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domingo, 26 de junio de 2011

Ismail Kohout

Ismail Kohout no era homosexual. De hecho, como gustar, le gustaban las mujeres como al que más. Simplemente no había tenido demasiado tiempo para ellas. O no había querido tenerlo. Así que si acaso, lo que era es un poco asexual, pero nada más. Y trabajado, claro. Desde que era un niño. Desde que aprendió a sumar y restar, nunca mejor dicho.
Se graduó el primero de su promoción en el prestigioso Instituto Lennin de Praga. Cursó la carrera de matemáticas con una media de Matrícula de Honor. Se licenció Cum Laude, Premio Extraordinario Fin de Carrera, con un Doctorado en Aplicaciones Socialistas de las Funciones Gaussianas, un Máster en Irreales y otro en Cálculos Logarítmicos. Las autoridades checoslovacas le concedieron un permiso especial para continuar sus estudios en las más prestigiosas universidades Inglesas y Americanas, y más tarde, fue un destacado trabajador del Gobierno. Participó en programas espaciales de la Unión Soviética, en el ejército, en el Ministerio de Salud y Consumo, y recibió la Medalla de Oro al Mérito del Trabajo en 1985.
La Revolución de Terciopelo le pilló trabajando, encerrado en su despacho de la quinta planta de un modesto y obrero edificio situado en el Nove Mesto, bastante cerca del Moldava. La transición al capitalismo le pilló trabajando en una infinidad de ecuaciones diferenciales que trataba de aunar por aquél entonces. Entonces el Gobierno le encargó varios estudios estadísticos a fin de diseñar racionalmente la aplicación económica en diversos campos. Las primeras elecciones libres le pillaron trabajando. No votó. Estaba diseñando el programa de implantación económica escalonada en medios rurales, que el mismo aplicaría con éxito a petición de la primera Camara electa del nuevo estado Checo. Más tarde, le sería concedida una nueva Medalla de Oro al Mérito y la Investigación. Aún jubilado hace tiempo, seguía investigando, escribiendo libros y siendo requerido asiduamente por universidades, el Instituto Espacial Checo, y la Agencia Espacial Europea.
Esa tarde, a eso de las seis, algún ruido proveniente de la calle le distrajo de su trabajo. Aprovechó esa breve desconexión mental para levantarse y descansar un rato. A través de sus cortinas podía entreverse un cielo azul y soleado, en un hermoso atardecer de principios de otoño. Abrió sus cristales, y apoyado sobre el alféizar pudo ver el origen del barullo. Un grupo de jóvenes jugaba al fútbol allá abajo, en la carretera. Podía verlos agitar los brazos corriendo, llamándose la atención unos a otros, alertando de la presencia del contrincante. En un momento, vio una madeja de estos chavales (eran seis en total) enredarse en un mar de piernas. Uno se escapó de ese núcleo y se fue corriendo al otro extremo, mientras otro conseguía revolverse hacia atrás y dar un zapatazo en su dirección. Entonces el primer chico preparó el pecho para una recepción, detuvo el juego, y comenzó a correr hacia el que hacía de portero, mientras era perseguido por dos adversarios.
En ese instante, Ismail Kohout se restregó incrédulamente los ojos. No una, ni dos, ni tres, ni cuatro veces. Ni siquiera cinco. Seis veces. Seis enérgicas y agónicas veces intento apartar Ismail Kohout de su mente o sus ojos cualquier rastro de suciedad, cansancio u obnubilación. Sin éxito.
¿Dónde coño estaba el balón? El chico que corría (era un melenudo delgado, atlético, con una recortada barba negra sobre un rostro muy pálido) dio una nueva patada al aire, el portero se tiró al suelo (¡se tiró al suelo!), y el melenudo gritó y levantó los brazos y corrió hacia sus compañeros para celebrarlo. Lo celebraron los tres juntos saltando y abrazándose, mientras los jugadores del equipo contrario recriminaban al portero no haber hecho más por detenerlo.
Pero es que allí no había ningún balón.
En seguida se reanudó el juego. Los chavales corrían, se gritaban, se cubrían, se desmarcaban. Peleaban entre sí con los pies sin llegar a rozarse y daban ordenados zapatazos a uno y otro lado.
Pero allí no había ningún balón.
Y de cuando en cuando, más gritos, más celebraciones, más euforia. Todo perfectamente ordenado.
Pero allí no había ningún balón.
Por más que se esforzaba en encontrarlo, en descubrirlo, en calcularlo.
Allí ni había ningún balón.
Harto de semejante despropósito, bajó hasta el portal de su casa dispuesto a ver con qué estaban jugando esos chicos. Por qué no podía verlo.
Los jóvenes no notaron su presencia, no notaron cuando paseo disimuladamente a su lado, ni cuando cruzó la calle con excusa de ir a una tienda. Estaban demasiado entretenidos a lo suyo.
Pero allí no había ningún balón.
Al llegar a la tienda, la dependienta, una vieja regordeta, miraba divertida la escena y les sonreía.
Sin asomo de duda, no había, bajo ningún concepto, tipo alguno de balón ahí.

Así las cosas, Ismail Kohout hizo la única cosa que se le ocurría que podía hacer ese momento. Subió a su casa, cerró la ventana mientras lanzaba una última mirada de soslayo a los jóvenes y se sentó a reflexionar en su mesa un par de minutos. Ante sus trabajos, sus papeles, sus libros y sus números. Después, lógicamente, cogió una gruesa cuerda, hizo un nudo, y se ahorcó en su cuarto de baño.


sábado, 24 de abril de 2010

Mini-explicación (señora, hasta otra)

Pues, efectivamente, el astronauta volvió sano, salvo, satisfecho, sorprendido y siseante. Tan sorprendido venía porque, al fin y al cabo, con lo ancho que habían hecho el espacio exterior y con lo pequeño que podía resultar un pequeño gnomo, se había encontrado con uno por allende las estrellas. Con uno recién hecho, para más señas. Además le resultaba inquietante que su Rey hubiera dado en el calvo, por una vez, en uno de sus disparatados mandatos. De hecho, el astronauta volvió tan adjetivado como vimos en la primera frase, más lo cargado que venía con un basilisco transexual (y pocimado).
Y esa llegada tan provechosa no pasó desapercibida a los mini-ojos de todos aquellos diminutos científicos que veían como, por azar, el Rey Hyonerda se apuntaba con enorme éxito a la carrera espacial. Eso no podía quedar así. Era una deshonra para su avanzada civilización que un bárbaro y alocado macro-monarca se pusiera a su misma altura en esas lides.
Así fue como se embarcaron en un nuevo proyecto: un rayo revuelve-materia con el que pretendían convertirse a sí mismos en seres de gran tamaño, civilizados e inteligentes. Y en ello se pusieron.
La idea era salvar sus severas desventajas físicas frente a la macro-civilización y dominarlos con su mayor inteligencia, haciendo así del mundo un lugar mucho más apacible. Con su refinada eficiencia y educación, los mini-seres mejorarían la calidad de vida de todo el orbe entero ya sea por las buenas o por las malas.
Hasta que al fin, duros meses de trabajo dieron su fruto. Todo estaba preparado. El cambio estaba cerca.
Así pues, revisar el montaje del rayo revuelve-materia, anunciar el proyecto y montar un festejo de inauguración fue todo uno.
Hubo papelillos, serpentinas, canto, guitarra, vino (sin alcohol), trajes de gala y boato. Todo el mini-mundo estaba concentrado en aquella baldosa. Había regocijo en las gentes de tal bombo que se le dio al evento. Hubo mítines, agradecimientos mutuos, dedicatorias, pancartas, celebridades y celebraciones.
La idea era apuntar con el rayo a un mini-tomate para ver los efectos que en él se producían. Nunca una hortaliza tan pequeña fue foco de tantas miradas (casi se estaba poniendo colorado).
Lo que aconteció quedó en las memorias del mini-pueblo para siempre. Nadie habría apostado por tal desenlace improvisado.
Embriagado por el momento, justo al accionar la maravillosa máquina, un científico que por allí estaba gritó algo como "¡Oh yeah!", sobresaltando a uno que por allí pasaba con un tambor. Las baquetas volaron, golpearon en un equilibrista que cayó de su atalaya, formando un estruendo que asustó a un gato que... que... vamos, que alguien le acabó dando un golpe al artilugio, desviándolo.
Y, lo lógico y normal, era que todo lo que fuera alcanzado por el haz de energía aumentara de tamaño considerablemente. Pero no hay nada lógico y normal en la naturaleza de un basilisco transexual (y menos conociendo sus antecedentes).
¡Ay, destino cruel! Al menos fueron obsequiados por unos instantes con la enorme belleza de los destellos y el vuelo de aquel imponente Ave Fénix. A saber hacia dónde se fue.


P.D: Realmente era imprescindible que el pobre alien-gnomo-basilisco-fénix estuviera en la historia.

"La risa de los niños es la salsa de la vida. Y a mí se me repite."

martes, 6 de abril de 2010

Estaba meditando sobre usted, señora

Y me armé de valor, y me decidí a continuar la historia del troll. Y justo a tiempo, porque precisamente ahora mismo el troll estaba poniéndose sus gafas de sol, sacando dos ametralladoras UZI de sus costados, dando volteretas por los aires, disparando a discreción y diciendo "Og-buá" (au revoir) con media sonrisilla malévola. En su mente, claro. La realidad era bien distinta. Además, descartó esa idea de inmediato porque no sabía francés.
Pensó entonces que debería emitir una cantidad ingente de energía focalizada en su cuerpo, como en la película Powder. Pero, en fin, estaba el inconveniente de que no podía.
¿Y si les arrojara el geranio? Bah, solamente conseguiría neutralizar a uno de los miles de enemigos y a cambio de perder algo único e irrepetible. ¡Cielos, esa maceta era preciosa!
Miles de ideas le rondaban la cabeza, como la de pintarse media cara de azul, ponerse faldita y empezar un discurso sobre la libertad: "No temáis al enemigo. Podrán perseguirnos como a perros pero nunca nos quitarán la libertad. No tengáis miedo, ¡yo soy...!, ¡YO SOY... !". Y ahí es cuando se dio cuenta de que la mayoría de mis personajes no tienen nombre propio.
Además, cualquiera de esas opciones parecía menos heroica con hipo.
Así que asumió su destino. De frente. Se situó al borde del precipicio, dejó caer un par de lágrimas y con media sonrisilla triste se despidió del mundo.
Saltó al vacío.
A su espalda se formaba un caos tremendo. Cíclopes que insultan a grifos, el goteo de sangre de las bestias paquidermas que se habían enfrentado a los elfos, el ejército del Rey Hyonerda intentando encender la barbacoa, sultanes contra jefes de tribus, palomas contra gorriones. Y todo eso en mitad del campo de batalla en el que se había transformado el infeliz cauce seco del río Guarot.
Nuestro amigo no tuvo tiempo ni de ver los créditos del principio de la película de su corta vida. Fue todo visto y no visto. Justo al saltar, vio ante sí un fulgor infinito. Una llama iridiscente que brillaba con todos los colores de un enorme arco-iris (incluso de dos arco-iris más, conectados en paralelo). Un fogonazo. No podía creer lo que veían sus ojos. En plena caída, hizo aparición ante él el Ave Fénix. Decidido a salvar a nuestro pequeño héroe, el pájaro legendario hizo un vuelo en picado, lo cogió con sus garras hábilmente y se alejó veloz por los cielos de forma majestuosa.
Y al troll se le quitó el hipo.

P.D: Estaba cantado que iba a pasar esto.


"El sexo con normas es monótono y con reglas es pringoso"

martes, 2 de marzo de 2010

Recamino de lo reincierto

No hacía mal día. Apenas se atrevía un airecillo tímido a rozar las piedras que tomaban el sol en la seca cuenca del río Guarot. Los vinagrillos parecían esperar a que alguien los mordiera, las libélulas se posaban en los cardos más altos y sólo la carrera despavorida del pequeño troll rompía la armonía.
Como alma que lleva el diablo, el muchacho huía de sus perseguidores. Atrás había dejado una caterva de energúmenos que lo habían perseguido hasta las afueras de la ciudad, donde su suerte no fue mejor. Tres ejércitos. Tres. Y con uno sobraba. Le parecía ridículo que hubiera ese despliegue de medios para capturarle. Y de hecho era ridículo pensar que aquellas magníficas legiones estuvieran allí por él.
Así pues, el orondo Sultán Tijmud se había citado en el cauce, de forma sorpresiva, con el jefe de una de las tribus más numerosas del Estrión. Su intención era hacerlo venir para una charla amistosa y traicionarlo vilmente, atacándolo a él y a su guardia real con todo un ejército de elfos y grifos. Todo venía por unos poderosos zafiros en mal estado y unas hidras despeluchadas que la tribu le llevó como obsequio a su palacio, nada de interés.
Por su parte, el jefe de la tribu estriónica acudió a la cita con el sultán con análogas intenciones (cambiando los elfos y los grifos por cíclopes a lomos de bestias paquidermas). Sus motivos estaban muy claros: era un jefe belicoso por naturaleza.
El Rey Hyonerda, por si fuera poco, había convocado a sus hordas para... para... bah, vete tú a saber para qué diantre estaba allí ese majadero con aquellos soldados. Quizás solamente los había llevado para pasar el día en el campo, o o quizás estaban en una misión de búsqueda tréboles con dos hojas para pegarlos dos a dos y que les dieran suerte. A saber.
Y en esas estábamos, con tres ejércitos galopantes y un pobre troll corriendo hacia lo que en su día fueron las catarátas del Incierto.
El mozalbete seguía y seguía, escapándose a ratos de su propia sombra que apenas podía seguirle el ritmo. De repente oyó una aguda voz que unos metros por delante de él le gritaba incesante "¡No avances más, insensato!". "Como para pararme estoy yo", pensó el troll.
Cuando llegó al punto del cual provenía la voz, vio para su desconcierto un geranio parlante plantado en una bonita maceta de cerámica. En consecuencia del hallazgo, le dijo al geranio parlante "¡Qué extraño!, esto es lo último que esperaba encontrarme en mitad de este desfiladero: una maceta".
"No sigas corriendo, amigo, frente a ti hay una muerte segura al despeñarte por un precipicio", advirtió la planta. "¡Pues vaya!, porque detrás tengo una muerte dolorosa a manos de salvajes, elfos y cíclopes", sollozaba.
El pequeñajo se asomó al abismo. Ciertamente daba miedo. No sabía calcular cuántos metros había hasta el suelo. ¿Y cuántos como él se tendrían que apilar desde abajo hasta el filo? Calculó que apenas uno por metro.
La situación era angustiosa, "Estoy angustiado... ", ambas opciones eran terroríficas, "... estoy aterrado... ", y todo daba pavor, "... y estoy apavado (?)".
Entonces, de repente y sin que nadie lo esperara, dejé de escribir. Me sentía incapaz seguir con esto y de matar al troll. Ese troll es MI troll y me niego a que le pase algo malo.


P.D: Parece que fue ayer.
P.D.2: Que quede claro que lo del geranio parlante no lo quería poner. Y no diré que ha sido culpa de un Pedrazo de cabrón.

"En ocasiones el tiempo es como... bah, si no era capaz de hacer un texto tampoco me vais a decir nada si no pongo una frase decente"

martes, 12 de enero de 2010

Mini-conexión

Su mini-civilización era mucho más avanzada. De hecho no había punto de comparación entre su inteligencia y la de aquellos gigantescos bárbaros que dominaban a sus anchas la SRC de más acá de las nubes.
Todos los mini-científicos se afanaban por hacerle la vida más fácil a los mini-habitantes con su esfuerzo y tesón. Mientras tanto, los macro-seres se encomendaban a las supuestamente iluminadas mentes de unos cuantos hechiceros, mientras se mataban, perseguían y vilipendiaban entre sí por conflictos y razones inexplicables. No es por tanto de extrañar que entre los mini-mandatarios, mini-artistas y mini-pensadores, muchos se mofaran de lo rústicos e iletrados que eran los macro-seres.
Animados por su constante búsqueda del saber, en el mini-mundo habían decidido construir una enorme (diminuta) plataforma (colchoneta hinchable) en medio del mar (charquito) para cultivar en ella millones de mini-anacardos y estudiar su interacción con millones de mini-niños (el plan era plantar las plantas, niñar los niños y llavar con llave por fuera). El estudio se fundamentaba en las teorías de un mini-genio, el cual había hecho una tesis que versaba sobre la capacidad mágica de los anacardos para crear una simbiosis con los humanos desde la más tierna infancia.
Y así se hizo.
Paralelamente, un reputado mini-arqueólogo hizo una expedición por las profundidades buscando mini-fósiles de mini-trilobites. Con ellos podría terminar su estudio sobre la evolución de las mini-especies y tener así una visión más global y veraz sobre su hostil entorno.
Ese bichejo del que solamente había referencias en libros, era para él como la última pieza de un enorme rompecabezas. Por ello se armó de valor y botellas de oxígeno, dejó todo bien atado en la superficie (aseguró su vida, su casa, su coche y una cuerda a un árbol) y se lanzó a la aventura.
Casualmente, el intrépido buzo encontró varios mini-trilobites hechos roca bajo la plataforma usada para el estudio de los anacardos (que se llamaba Anacártida). Sin duda, algún mini-artrópodo se habría sorprendido de que alguien hubiera llegado hasta allí para buscarlo y que sin más lo robara, miles de años después de su última cena.
Al extraer uno de aquellos pequeños esqueletos petrificados, el simpático aventurero rasgó un poco el fondo de la colchonetita casi sin darse cuenta. Tampoco le dio mucha importancia al asunto.

Y es cierto que su mini-civilización era mucho más avanzada. Tanto, que pudieron justificar aquel triste desenlace. Pero, finalmente, ya no había tanta mofa al ver que sus errores habían sido absolutamente menores, aunque relativamente idénticos.
Y está claro que eran mucho más inteligentes. Tanto, que ya sabían de qué animal provenían las mini-gambas. Pero, al fin y al cabo, todos peleaban contra los mismos molinos a mayor o menor escala.


P.D: Valgan las licencias lingüísticas.


"Perdona, pero para decir ciertas frases te tienes que quitar las patillas"

jueves, 24 de diciembre de 2009

Serendipias , hijo, serendipias

Aquel poderoso hechicero (quizás el más poderoso que jamás hubo) llevó a su hijo a la comunión de Hebe, el hijo del dios de los dioses, a regañadientes. Su estado de ánimo no mejoró cuando Zeus le dijo que no habían contado con él para el convite por lo que sería ubicado donde hubiera hueco. Y había hueco en la mesa de los niños.
La tarde se presentaba magníficamente tortuosa. Llevaba ya más de una hora comiendo en silencio mientras los infantes amigos de Hebe (el propio hijo del hechicero incluido) se habían arrojado un poco de cada plato, servilletas, flores, ceniceros e incluso “Los mortíferos rayos de mi papá”. Estaba harto. Justo se estaba levantando para irse cuando de repente sucedió algo histórico. Varios zagales estaban en un extremo de la mesa probando las patatas con tarta, los embutidos con flores e incluso el solomillo con ceniceros. Uno de ellos propuso extender aquellas pruebas alquímicas al campo de la bebida. Acto seguido, tomó un vaso y echó dentro varios refrescos (varias versiones apuntan a que fueron 7up, Dr Pepper y Bitter Kas). La mezcla empezó a brillar y a emitir destellos cegadores. Aquel poderoso hechicero que había acudido allí a regañadientes y de mala gana, estaba a punto de entrar en la posteridad gracias a unos mocosos.
Asustados por las reacciones que se estaban dando dentro del vaso y por su fulgor, los tres chavales huyeron despavoridos. Estaba claro que no sabían que acababan de sintetizar la Piedra Filosofal.
El hechicero tomó el vaso y lo rompió contra el suelo, para liberar a la Piedra (ya solidificada) de su cárcel cristalina. En aquel momento era una persona prácticamente omnipotente y, para probar sus propios poderes, pronunció a viva voz un conjuro que debía transformar en oro una silla que tenía delante. Lo malo fue que un niño se sentó entre tanto en esa silla y ese hechizo tuvo en él un efecto impensable: el infeliz mozalbete se convirtió en un extraterrestre oficinista con tres ojos y dos cuellos. Fue desolador.
Debido a aquel incidente, el hechicero le pidió a su amigo el centauro que escondiera aquel brillante pedrusco en el lugar más recóndito que se le pudiera ocurrir, evitando así que ningún humano pudiera usarlo más.
Manolo accedió a hacerle ese favor porque el hechicero era su amigo y porque siempre fue un poco tonto.


P.D: A ver si nos animamos.

"Si al menos dieran melocotones para comulgar..."

viernes, 4 de diciembre de 2009

El Rey, pero el otro (¡Ay, señora, que volvemos!)

P.D: Retomo Realidades Perpendiculares. Supongo que recordar con detalle todos los aspectos de la historia resultará complicado, pero (casi) todos los capítulos de la saga están en el archivo de ésta, la página con peor ratio escritores/lectores de toda Internet.
P.D.2: Jamás pensé que un pre-data pudiera serme tan útil.

El Rey Hyonerda tuvo un pequeño problema desde que era pequeño: a veces daba órdenes aleatorias.
No es que fuera un mal rey, porque era un ser honesto y civilizado, lo que sucede es que con cierta frecuencia le pedía a sus súbditos que realizaran tareas absurdas que no conducían a ninguna parte.
Desde pequeño le pasó pues, por ejemplo, en la comunión de un amigo suyo ordenó a uno de sus súbditos que le diera un poco de mantel con paté y un vaso de 7up mezclado con otros dos refrescos a elegir (de distinto color, uno con gas y otro sin gas).
Si estaban en mitad de una batalla, ordenaba a uno de sus generales que sacudiera una alfombra mirando hacia el sur. Si aprobaba una partida de exploración, les ordenaba a los exploradores que no caminaran hacia ninguna dirección donde pudieran ver su propia sombra. Si estaban en mitad de una negociación diplomática, ordenaba a sus cortesanos que repitieran sus palabras en una octava más alta.
Aun así, inexplicablemente, siempre había tenido bastante éxito en sus batallas, había descubierto muchos territorios y mantenía unas relaciones excelentes con los demás reinos.
También se contaba entre sus hazañas el ser el primer rey que envió a un hombre más allá de las nubes (también envió deliberadamente a otro al mundo etéreo y sus abogados todavía no saben cómo sacarlo de ese atolladero). Un día, cuando todo estaba decidido se reunió con él:
-Muchacho, admiro tu valentía. Gente como tú hacen de éste reino un lugar mejor.
-Gracias, mi señor.
-Ahh, por cierto, si en el espacio te encuentras a un gnomo, dale esta pócima para convertirlo en un basilisco transexual.
-Pero, majestad, es harto improbable que me encuentre más allá de las nubes con un gnom…
-¿Osas contradecir a tu rey?
-No, por supuesto que no. Se hará como gustéis.


"Los porros son el serranito de las drogas"

martes, 28 de julio de 2009

Por terminar de aclarar las cosas (buenas noches, señora, recuerdos a su señor)

La gente no es tonta. La gente habla, comenta, ve, oye, piensa, calla y cacarea. Tanto es así que la dragona del quinto sabía que las bragas que se le cayeron al patio las estaba usando la gigante del bajo izquierda. Pero jamás se lo recriminaría, principalmente porque la enorme mujer estaba extorsionándola en silencio. La dragona estaba dispuesta a perder algunas bragas a cambio de que su vecina no se chivara de que la vio robando en la panadería.
Por cierto, que era por todos conocidos que el panadero, Manolo el centauro, vino hace poco al pueblo tras separarse de su mujer, y que ahora su ex, la centaura, estaba arrejuntada y viviendo en pecado.
Pero todos sabían que no vivía sola con su nuevo novio sino que entre los dos estaban criando al hijo que él tuvo con su anterior pareja.
Todo se sabe y todo se comenta.
Por ejemplo, sin ir más lejos, el hijo bastardo de la reina consorte del Rey Arturo sabía que era el hijo bastardo de la reina consorte desde que tenía uso de razón.
Era lógico y casi insultaba a su inteligencia que sus padres adoptivos disimularan para intentar hacerle creer lo contrario. Tenía su misma altura y sus mismos ojos. Además, siempre le había resultado extraño que su supuesta madre tuviera cuatro patas y él solamente tuviera dos.
Por no faltar a la verdad diremos que el muchacho no sabía a ciencia cierta que su madre era la reina consorte del Rey Arturo. Siempre le quedó cierta duda razonable, pero como siempre fue un chico muy tranquilo, se lo callaba por no convertir su vida en un culebrón. Además su madrastra era muy buena con él y lo cuidaba con cariño y entusiasmo.
Pero se comentaba, se decía, se murmuraba…
Además, en clase de biología vieron que del cruce entre un orco rubiales de 1’80 y una enana, lo que sale es un pequeño troll con fuerte propensión al hipo.

P.D: Como ya dije en algún comentario, esto es lo último que tengo pensado hacer de Realidades Perpendiculares por no perder el espíritu de la saga. De todas formas, no descarto continuar porque tengo muchas ideas para seguir. Todo se andará.

"Cuando Dios cierra una puerta deja de haber corriente"

martes, 21 de julio de 2009

Por aclarar un poco las cosas (¡ay, señora, qué poco nos queda!)

La susodicha amada de Arturo era desdichada y enana. Estaba siempre de mal humor y se sentía muy sola porque mientras su rey estaba todo el día prosperando y admirando la felicidad de sus cortesanos, ella se pasaba la vida en casa haciendo punto de cruz y viendo tele-basura. Se aburría mientras se apagaba su amor. Pasaba demasiado tiempo correctamente, sin cambios, adecuadamente. La rutina y la desocupación iban cubriendo de niebla el brillo su mirada día tras día. Normal que buscara vivir una aventura fuera del matrimonio.


···


Su esposo había perdido todo el morbo (dinero), su pasión (notoriedad) se iba apagando y hacía mucho que no llegaba a casa con un ramo de flores (pata de jamón).
Había vendido su futuro por una estupidez. Toda una vida dedicada a hacer feliz a los niños de todo el mundo tirada al traste por unas aspiraciones megalómanas.
Ella necesitaba estabilidad. Necesitaba un hombre que le brindara sus fuertes brazos y su franca mirada.
Por eso no podía seguir así. Era incapaz de despertar cada mañana en la misma cuadra que el centauro que la había llevado a la ruina. Ella era mitad moza joven, mitad yegua vigorosa. Estaba en su mejor momento y no tenía intención de perder lo que le quedaba de vida con los errores de su Manolo.
Hasta ahí habían llegado.


···


Él no tenía la culpa de ser el orco rubiales de 1’80 más guapo que había en el mundo. Ya desde pequeño se lo había dicho su madre.
A todo eso había que añadirle sus formas de caballero y que era muy detallista. A su nueva esposa no la ponía en un pedestal pero por el simple hecho de que si la ponía allí arriba a cuatro patas significaría que había muerto de muerte natural; si la ponía a tres, por heridas de guerra; a dos patas, en el campo de batalla, y ella estaba vivita y coleando.
Había encontrado al amor de su vida. Ella era la mujer perfecta con la que formar una familia. Serían muy felices ellos dos junto al hijo que tuvo él con su anterior pareja.
¡Ay, su anterior pareja! El amor prohibido, la clandestinidad y el susurro de la noche.
Cuando conoció a aquella pequeña criatura desvalida y vulnerable se enterneció su corazón (en detrimento de otras zonas). Parecía tan frágil que apenas se atrevió a mirarla a los ojos mientras se acercaba a la barra por miedo a que se rompiera.
Pidió algo de beber fuerte y sofisticado para impresionarla, pero no hacía falta. En el momento en que apareció delante de sus ojos, ella quedó prendada de sus aires chulescos y su galantería.
Todo sucedió muy deprisa. Las miradas, las sonrisas y los besos. A partir de entonces comenzaron una nocturna relación a hurtadillas. Para él no era algo novedoso. Al fin y al cabo era un amante del amor a escondidas.
Pero aquello era especial. Era amor por amor, porque sí, no por el morbo de lo prohibido, sino como razón de ser para vivir.
Se veían a menudo. Quedaban para verse en posición horizontal, vertical e incluso oblicua. Todo cambió cuando ella lo dejó embarazado y se marchó para siempre. De vuelta a su palacio lo abandonó su reina.

P.D: Me ha quedado como muy periodista del corazón.

"El exceso de información puede producir efectos idénticos a la falta de ropa"

jueves, 16 de julio de 2009

Manolo, el panadero (señora, ya queda menos)

Era un centauro honrado y trabajador que solamente buscaba paz y tranquilidad. Ya había sufrido bastante en su vida.
La suya era una historia inusual (como la de casi todos, supongo). De joven fue un hombre alegre de risa contagiosa. Era jovial y divertido. Desde joven tuvo una clara vocación: dedicar su vida al entretenimiento y disfrute de los más pequeños. Él veía su propia felicidad reflejada en la inocente sonrisa de un niño.
Por eso trabajó de payaso. Y de domador. Y de trapecista. De bombero-torero, de malabarista, de cuidador en varias guarderías y de todo lo que os podáis imaginar.
Cuando fue algo más mayor descubrió una forma de ser útil a los niños de todo el mundo: diseñaría montañas rusas, columpios, toboganes y demás atracciones. Pasó muchos años ideando y fabricando coloridos y complejos montajes, simples balancines de parque, etc. Pero con lo que más disfrutaba era diseñando castillos hinchables.
Un día, Zeus le hizo un encargo muy especial: hacer el mayor castillo hinchable de la historia para el cumpleaños de su hijo Hebe. Los materiales y la construcción no serían un problema porque correrían a cargo de los propios dioses.
Y a ello se dedicó. Lo hizo enorme y hermoso a conciencia. El diseño era una maravilla en sí, pero más impactante fue cuando los dioses le dieron forma y Eolo lo llenó. Desde luego que era imponente.
Solamente había un problema. Era tan tremendamente grande que los niños que entraban no eran capaces de encontrar después la salida y se perdían de forma irremediable entre globos y divertidos monigotes hinchables. Los padres de los niños empezaron a protestar y dar quejas por aquello de no volver a ver a sus pequeños, pero con el tiempo dejaron de hacerlo porque se dieron cuenta de que los niños allí eran infinitamente felices. De hecho los niños fueron creciendo y, como estaba tan bien hecho el castillo hinchable, fueron encontrando formas de explotar los recursos naturales que tenían y fueron formando una estable sociedad en aquel lugar. Había ganaderos, agricultores, mineros y leñadores. Más tarde hubo artesanos de todas clases. Se formaron cuerpos de defensa y seguridad, además de haber ya banqueros, políticos y abogados. En apenas diez lustros aquellos niños habían pasado de las cavernas a los rascacielos.
Era maravilloso. Era el maravilloso país de la Atlántida.
Y lo fue hasta que un día algo le sucedió en la base del país que, aunque avanzado y moderno, era un simple castillo hinchable. El país empezó a perder firmeza y a hundirse. No hubo supervivientes.
El pobre centauro no salía de su asombro cuando el mundo entero lo señaló con el dedo como único culpable y la sociedad en masa empezó a recriminarle por sus pretensiones y errores. Sus vecinos le odiaban, su familia le dio la espalda, sus hijos no le hablaban y su mujer se ligó a un orco rubiales de 1’80. Era el fin.
Por eso tuvo que huir lejos, muy lejos. Huyó de su ciudad y se fue a vivir a un pueblo donde absolutamente nadie lo conocía y empezó de cero.
Allí pasaba inadvertido. Se dedicó a buscar trabajo y pronto empezó a ganarse la vida como el panadero del pueblo.
Su vida hasta ese día había sido una montaña rusa de alegrías y verdaderos tormentos. No confiaba en nadie puesto que el mundo le había dado la espalda. Cada vez que cerraba los ojos veía las acusadoras miradas que todos habían clavado en él y en lo más profundo de su ser.
¿Y se supone que ahora tenía que hacerse el tonto mientras un vagabundo le robaba una barra de pan? ¡Ja!

P.D: Va cuadrando todo, ¿no? :P

"Amor mío, no creo en la monogamia, lo que pasa es que soy muy feo"

jueves, 9 de julio de 2009

El fallito de un mago (señora, me han dejado solo en el blog)

Su madre estaría orgullosa de él: era el consejero del Rey Arturo. No se podía llegar más lejos. Bueno, sí, siendo el Rey.
Aun así el suyo era un espíritu inquieto y no paraba de investigar. En otra época habría sido un gran científico, pero en los tiempos que corrían se estilaba más el ser un hechicero. Y él era el mejor. Era el eminente hechicero Merlín.
Los niños estudiaban con libros que tenían su retrato en la portada, las fábricas le pedían consejo y ya había inventado más de mil artilugios que facilitaban la vida a millones de personas.
Sí, su madre estaría orgullosa de él.
No obstante, tenía una espinita clavada. Algo que no lo dejaba dormir por las noches, un reto definitivo: la Piedra Filosofal.
Esa piedra contenía el maravilloso poder de convertir el agua en vino, el plomo en oro, al tonto en listo y al alien en gnomo. Sería el descubrimiento más importante de su vida si la completara pues con él le sería sencillo acabar con el hambre y las enfermedades del mundo.
Llevaba unos 50 años haciendo aleaciones, transmutaciones alquímicas, mezclas y remezclas de distintos componentes y jamás pudo conseguir nada que se le pareciese.
En algunos libros se hablaba de un mago que llegó a completarla, pero nunca encontraba referencias del cómo, el cuándo o el dónde.
Mas la palabra “nunca” tiene fecha de caducidad. Un día estaba leyendo un libro de historia cuando encontró una pista, un cabo del que tirar. Investigó en libros, en pergaminos y en jeroglíficos. Todo apuntaba a que aquel misterioso mago había conseguido completar la Piedra y esconderla en un lugar seguro.
Siguió investigando y llegó a la conclusión de que solamente había dos lugares donde podía estar escondida: las fauces de Cerbero, el can que guardaba las puertas del Averno, o en las abismales profundidades de las afueras de la Atlántida.
Buscaría en la frontera del país flotante porque él era un mago de naturaleza cobarde.
Fue hasta allí y nadó hacia cotas cercanas al centro de la Tierra. Pasó por grietas, bancos de peces, naufragios… y, sí, al fin la vio. Era un minúsculo punto que brillaba frente a él. Sin duda estaba ahí. Buceó eufórico hacia ella y cuando llegó se dio cuenta de que estaba encadenada fuertemente a una válvula gigantesca que estaba cerrada. ¿Qué hacía una válvula de aire allí?
Merlín no se lo pensó dos veces y dio un fuerte tirón a la cadena, liberando la Piedra Filosofal de su atadura. El fallo fue que de paso abrió la infernal válvula. “No sé para qué servirá y quizás con el tiempo se cierre sola”, pensaba o, mejor dicho, se auto-convencía.
Por si acaso no le diría nada a Arturo.

P.D: Sí, creo que quedan mejor las post-data.

"Los lectores de PATOCIENCIA deberían aficionarse a algo serio"

viernes, 3 de julio de 2009

¡Ay, Arturito! (señora, volvemos a la carga)

P.D: Sí, ésto también es una pre-data.

Era ciertamente feliz. Y eso a pesar de que era un hombre cabal y poco dado al optimismo gratuito, pero es que lo era.
Tenía el poder, el respeto, las riquezas, la responsabilidad, la notoriedad, la amistad, el amor y todo lo que un hombre adulto pudiera desear. Era feliz y lo era porque todo el mundo en su reino lo era.
La ecuación era sencilla: un reino rico y en paz es un reino próspero y lleno de armonía.
Se sentía tremendamente orgulloso de no ser un rey como esos belicosos bárbaros que de cuando en cuando atacaban las murallas de su castillo. Él era sensato y pacífico aunque castigaba con mano dura cualquier incidente que perturbara la armonía de su casa. Es decir, Su Casa.
Su gestión era impecable aunque no todo el mérito era suyo. Al fin y al cabo nada sería de él sin la mesa redonda y su más leal consejero: Merlín, el hechicero. Él, es decir, ellos, eran las únicas personas a las que les confiaría la vida de su amada si acaso tuviera que confiársela a alguien alguna vez. Esa confianza era mayor que poner en juego su vida propia.
Era un magnífico rey y lo más importante de él, el Rey Arturo, es que había llegado al puesto por méritos propios y no por casualidades genéticas como es común. Llegó al cargo por su fiereza, valentía y, sobre todo, por su corazón puro.
Podemos concluir sin miedo que era un hombre feliz y realizado. Y aunque para nada era soberbio, sí que era consciente de la importancia que tenía al frente de Camelot. Era lógico, al fin y al cabo era el rey del reino más poderoso de la Tierra.
Por eso no dudó de su instinto. Tenía una corazonada. Aquello no podía ser en vano, bajo ningún concepto. Estaba decidido.
Invertiría el 80% del capital del reino en la emergente y fiable empresa Harínida S.A. (Harinas de la Atlántida). Al fin y al cabo, ¿qué podía salir mal?

"No soy supersticioso. De hecho suelo tener más suerte de lo normal los martes y 13"

lunes, 1 de junio de 2009

¡Por Zeus! (¡ay, señora, si usted supiera!)

Lo que no contaban Eurípides, Sófocles y Esquilo es que los dioses eran tremendamente graciosos. Eran los típicos entes sobrenaturales y poderosos con ganas de pasarlo bien, de reír y hacer reír a los demás. Todos menos Dioniso, que era un triste borracho.
Por eso en el Olimpo se formaban aquellas jaranas y aquellas algarabías. No hacía falta más que Hades cogiera la guitarra o que Morfeo contara aquellos chistes tan horribles con su habitual parsimonia.
En cierta ocasión estaba Ben Franklin, que era hijo secreto de Zeus, colocando palitos metálicos por su azotea con el único fin de hacerse famoso inventando el pararrayos. Se dedicaba a ello los dominguitos que se levantaban con un resplandeciente sol, para evitar desgraciados accidentes, mas por esa misma causa tardaba tanto en investigar e inventar aquellos dichosos artilugios. “¡Si pudiera colocarlos cuando hay tormenta!”, se lamentaba.
Así sucedió que su padre, el mismísimo Dios de los dioses, decidió ayudarle tirando media docena de rayos (y retruécanos) justo sobre su casa. Lástima que se desviara y todos aquellos poderosos proyectiles fueran a parar al mismo centro de Francia, donde se produjo un gran revuelo que acabó con gabachos gritando libertades e igualdades.
A decir verdad, Zeus no tenía la capacidad de cometer errores, pero sucede que Atenea lo había movido en el preciso instante de disparar. Ella lo empujó sin querer porque dio un gran repullo a causa del sobresalto que le produjo descubrir a Prometeo robando material de oficina para llevárselo a los humanos.
Prometeo fue descubierto a pesar de su sigilo porque profirió un grito, asustado por el ruido de una bandeja de canapés que Hefestos había tirado al tropezarse con Poseidón.
Y no es que Poseidón fuera un patoso, lo que sucede es que Apolo se había topado con Artemisa, que a su vez recibió un cabezazo que le hizo morderse la lengua de parte de Ares.
Y no es que Ares fuera un violento, lo que sucede es que con el ambiente de la fiesta tuvo el impulso de levantarse de un salto y gritar “¡¡Hip, hip, hurra!!”.
Normal que Zeus prohibiera decir "hip".

P.D: ¿Veis como todo tiene su explicación?

"El principal superpoder que tenía Jesucristo es que sabía aguantar bien la bebida"

viernes, 29 de mayo de 2009

Mini-pamplina (oiga, señora, por mí que no sea)

La cosmovisión es algo que ha cambiado a lo largo del tiempo y el espacio. Desde el geocentrismo hasta los universalismos más inabarcables, pasando por los pretenciosos heliocentrismos más intransigentes. Durante la historia, la filosofía ha sido juguetona y caprichosa. Ha crecido y encogido a velocidades vertiginosas.
También a lo largo del espacio ha sido heterogénea con contrastes y antítesis estúpidamente necesarias. El ser humano tiende a “dicotomizar” para entender.
Por eso resulta extraño que aquellos hombrecillos tuvieran perfecta constancia del universo que los rodeaba y de los estratos que lo componían. Conocían de forma veraz (te lo digo yo, que soy un narrador omnisciente) y total la Realidad con la que interactuaban.
En la pequeña escuela a la que asistían, ya desde muy zagales, les enseñaban todo tal y como era, sin tapujos ni falsas aspiraciones. Cualquiera de esos criajos sabía que existían tres Sub-Realidades Completas (SRC) que se relacionaban entre sí de forma directa dentro de la Realidad total: la de más allá de las nubes, la de más acá de las nubes y la etérea.
A su vez, toda la Realidad no era más que un dibujo animado en el cuaderno de algún ser horripilantemente poderoso y leve. Algún día aquel cuaderno dejaría de tener hojas por pasar y se llegaría a la más gris de las pastas. La nada llena de cartón y quietud.
Ellos sabían que se encontraban más acá de las nubes y compartían el mundo con una civilización estable y macroscópica, llena de seres susceptibles y violentos. Había reyes, dragones, ogros y animales vestidos como humanos.
Por otra parte, su propia civilización estaba compuesta por pequeños seres de similares condiciones a los anteriores, pero con un tamaño de 1 a 20 con respecto a éstos. Es cierto que eran más inteligentes y amables, pero de nada les servía dado su escaso tamaño.
Sin ir más lejos, la mini-ninfa más bella y simpática de todo el mini-mundo acababa de construirse un mini-coche solar perfectamente eficiente. Se dirigía con él a una mini-oficina de seguros cuando la estela de viento levantada por el galopar de un iracundo centauro volcó su coche. Costaría quitar las manchas de lágrimas de aquel techo fotosensible.

P.D: Y lo que nos queda...

"En ésta vida hay dos cosas que no soporto: una soy yo y la otra es el resto del mundo."

jueves, 21 de mayo de 2009

¡A por pan! (señora, otro fantástico texto de fantasía... eso no se lo esperaba usted)

Casi podía notar el calor corporal del centauro que lo perseguía. Era el panadero de la aldea y lo había pillado robando una hogaza de pan calentito. La verdad es que se sentía culpable por lo que había hecho, pero lo volvería a hacer. La verdad, cuando el hambre aprieta apenas hay barreras que contengan al acto, ni fuerzas que animen a la razón y la serenidad.
Por eso estaba corriendo. No era un ladrón por placer sino por necesidad, que ambos tipos de ladrón roban igual pero parece que el segundo es más noble.
No siempre fue así. Hubo un tiempo en el que tuvo el mundo a sus pies. Estuvo en la cima. Un rey con una reina en su propio castillo. Fue un rey temido por los enemigos y respetado por los aliados. Su nombre era sinónimo de poder. Pero eso era antes. Ahora no significaba nada el nombre de Arturo.
Hacía años que no veía a su amigo el reputado hechicero. La última vez que lo vio estaba liado con una historia rara de extraterrestres y gnomos. Cosas de magos.
Se unía cada vez más gente a su persecución y cuando corría por los callejones tenía que esquivar a las personas bienintencionadas que trataban de capturarlo en auxilio del pobre panadero. No los culpaba, en otra época él habría hecho lo mismo. Pero tanto revuelo por una barra de pan…
Podemos decir que tuvo suerte por esa vez. Justo cuando cruzaba la calle principal de la aldea, circulaba por ella una muchedumbre furiosa entre la que pudo confundirse y perder así de vista a sus perseguidores. Se había salido con la suya una vez más. Ahora debía intentar salir de aquel tumulto porque se encontraba en mitad de una maraña de improperios y brazos en alto. Entre tanta confusión se enteró de que estaban persiguiendo para expulsar del municipio a un pequeño troll que no paraba de decir “hip”. Menuda atrocidad.

P.D: La referencia al extraterrestre y el gnomo es un homenaje inter-blogero a un gran escritor de sci-fi y fantasía enlazado en el margen izquierdo de ésta, la página con más ínfulas de toda Internet.

"La diferencia entre los genios y los gilipollas es la seguridad con la que dicen gilipolleces."

martes, 12 de mayo de 2009

Camino de lo incierto (oiga, señora, un texto fantástico y de fantasía)

Las lejanas praderas del Trecnepo, allá donde la vista debería alcanzar, estaban cubiertas de pisadas. Las pisadas, a su vez, estaban cubiertas por hordas de soldados al mando del Rey Hyonerda. Avanzaban en perfecta formación de filas paralelas y equidistantes como un infinito pentagrama que se extendía más allá de los límites del sentido común. Bebían metro a metro el trecho que les separaba de la seca cuenca del río Guarot.
Y eso era sólo a estribor, porque en dirección contraria, con mil batallones de elfos y cien escuadrones de grifos, el Sultán Tijmud amenazaba aquella depresión fluvial que otrora fue pasarela para las aguas.
Por si fuera poco, recorriendo el seco cauce desde las montañas venían las bestias paquidermas del Estrión, cargando en sus lomos a los fieros cíclopes que habitaban el país.
Sin ser un gran estratega, el pequeño sabía exactamente lo que debía hacer: huir. Y huir recorriendo el desfiladero rumbo al mar, sin mirar atrás y con todas sus fuerzas. El fallo es que, como ya hemos apuntado, no era un gran estratega ni un experto topógrafo y en esa dirección lo único que encontraría son las extintas cataratas del Incierto.
Por eso corrió, por ignorancia. Y corría sin parar, sin medición, sin dudar. Corría de corazón.
En su pequeña cabeza no podía entrar que tan poderosos ejércitos se hubieran congregado en aquel lugar por él. Era incapaz de comprender qué perjuicio le había podido causar al mundo.
Hacía ya tiempo que se sentía observado. Sentía miradas acusadoras allá por donde iba. Sentía el rechazo y la reprobación.
Supongo que son cosas del destino que le sucediera a él, pero en esos momentos era como una mosca en un plato de nata, un bigote en la Mona Lisa, la celulitis en una Venus de Milo cualquiera. Era la oveja negra de un inmenso rebaño al que no le pretendía provocar ningún mal. Pero la vida es así y él era, en definitiva, un pequeño trol con hipo en el país donde estaba prohibido decir “hip”.

P.D: No he respetado el margen de las 24h con la viñeta subida por Pedro porque esa era su voluntad, no me culpes, Curro.

"El ser humano es el único que tropieza dos veces con la misma piedra... ¡y las dos veces pide penalti"