que fuera en aquella selva, probablemente habría muerto. Aquella era una selva enmarañada de ramas, hojas y lianas en la que apenas quedaba un palmo de suelo sin ocupar por raíces.
La sociedad de aquel lugar estaba estratificada tanto por razones de clase y de especie como por razones meramente físicas. En el suelo los del suelo, en la corteza de los árboles los bichos, en el cielo las rapaces y en las ramas los monos. Ay, los monos, esos primos lejanos tan parecidos a nosotros y tan poco evolucionados. Allí campaban, de rama en rama y de liana en liana, a sus anchas y largas, rascándose hasta donde no les picaba, apareándose como si no hubiera mañana, jugando y buscando comida sin horarios ni exigencias.
Sucede que un día, un mono de claros ojos y pelaje canela se acercó a un congénere que por allí brincaba, buscando frutas que comer más por gula y diversión que por hambre. "Buenas tardes, compañero, tengo algo que tratar con usted", dijo el mono del pelaje canela (porque, a pesar de todo, los monos de las fábulas hablan). "Pues tú decir", contestó el ocioso mono, "Verá, ¿podría estimar cuántos plátanos recoge al día?", "Pues no saber la cuenta, yo suponer que los tres o cuatro que comer más los cuatro o cinco que tirar por pochos o por pura diversión, más o menos, dar un total de unos ocho" contestó distraído mientras se tocaba los genitales, "¿Y no ha pensado, caballero, que sería mejor que tirarlos, aprovecharlos de alguna forma?" dijo el mono de ojos claros llamando y casi raptando por fin toda la atención de su interlocutor. Tras unos segundos de pensarlo y unos segundos de quedarse embobado con la mirada en el infinito, el mono miró sus plátanos y consiguió poner de acuerdo a la mayoría de sus neuronas para seguir con la conversación diciendo "A ver, ¿qué proponer tú?", "Pues muy sencillo, usted recoge los plátanos que pueda, se come los que quiera y el resto me los da a mí y yo se los guardo", "Tener sentido... ¿y cuándo poder empezar a darte mis plátanos?", "¡Podría empezar ahora mismo si quisiera!" estalló en júbilo el educado mono. Y así fue, el mono que andaba recolectando le dio al otro los plátanos que le sobraban. Con lo que no contaba es con que éste se los comería ipso-facto, delante de sus narices. "¡Eh!, ¿qué estar haciendo?, ¡¡tú guardarlos, no comerlos!!" gritó el simple mono sintiéndose algo estafado, "¡No se preocupe, caballero! Verá, si llevamos la cuenta de los plátanos que me va dando, yo se los guardo en forma de plátanos imaginarios que son mucho más fáciles de guardar y transportar" zanjó el asunto ante la estupefacción de su nuevo cliente.
Pronto se corrió la voz y todos los monos de la selva empezaron a darle sus plátanos sobrantes al mono del pelaje canela, que se iba poniendo más y más contento y más y más rollizo. Siempre pasaba igual, le traían la fruta, él la convertía en fruta imaginaria y todos hacían cuentas de cuántas piezas tenían guardadas. De hecho la sociedad de monos empezó a estratificarse poco a poco, pues algunos monos que se pasaban los días enteros contando y recontando los plátanos que le habían llevado al mono de ojos claros, se sentían muy superiores al resto de monos porque los aventajaban en al menos dos kilos de imaginación. Esto provocaba que los monos que menos plátanos guardados tenían, aumentaran las horas de recolección y redujeran las horas de palpación de gónadas.
¿No son estúpidos los monos?
P.D: Otro textete más
"Si pudiera elegir un superpoder, sería dejar de ser invisible."
La sociedad de aquel lugar estaba estratificada tanto por razones de clase y de especie como por razones meramente físicas. En el suelo los del suelo, en la corteza de los árboles los bichos, en el cielo las rapaces y en las ramas los monos. Ay, los monos, esos primos lejanos tan parecidos a nosotros y tan poco evolucionados. Allí campaban, de rama en rama y de liana en liana, a sus anchas y largas, rascándose hasta donde no les picaba, apareándose como si no hubiera mañana, jugando y buscando comida sin horarios ni exigencias.
Sucede que un día, un mono de claros ojos y pelaje canela se acercó a un congénere que por allí brincaba, buscando frutas que comer más por gula y diversión que por hambre. "Buenas tardes, compañero, tengo algo que tratar con usted", dijo el mono del pelaje canela (porque, a pesar de todo, los monos de las fábulas hablan). "Pues tú decir", contestó el ocioso mono, "Verá, ¿podría estimar cuántos plátanos recoge al día?", "Pues no saber la cuenta, yo suponer que los tres o cuatro que comer más los cuatro o cinco que tirar por pochos o por pura diversión, más o menos, dar un total de unos ocho" contestó distraído mientras se tocaba los genitales, "¿Y no ha pensado, caballero, que sería mejor que tirarlos, aprovecharlos de alguna forma?" dijo el mono de ojos claros llamando y casi raptando por fin toda la atención de su interlocutor. Tras unos segundos de pensarlo y unos segundos de quedarse embobado con la mirada en el infinito, el mono miró sus plátanos y consiguió poner de acuerdo a la mayoría de sus neuronas para seguir con la conversación diciendo "A ver, ¿qué proponer tú?", "Pues muy sencillo, usted recoge los plátanos que pueda, se come los que quiera y el resto me los da a mí y yo se los guardo", "Tener sentido... ¿y cuándo poder empezar a darte mis plátanos?", "¡Podría empezar ahora mismo si quisiera!" estalló en júbilo el educado mono. Y así fue, el mono que andaba recolectando le dio al otro los plátanos que le sobraban. Con lo que no contaba es con que éste se los comería ipso-facto, delante de sus narices. "¡Eh!, ¿qué estar haciendo?, ¡¡tú guardarlos, no comerlos!!" gritó el simple mono sintiéndose algo estafado, "¡No se preocupe, caballero! Verá, si llevamos la cuenta de los plátanos que me va dando, yo se los guardo en forma de plátanos imaginarios que son mucho más fáciles de guardar y transportar" zanjó el asunto ante la estupefacción de su nuevo cliente.
Pronto se corrió la voz y todos los monos de la selva empezaron a darle sus plátanos sobrantes al mono del pelaje canela, que se iba poniendo más y más contento y más y más rollizo. Siempre pasaba igual, le traían la fruta, él la convertía en fruta imaginaria y todos hacían cuentas de cuántas piezas tenían guardadas. De hecho la sociedad de monos empezó a estratificarse poco a poco, pues algunos monos que se pasaban los días enteros contando y recontando los plátanos que le habían llevado al mono de ojos claros, se sentían muy superiores al resto de monos porque los aventajaban en al menos dos kilos de imaginación. Esto provocaba que los monos que menos plátanos guardados tenían, aumentaran las horas de recolección y redujeran las horas de palpación de gónadas.
¿No son estúpidos los monos?
P.D: Otro textete más
"Si pudiera elegir un superpoder, sería dejar de ser invisible."
domingo, 11 de marzo de 2012
El carricoche
Aquel mozalbete tenía un carricoche de lata que, a pesar de tener una rueda oblonga, parecía cumplir la mar de bien su función. Se pasaba horas y horas sentado en el suelo dándole pa'lante y pa'trás al juguete, haciendo el ruido de un potentísimo motor con la boca, fingiendo derrapes e imaginando peligrosas persecuciones en las que a veces era él quien se fugaba y a veces era el implacable policía que detenía a un forajido.
Lo que el inocente muchacho no sabía era que el cochecito era defectuoso. Alguien durante el proceso de fabricación cometió el garrafal error de colocarle del revés el sistema de referencia, así que cuando el chaval jugaba y creía mover el coche, en realidad éste se quedaba inmóvil y lo que se movía era el resto del mundo. Nadie sabe cuántos vasos derramó aquel cochecito, cuántos cuadros torció y cuántos enderezó, a cuantos artistas les dio la perspectiva que buscaban de lo que fuera que pensaban inmortalizar o cuántas frioleras aves tuvieron accidentes in itinere yendo de migración con otros pájaros que habían visto cómo se trastocaban sus itinerarios. Los árboles se vieron dando volteretas, el capitalismo se cayó boca arriba y tenía los bracitos tan cortos y la barriga tan gorda que no podía levantarse, las nubes comenzaron un frenético y nervioso bailoteo porque no encontraban un lugar tranquilo para descargar.
Todo estaba revuelto y comenzaba a funcionar de forma extraña. Fue así que las balas empezaron a atacar a las pistolas, los mineros empezaron a colocar piedras preciosas bajo tierra, los cuadernos le devolvían la tinta a los bolígrafos que dejaban palabras sin escribir, las ideas empezaron a volar en el viento porque no tenían palabras que las sujetaran, las musas famélicas y mareadas vomitaban hacia dentro todo lo que no se les ocurría.
El planeta entero parecía haberse vuelto loco. Miles de científicos empezaron a buscar las causas de tales desajustes que estaban a pique de llevar la civilización a pique. Con unos avanzados sistemas de detección y unos carísimos dispositivos de localización vía satélite encontraron el foco de todo aquel desastre. Rápidamente, un equipo de fuerzas especiales se dispuso a quitarle al niño su juguete para que un grupo de especialistas le reajustara el sistema de referencia. Y así fue, aunque también es cierto que le dejaron la rueda aovada.
P.D: Por poner un algo.
"El primer paso es conseguir sustituir el '¡Hostia!, ¡¿qué hora es?!' por el 'Uy, ¿y qué hora será?'"
Lo que el inocente muchacho no sabía era que el cochecito era defectuoso. Alguien durante el proceso de fabricación cometió el garrafal error de colocarle del revés el sistema de referencia, así que cuando el chaval jugaba y creía mover el coche, en realidad éste se quedaba inmóvil y lo que se movía era el resto del mundo. Nadie sabe cuántos vasos derramó aquel cochecito, cuántos cuadros torció y cuántos enderezó, a cuantos artistas les dio la perspectiva que buscaban de lo que fuera que pensaban inmortalizar o cuántas frioleras aves tuvieron accidentes in itinere yendo de migración con otros pájaros que habían visto cómo se trastocaban sus itinerarios. Los árboles se vieron dando volteretas, el capitalismo se cayó boca arriba y tenía los bracitos tan cortos y la barriga tan gorda que no podía levantarse, las nubes comenzaron un frenético y nervioso bailoteo porque no encontraban un lugar tranquilo para descargar.
Todo estaba revuelto y comenzaba a funcionar de forma extraña. Fue así que las balas empezaron a atacar a las pistolas, los mineros empezaron a colocar piedras preciosas bajo tierra, los cuadernos le devolvían la tinta a los bolígrafos que dejaban palabras sin escribir, las ideas empezaron a volar en el viento porque no tenían palabras que las sujetaran, las musas famélicas y mareadas vomitaban hacia dentro todo lo que no se les ocurría.
El planeta entero parecía haberse vuelto loco. Miles de científicos empezaron a buscar las causas de tales desajustes que estaban a pique de llevar la civilización a pique. Con unos avanzados sistemas de detección y unos carísimos dispositivos de localización vía satélite encontraron el foco de todo aquel desastre. Rápidamente, un equipo de fuerzas especiales se dispuso a quitarle al niño su juguete para que un grupo de especialistas le reajustara el sistema de referencia. Y así fue, aunque también es cierto que le dejaron la rueda aovada.
P.D: Por poner un algo.
"El primer paso es conseguir sustituir el '¡Hostia!, ¡¿qué hora es?!' por el 'Uy, ¿y qué hora será?'"
viernes, 27 de enero de 2012
El viejo murió esa noche
Yacía sobre la cama, postrado y consumido. Su respiración entrecortada parecía más un quejido o un lamento que el fino lazo que le unía a la vida, esquelético y con la mirada perdida. En la habitación oscura, tres mujeres lo miraban morir a la derecha de la cama, muy arregladas, hablando sin cesar en voz baja entre ellas. El doctor hacía ya rato que se marchó, y un joven, quizá un pariente lejano, lo miraba sentado en una vieja silla de mimbre en la esquina del otro lado, reflexionando. Cuestionándose sobre aquella muerte, aquellas causas, aquel doctor y aquellas viejas, en las que por supuesto él también era objeto de chisme secreto y comentario velado. En la habitación no había ventana. No las hubo nunca. Ni más lámpara que aquella que derramaba una lánguida luz anaranjada sobre la cara huesida, aguileña y calva del enfermo. Lámpara, lo llamamos, y no era mucho más que una vela derretida a punto de extinguirse. Como él.
Su condena era pequeña, pero era eterna. Eterna en su duración, pequeña en su exposición. Pequeña administrativamente, digamos. Apenas una palabra en apenas un papel de apenas pocos centrímetros. Tan pequeño como una cucharilla de postre. Y la condena era aún pequeña en aquél pequeño espacio, pues no ocupaba más de veintiún milímetros en su exposición.
Las tres viejas a la derecha seguían hablando, seguían murmurando, seguían desaprobando. El jóven a la izquierda aeguía sentado, seguía interrogando, seguía cuestionando. El doctor seguía ausente. El viejo seguía mirando, sobre su nariz, un mundo imaginario con los ojos perdidos y desbocados más allá de la oscuridad de la habitación y de cuantos lo rodeaban. El viejo empezó a agitarse, el doctor regresó y le administró un calmante, sus acompañantes se marcharón.Y se quedó solo en aquél cuarto lúgubre en su vieja cama, con los ojos aún abiertos mirando más allá de las paredes negras.
Volvió a ver a los de antes. Y vio a muchos otros. Y vio más cosas. Vio una Justicia sin venda en los ojos y con la toga remangada por encima de los muslos haciendo arrumacos con señores trajeados y poderosos. Vio procesiones y al pueblo de rodillas entregando su dinero con lágrimas de emoción para vírgenes y mantillas. Vio púlpitos incendiados y las puertas de las iglesias abrirse para dejar salir a la gente a la calle con hachas y antorchas. Vio reyes desnudos, infantes desnudos, pajes desnudos y admiradores desnudos congratulándose de lo hermoso y rico de sus ropas. Vio a mujeres y niños gritar ¡guapa!, ¡guapa! Vio como la Justicia, en pleno frenesí, arrojaba lejos la espada y esta calló atravesando a un pobre. Vio a sus vecinos comer de las migas que caían de la boca de sus alcaldes. Vio a Caín susurrándole al oído. Vio a la Justicia llegar al orgasmo dejando caer la báscula al suelo. Y todo el mundo de aquel universo imaginario que veían sus ojos se detuvo en un instante a mirarlo a él, y a gritarle. ¡Vivan las cadenas!
El viejo murió esa noche.
Murió abandonado. Murió de español.
Su condena era pequeña, pero era eterna. Eterna en su duración, pequeña en su exposición. Pequeña administrativamente, digamos. Apenas una palabra en apenas un papel de apenas pocos centrímetros. Tan pequeño como una cucharilla de postre. Y la condena era aún pequeña en aquél pequeño espacio, pues no ocupaba más de veintiún milímetros en su exposición.
Las tres viejas a la derecha seguían hablando, seguían murmurando, seguían desaprobando. El jóven a la izquierda aeguía sentado, seguía interrogando, seguía cuestionando. El doctor seguía ausente. El viejo seguía mirando, sobre su nariz, un mundo imaginario con los ojos perdidos y desbocados más allá de la oscuridad de la habitación y de cuantos lo rodeaban. El viejo empezó a agitarse, el doctor regresó y le administró un calmante, sus acompañantes se marcharón.Y se quedó solo en aquél cuarto lúgubre en su vieja cama, con los ojos aún abiertos mirando más allá de las paredes negras.
Volvió a ver a los de antes. Y vio a muchos otros. Y vio más cosas. Vio una Justicia sin venda en los ojos y con la toga remangada por encima de los muslos haciendo arrumacos con señores trajeados y poderosos. Vio procesiones y al pueblo de rodillas entregando su dinero con lágrimas de emoción para vírgenes y mantillas. Vio púlpitos incendiados y las puertas de las iglesias abrirse para dejar salir a la gente a la calle con hachas y antorchas. Vio reyes desnudos, infantes desnudos, pajes desnudos y admiradores desnudos congratulándose de lo hermoso y rico de sus ropas. Vio a mujeres y niños gritar ¡guapa!, ¡guapa! Vio como la Justicia, en pleno frenesí, arrojaba lejos la espada y esta calló atravesando a un pobre. Vio a sus vecinos comer de las migas que caían de la boca de sus alcaldes. Vio a Caín susurrándole al oído. Vio a la Justicia llegar al orgasmo dejando caer la báscula al suelo. Y todo el mundo de aquel universo imaginario que veían sus ojos se detuvo en un instante a mirarlo a él, y a gritarle. ¡Vivan las cadenas!
El viejo murió esa noche.
Murió abandonado. Murió de español.
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- Publicado por Pedro,
Pataleo,
Relatos y patosadas nuestras
miércoles, 21 de diciembre de 2011
Martín Lotero
Llevábamos años detrás de Martín Lotero. Evidentemente no era su nombre real, pero alguien tuvo el ingenio de ponerle ese nombre en clave off the record y finalmente se le quedó, como los motes en el colegio, hasta el punto de que en los informes oficiales de la comisaría acabó apareciendo con ese pseudónimo.
Estábamos ante uno de los más hábiles y limpios ladrones de la historia de nuestro país. Decía Kevin Spacey en la voz de Verbal Kint, protagonista de "Sospechosos habituales", que el mayor mérito del diablo había sido convencer a la humanidad de que no existía. Verbal, Kevin o el guionista que escribiera la frase mentían. El mayor mérito del diablo fue convencernos a todos de que estaba dentro de nosotros, de que todos y cada uno de los ciudadanos de este mundo eran sospechosos o, mejor aún, culpables en potencia. Un crimen no es perfecto cuando no se puede descubrir al criminal, sino cuando incriminan a otro. Y ese era el modus operandi de Martín Lotero. Había convertido en presuntos ladrones a todas las personas de un país entero.
El asunto es sencillo: Martín sabe de antemano el número que va a tocar en el Sorteo de Navidad. Sabe con meses de antelación en qué ciudad caerá y cuál será el boleto premiado. Parece algo de brujería pero la forma de conocer los números, aunque desconocida, debe ser un sistema sencillo, diseñado para niños de 5 años, una chorrada, algo que cualquier disminuido mental entendería, un método que podría usar hasta Carlos Fabra.
Una vez identificada la ciudad y la combinación ganadora, se instala en un barrio obrero, se busca un nombre falso, se hace amigo de los tertulianos del bar a base de invitar a rondas, participa en las verbenas, ayuda a fastidiar a un toro en las fiestas locales y, en fin, se integra. Llegado el otoño, compra boletos con sus amigos del mus, con los del dominó y con la peña del club de fútbol local, asegurándose de ser el encargado de custodiar las papeletas. El día del sorteo, cuando toca, se lleva el dinero del premio y desaparece para siempre. Si siempre le tocara el Gordo a la misma persona levantaría sospechas, pero siempre le toca a alguien distinto, en distinta ciudad, con amigos distintos y siempre queda el mismo paisaje con los mismos testimonios: “No contesta al teléfono”, “Donde estaba alquilado hace días que no lo ven”, “Yo esto no me lo esperaba”, “Parecía un hombre tan amable”, “Éramos amigos íntimos de toda la vida”, “Mide 2’50 metros y escupe alternativamente llamaradas y escudos medievales”, etc.
Y ahí tienes a grupos de amigos mirándose desconfiados en la cola de las oficinas de loteros. Y ahí se van después a fotocopiar y compulsar papeletas, con firma e iniciales de los interesados. Y ahí está descojonado Martín Lotero, viendo por la tele el desastre de la desconfianza, la codicia y la Navidad.
P.D: Es un clamor popular lo de este blog xD.
"Admiro a deportistas más jóvenes que yo, mis ídolos se van retirando y para vérmela entera tengo que meter barriga. Creo que me hago viejo."
Estábamos ante uno de los más hábiles y limpios ladrones de la historia de nuestro país. Decía Kevin Spacey en la voz de Verbal Kint, protagonista de "Sospechosos habituales", que el mayor mérito del diablo había sido convencer a la humanidad de que no existía. Verbal, Kevin o el guionista que escribiera la frase mentían. El mayor mérito del diablo fue convencernos a todos de que estaba dentro de nosotros, de que todos y cada uno de los ciudadanos de este mundo eran sospechosos o, mejor aún, culpables en potencia. Un crimen no es perfecto cuando no se puede descubrir al criminal, sino cuando incriminan a otro. Y ese era el modus operandi de Martín Lotero. Había convertido en presuntos ladrones a todas las personas de un país entero.
El asunto es sencillo: Martín sabe de antemano el número que va a tocar en el Sorteo de Navidad. Sabe con meses de antelación en qué ciudad caerá y cuál será el boleto premiado. Parece algo de brujería pero la forma de conocer los números, aunque desconocida, debe ser un sistema sencillo, diseñado para niños de 5 años, una chorrada, algo que cualquier disminuido mental entendería, un método que podría usar hasta Carlos Fabra.
Una vez identificada la ciudad y la combinación ganadora, se instala en un barrio obrero, se busca un nombre falso, se hace amigo de los tertulianos del bar a base de invitar a rondas, participa en las verbenas, ayuda a fastidiar a un toro en las fiestas locales y, en fin, se integra. Llegado el otoño, compra boletos con sus amigos del mus, con los del dominó y con la peña del club de fútbol local, asegurándose de ser el encargado de custodiar las papeletas. El día del sorteo, cuando toca, se lleva el dinero del premio y desaparece para siempre. Si siempre le tocara el Gordo a la misma persona levantaría sospechas, pero siempre le toca a alguien distinto, en distinta ciudad, con amigos distintos y siempre queda el mismo paisaje con los mismos testimonios: “No contesta al teléfono”, “Donde estaba alquilado hace días que no lo ven”, “Yo esto no me lo esperaba”, “Parecía un hombre tan amable”, “Éramos amigos íntimos de toda la vida”, “Mide 2’50 metros y escupe alternativamente llamaradas y escudos medievales”, etc.
Y ahí tienes a grupos de amigos mirándose desconfiados en la cola de las oficinas de loteros. Y ahí se van después a fotocopiar y compulsar papeletas, con firma e iniciales de los interesados. Y ahí está descojonado Martín Lotero, viendo por la tele el desastre de la desconfianza, la codicia y la Navidad.
P.D: Es un clamor popular lo de este blog xD.
"Admiro a deportistas más jóvenes que yo, mis ídolos se van retirando y para vérmela entera tengo que meter barriga. Creo que me hago viejo."
sábado, 10 de diciembre de 2011
"Yo para ser feliz quiero un camión"
Ya llevaba 20 años dándole vueltas a aquel enorme volante, que si se las hubiera dado a un tapón habría podido desenroscar la Tierra misma (y se le habría ido el gas). Toda una vida metido en la cabina de un camión, por interminables y tediosas rectas, metiendo el camión en almacenes inaccesibles, subiendo cuestas casi verticales, circulando por carreteras de curvas y contracurvas de las que tienen esas señales de peligro que la DGT define técnicamente como “Cualquier día mi Manolo se mata”. Sus únicos compañeros de viaje eran una pila de casetes antiguos de Carlos Cano y la carga: a veces detergente, a veces televisores, a veces tailandesas menores, a veces cajas de cartón para meter detergente, televisores y tailandesas menores. Y por debajo del camión la alfombra gris para correr.
Tantísimos años llevaba conduciendo que 500 metros antes de que el coche blanco llegara al cruce, ya sabía que se iba a colar, no sabía cómo, pero se lo notaba. Y él no pensaba frenar, faltaría más, que tenía la preferencia. A 300 metros se preocupó porque el del coche parecía decidido a no cederle el paso. A 100 metros pensó que a la gente le regalan el carné. A escasos 20 metros del cruce la suerte estaba echada y rápidamente pulsó con ansias el claxon. El fallo es que en 20 años no había cambiado nunca la bocina y no tenía presión, así que el descerebrado del coche blanco parecía seguir ajeno a lo que se le venía encima, que no era poco. Seguía pulsando desesperademente el claxón o, mejor dicho, se había liado a hostias con el volante pero no conseguía arrancarle ningún sonido de viento, aunque bien es cierto que los de percusión tenían un volumen nada desdeñable. Aquel camión seguía mudo ante la desolación de su dueño.
Con el volantazo el camión derrapó, la cabina se soltó de la carga y empezó a dar vueltas de campana. El móvil, la cartera y un San Cristóbal que había en el salpicadero rebotaban por todas partes y son de calabacín, el ambientador y el cenicero se vaciaron por doquier de calabazón, el conductor iba sin cinturón por lo que en poco tiempo se unió a la fiesta de la ingravidez con la calabaza que sale del corazón. Aquello no se paraba, venga a dar volteretas con el tiempo detenido, que lleva mi niña escrito por las enaguas un letrero que dice “tu amor me mata”.
Cuando la cabina del camión se detuvo por fin, cayó en pie y con cara de que no había pasado nada como cuando alguien tropieza por la calle y da una carrerita para simular haberlo hecho adrede. Dentro había un escenario pedropiquerístico con las alfombrillas fuera de sitio, San Cristóbal decapitado, Carlos Cano lleno de colillas y por todas partes, trocitos de las ventanillas y un conductor sin conocimiento con brechas en la cara, un brazo roto y la palanca de cambios incrustada en la entrepierna.
Meses más tarde todavía no había podido salir de su casa, el trauma lo incapacitaba para coger un camión de nuevo y se sentía inútil, perdió toda fuerza y no le quedaban ganas de vivir. Notaba que sus hijos se alejaban de él para no soportar sus interminables peroratas depresivas, pero con diferencia lo peor era que la maldita palanca de cambios no había amputado su pene pero lo había inutilizado de por vida. No se respetaba a sí mismo, no era capaz de mirar a su mujer a los ojos, se sentía menos hombre y era presa de la impotencia en varios sentidos. Su hombría, la de un camionero, tirada por los suelos, pisoteada.
Su mujer soportaba cada vez con menos estoicismo la situación que les había tocado y los desencuentros cada vez eran más frecuentes y cada vez más intensos.
La vida se había transformado en un infierno y todo porque no le funcionaba el pito.
P.D: Gilipollez máxima.
"Para ser casi feliz no hace falta casi nada"
Tantísimos años llevaba conduciendo que 500 metros antes de que el coche blanco llegara al cruce, ya sabía que se iba a colar, no sabía cómo, pero se lo notaba. Y él no pensaba frenar, faltaría más, que tenía la preferencia. A 300 metros se preocupó porque el del coche parecía decidido a no cederle el paso. A 100 metros pensó que a la gente le regalan el carné. A escasos 20 metros del cruce la suerte estaba echada y rápidamente pulsó con ansias el claxon. El fallo es que en 20 años no había cambiado nunca la bocina y no tenía presión, así que el descerebrado del coche blanco parecía seguir ajeno a lo que se le venía encima, que no era poco. Seguía pulsando desesperademente el claxón o, mejor dicho, se había liado a hostias con el volante pero no conseguía arrancarle ningún sonido de viento, aunque bien es cierto que los de percusión tenían un volumen nada desdeñable. Aquel camión seguía mudo ante la desolación de su dueño.
Con el volantazo el camión derrapó, la cabina se soltó de la carga y empezó a dar vueltas de campana. El móvil, la cartera y un San Cristóbal que había en el salpicadero rebotaban por todas partes y son de calabacín, el ambientador y el cenicero se vaciaron por doquier de calabazón, el conductor iba sin cinturón por lo que en poco tiempo se unió a la fiesta de la ingravidez con la calabaza que sale del corazón. Aquello no se paraba, venga a dar volteretas con el tiempo detenido, que lleva mi niña escrito por las enaguas un letrero que dice “tu amor me mata”.
Cuando la cabina del camión se detuvo por fin, cayó en pie y con cara de que no había pasado nada como cuando alguien tropieza por la calle y da una carrerita para simular haberlo hecho adrede. Dentro había un escenario pedropiquerístico con las alfombrillas fuera de sitio, San Cristóbal decapitado, Carlos Cano lleno de colillas y por todas partes, trocitos de las ventanillas y un conductor sin conocimiento con brechas en la cara, un brazo roto y la palanca de cambios incrustada en la entrepierna.
Meses más tarde todavía no había podido salir de su casa, el trauma lo incapacitaba para coger un camión de nuevo y se sentía inútil, perdió toda fuerza y no le quedaban ganas de vivir. Notaba que sus hijos se alejaban de él para no soportar sus interminables peroratas depresivas, pero con diferencia lo peor era que la maldita palanca de cambios no había amputado su pene pero lo había inutilizado de por vida. No se respetaba a sí mismo, no era capaz de mirar a su mujer a los ojos, se sentía menos hombre y era presa de la impotencia en varios sentidos. Su hombría, la de un camionero, tirada por los suelos, pisoteada.
Su mujer soportaba cada vez con menos estoicismo la situación que les había tocado y los desencuentros cada vez eran más frecuentes y cada vez más intensos.
La vida se había transformado en un infierno y todo porque no le funcionaba el pito.
P.D: Gilipollez máxima.
"Para ser casi feliz no hace falta casi nada"
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