Como cualquier gran movimiento, como cualquier gran idea nació en la espontaneidad y nació en la gente. Sí, con un porqué, un porqué que significó y significará la historia de un continente y la literatura de una historia. A base de talento, ingenio y gusto, pero lo más importante, no a base de conciencia. La herencia de un continente abotargado por su pasado, el nacimiento de un rama de calidades nacidas para semiliberar a pueblos sometidos a regímenes autoritarios, asilados que conquistaron patrias con su literatura, y no con su ideología, con su literatura. Donde personas no llegaron, llegaron los libros. Porque ellos no eran filósofos, no eran pensadores ni políticos, eran escritores por afición (no por profesión), y por eso se movían en el terreno de las intuiciones y de la fantasía. Los sudamericanos necesitaban la democracia, pero no sólo mediante la retórica y la política, ansiaban los libros, el cine y la música. Y el boom alcanzó este fin de la mejor manera, dejando atrás la rectitud de la literatura de las tiranías, buscando la novedad y el humor. La adaptación al pueblo. Y ya lo dice Eduardo Mendoza, que no fue terreno exclusivamente latinoamericano, fue exactamente lo mismo que ocurrió en España allá por las décadas de los setenta y de los ochenta.
Sin embargo, aún no se tiene constancia de lo que significó esa conjunción de magníficos escritores bajo “una misma bandera” (aunque ésta sea simbólica), autores que simbolizan algo en conjunto desarrollando sus obras en tan diferentes sitios del mundo, auxiliando a la lucha sudamericana aun comprendiendo diferentes ideologías, consiguiendo seguir la pauta marcada por Jorge Luis Borges y por Juan Rolfo. El azar contribuyendo a reunir a tan grandes personalidades en tan hermosa causa, como en el Siglo de Oro español, como en la Rusia de Dostoievski y Tolstoi, o como en la Inglaterra de la generación del opio. Incluso puede que superando esos niveles. Las obras de García -Márquez, de Cortázar, de Vargas Llosa, de Asturias, de Onetti, de Fuentes, de Donoso o de Benedetti despertados por el brusco levantamiento popular, en un precioso proceso alejado de todo marketing, libros pasados de mano en mano, superando aquello de “que nadie es profeta en su tierra” y abarcando el contacto con todo el mundo. Allí se acabaron las diferencias, donde triunfó el castellano, donde triunfó la gente.
Donde triunfó todo lo demás, es decir, la literatura.
De la oscuridad y de la nada, con la primera nota prende el fuego. Surge sola en el escenario, alumbra tenue las negras pupilas presentes, se encierra en los ojos de sus devotos y feligreses. Brilla fuera la luna, fuera brillan las estrellas. Nace pequeña y tímida. Mas orgullosa a cada pulso crece. Se elonga y tiembla por un viento que sólo ella siente. Se encoge y se estira, se envuelve y desenvuelve. Lentas, siguen vibrando las cuerdas, y mientras, ella crece y crece. Surge de su corazón un pulso solemne y fuerte, invade el tambor grave el espacio poco a poco, in crescendo que va llegando, de la profundidad nace una letanía, se levantan golpes jondos al compás de un tiento, rompen el piso en que redobla su repiqueteo. Y la llama se espiga y se espiga, empieza a perder la cresta y pierde ascuas que intentan arder el cielo, y entre quejíos crece y crece. Las cuerdas se vuelven locas y se rasgan solas, rompen a hablar, a llorar mientras ríe la guitarra. Su alma siguiendo el compás, latidos en ritmo de bulería, la lumbre de una sola punta pierde el control, y aún siendo sólo una, la llama se hace llamarada, y la brasa se hace incendio. El aire que a sus pies respiramos nos hace hogar en los pulmones. Y la llama crecida se gira, enrolla y tiembla por su viento excluyente, más viva que el sol de levante, más luminosa que en su zenit, más hermosa que al poniente, se encrespa y enerva, se enroca ella sola, se recoge y se pierde. La guitarra le grita su canto, se parte una garganta, la poseen sus latidos, la domina su ritmo. La llama se quema a si misma, entra en su éxtasis de infierno, crepita bajo ella el suelo y tiembla el mundo y sus fueros, mientras taconea y taconea diabólica y hermosa en su orgasmo de lava y fuego. Esa noche surgió la lumbre de la oscuridad, la nada y el silencio. Fuera brillaba la luna, brillaban las estrellas fuera. Ardió la llama esa noche, y ella nos prendió enteros.
¡Ojalá hubiera sido tan sencillo! Ojalá se hubiera dado lo sacro, lo divino, lo sagrado, la fuerza etérea, el karma. Ojalá hubiera una justicia trascendente a todo lo extensivo y temporal. Ojalá lo temporal tuviera una forma definida, fuera cual fuese. Todo simplificado en una línea, una circunferencia, mil circunferencias o un cable telefónico. Ojalá todo fuera posible. Ojalá algo fuera más allá de lo terreno, ojalá algo perdurara. Ojalá tuviéramos una estación de origen y ojalá supiéramos nuestro destino. Ojalá todo dependiera de una supremacía indiscutible. Ojalá existiera el Bien (y la Justicia, y la Belleza) o Brahman (y Vishnú, y Shivá). Ojalá fuera alcanzable el Nirvana y que no acabara nublado por el litio. Ojalá tuviera ojos el alma humana. Ojalá el humano tuviera alma. Ojalá hubiera un ser omnipresente, omnipotente y providente. Ojalá fuéramos sus elegidos y ojalá nos llevara a la salvación. Ojalá hubiera dejado un recado de cómo debemos comportarnos, de dónde empieza lo humano y acaba lo animal. Ojalá hubiera una criba, ojalá nuestros seres queridos volvieran a mirarnos a los ojos, ojalá su calor nos acogiera, ojalá fuera eterno. Ojalá hubiera moral y ojalá todos fuéramos iguales. Ojalá todo tuviera un significado más allá de lo aparente. Ojalá la paz interior fuera capaz de esclarecerlo. Ojalá Joseph Smith, ojalá primus inter pares, ojalá Calvino, ojalá Jehová, ojalá el ying, ojalá el yang, ojalá los orishás, ojalá Osiris, ojalá Andrómeda, ojalá las agujas, ojalá la magia. Ojalá la libertad del ser, ojalá su comunión. Ojalá la igualdad entre razas y sexos. Ojalá San Agustín. Ojalá todo se basara en el perdón pío, en la reflexión y la condena. Ojalá el arrepentimiento fuera verdadero y la caridad fuera desterrada. Ojalá la solidaridad no se hubiera devaluado y el progreso fuera hacia adelante. Ojalá la cruz no golpeará cuerpos macilentos. Ojalá existiera el pecado para poder condenarlo. Ojalá la pureza no fuera virtud, ojalá la tolerancia. Ojalá la sonrisa, el abrazo. Ojalá bastara con la intención. Ojalá mañana hundieran cuchillos en mi carne y de la herida brotara vino. ¡Ojalá hubiera sido tan sencillo!
P.D: Ajolá.
"La religión distingue a aquellos que leen muchos libros de aquellos a los que le leen un único libro"
Un día, en algún punto entre Pisa y Livorno, en una de esas conversaciones que tanto gratifican cuando se hacen con la persona adecuada, un gran amigo mío, hablando de la vida en general, me contó una historia muy interesante que ocurrió hace muchísimos años, y que aquí transcribo:
Un día, en una campiña inglesa, un humilde granjero andaba paseando por el bosque cercano a donde vivía. Entonces, escuchó unos gritos muy alarmados, y corrió a ver de qué se trataba. Estaba próximo a su pueblecillo, y era común que los chavales de la zona fuesen a jugar por allí, por lo que se temió lo peor. Cuando llegó, descubrió que se trataba de un niño que, entre juegos y tonterías, acabó atrapándose en una ciénaga. Ni él ni sus amigos sabían qué hacer, y comenzó a hundirse. Estaba empezando a ahogarse, así se metió sin pensárselo en la ciénaga para rescatarlo.Gracias a su arrojo, consiguió llegar hasta a él a tiempo, y le salvó la vida a ese niño.
Pocos días más tarde, un noble detuvo su caballo delante de una pequeña granja, en el pueblecillo cercano a la ciénaga.
-Buenos días caballero.
-Buenos días, ¿qué desea)
-Verá, me he interesado mucho por usted y no he descansado hasta encontrarlo. Me llamo Randloph Churchill, y soy el padre del niño al que usted salvó la vida el otro día en la ciénaga. Vengo a pagarle aquél gesto, pues sabe Dios que soy un hombre agradecido.-Dijo ofreciéndole una bolsa llena de monedas.
-Se lo agradezco profundamente, caballero, y me doy por honrado. Pero no puedo aceptar compensación alguna por aquel gesto. Pues lo único que hice fue cumplir con mi deber.- Y rechazó la ingente suma de dinero que le ofrecía.
El hombre del caballo, sorprendido y maravillado por aquél gesto de honradez y humildad, le insistió en vano para que aceptase algún tipo de compensación, alguna muestra de su gratitud, mientras el artesano negaba tozudamente.
En aquél momento, salió de la casa un pequeño muchacho, más o menos de la edad del hijo del noble.
-¿Es este tu hijo?- Preguntó entonces al hombre.
-Sí, lo es. Es mi pequeño Alexander.
-Permítame que le haga una nueva oferta. Como sabe, mi hijo tiene prácticamente la misma edad, y estudia en mi casa con los mejores profesores del condado. Tengo intención que cuando cumpla la edad necesaria ingrese en la mejor academia posible, y pueda acceder a las mejores universidades del país. Lo único que le pido para que me permita demostrarle mi profunda gratitud por salvar su vida es que permita a su hijo venir conmigo, y estudiar con el mío. Por supuesto, me comprometo a financiar tanto los estudios como cualquiera de sus necesidades. Vivirá en mi casa, y me encargaré de que venga aquí todos los fines de semana.
Aquello era distinto. Se trataba del futuro de su hijo, y era una oferta tremendamente importante. Poco o nada podía ofrecerle el padre a su hijo en cuanto a educación, y ningún futuro diferente al suyo le esperaría en aquél pueblucho, encerrado en aquella granja. Menos aún sin estudios. El chico era inteligente, pues había aprendido a leer y escribir con sorprendente facilidad, y lo que proponía aquél hombre era una oportunidad que no podía rechazar. Tras meditarlo un rato, accedió. Por su parte, el niño estaba encantado. Viviría en una casa enorme, donde había otros niños, e iría un colegio mejor. Listas las cosas y cerrado el trato, al día siguiente empezó aquél niño su educación en la casa noble junto a su hijo, el pequeño Wiston.
Alexander y Wiston crecieron y vivieron juntos toda su infancia. Llegaron a ser grandes amigos y a quererse como hermanos, y los padres de Wiston, a amarle como a un hijo. Además, las dos familias mantenían una excelente relación. Ambos eran chicos muy inteligentes, como demostraban día a día, y aprovecharon al máximo la costosa educación que les proporcionaban. Cuando terminaron los estudios generales, cada uno siguió el camino que más le gustaba, siempre subvencionados por el padre de Wiston. Y así pasaron los años, estudiaron y llegaron a hacerse hombres de provecho, siempre sin dejar de ser amigos.
Uno de ellos, Alexander Fleming, decidió empezar estudios de Medicina. Años más tarde, se haría famoso por ser el descubridor de la Penicilina. Su invento ha salvado millones de vidas y revolucionó el mundo científico, convirtiéndose en uno de los descubrimientos más importantes de la historia de la humanidad. Por ello, le concedieron el Premio Nóbel de Medicina en 1945. El otro, Wiston Churchill, decidió iniciar carrera política. Primer Ministro de Inglaterra, fue pilar básico en la victoria aliada de la Segunda Guerra Mundial y líder en la reconstrucción europea. Además, fue un importante historiador, documentalista y escritor. Por todo ello, le concedieron el Nóbel de Literatura en 1953. Ambos fueron enterrados como héroes nacionales.
Cuando llegué a mi casa, con la historia aún en la cabeza, me puse a investigar sobre ella. Quería escribirla y transmitirla, y me propuse informarme profundamente sobre los detalles y documentarme un poco para darle más veracidad. Desgraciadamente, en cuanto empecé a indagar, descubrí que no se trataba más que de un mito. Alexander Fleming y Wiston Churchil se llevaban varios años de edad, y sus infancias transcurrieron en estados distintos. Sus padres jamás se conocieron, nunca estudiaron juntos, y por supuesto, el padre de Fleming no pudo salvar al pequeño Wiston de ninguna ciénaga. Es tan sólo una leyenda urbana que circula por internet, gestada en el boca a boca virtual. Hay ocasiones en las que escuchamos historias que desearíamos que fuesen ciertas. Por lo que nos aportan, por lo que nos pueden enseñar, por su belleza o por su curiosidad. Y eso me ocurrió a mí con esta. Me pareció una lección magistral que enseñar, algo que aprender y para no olvidar. Desgraciadamente, no se trata más que de un cuento. Aunque eso sí, un bonito cuento. Y todos los cuentos tienen su moraleja. Así que yo me quedo con esta.
Señora, los caminos para conseguir el saber y el conocimiento están muy devaluados. Resulta bastante triste y ofensivo cuando escuchas a alguien decir “Los romanos sí que sabían hacer puentes, mejor que los de ahora”. Me aflige escuchar que tal civilización era tremendamente avanzada, que usaban tripas de colibrí como crema hidratante, y que debe funcionar. Es desolador que haya gente que crea en profecías de Nostradamus, los mayas, los celtas o la tradición china. Todo esto viene a que estoy harto de que constantemente estemos escuchando en televisión y, sobre todo, en el cine que el mundo se va a acabar. Que la Biblia decía que era en el 2000. Que un chamán indio dijo que era en 2006. Que los aztecas dijeron que era en 2012. Y venga películas, oiga. Y habrá quien se lo crea y esté acojonado. Hay quien lee un e-mail en cadena hablando sobre profecías apocalípticas y tiene retortijones. Y mire, La verdad es que me duele que la gente crea que una civilización antigua, que no era capaz de calentarse la leche en un minuto, tenga conocimientos veraces sobre el cosmos a 1000 o 2000 años vista, cuando hoy día los economistas se tiran de los pelos por saber el Íbex de pasado mañana (siendo la economía una creación del propio humano). Se remueven en sus tumbas los restos de Lagrange, Newton, Bernouilli y Laplace (gente lista, señora) porque dedicaron su vida al estudio de algo fútil, pudiendo haber bailado la danza de la lluvia. Inventamos la medicina, hacemos correr a los electrones, volamos, nos sumergimos en el mar, construimos rascacielos y transformamos nuestro entorno a nuestro antojo. Todo ello mientras inventamos fantasmas y dioses para simplificar algo que quedó muy atrás. Nos sometemos a una forma de buscarle explicación a dudas que hace tiempo que quedaron obsoletas. Los años pasan, la ciencia avanza y las personas siguen mirando con recelo e interés todo lo que huela a sibilino. Hay gente que estudia durante años para intentar predecir con un mínimo error la posición de un cometa, una estrella o un electrón (¡ay, Heidegger!), llevamos siglos de investigaciones sobre la materia y la más ínfima composición del Universo y las reglas que lo rigen, el ser humano sabe que hay hechos totalmente impredecibles en el marco de su propia racionalidad (sucesos como tifones, la desintegración nuclear o la trayectoria de una gota por un cristal), y aun así usted le paga el sueldo a una vidente y brinda sus esperanzas a supersticiones vacuas. Algo marcha mal en el mundo si los apaches sabían ver el futuro y nosotros no sabemos programar el vídeo. Creo que el conocimiento no avanza en la dirección correcta, señora. Seguramente yo sea el equivocado, porque yo a usted la respeto (y le tengo cariño, llevo muchos años escribiéndole directamente) y no creo que sea persona necia. Así que si usted cree que en los últimos días el cielo se abrirá, bajarán cuatro jinetes, gran bola de fuego cruzar techo azul, the mountains will fall to the sea, chinlu asakutoa fuchulí al carajo mirisaró y todas esas cosas, por algo será, digo yo.
P.D: Y tal.
"La diferencia entre los que han leído y los que han mirado referencias es lo mucho que gritan los segundos"
Ya que ha habido aportaciones musicales por aquí últimamente me voy a permitir el lujo de colgar una canción que acabo de descubrir de un cantante que me encanta.
Letra en inglés - Tom Waits - San Diego Serenade I never saw the morning 'til I stayed up all night I never saw the sunshine 'til you turned out the light I never saw my hometown until I stayed away too long I never heard the melody, until I needed a song.
I never saw the white line, 'til I was leaving you behind I never knew I needed you 'til I was caught up in a bind I never spoke 'I love you' 'til I cursed you in vain, I never felt my heartstrings until I nearly went insane.
I never saw the east coast 'til I move to the west I never saw the moonlight until it shone off your breast I never saw your heart 'til someone tried to steal, tried to steal it away I never saw your tears until they rolled down your face
I never saw the morning 'til I stayed up all night I never saw the sunshine 'til you turned out the light I never saw my hometown until I stayed away too long I never heard the melody, until I needed a song.
Letra en español - Serenata en San Diego - Tom Waits Nunca vi la mañana hasta que pasé la noche sin dormir nunca vi la luz del sol hasta que apagaste la luz nunca vi mi hogar hasta que estuve fuera demasiado tiempo nunca escuché la melodía hasta que necesité la canción
Nunca vi la raya blanca hasta que te iba dejando atrás nunca supe que te necesitaba hasta que me metí en un lío nunca dije te quiero hasta que te maldije en vano nunca sentí mi vena sensible hasta que casi enloquecí
Nunca vi la costa este hasta que me mudé a la oeste nunca vi la luz de la luna hasta que se reflejó en tu pecho nunca vi tu corazón hasta que alguien intentó robarlo nunca vi tus lágrimas hasta que rodaron por tu rostro
Nunca vi la mañana hasta que pasé la noche sin dormir nunca vi la luz del sol hasta que apagaste la luz de tu amor, nena nunca vi mi hogar hasta que estuve fuera demasiado tiempo nunca escuché la melodía hasta que necesité la cancion
A veces conviene quedarse con los gestos antes que con los hechos. Aunque sea innegable que nos movemos buscando determinados fines, no es ilógico que termine siendo más importante el medio que la conclusión, la forma que el resultado. Hasta cuando el efecto se alcanza no podemos obviar el proceso, porque en las ideas está el trasfondo.
Y que no signifique ésto que niegue la importancia de la caída del muro en sí, de sus efectos prácticos (que de hecho marca nuestra contemporaneidad), de la desaparición del comunismo per se (a pesar de la pseudo-política china, y coreana, y cubana) y de la estructuración de nuestro sistema económico. Si será todo tan relativo que hasta un hecho que parece ser, en definitiva, beneficioso para la sociedad acarrea ahora unas consecuencias que un sector considera negativas, como la globalización, como la crisis económica, incluso como el liderazgo y la dependencia mundial de una sola magnitud. Aunque a aquellos que creen ésto, también habría que recordarles que, al fin y al cabo, fue también el fin de una guerra.
Pero el nueve de Noviembre no fue “simplemente” el día que cambió el mundo hasta alcanzar nuestra actual situación. Fue mucho más que eso. Fue unión. Fue, paradójicamente, paz. Fue progreso. Fue luz. Y fue, por encima de todo (y por eso hay que reiterarlo), UNIÓN.
Unión porque consiguió aunar varios frentes de forma casi esporádica y con la mayor de las ilusiones, no era la ilusión de tirar el muro lo que hacían que ellos se dirigiesen habilidosamente por las calles de Berlín al encuentro de aquel dique que separó a unos hermanos durante veintiocho años, les movía la libertad, la idea de libertad y el sentimiento de cohesión. Paz. Y paradójicamente porque se consiguió identificar a un martillo, a una grúa, a un pico y a miles de personas enfervorizadas con la básica idea de destruir, derriba y reventar en uno de los actos más conciliadores de la historia. Progreso, y cierto, verdadero progreso en conveniencia a la sociedad y a la paz. Donde se consiguió superar las ideologías y las diferencias, sólo en pro de la libertad. Un movimiento que necesitó un pistoletazo de salida, pero que se desarrolló con coordinación a pesar de las dificultades, y todo ello a ritmo de violín. Luz porque alcanzó su objetivo, el del paso, el fin del oscurantismo, el sol para los alemanes del este, el sol para los alemanes del oeste. El mismo sol para todos los hermanos. Unión y libertad. Libertad y unión. Todo la misma noche.
Aquel de nueve de Noviembre, a la voz de un “inmediatamente” se descorrió un tupido velo, un pesado telón. El telón de acero.
Era una realidad. Eran las 6:45 de un frío 10 de noviembre. Los despertadores del mundo entero lo despertaron en un día decisivo en el que pudo comprobar que, efectivamente habían roto los graffitis. Fue al baño y echó una de las meadas más conciliadoras de su vida (si acaso una meada puede tener esa cualidad).
La limpiadora no sabía cómo quitar el champán (aquel que compró un actor) de la cara moqueta que había en el ahuevado despacho del mozo de gasolinera conecticano.
Aquel paritorio (incluidas las paredes) tenía un ojo a la tele y otro ojo al potorro. Uno en el milagro de la albañilería y otro en el milagro de la vida. Hacía frío, como ya sabemos, pero era un gran día para aquella mujer y para el mundo entero. El chaval no se lo tomaría tan bien en un futuro, pero la ocasión merecía que él tuviera tal nombre: Kohl Krenz
Los de un lado creían que era una mancha en su expediente. Los del otro lado creían que había actuado de forma impoluta. Los de más allá aun creían que había que hablarlo con limpieza. Él creía que podía ir con la frente bien alta. La mayoría le veían una mancha en la frente.
Era un grito de libertad. Un grito que calló al silencio en cuanto cayó.
Nadie sabe qué untó a su tostada aquella mañana. Nadie se imagina cómo se afeitó ni de qué forma se había duchado. Lo que todos sabemos es que en su casa había una fresca corriente de aire. Lo extraño es que esa misma corriente de aire, cinco años antes, habría impulsado a Klaus a escribir Rock you like a hurricane.
¿Y qué más da lo triste que salga un sol? Lo que verdaderamente importa es que bajo él y mientras exista, no hay paredes que puedan cercar las cumbres, no hay redes para atrapar al mar y no hay dos hijos de los mismos padres que no sean germanos.
P.D: Y tal.
"La única razón válida para saltar una valla es decirle al dueño de la misma que debería quitarla."
El Muro de Berlín cayó en la noche del jueves, 9 de noviembre de 1989, al viernes, 10 de noviembre de 1989, 28 años más tarde de su construcción. La apertura del muro, conocida en Alemania con el nombre de die Wende (el Cambio), fue consecuencia de las exigencias de libertad de circulación en la ex-RDA y las evasiones constantes hacia las embajadas de capitales de países del Pacto de Varsovia (especialmente Praga y Varsovia) y por la frontera entre Hungría y Austria, que impuso menos restricciones desde el 23 de agosto. En septiembre, más de 13.000 alemanes orientales emigraron hacia Hungría.
Hacia el final de 1989 comenzaron manifestaciones masivas en contra del gobierno de la Alemania Oriental. El líder de la RDA, Erich Honecker, renunció el 18 de octubre de 1989, siendo reemplazado por Egon Krenz pocos días más tarde.
Tras el 6 de noviembre se hizo público el proyecto de una nueva legislación para viajar, que recibió duras críticas, y el gobierno checoslovaco protestó por vías diplomáticas por el aumento de la emigración desde la RDA a través de Checoslovaquia. El SED decidió, el 7 de noviembre, regular los viajes al exterior, facilitándolos. El 9 de noviembre se promulgó un plan que permitía obtener pases para viajes de visita. Se elaboró un modelo en el Consejo de Ministros, que se decidió ese mismo día antes de las 18:00 y que debía ser publicado y difundido en forma de circular a las 4:00 siguiente por las agencias de noticias, aunque hubo una objeción al procedimiento por parte del Ministerio de Justicia. Paralelamente, el modelo del Ministerio fue estudiado a medianoche en el Comité Central (ZK) y se modificaría ligeramente.
El miembro del Politburó del SED Günter Schabowski anunció en una conferencia de prensa, retransmitida en directo por la televisión de Alemania Oriental, que todas las restricciones habían sido retiradas y decenas de miles de personas fueron inmediatamente al muro, donde los guardas fronterizos abrieron los puntos de acceso permitiendo el paso. Schabowski acabó la conferencia de prensa a las 18.57. Se encontraban presentes sobre el podio junto a Schabowski: los miembros del Comité central del SED Helga Labs. Gerhard Beil y Manfred Banschak. Schabowski leyó un proyecto de ley del consejo de ministros que tenía delante:
"Los viajes privados al extranjero se pueden autorizar sin la presentación de un justificante — motivo de viaje o lugar de residencia. Las autorizaciones serán emitidas sin demora. Se ha difundido una circular a este respecto. Los departamentos de la Policía Popular responsables de los visados y del registro del domicilio han sido instruidos para autorizar sin retraso los permisos permanentes de viaje, sin que las condiciones actualmente en vigor deban cumplirse. Los viajes de duración permanente pueden hacerse en todo puesto fronterizo con la RFA."
A la pregunta de un periodista italiano: "¿Cuándo entrará en vigor?
Schabowski, hojeando sus notas contestó:
"En cuanto lo diga — inmediatamente".
Gracias a los anuncios de las radios y televisiones de la RFA y Berlín Oeste bajo el título "¡El Muro está abierto!", muchos miles de berlineses del Este se presentaron en los puestos de control y exigieron pasar al otro lado. En esos momentos, ni las tropas de control de fronteras ni los funcionarios del ministerio encargados de regularlas estaban informados. Sin una orden concreta, sino bajo la presión de la gente, el punto de control de Bornholmerstrasse se abrió a las 23.00, seguido de otros puntos de paso, tanto en Berlín como en la frontera con la RFA. Muchos telespectadores se pusieron en camino. A pesar de todo, la verdadera avalancha tuvo lugar a la mañana siguiente. Muchos durmieron toda la noche para asistir a la apertura de la frontera a la mañana siguiente, 10 de noviembre.
Los ciudadanos de la RDA fueron recibidos con entusiasmo por la población de Berlín Oeste. La mayoría de los bares cercanos al muro daban cerveza gratis y los desconocidos se abrazaban entre sí. En la euforia de esa noche, muchos berlineses occidentales escalaron el muro. Cuando se conoció la noticia de la apertura del muro, se interrumpió la sesión vespertina del Bundestag en Bonn y los diputados entonaron espontáneamente el Himno de Alemania.
El 9 de noviembre, los berlineses llevaron a cabo la destrucción del muro con todos los medios a su disposición (picos, martillos, etc.). El virtuoso del violoncello Mstislav Rostropovitch, que había tenido que exiliarse al Oeste, fue al pie del muro a animar a los que lo demolían. La fotografía de esta anécdota se volvería célebre.
Aquí tenéis un poco más de información para saber más sobre la historia del Muro de Berlín, la Separación Alemana tras la Segunda Guerra Mundial, o su Reunificación, que nunca está demás.
Pues dentro de poco voy a ver a estos genios de la música y el humor. Para que los conozcáis (mejor) os dejo con una de mis piezas preferidas. Disfrutadlo.
P.D: Aquí no pongo ni frase ni imagen, que no me pega ponerlo.
"Nos habíamos conocido en Nashville, Tennessee, al hilo de unas conferencias sobre la Transición en nuestro país poco antes de que Tejero y sus conmilitones descargaran la zarpa sobre el Congreso de los Diputados. Entonces hablamos, entre canapés y bebidas de cola, del amargo destino que amenazaba a España a cada vuelta del camino. Nos hicimos amigos porque lo habíamos sido antes sin conocernos, ya que habitábamos desde antaño los mismos sueños y desdichas que mantenían la historia de nuestro país en la permanente zozobra en que nos habíamos acostumbrado a vivir. Yo le respetaba hasta la veneración, pero enseguida me sorprendí a mí mismo, frente a quienes reverencial o educadamente le llamaban don Francisco, tratándole de tú, con una camaradería que ni la edad ni nuestras respectivas biografías debían permitirme, pero que él agradeció enseguida. Mantuvimos la amistad hasta el final, enriquecida por las sesiones académicas en las que nos sentábamos codo a codo y a las que no faltaba ni un solo jueves. En los descansos, se posaba en medio de la sala erguido como un palo, presumiendo de no usar el bastón a sus cien años, y departíamos sobre lo humano y lo divino, aturdidos quienes le oíamos por su sabiduría precisa, bienhumorada e incombustible. "Llevo vivo más de la cuenta", comentaba sarcástico cuando le interrogábamos por su salud, y a veces le fallaba el oído, o la vista, antes de que le operaran de cataratas casi centenario ya, pero nunca la cabeza (en la que los médicos se habían visto obligados a hurgar para deshacer un coágulo), ni mucho menos las piernas, hasta bien entrado ya el tiempo de su adiós. Creador de una obra inmensa en la narrativa, en el ensayo, en el periodismo, Francisco Ayala era el último intelectual que podía presumir de haber sido a la par testigo y autor de la vida de España durante todo el siglo XX. Su aportación a la cultura hispana en todos los ámbitos, desde la docencia a la creación literaria, pasando por el análisis político, la crítica social y la investigación literaria o histórica, difícilmente admite parangón alguno. Irreductible en sus convicciones morales, inmarcesible en sus afectos, desmesurado en la calidad y cantidad de sus obras, vivió el exilio y el retorno con la dignidad de los maestros y la humildad de los buenos ciudadanos. En esta hora tan triste para cuantos aman nuestra cultura y saben de la magnitud de su pérdida, quienes tanto le hemos debido y admirado sólo podemos añadir que, sobre todo, le queríamos, le queríamos mucho. Y añoraremos esos ojos burlones, esa media sonrisa sobre las corbatas a la última que a menudo le regalaba Carolyn, haciéndonos un guiño cómplice, entre admonitorio y divertido, al tiempo que decía: "Yo en realidad tendría que estar muerto". Pero los elegidos como él nunca perecen, su rastro es perdurable y fecundo. Su ejemplo, irrepetible."
Los rayos de aquel triste sol apenas podían zafarse de las grises nubes que los obstaculizaban. En la atmósfera se notaba algo. No era nada descriptible, solamente se notaba un ambiente enrarecido, como si el mundo entero estuviera expectante de lo que seguro iba a suceder, fuera lo que fuera (siento no poder ser más concreto en mi descripción, pese a ser un narrador omnisciente). Aquella mañana él se levantó sudando, en parte por la excesiva humedad relativa y en parte por las horribles pesadillas que estaba teniendo últimamente. Siempre era igual, se veía atrapado en una minúscula habitación y cuando conseguía escapar era para caer por un precipicio. Se levantó, fue a la cocina de su humilde y pequeño apartamento con la incertidumbre de no saber lo que iba a encontrar al abrir el frigorífico. “¡Menuda suerte, queda leche!”, pensó. Fue entonces cuando se desató el desastre. Un estruendo, o quizás fueran un millón de estruendos al unísono. Un golpe. Un rayo. Viento. Todo era un maremágnum de destrucción impía. Coches que vuelan y chocan contra otros coches, o contra casas. Árboles arrancados, tejados derruidos, farolas tumbadas. Y un silbido penetrante dentro de unos oídos que no dan abasto mientras intentan desconectarse del ruido que provoca esa dichosa guerra entre dioses del Olimpo. No tuvo tiempo a reaccionar. La ventana de su cocina estalló arrojándole a la cara un buen montón de cristalina metralla. Antes de caer al suelo ya era consciente de lo mal que lo tenía. “Compadre, a ver si salimos de ésta”, pensó. Sintió cómo los cimientos de su edificio se estremecían. Sabía que no tenía mucho que perder. Llegó a tientas a la puerta de la cocina, reptando entre cristales, astillas, trozos de escombros y diversos objetos que el maldito viento había tenido a bien regalarle. Fue hacia el portón y salió al pasillo. Allí también había ventanas rotas y una fortísima corriente de aire que inundaba cada rincón del corredor. Se aventuró a las escaleras. Tropezó. Se levantó. El viento le impedía ver y casi caminar. Volvió a caer un buen tramo de escalones. En total había bajado un par de pisos y rodado los otros tres. Si en ese momento le hubieran preguntado dónde le dolía le habrían faltado dedos. Al fin llegó al cuarto de contadores, en la planta baja. Era el sitio más seguro del edificio si éste no se derrumbaba. Entró y cerró la puerta con esfuerzo. Allí todo era paz. Aquel maldito cuartucho parecía estar al margen de la realidad. Casi tenía la sensación de haber cruzado una puerta mágica que lo había tele-transportado a millones de kilómetros de allí. Pudo al fin sentarse y tomar consciencia de lo que estaba sucediendo. Reparó en lo maltrecho que estaba y en todo lo que le había sucedido. Pero no se lamentó. Muy al contrario, gritó de furia descargando parte de la tensión acumulada. Era rabia lo que brotaba de su pecho. Sus ojos, llenos de ira, veían claro lo que debía hacer. Estaba lleno de determinación. En medio de aquel caos, estaba convencido. Aquel joven de Oklahoma no descansaría tranquilo hasta que aniquilara a todas las mariposas de Dinamarca.
P.D: Cierra, que hace corriente. P.D.2: Puede que la foto no sea ni la más impactante ni la más bonita, pero es de Oklahoma.
"Y cuando muera tirad mis cenizas en Tarifa, que quiero ver el mundo entero."
Bueno hace tiempo que no posteo nada y como no se el porqué el otro día estudiando me acorde de esta cantaora tan fantástica
Mercedes Sosa, murió hace mañana un mes y la descubrí gracias a Ismael Serrano y quizás a algunos no le guste pero es increíble tanto su voz, su música como ella misma. No perderan el tiempo, escuchenla y paseense por youtube a ver sus otras muchas canciones como Canción con todos, Gracias a la vida, Como la cigarra...
http://es.wikipedia.org/wiki/Mercedes_Sosa
Me preguntaron como vivía, me preguntaron 'Sobreviviendo' dije, 'sobreviviendo'. tengo un poema escrito más de mil veces, en él repito siempre que mientras alguien proponga muerte sobre esta tierra y se fabriquen armas para la guerra, yo pisaré estos campos sobreviviendo. tristes y errantes hombres, sobreviviendo.
Hace tiempo no río como hace tiempo, y eso que yo reía como un jilguero. tengo cierta memoria que me lastima, y no puedo olvidarme lo de Hiroshima. cuánta tragedia, sobre esta tierra... hoy que quiero reírme apenas si puedo, ya no tengo la risa como un jilguero ni la paz de los pinos del mes de enero, ando por este mundo sobreviviendo.
Ya no quiero ser sólo un sobreviviente, quiero elegir un día para mi muerte. Tengo las manos nuevas, roja la sangre, la dentadura buena y el sueño urgente. quiero la vida de mi cimiente. no quiero ver un día manifestando por la paz en el mundo a los animales. Cómo me reiría ese loco día, ellos manifestándose por la vida. y nosotros apenas sobreviviendo, sobreviviendo.
Una noche, al volver a casa, se encontró todas las luces apagadas excepto la de su dormitorio. La puerta estaba cerrada, pero la cálida luz de la lamparita se escapaba por la rendija de abajo. Era raro que su esposa estuviera despierta hasta tan tarde. Alguna luz de alarma se encendió en su mente. Algo en su interior le chivó lo que iba a pasar, el desenlace, pero no lo quiso creer. Aun así sucedió. Abrió la puerta y vio a su mujer y a alguien más en la cama. En su cama. Había alguien más allí, con ella. No se lo podía creer. Se habría puesto furioso en otras circunstancias, pero tal y como pintaban los bastos casi no parecía merecer la pena. Saludó, dijo que no se preocuparan por él, que se marcharía. “Lo siento mucho, cariño”, dijo su mujer. “Disculpa”, dijo Stephen Hawking. Había tocado fondo con el corazón en carne viva. Era una sombra de la persona que fue. No le quedaban motivos para vivir. No había nada en el mundo que no hubiera sido pisoteado. Todo lo que tenía que ver con su persona parecía estar maldito, perseguido por una fuerza extraña que lo empujaba hacia el desastre más absoluto. Nada merecía la pena. No podía seguir así. Por ello se agenció una soga y una banqueta. Hizo un nudo corredero en un extremo del cordel, y ató el otro a uno de los pilares del sótano de su edificio. Tambaleó la banqueta hasta que definitivamente se tumbó. Por unos instantes el tiempo se detuvo, quedó suspendido en el aire, vio a sus hijos, a su mujer, a sus compañeros de trabajo. Se le escapaba una lágrima justo cuando su cuerpo comenzó la caída… pero algo falló. La soga no soportó su peso y se rompió frustrando sus intenciones. Se estampó de bruces contra el suelo. Tuvo ganas de llorar, de morderse la lengua, de darse cabezazos hasta perder la cordura. Se tuvo que romper la soga. “¡Por siempre te maldigo, Stephen Hawking!, ¡maldita tu estampa y el momento en el que naciste!, ¡¡te maldigo a ti y a tu jodida Teoría de Cuerdas!!”.
P.D: Hoy hago una excepción. En lugar de darme auto-bombo reproduciendo una cita mía al final del texto, voy a transcribir la primera reacción que obtuvo el mismo.
"¿Y así se gana la vida, diciendo que la materia está compuesta de cuerdas? ¡Cuerdas ni cuerdas! Ahora yo digo que está hecha de cadenitas de oro con la Virgen del Rocío." Marta.
Jamás podríamos decir que su vida fuera como una montaña rusa. Más correcto sería decir que de un tiempo a esta parte su vida era un barco con complejo de submarino. Todo empezó (o más bien, acabó) la mañana que volvió de la cumbre mundial contra escaleras y escalinatas. Abrió la puerta de su casa y encontró a toda su familia con cara de circunstancias. Al parecer la APAP había organizado una reunión general de socios. Los más altos cargos de la asociación dejarían a un lado sus vidas para sentarse alrededor de una elegante mesa de buena madera. Abandonarían por una tarde su ajetreada rutina para hablar. Para tal acto, el pretexto y el tema de conversación debían ser de suma importancia. Y, claro, no podía haber otro motivo que su destitución. Al llegar a la reunión se encontró con sus amigos, sus compañeros de tantos años. Algunos de ellos estaban visiblemente afectados por pasar un trance semejante. La cosa fue cordial, madura y, casi podríamos decir, higiénica. Algún “Lo sentimos”, algo de “Ojalá no tuviera que ser así”, apretones de manos y la traca final: su sustituto. Habían estado deliberando durante horas sobre si sería conveniente ascender a alguien de la casa o traer aire fresco del exterior. Una puerta que se abre, el sustituto entrando y el recién expulsado con los ojos como ensaladeras. Su sustituto era Stephen Hawking. “¿¿Pero qué es esto??” alcanzó a exclamar, “Es una persona. Y tiene una mente brillante”, le aclaró un socio, “Disculpa”, dijo la voz neutra del ordenador del británico. “¿Pero cómo…?, ¿cuándo…?, ¿por qué…? “, “Entiéndelo, nadie en el mundo puede ayudarnos tanto como él…”, “¡Pero si no arrastra los pies!”, “Hombre, eso es discutible”, “¿¿Discutible?? Los lleva apoyados en esos estribos, joder. Yo llevo 20 años arrastrando mi pie por el mundo”, “¿Cómo que no va arrastrándolos? Abre tu mente, hombre, piensa en esas ruedas como la prolongación de su…”. No escuchó más. Aquella frase quedó interrumpida por un portazo. Los días pasaban lento. Estaba derrumbado, herido en su orgullo y bajo de moral. Había perdido su trabajo y se sentía vacío. Tantos años de su vida en un pozo. Pasaba las tardes arrastrando su pie de oficina en oficina, de entrevista en entrevista intentando conseguir un empleo digno para continuar su vida. Una tarde, iba hacia su casa, por la cuesta que iba desde el Ayuntamiento hasta el Estadio. De repente, escuchó a sus espaldas un alboroto y vio que a gente apartándose a los lados de la acera. De repente, una voz neutra dijo “Tengan cuidado, se han estropeado mis frenos”. De repente, entre el tumulto, apareció una figura que lo arroyó y lo tiró al suelo. Cuando se recompuso, se dio cuenta de que la figura que lo acababa de atropellar (literalmente) no era otro que Stephen Hawking. “Disculpa” dijo la voz neutra, “No pasa nada” contestó de mala gana, “¿Estás bien?”, “No te importa como yo esté o deje de estar”. Se puso en pie de malas maneras y se sacudió el traje. Entonces Stephen cayó en la cuenta de algo. “Increíble. Tu pie.”, porque, efectivamente, en la caída y al levantarse aquel pie que estuvo 20 años preso de una moneda, por fin había podido despegarse del suelo. El ex-defensor de la APAP había estado pisando una simple moneda de 20 duros durante 20 años. A duro por año. Su mundo parecía derrumbarse mientras los escombros se reían de él. Toda su vida dedicada a una mentira, a una farsa. Normal que se fuera corriendo de allí. Y que cuando estuvo cansado, entrara en un bar. Normal que se emborrachara esa noche. Y la siguiente. Y las siguientes. Su familia se preocupaba por él. Estaba hundido en la más absoluta miseria personal. Había dejado de buscar trabajo, había dejado de tener esperanzas.
P.D: Porque se pueden hacer textos largos en dos entregas.
"La mala suerte nunca se olvida de quienes nunca se olvidan de ella."
Gervasio Sánchez Fernandez es periodista, fotógrafo y corresponsal de guerra. Ha trabajo como periodista independiente cubriendo prácticamente todos los conflictos armados de América Latina desde 1984 hasta 1992, para pasar posteriormente a ocuparse de la antigua Yugoslavia, África y Asia. Gervasio nació en Córdoba en 1959, estudió en Barcelona y actualmente tiene vive en Zaragoza. A lo largo de su carrera profesional, ha ido acumulando importantes premios y menciones, entre los que destacan el “Premio al mejor periodista del año 1993” dado por la asociación de prensa de Aragón por su cobertura de la Guerra de Bosnia, el galardón por “Mejor trabajo gráfico” de la asociación internacional de prensa de Madrid en el 94 por el mismo conflicto, el Premio Cirilo Rodríguez, el Rey de España de fotografía, y el premio Ortega y Gasset. Es muy conocido gracias a una sensacional cobertura gráfica del sitio de Sarajevo, y por la colección y proyecto “Vidas minadas”.
Hay una norma no escrita en el mundo del periodismo bélico que dice que nunca hay que tomar partido en una guerra. Gervasio no la cumple. No quiere cumplirla. Cada vez que tiene que acudir a un conflicto, lo hace tomando desde el principio partido por un bando, el de las víctimas. Aunque todo lo que pueda disparar sea una cámara fotográfica. Eso es lo que diferencia a Gervasio Sánchez de otros reporteros de guerra, por maestros que sean del ramo. Su misión es ir allí para enseñarnos aquí, de viva imagen, lo que realmente esconde el humo de la batalla. Los hombres y mujeres a los que una mina o una bomba, si no los matan, le quitan parte de su vida: una pierna, un brazo, una mano, un padre, un hijo. No envía crónicas, denuncia.
Por eso, por descontado la calidad de sus imágenes, es tan respetado y premiado en el periodismo español e internacional. Sin embargo, de un tiempo a esta parte su nombre aparece menos en la prensa y recibe menos premios. Esto es así desde que en mayo de este año (2009) ganó el premio Ortega y Gasset de periodismo en modalidad gráfica, subió a la tarima y pronunció su discurso, no publicado ni citado en ningún medio de comunicación, ni siquiera en el diario El País, organizador del premio. Su discurso, condenado por los magnates de los mass media al ostracismo y al olvido es, incluso, difícil de localizar en internet. En el acto estaban presentes la Vicepresidenta del Gobierno, varios ministros, exministros del Partido Popular, la Presidenta de la Comunidad de Madrid, el Alcalde de Madrid, el Presidente del Senado y centenares de personas. Y esto fue lo que dijo:
“Estimados miembros del jurado, señoras y señores:
Es para mí un gran honor recibir el Premio Ortega y Gasset de Fotografía convocado por El País, diario donde publiqué mis fotos iniciáticas de América Latina en la década de los ochenta y mis mejores trabajos realizados en diferentes conflictos del mundo durante la década de los noventa, muy especialmente las fotografías que tomé durante el cerco de Sarajevo. (….)
Quiero dar las gracias a los responsables de Heraldo de Aragón, del Magazine de La Vanguardia y la Cadena Ser por respetar siempre mi trabajo como periodista y permitir que los protagonistas de mis historias, tantas veces seres humanos extraviados en los desaguaderos de la historia, tengan un espacio donde llorar y gritar.
No quiero olvidar a las organizaciones humanitarias Intermon Oxfam, Manos Unidas y Médicos Sin Fronteras, la compañía DKV SEGUROS y a mi editor Leopoldo Blume por apoyarme sin fisuras en los últimos doce años y permitir que el proyecto Vidas Minadas al que pertenece la fotografía premiada tenga vida propia y un largo recorrido que puede durar décadas.
Señoras y señores, aunque sólo tengo un hijo natural, Diego Sánchez, puedo decir que como Martín Luther King, el gran soñador afroamericano asesinado hace 40 años, también tengo otros cuatro hijos víctimas de las minas antipersonas: la mozambiqueña Sofia Elface Fumo, a la que ustedes han conocido junto a su hija Alia en la imagen premiada, que concentra todo el dolor de las víctimas, pero también la belleza de la vida y, sobre todo, la incansable lucha por la supervivencia y la dignidad de las víctimas, el camboyano Sokheurm Man, el bosnio Adis Smajic y la pequeña colombiana Mónica Paola Ojeda, que se quedó ciega tras ser víctima de una explosión a los ocho años.
Sí, son mis cuatro hijos adoptivos a los que he visto al borde de la muerte, he visto llorar, gritar de dolor, crecer, enamorarse, tener hijos, llegar a la universidad. Les aseguro que no hay nada más bello en el mundo que ver a una víctima de la guerra perseguir la felicidad.
Es verdad que la guerra funde nuestras mentes y nos roba los sueños, como se dice en la película Cuentos de la luna pálida de Kenji Mizoguchi.
Es verdad que las armas que circulan por los campos de batalla suelen fabricarse en países desarrollados como el nuestro, que fue un gran exportador de minas en el pasado y que hoy dedica muy poco esfuerzo a la ayuda a las víctimas de la minas y al desminado.
Es verdad que todos los gobiernos españoles desde el inicio de la transición encabezados por los presidentes Adolfo Suarez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero permitieron y permiten las ventas de armas españolas a países con conflictos internos o guerras abiertas.
Es verdad que en la anterior legislatura se ha duplicado la venta de armas españolas al mismo tiempo que el presidente incidía en su mensaje contra la guerra y que hoy fabriquemos cuatro tipos distintos de bombas de racimo cuyo comportamiento en el terreno es similar al de las minas antipersonas.
Es verdad que me siento escandalizado cada vez que me topo con armas españolas en los olvidados campos de batalla del tercer mundo y que me avergüenzo de mis representantes políticos.
Pero como Martin Luther King me quiero negar a creer que el banco de la justicia está en quiebra, y como él, yo también tengo un sueño: que, por fin, un presidente de un gobierno español tenga las agallas suficientes para poner fin al silencioso mercadeo de armas que convierte a nuestro país, nos guste o no, en un exportador de la muerte.
Muchas gracias.”
PD: Solemos conocer las imágenes de un fotografo, pero curiosamente nunca nos paramos a pensar en la imagen que hay detrás del objetivo. Por eso he preferido ilustrar el perfil con una fotografía suya. Para conocer un poco de su fantástica obra, les recomiendo que visiten un álbum personal suyo o una muestra variada.
La máquina de las máquinas podrían haberle llamado sino fuese por un pequeño detalle, era una herramienta natural. Bueno, en realidad no, se había convertido (quisiesen o no) en un aparato, una obra del hombre, o al menos su apariencia era la de la obra de un hombre.
Sin embargo, suponemos que tampoco importaba tanto ese detalle teniendo en cuenta las facultades de este objeto. Oficialmente había sido denominada, y nadie lo traducía, como “la machine” (alguien había dicho que el francés era el idioma divino), y contaban que, al contrario que otras instituciones parecidas, su uso era ilimitado y cualquiera podía acudir a él, aunque claro, para eso era necesario conocer su localización. Ésto era lo más curioso, nadie lo había visto, nadie lo había usado, pero todo el mundo afirmaba que existía, aquel que negase su existencia era peor visto que aquel que la afirmase. Una leyenda que dejaba de ser leyenda desde que se confirmaba con rotundidad. Un terreno que podría haber sido fácilmente objeto de divagación, pero que se quería imponer dogmáticamente. Como cualquiera de las XII Tablas en Roma, los niños repetían metódicamente las funciones de la inusual máquina...inmortalidad, riqueza, belleza, felicidad. Y todo tan adaptable y cercano, tan al alcance del ser humano como pulsar un simple botón, el mecanismo simple pero completo. La perfección de la perfección. La piedra filosofal del S.XXI (si es que podía considerarse a ésta como obsoleta), pero con una diferencia, no era construible, sólo descubrible. Aún así, era tanto el respeto y tanto el conocimiento que a nadie se le ocurría ni un mero indicio para iniciar su búsqueda. Quizá por eso, porque temían no encontrarla, temían dejar de creer en ella. Sin duda, era mucho mejor seguir hablando de su realidad que perder el tiempo en ratificarla (o como no se atrevían a decir ellos, en desmentirla).
Sólo una duda había planteado el contenido de la máquina, una subteoría expansionista sobre la base que afirmaba una cualidad más, pero que había provocado en los más conservadores una reacción de conceptos. Estos herejes habían ido más allá y habían firmado que la inmortalidad, la riqueza, la belleza y la felicidad no eran características suficientes para la máquina, sólo superficialidades. Hablaban de una resolución, del dictamen de la vida, de las palabras (si es que eran palabras el término que buscaban) que explicarían la existencia, del qué y del porqué. Ellos dejaron de decir máquina a secas, y comenzaron a llamarla la máquina de las respuestas.
Y ni siquiera podían imaginar la razón que tenían. Lástima que en aquel país, en aquel pueblo, en aquel bar, fuese costumbre escurrirse las manos al lavarlas, y no hacerlo con el secador.