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lunes, 25 de febrero de 2013

Tempus fugitivo

Allí estaba el alumno en prácticas, ante su primer juicio. No estaba nervioso, su responsabilidad en el mismo era inexistente y la posibilidad de que tuviese que intervenir otro tanto. Sí que le movía cierta inquietud derivada de la curiosidad, cierto sentimiento de captación de la importancia del momento. Porque allí se decidía su futuro, no en esa causa, sino desde esa causa.

Entraron en primer lugar jueces, abogados y procuradores. Como manda el protocolo. Posteriormente los testigos que debían ofrecer su versión, quienes se adaptaron al primer banco de la Sala. Y luego, con un amplio intervalo de medio minuto entró el alumno, situándose en la última esfera de esa habitación donde iba a dar comienzo el juicio. Todo se movía por el terreno de la teóricamente conocida rutina. El juez abría el procedimiento, los abogados proponían los medios a prueba y uno lanzaba su acusación mientras el otro eximía a su cliente de toda responsabilidad. Todo muy jurídico, todo muy mecanizado. Todo muy.

Y en ese círculo de normalidad se produjo un hecho que marcaría una rara estampa en el proceso. A la presentación de una prueba por medio de la parte actora, el juez aclaró que el demandado debía tener tiempo para contestar a la misma, por lo que abrió un período de reflexión en aquel mismo momento, recordando a la parte demandante que debía avisar cuando estuviese lista para contestar y que entonces el juicio podría seguir desarrollándose con normalidad. Esto no parecía sorprender en principio a nuestro alumno en prácticas, que personalmente tomó la decisión como algo beneficioso ya que así podía hacer un resumen mental de lo acontecido hasta aquel momento.

La sala se ahogó en el silencio. El abogado pasaba hojas con una tranquilidad inusual, el juez miraba al infinito sin parecer que en él se hallase un gesto de espera, el procurador consultaba su Iphone mientras los testigos se miraban buscando complicidad.

El alumno, que había terminado de repasar mentalmente lo allí sucedido, empezaba a inquietarse ante tan larga espera. Nadie abría la boca, y el tiempo pasaba y pasaba sin mostrarse públicamente. Desesperado, echó mano del móvil convencido de que, mínimo, habían pasado dos horas desde el momento de la pausa. Pero ya no le quedaba batería. El sol que antes entraba y rebotaba en la pantalla del reproductor había ido cayendo hasta el mueble metálico que la sostenía, provocando el reflejo de éste en los ojos del procurador, que se mantenía absorto ante su Iphone. El viento que antes azotaba el ventanal de la sala había amainado, y el silencio era aún mayor. El color predominante de la sala, donde nadie se había levantado para encender la luz ante la inminente llegada del ocaso, era ya anaranjado e iba tirando hacia el púrpura. La noche llegó y el alumno seguía sin entender nada, desconcertado al no saber la hora exacta, calculaba que debía llevar allí al menos ocho horas, siete y media desde que el juez había parado el juicio. La desesperación se reflejaba en su cara, pero una cosa era estar tremendamente desalentado, y hambriento, y sediento, y cansado, y otra cosa muy diferente era interrumpir un procedimiento civil la primera vez que acudía a juicio. Lo intentó lanzando prolongadas miradas a su procurador, que había cambiado el móvil por un expediente, pero éste respondía con una ligera mueca, como si aquella situación fuera corriente.

Al amanecer del día siguiente, cuando ya se oían a las primeras furgonetas que salían de la ciudad, el abogado respondió a la prueba y el juicio continuó. Se mandó a dictar sentencia treinta minutos después y las partes salieron de la Sala con absoluta normalidad. El procurador le preguntó al alumno qué le había parecido, a lo que éste respondió: "Tal y como me lo habían descrito".

miércoles, 28 de marzo de 2012

Esclavos

Somos esclavos. Esclavos de poderes políticos que nos manejan con su manipulación ideológica, esclavos de los poderes financieros que nos acucian en pos de beneficios propios, esclavos de un sistema caduco que hasta el más necio de los tontos puede comprobar que ha sido consumido, esclavos de unos medios de comunicación que trabajan detrás de las ideas de los poderes financieros y políticos pero los sobrepasan en influencia, en el contacto directo invisible tan difícil de descubrir. Somos esclavos del S.XXI, diferentes pero esclavos al fin y al cabo, reducidos por la deshumanización, absortos, rendidos, obedientes. Soldados del sistema, luchadores incansables sin autonomía propia. Y lo peor de todo, somos esclavos de la egoísta naturaleza humana, identificable como única e incapaz de ejercer en común con el prójimo como bandera.

Eso es lo que demostramos a cada momento, en cada situación política crucial de nuestra vida. Es lo que vamos a demostrar mañana.

Porque si no fuésemos meros esclavos del sistema no nos costaría darnos cuenta de que somos la coartada de los tres grandes jefes. El débil al que responsabilizar ante el fallo, el ignorante que parte con la desventaja de no saber qué es lo que verdaderamente ocurre, el animal manipulable y manipulado. La cabeza del alegato, los culpables y las víctimas.

Si no fuésemos esclavos nos pondríamos de parte del humano, porque el único humano que no es culpable, el hombre irresponsable, el que no ha llegado a la corrupción es el ser humano común, el hombre de la calle. No sólo el trabajador, no sólo el parado, no sólo el pobre. El hombre que no esté en la cúspide de alguno de los tres sistemas que nos miran desde la atalaya de la jerarquía. Da igual su función, su labor, su estatus, su clase. El empresario, el obrero, el jefe, el trabajador. Somos todos esclavos de las miras, y si no lo fuéramos no atenderíamos a clasificaciones.

Si no lo fuéramos no nos importaría tener joyerías, trabajar en la Junta, estar parados, ser dueños de dos bares, ser de izquierdas, ser sindicalistas, recoger uvas, ser estudiantes, ser de derechas, vivir en la ciudad o vivir en el campo. Si no fuésemos unos putos esclavos de un sistema caduco, corrupto y manido mañana sería un buen día para protestar, como también lo era el 15 de mayo o el 19 de septiembre. No para protestar contra la reforma laboral del PP, sino para protestar contra ese Gran Hermano que nos atosiga y que día tras día se parte de risa en su despacho contemplando desde su vidriera cómo nos peleamos entre nosotros, y descojonándose al recordar cómo nos llaman a la paz desde su sistema democrático, que nunca tuvo tan poco de democracia.

lunes, 26 de marzo de 2012

Coacción

Ebria, completamente ebria en la orilla del río. Sólo quedaba el culillo de la botella de vino blanco que había comprado en el ultramarino de siempre, y a pesar de no tener dónde caer muerta y de sobrarle ganas de beber, ese culillo tenía que terminar en el fondo del río. Porque era tradición, y ella le tenía más respeto a las tradiciones que al alcohol.

Fue entonces cuando, tras tirar el culillo y luego la botella al fondo del río, suspiró demandando el amor que le faltaba. Había tenido el alcohol, tenía las estrellas y el río pero faltaba la culminación. Y casi como una respuesta astral bajó su amigo, el dueño de la esquina con la Magdalena. No necesitaban palabras, sólo sentarse juntos y colgar las piernas en la orilla, escuchar el río con fuerza y la ciudad muriendo detrás. Y besarse, besarse en progresión, con la dulzura de los compases iniciales y la potencia de la continuación. A ella, él le olía rosas, y a él ella le olía a caucho pero le sabía mejor de lo que le olía.

Se tumbaron en las húmedas losas protegidos por la cantidad de ropa que ambos vestían, con ella encima agarrando las muñecas del de la Magdalena, haciendo rebotar el aliento a vino blanco con el aliento a vino rosado y luchando él por prolongar la excitación que sentía, porque aquellos momentos eran más difíciles que frecuentes y quizás no se volviesen a repetir.

Se lanzaron hacia el amor, con el deseo de dos enamorados, con la tristeza de dos almas en vilo. Y el deseo superó a la tristeza mientras se ahogaban en el placer, el placer que daba cada embestida y que había borrado el frío y la luz.

Llegaba el final, la explosión del amor, la culminación del precioso camino cuando al sonido del río y la ciudad se le unió el de una sirena, y el de un altavoz. Se escucharon insultos y pasos, los vagabundos no podían frenar su ímpetu pero no le ganaron al tiempo. Las porras les golpearon, las losas volvieron a su relieve original y la historia no tuvo final.

¿Libertad de amor?, tan coartada como el resto.

sábado, 4 de febrero de 2012

Decrecimiento

Somos muchos los que hemos visto la luz en estos últimos tiempos, la luz que nos ciega con su ambición, su corrupción y su fallo. Hemos visto como nos estamos dirigiendo hacia la infinitud de un mundo finito, hacia la confirmación de unos objetivos sociales que visto está que no aportan nada bueno ni al hombre ni al mundo. Hemos (pre)visto el fin de aquello que nos vendieron como solución definitiva, y vemos con pavor como el movimiento pendular que tantas veces ha demostrado existir a lo largo de la historia nos introduce en el entreacto de esferas políticas que juramos no volver a repetir. Sin embargo, existen corrientes que luchan para frenar este bólido de carreras que se aproxima a 300 km/h hacia una tapia fijada.

¿Que qué es el decrecimiento?

No sé si es mejor buscarlo wikipedia o entenderlo con un ejemplo. Yo pongo la anécdota, el enlace buscadlo vosotros:

En un lugar perdido de la Amazonia brasileña, unos misioneros se adentraron en esa región hasta encontrarse con unos indios que dedicaban su labor a cortar leña con instrumentos primitivos. Los misioneros en pos de ayudar a los indios les obsequiaron con unos cuchillos inoxidables de fabricación norteamericana, aceptados con extrañeza por los últimos.
Un par de años más tarde los misioneros regresaron a la tribu brasileña y les preguntaron por los cuchillos, a lo que los indios responden que les va muy bien desde entonces, que tardan diez veces menos en cortar la leña. Ante eso, los misioneros comentan que se imaginan que la producción, por lo tanto, será diez veces mayor. Pregunta que sorprende a los nativos, que perplejos replican diciendo que no, que ahora tienen diez veces más de tiempo libre para dedicárselo a aquellas cosas que les hacen más felices.

miércoles, 25 de enero de 2012

Con la venia de su CALAÑA

“Alarma social”. “Gran alarma social”. Con esas palabras ha presentado hoy el Ministro de Justicia, Alberto Ruíz Gallardón, el cambio de ciclo que se está empezando a gestar en España, un cambio de ciclo generado por la inquina y el resentimiento. Un movimiento surgido de la venganza popular, de la sinrazón vengativa carente de los elementos objetivos necesarios para construir un ordenamiento jurídico no ya justo, sino lógico. Lógico con el progreso, con la equidad, con los valores que han convertido al mundo en un sitio, dentro de su miseria, mejor de lo que era antes.

Pero, ya sabemos, el dolor y el miedo traspasan fronteras, y la idea de alternación de posiciones es, incluso, algo coherente con las tendencias semirradicales. Vamos, que puedo llegar a entenderlo en una situación límite a pesar de mi condena. No es menos cierto que me duele comprobar como la noción de justicia se ve menoscabada por gente que la utiliza como sinónimo venganza, afortunadamente hasta hoy consideraba que de lo poco bien que se hacía ahí arriba, en ese púlpito de dioses políticos que hacen y deshacen a su antojo, era no tolerar la intervención popular en el poder legislativo, en el poder judicial.

Hoy eso ha muerto.

Hoy el pueblo ya no es sinónimo de libertad (si es que alguna vez lo fue). Es sinónimo de masa enfurecida, de tropezones aderezados con el calor de las antorchas que claman “JUSTICIA, JUSTICIA” intentando derribar las puertas del castillo, donde el asesino espera.

Se ha muerto la relación de causalidad, ha muerto la igualdad tipificada. Si la intención expuesta por el Ministro Gallardón sigue adelante, la objetividad de los requisitos penales ha dejado paso a la subjetividad y a la popularización de la justicia.

Alarma social, es decir, cuando los medios de comunicación quieran. Cuando la vox populi salga de la cueva movida por el morbo y la influencia. Entonces ahí se podrá aplicar la “prisión permanente revisable”. Sí cuando la víctima del homicidio sea una niña con cara de ángel, no cuando la víctima del asesinato sea un vagabundo. Sí cuando el asesino sea un asesino en serie, no cuando el asesino sea un asesino de traficantes.
La alarma social, el concepto que desde hoy se utilizará como algo nuevo que ya existió, y que me acerca poco a poco, idea tras idea, al verdugo, a la plaza y a la horca.

martes, 29 de noviembre de 2011

Os vamos a destrozar

Te guardaremos tu tesoro. Te cobijaremos día y noche en las tinieblas de nuestra fortaleza. No sólo te vamos a proveer de aquello que hasta hoy considerabas básico, sino que vamos a dibujarte y convertirte en materia aquello que soñaste y creíste que nunca podía ser tuyo. Te sonreiremos porque sonríes, te diremos que te queremos porque nos quieres, jugaremos juntos a ser amigos y cuando te marches por la puerta giratoria te irás con la sensación de haber redondeado tu vida, de haber apostado a caballo ganador, y compartirás con tus seres queridos la supuesta felicidad que llegaba con lo que te habían cedido. Y vivirás durante miles de días con nuestro recuerdo intacto, con la única comunicación telegráfica que sólo te llevará una tranquila rutina completarla. Y trabajarás, jugarás con tus hijos o con tus sobrinos, harás el amor con tu pareja, saldrás y entrarás disfrutando de aquello que te concedieron, los días serán sólo veinticuatro horas tras veinticuatros horas, y nada más que recordarás el alcance del mes para disfrutar de tus vacaciones, preguntarle a tus hijos por sus notas y aprovechar la llegada del otoño en verano y la de la primavera en invierno.

Hasta que un día descubrirás que nada de eso era cierto. Que te engañamos con falsas promesas que nunca se cumplieron, que te ocultamos lo que ya sabíamos para colmar nuestra ambición, que jugamos y nos estrellamos una y otra vez con lo tuyo en el circuito inmenso del mundo, y guardamos para nosotros una y otra vez lo que salió de lo que te pertenecía. Nos apoyamos en nuestros amigos, que nos dieron el poder y nosotros a ellos el dinero, y somos inmortalmente irreductibles unidos mientras que vosotros lloráis y lamentáis vuestro error. Aplacamos cada embiste de nuestro error con la coraza de lo vuestro, desgastándola hasta que ya no existe para poder huir con la tranquilidad de tener todo lo que soñamos y la inmunidad que se necesitaba. Y seguimos llamando a vuestras puertas, con la falsedad por bandera, denunciando lo que por nosotros se provocó y obligándoos a dejar lo poco que os queda, poniéndoos la soga al cuello y apretando un poco cada mañana hasta que digáis basta, y creáis que todo se acabó. Pero no todo acaba ahí, porque con lo vuestro en nuestra posesión, os vais a dar cuenta de que no era suficiente con dar aquello que te intercambiaron mientras tu sufrías la inmensa losa del trabajo diario, vais a seguir perseguidos por el ladrón, como una víctima que huye de su asesino sin la esperanza del fin, sólo dejando en el camino los resquicios de esperanza que te labraste cada temprana mañana para morir asfixiado por la persecución y viendo la sonrisa del malvado, la sonrisa de la tranquilidad y la seguridad que creíste tener y nunca tuviste. La sonrisa frente a la hemorragia. La libertad eterna frente a la esclavitud moderna. La vida frente a la muerte. Los bancos frente a la gente.

Os vamos a destrozar.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Finito

La puerta se había cerrado con él dentro por última vez. Había sido una tarde movida en el Quirinale, todo había llegado a su fin y la sensación era extraña, extraña por novedosa. Si no se conociera a sí mismo como se conocía hubiera dicho que se trataba de un ataque de conciencia. Raro.
De repente sonó el teléfono de su despacho y le expulsó de sus pensamientos, que podían haber sido eternos. El 078 del número que llamaba le indicaba quién era. Su vía de escape, la persona que le concedía el reseteo que ya había necesitado en situaciones similares. El arma para la huida, que esta vez necesitaba más que nunca entre sus manos. Sin embargo descolgó el aparato y volvió a concentrarse en saber qué era aquello que le rondaba, esa sensación de vacuidad que le había atacado sin ningún precedente y que le llevaba por dos vías antagónicas, la del conocimiento y la de la evasión.
Y sin saber cómo, recordó putas humilladas, fondos malversados, familias muertas de hambre, vagabundos dormitando en cajeros, bufones esclavos, mañanas de resaca, tardes de resaca, noches de resaca, mentira tras mentira tras mentira, populismo y crudeza, colegas con tanto en común, y tantas cosas más de las que jamás se había arrepentido. Que quizá arrepentimiento tampoco era la palabra que definiera con exactitud lo que sentía, pero esa palabra, fuera cuál fuese, le había rondado espontanea y continuadamente mientras conectaba con aquella sensación de desasosiego.
Se levantó, cerró el pestillo de la tan característica puerta de caoba y se dirigió lentamente de nuevo hacia su silla, buscando un porqué. Y lo encontró, poder. Poder y autoridad, la base y la adrenalina que le hacía levantarse cada mañana al lado de su(s) mujer(es), y que aquel día había perdido, no por su dimisión inducida, sino por aquella actitud tan inhóspita en él que le había llegado directa desde el vacío, desde el último marcado portazo que había dado su secretaria una hora antes, y que tan lejos recordaba en el tiempo.
Mientras se tocaba su cabellera artificial con la mano derecha abrió el cajón de su mesa presidencial con la izquierda, y supo aquello que tantas veces había negado en sus círculos más allegados, que al final todos los putos hombres eran iguales. Calañas corruptibles por el poder.


miércoles, 22 de junio de 2011

Jab

Es medianoche en el Square Garden de la octava con la novena. Es medianoche y la luz tenue de la luna llena amenaza con invadir el espacio que ocupa la pequeña bombilla que colma el espejo. Ante éste, un rostro, una cara intacta a pesar de los golpes, intacta porque sus ojos han visto muchas más victorias que derrotas. Intacta porque no se puede destruir el oficio y el no temor a nada.

Ante el espejo el rostro de Martín, el boxeador invencible. La cúspide de la inmortalidad. Cualquiera que tuviese la suerte de observar la escena pensaría que se encuentra ante el momento cumbre de la concentración del luchador, ante el primer envite de la pelea, el que aunque es librado por dos contrincantes sólo se encuentra ante una persona. Pero Martín es especial, y mientras se mira al espejo esperando el aviso de su manager, sólo piensa en lo divertido que le pareció ayer el capítulo de los Tenembrauns y lo agradable que fue verlo, por primera vez, acompañado de alguien. La pelea le resulta algo secundario. No importa que se trate del Campeonato Mundial de los Pesos Pesados. Es un combate igual que tantos otros librados con anterioridad. Saldrá al ring, ejecutará sus cinco o seis movimientos favoritos, intentará aguantar las cuatro o cinco virtudes de su rival (del cual había olvidado el nombre a pesar de que esa misma mañana había sido el pesaje y se habían enzarzado en el clásico pique prering) y ganará como casi siempre o perderá como casi nunca. Nada nuevo al fin y al cabo, pase lo que pase.

Y Martín entra en el ring, la muchedumbre le grita. Hay división de opiniones. Es un boxeador particular, nada pasional, todo mecanicismo. Esto hace que no se trate de uno de los púgiles más queridos a pesar de su palmarés. En el otro lado Juneweather, campeón de los EEUU, y futuro héroe de la nación.

La pelea comienza y Martín no tiene la cabeza en el Garden, lo que se traduce en una tremenda paliza endosada a su rival. Sucesión de directos de derecha que culmina con un gancho de izquierda al costado de Juneweather que cae por primera vez a la lona. No sin esfuerzo, se redime y consigue levantarse en el octavo segundo de la cuenta arbitral. Se acaba el primer round y Martín impone su hegemonía.

En el descanso entre el primero y el segundo no ha recibido ni un golpe, por lo que tiene tiempo para pensar en lo agradable que fue la hamburguesa con queso que había degustado esa misma mañana, lo que le recordó la invitación a almorzar que le había hecho su primo, Terry, un tipo gracioso con el que congeniaba especialmente.

Había enlazado a Terry con el póker, y el póker con su viaje a Pasadena cuando casi sin darse cuenta había derribado de nuevo a Juneweather y el público jaleaba y silbaba, y parecía que el combate había acabado. Pero el norteamericano, al borde del KO, se aupa con la ayuda de las cuerdas.

Y en el descanso del segundo round su mente se queda en blanco, lo que provoca que escuche un testimonio esclarecedor dicho por una voz femenina. “Tienes que ganar Martín”. Y Martín de golpe y porrazo lo entiende todo, entiende la importancia del lugar en el que está, de la competición por la que lucha y de la gente que de él depende. Entiende el porqué de lo que hace y su prisma cambia radicalmente. De repente, y sin darse cuenta, está ante Juneweather, recibe un croché y no puede defenderse, intenta reaccionar pero no recuerda qué es lo que tenía que hacer ante una situación asi. Sólo recibe, recibe y recibe, de todos los colores, de todas las formas. Y en el cuarto ring, y sin poder pensar en otra cosa, se encuentra con la lona. Se encuentra con la derrota y sobre todo se encuentra con el miedo, el miedo a morir o el miedo a perder.

Era el miedo a ganar.


martes, 31 de mayo de 2011

Y reía y reía

Allí estaba yo, en esa habitación tan oscura, pasando canciones en el reproductor sin escucharlas. Abriendo páginas al azar, intentando borrar de mi mente aquellos recuerdos de traición. Me había bastado con el testimonio de cualquiera que no fuera ella. No dudé. Ni siquiera sabía por qué, no había ni indicios ni precedentes. Sólo palabras que se clavaban como dardos en la memoria. Y en el terreno de la verdad y la mentira, la mentira no tenía hueco. Solamente el hueco que ella había querido darle haciéndome eso. Despreciándome. Vapuleándome. Sobre todo, riéndose. Había jugado a reírse, y reía y reía a mis espaldas, mientras callaba delante de mí. Antes era yo el que reía de frente y lloraba a las espaldas, ahora se me había olvidado reír.

Ahora sólo andaba soportando la dureza de cada llamada, el incesante ring-ring que era peor que el recuerdo. Era la representación del dolor. O lloraba cuando no sonaba el teléfono o lloraba más aún cuando sonaba. No quería escucharlo pero tampoco quería que dejara de sonar. Era la situación más dura que había vivido y no parecía que fuese a tener fin, porque yo no estaba dispuesto a dárselo.

Pero me levanté obnubilado y sin querer cogí el teléfono. Y me convenció. Bueno, no me convenció. Yo entré en razón. Comprobé que toda aquella historia que yo me había montado no podía ser cierta. Me demostró que aquel día a esa hora ella no estaba allí, y me dijo que no se enfadaba por la duda porque me quería demasiado.

Así que parecía que todo iba a volver a la normalidad. Sin embargo se había cultivado el odio, y el perdón por lo no hecho ya no era cuestión de voluntad. Ya todo se había vuelto imposible.

sábado, 5 de marzo de 2011

Carta al final

No me gusta ni la irracionalidad ni el extremismo, ni el forofismo ni la radicalidad. Pero hay veces que peco de ellos. ¿Cuándo?. Con el maldito Madrid de baloncesto. No tiene explicación, he sido capaz muchas veces de plantearme cómo un deporte, un hecho ajeno a uno mismo, puede influir tanto y con tanta fuerza en mi vida. No le veo sentido, pienso en ocasiones en lo absurdo de mis enfados, de mi ira y de mis incesantes (pero poco frecuentes) momentos de alegría en lo relacionado con este equipo. No puedo evitarlo, mil veces he renegado y mil veces me he puesto delante del televisor casi pidiendo perdón. Pensé que algún día dejaría de cuestionármelo y, o sería un seguidor que no se pregunta los porqués o dejaría de ver el baloncesto.

Hoy la segunda opción está más cerca que nunca. Hoy ha muerto en mí la idea de un equipo, la continuidad de un disfrute que me mantenía irrevocablemente alegre durante días. Porque, como ya he dicho, podría parecer irracional, pero ver al RM de baloncesto con un proyecto tan bonito, una estructura hecha y un entrenador con el que más que sentirte identificado, adoras, da una sensación muy parecida a lo que pueda ser la felicidad. Ya digo, irracional pero real. Y sin embargo, han venido a joderme, a mí y a tantos otros como a mí.

Porque la dimisión de Messina no sólo significa el fin del Madrid de baloncesto, tiene un fondo asquerosamente negro que tantas y tantas veces se ha repetido en la historia (no sólo en la deportiva). El puto poder de manipulación de la prensa. El dominio de chupópteros que hacen y deshacen a su antojo, que buscan el morbo y la carroña, que hacen primar el amiguismo y el peloteo a la subjetividad. Que meten presión, baza y leña al fuego, que hacen crítica negativa siempre de los mismos, y positivas de otros mismo. El cuarto poder, capaz de mover las fichas de un tablero de ajedrez donde el trasfondo es la guerra o la política, imagínense donde el trasfondo es el deporte. Capaz de cansar a un profesional, a un tío brillante e inteligente, un ganador, alguien que lo ha conseguido todo en su mundo, que es respetado por todos y cada uno de los que realmente están internos en el mundo de baloncesto. Un señor. Un caballero derrocado por cansancio, harto de críticas sin fundamentos, harto del vomitivo ambiente que es capaz de crear una de las instituciones con más dominio en este país de paletos. El Marca. El periódico más leído a años luz del segundo (el As), con este dato queda todo dicho.

No sólo ganan los malos, ganan los poderosos. Ganan porque siempre han ganado, y porque seguirán ganando. Porque dirigieron, dirigen y dirigirán el mundo a su antojo. Colocarán a su voluntad a cada uno en su sitio, y el mundo seguirá tragando la mierda que emana el cuarto poder, que no es tanto cuarto poder como primero.

Y han conseguido algo que me duele profundamente. Afectar a un hobbie, a una pasión. Porque cuando uno sabe que las cosas verdaderamente importantes están difíciles pero ha de continuar con ellas por eso mismo, por importantes, no queda más remedio que aferrarte a lo que puedes, a lo que te gusta y se puede cumplir sin tanta complejidad. Eso ya no es posible en mí, han roto mi pasión, han destrozado la idea que tenía del Real Madrid de baloncesto. Han hecho que a partir de ahora algo que llevo siguiendo desde que tengo uso de razón se convierta en algo intrascendente para mí. Han borrado del mapa las alegrías que me llevé y las que aún no me he llevado. Han conseguido que deje de ser de mi equipo y que respete y quiera mucho más a la persona que a la institución. Se acabó. He dejado de ser del RM de baloncesto. Han matado mi pasión.

Buena suerte Ettore. El club nunca te mereció.

viernes, 4 de marzo de 2011

Lamente

Se miró en el espejo. Enfrente se encontraba un tipo extraordinario. Pelo medianamente largo y castaño, frondoso para los cuarenta años que tenía, liso y brillante. Ojos marrones y una sonrisa impoluta, cuerpo de veinteañero, lógico por otra parte, lo trabajaba con frecuencia en el gimnasio. Parecía joven sin hacer el ridículo, es decir, no parecía joven porque sabías de primeras la edad que tenía, pero no destacar lo bien que se conservaba era engañarse uno a sí mismo. Lucía un fino traje adquirido en un Outlet de su ciudad. Profesor de universidad, se había licenciado en Filología Hispánica con el segundo mejor expediente de su año. Mientras hacía la carrera se había marchado de ayuda humanitaria a Zambia, experiencia que había repetido posteriormente en diversas ocasiones. Había escrito seis o siete libros, cuatro de relatos y dos o tres compilaciones de poemas. Y en compensación recibió un premio literario a nivel autonómico, su nombre sonaba por varios círculos, y siempre igual de bien. Era considerado un magnífico docente (era catedrático y vicerrector de la Universidad), un gran escritor y sobre todo una buena persona. Conocía el mundo entero, de China a Uruguay, y había viajado de mochilero y de hotelero. Era imposible que pudiese recordar a cuántas personas conocía, o más bien a cuántas quería. Su twitter tenía un éxito arrollador y más de diez mil contactos de Facebook le recordaban todo lo que había visto y oído. Era guapo, inteligente y simpático sin llegar a ser gracioso, nunca había sido especialmente tímido y no le costaba trabajo entablar una conversación con nadie. Estas características eran signo irremediable de haber sido un ligón consumado, nunca se había enamorado de nadie hasta que conoció a su actual pareja, con la que llevaba más de seis años. Sin embargo había estado enganchado de infinidad de mujeres de todas las clases y lugares del mundo, y rara vez no había conseguido atrapar a la chica que desease. Escribía esporádicamente algún artículo para el semanal más leído por aquel entonces, su ideología era notoria pero era el típico que caía bien a la izquierda y a la derecha porque no se casaba con nadie. Fiel a sus principios hasta que deseaba romperlos, porque siempre decía que su primer principio era que nadie podía fijar sus principios. Amo y señor de su voluntad, dueño de la racionalidad y la lógica mínima. Una buena persona, no cabía duda.
Se miró en el espejo. No se vio bien. Se vio infeliz.

Se miró en el espejo. Enfrente se encontraba un tipo de lo más normal. Cuarenta y dos años recién cumplidos, cuarenta y dos que podrían haber sido cuarenta y cinco, o cincuenta. Entradas prominentes marcaban aún más la frente tan amplía que tenía, el poco pelo que le quedaba lo llevaba corto, lo que hacía que diera la impresión de estar menos calvo de lo que estaba. Era de estatura media, con nariz ancha y ojos pequeños. Siempre fue de aquellos de los que se lavaban los dientes cuando les apetecía, cosa que había dado sus frutos en una dentadura más bien amarillenta. Esa mañana estaba libre y se acicalaba para ir a por el periódico y el pan, no le apetecía arreglarse demasiado, así que decidió quedarse la camiseta con la que había dormido y la complementó con una sudadera con capucha y un vaquero antiguo. Trabajaba en la Administración Pública, así fue hasta que lo despidieron en uno de los pocos recortes que se hacían entre los funcionarios. ¿Por qué a él?, no lo sabía, pero por lo visto nunca cayó bien ni entre la plantilla ni entre sus superiores. Era un tío arisco y demasiado serio, sólo resaltaba en aquellas ocasiones en las que lograba superar su timidez y soltaba algún dardo envenenado hacia sus compañeros, de los que tan harto estaba antes del despido. Entró veinte años antes enchufado en la Administración después de dejar la segunda carrera que había empezado, Relaciones Laborales. Fue un buen estudiante en el colegio, pero su rendimiento fue decreciendo hasta verse incapaz de poder terminar el ciclo universitario. La vida se le abrió camino y se instaló en un puesto de comodidad, justo por aquel entonces conoció a su mujer, a la que amó desde el primer momento y a la que fue fiel en toda su relación. Su vida se vio definitivamente arraigada a la ciudad a la que le había visto nacer y la estática se adueñó de su vida. Su trabajo sólo le permitía librar un mes al año, mes en el que su mujer trabajaba, por lo que sus vacaciones se limitaban a levantarse a la hora que quería, ver la tele por la tarde y recoger a su mujer del trabajo. Radiografía perfecta de lo que también eran sus fines de semana, a lo que añadía la cita con el equipo de fútbol de su ciudad. Había tenido muchos amigos en su infancia, pero perdió el contacto con la gran mayoría y sus relaciones se limitaban a su mujer, a sus dos hijos y al dueño del bar que frecuentaba, su único amigo. Quizás, y siendo benévolo, se podía incluir en este grupo a los dos solteros de su edad que tanto andaban también por allí, con los que a pesar de tener grandes discusiones siempre terminaba teniendo la misma relación al día siguiente. Un tipo normal, no cabía duda. Una persona fiel a los principios a los que tanto eludía. Fiel a su mujer, a su equipo, a su ciudad. Fiel a sus hijos y a su bar, fiel a la rutina. Fiel a la... normalidad.
Se miró en el espejo. Se vio bien. Se vio feliz.

viernes, 18 de febrero de 2011

Algo roto

De siempre he odiado la palabra “valores”. Me jode de forma sobrenatural esa tendencia, supongo que histórica, de aludir a generaciones pasadas como ejemplo de comportamiento. No sé si es por progresismo, por optimismo o por autoconvencimiento pero llevo tiempo defendiendo una tesis en la que el hombre y la juventud encaran la vida con más tolerancia, con más libertad, con más igualdad, con deseo ferviente de mejora y de unión. El proceso de educación, la mezcla de razas, la libertad de expresión y las nuevas tecnologías no tienen que servir más que para un avance humano en el campo de la conducta y la pauta, luchar y actuar en pos de la unión, del fin de las desigualdades, las discriminaciones y la intolerancia. La línea continua que debería ir creciendo exponencialmente junto al paso del tiempo.

Resulta sencillo mantener esta teoría en un ambiente idóneo, un servidor vivía encerrado (afortunadamente) en un entorno donde todas estas varas de desigualdad no existían, donde por lógica y razón el límite de la discriminación se colocaba allí donde la broma terminaba. Donde defender algo que se ha defendido durante la historia no era más que un disparate, una falta de respeto y una incoherencia. Donde puedes discutir, alternar planteamientos en un río donde fluyen todas las ideologías posibles pero acotados por unos principios que se consideran (o que yo consideraba) inherentes, universales e indiscutibles.

Entonces, lo que se supone que debía acrecentar esta visión positivista del hombre y la juventud se transforma en freno de marcha de tu pensamiento. Se va uno de Erasmus, a convivir, a inmiscuirse, a impregnarse de culturas ajenas. A afrontar con ilusión y diversión el relato foráneo. A vivir con los demás, hasta donde la puta timidez te permite, y verse iluminado y contento al saber que las cosas no son iguales en todos los lugares del mundo, que puede hablarse de política con un chino, de literatura con un polaco, de fútbol con un marroquí o del clima con un venezolano. Te marchas donde al menos, aunque te encierres en tu idioma, crees que existe un paso de tolerancia y de respeto, de igualdad, nada más.

Y sin embargo te encuentras un panorama desolador, gente que ha tenido una formación amplia, que ha estudiado la asquerosa historia de la humanidad, que ha recibido miles de indicaciones de lo que se supone que son bases del planeta para el futuro. Gente que ha tenido que vivir ambientes diversos, que ha viajado con indigna hipocresía atreviéndose a pisar zonas donde predomina aquello que tanto maltratan con la palabra. Un puto y maldito racismo que no sólo sigue existiendo, sino que sigue existiendo exactamente de la misma forma que hace diez, cien o quinientos años, sólo frenado por la conciencia estatal. Sabiendo uno que si el ambiente genérico no se hubiera modificado se seguiría hablando de cargadores y llevadores, de príncipes y súbditos, de raza predominante y predominada. Un puto y maldito racismo que se repite día a día, que se clava en tu cuerpo con cada vomitivo comentario escuchado, un racismo incorregible y deleznable, que viene de fábrica y que consigue sacarte el odio que debería mantenerse estático.

Una puta experiencia que al final no sirve para lo que más debía servir. Todo lo contrario, cambia tu forma de pensar a la desazón de un clima tórrido de defectos que uno nunca podría esperar en una situación así. Puto y maldito racismo, arma del inútil que no ha aprendido nada, arma del malo y el ignorante, mierda de arma rastrera y baja de inútiles del día. Arma que no desaparecerá nunca hasta que acaben los imbéciles y los cabrones que pueblan la tierra, es decir, arma que no desaparecerá nunca.



PD: Aunque ponga la etiqueta de "desde París con amor", esta vez es más que nunca, "desde París con desamor"

martes, 23 de noviembre de 2010

Equipazos

A eso es lo que yo llamo potencial de mercado, poder logístico suficiente como para reforzar tu plantilla sin la necesidad de invertir demasiado capital. Tienen capacidad de convicción, atraen a los jugadores a sus plantillas a base de falacias convertidas en verdades universales, de discursos vacuos disfrazados de libertad o de igualdad. Promesas adornadas de comunión y progreso. Y consiguen lo que quieren, un grupo de componentes ensamblados, unidos por una misma idea, que se mueven por el campo desatando a la perfección sus funciones y convirtiendo a las instituciones resaltadas en máquinas invencibles, en conjuntos invictos.

Así van moviéndose los dos grandes partidos políticos, atrayendo con sus posibilidades y su omnipresencia a todo jugador válido (a todo jugador) para poseer un proyecto indestructible de cantera. Sin contratos, pero con palabras.

Y bueno, uno puede darse cuenta con facilidad y casi admirar como funciona el engranaje de esas potentes plantillas. Puedes acercarte a un corrillo universitario que hable en la cafetería de la Facultad, a la mesa de algún pub irlandés o puedes ir dando saltos entre blogs buscando el juego de estos deportistas de las palabras.

Pero normalmente juegan a escondidas. Te dicen (si les preguntas): “No, yo no soy un borrego. Yo tengo capacidad de crítica. Yo sé diferencias lo positivo y lo negativo de cada partido. Yo no soy pepero. Yo no soy socialista español. Yo soy liberal. Yo soy de izquierdas. Yo no tengo claro a quién votar pero sí a quién no votar. Yo. Yo. Yo. Yo. Yo.”

Todo eso para luego competir tan descaradamente que es inevitable que uno no pueda darse cuenta de en qué equipo están jugando, de en qué liga se encuentran. Luego los escuchas, los ves jugar y te encuentras con un engranaje perfecto, con la maquinaria que trabaja a destajo día a día bajo el sol de las mismas ideas. La línea no falla, el antitaurino es de izquierdas, el pro taurino de derechas. El propalestino de izquierdas, el proisraelita de derechas. El prosaharaui de derechas, el que defienda a Marruecos de izquierda. Se autodenominan equidistantes y el de izquierdas sólo habla de Irak, de Camps o de Fabra. El de derechas sólo de Gal, Guadalajara y la crisis. Trabajan a destajo hablándote de todo lo que les inculcó su entrenador, te intentan convencer aportándote datos, fechas y épocas donde la corrupción, la guerra o la mentira de su rival se convirtieron en hechos. Y te dicen de nuevo que son equidistantes. Pero te comparan. El cien por cien de las veces comparan y decantan la balanza hacia su lado. Con datos en las cafeterías, con gráficos en lo blogs. De la forma que sea.

Y después acusan a la masa de inculta y de no informarse, de no jugar en primera división con ellos, sin darse cuenta de que no son más que esclavos de unos chupópteros que les hablaron de equipo, de capacidad, de cultura, de crítica. Pero que nunca mencionaron que no eran más que soldados inertes de un ejército de tiniebla de política y de bipartidismo férreo. Sin darse cuenta de que la observación, la opinión propia y la verdadera libertad erradicaría el totalitarismo de esos dos grandes equipos, convirtiendo nuestra Liga en algo más justa de lo que es ahora.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Caminador

Andar sin trascendencia es como él lo llamaba, poner un pie en la calle por costumbrismo y por repetición, hacerlo sin saber por qué y sin quererlo. Y la gente que no le entendía, que era cuestión de dos mejor que uno y él, que pensaba pero sin decirlo, que dos era mucho menos de cien que más que de uno.
Porque podía parecer pasable, pero no poder alzar la vista era algo indiscutiblemente grave. Desde el primer recuerdo consciente que tenía su vida no había sido más que movimiento o vista, pero nunca ambas cohesionadas. Esa causa que los neurólogos habían denominado de una forma que él nunca atinaba a recordar le impedía realizar un ejercicio que tan simple parecía para el resto de los humanos. Andar y mirar, ver y caminar, ideas similares, ideas incompatibles. Cuando se erguía, levantándose de allí donde estuviese, y apoyaba sus talones en el piso la sensación era de triunfo, de normalidad. Siempre, absolutamente siempre, tenía el típico presentimiento de que como la máquina comienza su puesto a punto con exactitud no va a llegar el momento en la que yerre. Sin embargo, todo era cuestión de avanzar unos simples centímetros y entonces equilibrio y vista comenzaban a tener que ir unidos de la mano. Así era él, no podía caminar sin mirarse las rodillas, aupar un poco la mirada era sinónimo de tropezar levemente. Mantenerla fija en cualquier lugar que no fuesen sus extremidades era acabar estampado contra el asfalto.
Por eso no podía comprender que a él le hablasen con ese tonito tan de “no es para tanto”, porque andar y no poder mirar a la gente, a los edificios, al cielo, al mar no era para tanto, era para más. Porque era una tortura saber que cada paso de avance en distancia era un paso de retroceso en información, porque odiaba bajar la acera de Quai di Conti y saber que ahí se encontraba un profundo recoveco, girar a la derecha por el puente y prever el charco que se formaba en la confluencia con la avenida cuando llovía, no soportaba esa sensación de haber memorizado cada último detalle de aquel antiguo suelo.
Y aún así todavía no ha dejado de andar. Porque, ¿quién sabe?, igual mañana lanzan al mercado unos espejos que pueda atar a sus tobillos o unos gafas para multiplicar por dos su mirada, o lo mismo un día el presentimiento diario de funcionamiento se convierte en realidad, ¿quién sabe?. Tendrá que seguir, que el día que poder rodear la ópera y mirarla sin parar deje de ser una utopía él tendrá que estar listo, no vaya ser que se canse y tenga un segundo problema.

jueves, 14 de octubre de 2010

Cementerios

Que cómo coño se me ocurría decir eso, me preguntaron hace poco tiempo. Que sí, insistí yo, que es como todo, sólo depende de la forma de ver las cosas. Perplejos, así se quedaron, con una absoluta actitud sorpresiva ante mi breve afirmación. “Los cementerios pueden ser bonitos”. No era para tanto desde luego.

Y es que puedo garantizar que esto en París ocurre, pasear por el cementerio de Montmartre es una grata experiencia, avanzar al paso de los gatos negros y torcer el cuello adivinando ver aquella tumba que reluce detrás de aquella que gusta. Internarte sin rumbo por las orillas de las lápidas, allí donde ya no hay acera, donde te preguntas si andar por encima de un cadáver es respeto o herejía. Una atmósfera entre marrón y verde, tonalidades que deberían ocupar un espacio en la tristeza pero que por concordancia dejan el estado de ánimo en status quo.

Luego, cementerio Montparnasse, es decir las celebridades bailando quietos en sus tumbas. Cristianos y musulmanes, musulmanes y judíos, judíos y ateos. Todos juntos, no por creencias, no por fe, sólo por amor, amor a la vida. Y a la gente, a aquellos que quieren poder seguir admirando a los genios que lamentablemente no perduraron lo que debieron perdurar. El cementerio de la admiración, del recogimiento entre sonrisas, el cementerio de Cortázar, de Sartre, de Ionescu, de Vallejo, de Baudelaire, el de las conjunciones de los talentos inmortales y las rosas en los suelos. El de los huecos en las lápidas y los laberintos descubiertos.

O se puede ir hasta Pere Lachaise, y entrar en el cementerio más grande de la antigua Lutecia, y andar y andar y andar y andar. Andar sin prisa pero sin pausa, superando la preciosa entrada de rue Roquette y entonces, ahora ya sí, sentarte y sacar tu café y tu manzana como hacen los parisinos y respirar aire de muerte. Moverte por la gente, ver las colillas que lanzó con desprecio Jim Morrison antes de morir y unirte a la cola de ansiosos fans que pululan alrededor de su tumba, pasar del algarabía y girar para encontrarte de frente con la tranquilidad en rosa de Edith Piaf o con el descanso tragicómico de Moliere. Llegar a la vida por la muerte.

No ser creyente, no pensar en nada más, saber que no existe el resto. Sólo pasear feliz sabiendo que lo que rodea París por norte, sur, este y oeste son cadáveres, afirmando que aquello que allí nos encontramos es sin duda el final. Pero, ¿y qué?, ¿cuántos finales tan bonitos como esos nos encontraremos el resto de nuestra vida?. Ya respondo yo, pocos.

viernes, 24 de septiembre de 2010

¿Por Don Julio, no?

Hoy he estado en mi primera librería de París. Bueno, librería no es quizá la palabra exacta, más bien podría definirse como conglomerado de instrumental para actividades lúdicas diversas, o lo que viene a ser lo mismo, un FNAC.
Quedé gratamente sorprendido al ver que la zona de literatura era netamente amplia, divisé columnas en perfecto orden que dejaban entrever un pozo de divina curiosidad. De la A a la Z, como mandan los cánones de la comodidad, y me adentré dispuesto a toparme con alguna joya, alguna obra que reuniese las condiciones perfectas para mi ocio y para mi aprendizaje del francés.
Lo pasaba bien observando esa montaña de tomos de bolsillo tan diversa, ojeaba portadas, contraportadas e interiores, manoseaba obras nuevas, antiguas, famosas y extrañas. Para mí, un fiel seguidor de la tenencia de libros (no sólo de su lectura) me hallaba ante uno de los momentos mágicos de este vicio, la elección. Qué dulce incertidumbre.
Y pasé por Robert Arlt, y pasé por H.C Andersen, y pasé por Auster y hasta pasé por Asimov. Y luego recorrí a Bacon, a Balzac, a Baudelaire y a Beckett, a Bukowski, Burroughs y Borges. Así era, con paciencia y dedicación, por Camus, por Capote, por Chejov, por Conrad y por Cort…
No estaba Julio Cortázar.
Repasé la estantería con detenimiento, pensando que podía habérmelo saltado, que algún encargado se había equivocado no colocándolo en su correspondiente hueco o que, con suerte, tenía la sección aparte que Julio merecía en cualquier ciudad del mundo, no digamos ya en la suya.
Pero desafortunadamente nada de eso ocurría, y la oscuridad del desagradecimiento descendió desde el cielo tocando aquellas lánguidas estanterías donde, supuestamente, nada extraño sucedía. Sólo que allí, al cobijo de Conrad y Cudrow faltaba un hueco, el hueco que debía haberse dejado no a uno de los mejores escritores de la historia, sino a uno de los mejores amigos de París que nunca existieron. Don Julio Cortázar.

viernes, 20 de agosto de 2010

Su vida

Casi a la vez que su llegada, sin nada instalado y con el miedo todavía en el cuerpo había bajado a aquel bareto tan descriptible. Era más que conocer el entorno, era su filosofía de vida. Snack-Bar Amador rezaba el pequeño cartel publicitario, una pierna dentro y ya divisó una esquina, dejó allí el alma y pidió su coca-cola. Todo iba según lo planeado, si todo continuaba así podía reconocer que el cambio no era tan traumático. Pensó que sólo faltaba algo, y como un reloj suizo apareció la que podía ser Ella.

La mujer más normal del mundo, mayor que él, con un cabello entre negro y marrón, la nariz pequeña y los labios rosas. Ni gorda ni delgada, ni alta ni baja, vestía vaqueros y una camiseta blanca, un reloj y dos o tres baratas pulseras. Nadie le aseguraba que fuera Ella, pero su experta intuición le avisaba con inconfundibles estímulos. Y ahí se quedó él, en la esquina, ella y la coca-cola, la coca-cola y ella. Tres minutos después de abandonar ésta el Amador, pagó lo que tan lentamente había bebido y se largó rumbo a su nueva casa, deseando que llegará la misma hora del día siguiente para poder confirmar si ella era Ella.

Y con la más que reconocida impaciencia se posicionó en el mismo lugar del bar, con tiempo, antes incluso de lo debido, lo que hizo la espera aun más larga. Pero no mucho después que el día anterior entró de nuevo la mujer. Era Ella.

Vida hecha, día tras día el mismo lugar, la misma hora, la misma bebida, la misma no conversación con nadie, la misma rutina, y sobre todo la misma mujer. Las mismas miradas.

Meses y un día dejó de ir, al principio él no quiso aceptarlo, ir al Amador por si aparecía y beber mientras lo hacía. A la séptima tarde de marcharse dejó de pisar su bar y se quedó taciturno en casa.

Al octavo encontró el Bar Hache, con su reluciente y limpia esquina, apoyó los codos y pidió una coca-cola. A la hora entró una solitaria mujer, de aproximadamente su edad y el cabello rubio, una horrenda nariz y una bonita sonrisa. Y le vino el impulso, no podía equivocarse, ella tenía que ser Ella. Al día siguiente lo comprobaría sin falta…

jueves, 8 de julio de 2010

Cuando no sólo se es el mejor...

A mí Rafa Nadal no me gusta, puede que sea por esa tirria automática que me envuelve cada vez que un deportista español es elevado a los altares divinos, porque me repatea que lo lancen hasta cotas inalcanzables para el resto de los mortales. Me mata que le mimen, le quieran sobre todas las cosas y en perjuicio de ellos (y digo ellos porque esto es aplicable a los principales deportistas españoles) falten al respeto al rival que tenga, sea la vez que sea.

Tampoco es el tenis mi deporte favorito, hay muchísimas especialidades que colocaría con predilección antes que la práctica de la raqueta. Digamos que sólo me cito con el televisor y la red ante los grandes partidos, las semifinales y finales, los grandes slams y los masters mil.

Y puestos a opinar, no es el de Nadal mi tipo de juego favorito, prefiero un tenis más directo donde los puntos sean más rápidos y se den éstos más por calidad que por cantidad, lo cual no quiere decir que considere que estamos ante un deportista sobrevalorado, nada por el estilo. Sólo cuestión de gustos, las cosas en su lugar.

Sin embargo, cuando llegan esas ocasiones en las que el cuerpo me pide ver alguno de esos importantes partidos, el cabrón siempre está por en medio. Y cada vez que lo veo, y a pesar de que no caerme excesivamente bien, no puedo evitar quedarme maravillado. Sin embargo no es por su juego, es simplemente por su personalidad.

Y es que, sinceramente, no creo que lo de Nadal sea sólo cuestión de haber nacido con una habilidad innata por el tenis. Qué va. Yo me atrevería a decir que sin importar a qué se dedicase hubiera sido igual de jodidamente bueno. Seguramente si el tío este hubiese perdido un brazo de joven ahora sería un magnífico corredor de 400 metros, y si hubiese perdido las piernas sería el mejor jugador de baloncesto en silla de ruedas. Y si sus padres le hubiesen prohibido el tenis, podría ser el mejor jugador de hockey de la historia española, o un gran jinete, o un valorado soldado, o el mejor mecánico de Europa, o un abogado de Garrigues&Walker. A saber qué, pero seguro que el mejor.

Porque cuando me siento a ver a Nadal me doy cuenta de que por su venas corre una sangre especial, una mezcla perfecta de frialdad y sangre caliente. La capacidad de resolver, de tener la bola decisiva y normalizar la situación, la imposibilidad de poder ver agarrotamiento en sus brazos. Crecer donde los demás disminuyen. Mirar cara a cara a su rival, sin importarle quién sea, y exclamar sólo con gestos, “soy invencible”. En la adversidad de un ambiente hostil o en la algarabía de apoyo incesable, da igual, a él los factores externos no le afectan. Ahí anda él, detrás de la bola, corriendo como un jabato donde otros se frenarían, luchando y buscándola en inferioridad, porque sabe que ganar cuando se juega o cuando sé es mejor es relativamente sencillo, pero tocar y luchar, adentrarse en las arenas movedizas de aquel que está siendo superior a ti, de aquel que está metiendo sus golpes en las esquinas, de aquel que te saca y te volea a la perfección, y aun así sobrevivir para luego asestar es el territorio de donde nace el invencible, de donde nace la leyenda.

Por eso no tengo más remedio que dejar de negarlo. Nadal no es el mejor por ser tan bueno, es que es tan bueno por ser el mejor. Porque tiene El Gen, el mismo que tenían Eddy Merckx, Sebastian Coe o el Michael Jordan, mi gen favorito. El del ganador nato.

lunes, 17 de mayo de 2010

Limbo

La rutina, que pasada la hora se convertía en manía, daba su primera aparición esa mañana. Así era ella, llegaba espontánea, llegaba con previsibilidad o no llegaba. Aquel día había aparecido de la nada, de la coincidencia y de casi la voluntad de querer estar allí, junto a él. La rutina, quién lo diría, por primera vez como idea romántica, como auxiliar de creación.

Allá andaba él, entrando en ese preciso instante en el que su mesa quedaba libre. Al fondo, junto al aseo y ligada a una pequeña ventana, una claraboya que daba a entender los rayos de sol, pero sin llegar a molestar, sólo aumentando la iluminación de aquella oscura cafetería.

Y entonces comenzaba el ritual, whiskys y ceniceros, vasos y cigarros. En la mesa, su pequeño ordenador. De fondo, el ruido que tanto necesitaba, el de la cafetera sonando, el incesable tintineo de las cucharas golpeando con frecuencia aquellos vasos alargados de café. Las caras de siempre, los amigos mudos, siempre con él, sus presencias le hacen más duro. Cuando estaban allí, en sus asignados asientos, él nota que nada puede salir mal, que las palabras fluyen y que cuando levanta la cabeza no siente el empuje del tiempo, allí las horas son minutos, y los minutos segundos. Allí, escribiendo, es feliz.

Pero cuando aquel lugar, fuera por el motivo que fuese, se encontraba ocupado, aquel mundo de perfección se derrumbaba ipso facto. Fuera de los fauces de su mesa de madera maciza, de su silla gris de ancho respalda, no era capaz de librar esas agónicas batallas contra las páginas. No es que en el pasado no hubiese podido escribir, es que desde que probó aquel lugar sabía que algo había cambiado en él. Era como un matrimonio, una promesa de fidelidad, una relación de amor y entrega con su sitio, corresponder y ser correspondido. Y para él, fuera de aquel ficticio casamiento, la incompetencia. Su tristeza.

Por eso, cuando cerró la cafetería, no sólo murió un libro. Murieron unos personajes, murió una vida. En el camino, una historia de amor, como siempre. Unos personajes caracterizados, oscuridad y drogas, jazz y pobreza, humildad y prepotencia. Todo en nada. Lo peor, un final no sólo no publicado, sino no ocurrido. Almas fantásticas que se quedaron en medio, almas que nunca llegaron a existir porque no se escribieron, no se pensaron. Almas al azar del destino de su creador, con la tristeza de haber nacido y no haber muerto, sin tener su final redactado, paradas para la eternidad en el tiempo. Como el más triste de los libros, el que no acaba. Almas en el limbo.

viernes, 30 de abril de 2010

La dama del tiempo

Te recibe por debajo de ti, sin embargo da una impresión diferente, estás bajando el cuello pero imaginas un enorme pedestal, imaginas millones y millones de personas, y un sitio donde esa gente pueda observarla con libertad, donde ella brille como hace eones lo hizo, donde ella sea admirada y loada como hace eones lo era.
Su mirada es reticente pero segura. Es la mezcla de cómo imponer pasión, orden y acción. Abarca sin problemas tanto ángulo como debería, y te impone respeto, pero no miedo, sólo respeto. Y poder, un poder inmenso que podría servir más que cualquier arma, que movería tierras y mares, ejércitos interminables y civilizaciones enteras.
Estás allí, ante ella, y no puedes evitar caer en su invisible yugo. Allí no importa la gente que haya alrededor, no importa ya en qué año estemos ni de donde seamos. Ella te atrapa y te envuelve, y te dirige y te manda, te solapa, te convierte en suyo.
La dama del tiempo, la belleza inmortal, que más que mantenerse intacta se acrecenta con el tiempo. La libertad y el dominio, donde nadie podía, ella pudo. Por eso, si la conoces, no te extraña el efecto, por eso no te importa ser su súbdito, es casi un deseo más que un castigo. Te imaginas haberla visto allá en su trono, con esos mismos ojos, y te das cuenta de lo fácil que le tuvo que resultar llegar adonde llegó, al mayor de los dominios, tan alto que su cuello y su barbilla podrían haberle faltado, nadie se habría dado cuenta.
Y enclavada en un ciclo, morir no murió nunca. Vivió eterna como deseó, con su belleza intacta, con su mirada de madre, mujer y reina despertando la admiración de la gente que de suerte aún la contempla.
Allí, en Berlín.