“Yo es que no entiendo como a alguien puede gustarle eso, lo hace mi primo de cuatro años después de beberse cinco gin&tonics con absenta. Ese arte no tiene porqué ni razón”.
Tendemos a desprestigiar con suma facilidad todo lo que pueda resultar sencillo de ejecutar o de realizar, sin embargo existen miles de condicionantes que ignoramos voluntariamente a tenor de la cualidad anteriormente destacada. Nos da igual lo que representa ese monótono cuadro, no nos importa el sentido de aquella escultura, total, no es más que a un amasijo de hierros oxidados. El modernismo (que debería poder llamarse el presentismo) siempre ha tardado en entrar en la normalidad del gusto, el arte se desplaza temporalmente a una parsimoniosa velocidad, a todos nos cuesta asimilar nuevos conceptos, y nuestro mecanismo de defensa es el desprestigio.
Por eso me pregunto si es una tarea tan compleja el hecho de querer conocer los porqués de esas obras, buscar la intención del autor y adentrarnos en sus intenciones, sin tener que dejarnos llevar por el nombre, sólo por las sensaciones y por la información.

¿Qué diríamos viendo un Mondrian?
Pues olvidándonos de que su realización es sencilla, y dejando aparte la nimiedad de que son únicamente lineas rectas hay que saber qué es lo que pretendía Mondrian con su obra.
Y no es que precisamente el francés no supiera pintar de otra manera, era considerado ya un fenomenal artista cuando su obra se encaminaba regularmente a los cuadros paisajísticos, un seguidor del impresionismo en sus inicios, siguiendo una línea relativamente clásica. Sin embargo, el autor no se sentía identificado con ello, creía en algo más, quería relacionar su arte con sus principios, sabía que detrás de lo que hacía no existía el trasfondo necesario. Se acercaba poco a poco al movimiento teosófico (como tantas personalidades durante el S.XIX), y en consecuencia, aplicó a sus cuadros su influencia, donde se buscaba el conocimiento esencial, algo más que lo proporcionado por los medios empíricos. Mondrian buscaba simplificar su obra hasta encontrar lo esencial, la estructura básica del universo.
Por eso solamente utilizaba cinco colores, los dos no-colores (blanco y negro), y los tres primarios (amarillo, azul y rojo). Repudia la textura y las superficies, suprime las curvas, simplicidad es la única idea, un arte externo a lo particular. Tendencias filosóficas, Mondrian trabaja para abolir las formas y los colores en pos de que la unidad en el arte crezca.
Donde parece radicar lo simple, subsiste lo complejo.
«Sólo cuando estemos en lo real absoluto el arte no será ya más necesario».