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sábado, 5 de marzo de 2011

Carta al final

No me gusta ni la irracionalidad ni el extremismo, ni el forofismo ni la radicalidad. Pero hay veces que peco de ellos. ¿Cuándo?. Con el maldito Madrid de baloncesto. No tiene explicación, he sido capaz muchas veces de plantearme cómo un deporte, un hecho ajeno a uno mismo, puede influir tanto y con tanta fuerza en mi vida. No le veo sentido, pienso en ocasiones en lo absurdo de mis enfados, de mi ira y de mis incesantes (pero poco frecuentes) momentos de alegría en lo relacionado con este equipo. No puedo evitarlo, mil veces he renegado y mil veces me he puesto delante del televisor casi pidiendo perdón. Pensé que algún día dejaría de cuestionármelo y, o sería un seguidor que no se pregunta los porqués o dejaría de ver el baloncesto.

Hoy la segunda opción está más cerca que nunca. Hoy ha muerto en mí la idea de un equipo, la continuidad de un disfrute que me mantenía irrevocablemente alegre durante días. Porque, como ya he dicho, podría parecer irracional, pero ver al RM de baloncesto con un proyecto tan bonito, una estructura hecha y un entrenador con el que más que sentirte identificado, adoras, da una sensación muy parecida a lo que pueda ser la felicidad. Ya digo, irracional pero real. Y sin embargo, han venido a joderme, a mí y a tantos otros como a mí.

Porque la dimisión de Messina no sólo significa el fin del Madrid de baloncesto, tiene un fondo asquerosamente negro que tantas y tantas veces se ha repetido en la historia (no sólo en la deportiva). El puto poder de manipulación de la prensa. El dominio de chupópteros que hacen y deshacen a su antojo, que buscan el morbo y la carroña, que hacen primar el amiguismo y el peloteo a la subjetividad. Que meten presión, baza y leña al fuego, que hacen crítica negativa siempre de los mismos, y positivas de otros mismo. El cuarto poder, capaz de mover las fichas de un tablero de ajedrez donde el trasfondo es la guerra o la política, imagínense donde el trasfondo es el deporte. Capaz de cansar a un profesional, a un tío brillante e inteligente, un ganador, alguien que lo ha conseguido todo en su mundo, que es respetado por todos y cada uno de los que realmente están internos en el mundo de baloncesto. Un señor. Un caballero derrocado por cansancio, harto de críticas sin fundamentos, harto del vomitivo ambiente que es capaz de crear una de las instituciones con más dominio en este país de paletos. El Marca. El periódico más leído a años luz del segundo (el As), con este dato queda todo dicho.

No sólo ganan los malos, ganan los poderosos. Ganan porque siempre han ganado, y porque seguirán ganando. Porque dirigieron, dirigen y dirigirán el mundo a su antojo. Colocarán a su voluntad a cada uno en su sitio, y el mundo seguirá tragando la mierda que emana el cuarto poder, que no es tanto cuarto poder como primero.

Y han conseguido algo que me duele profundamente. Afectar a un hobbie, a una pasión. Porque cuando uno sabe que las cosas verdaderamente importantes están difíciles pero ha de continuar con ellas por eso mismo, por importantes, no queda más remedio que aferrarte a lo que puedes, a lo que te gusta y se puede cumplir sin tanta complejidad. Eso ya no es posible en mí, han roto mi pasión, han destrozado la idea que tenía del Real Madrid de baloncesto. Han hecho que a partir de ahora algo que llevo siguiendo desde que tengo uso de razón se convierta en algo intrascendente para mí. Han borrado del mapa las alegrías que me llevé y las que aún no me he llevado. Han conseguido que deje de ser de mi equipo y que respete y quiera mucho más a la persona que a la institución. Se acabó. He dejado de ser del RM de baloncesto. Han matado mi pasión.

Buena suerte Ettore. El club nunca te mereció.

jueves, 8 de julio de 2010

Cuando no sólo se es el mejor...

A mí Rafa Nadal no me gusta, puede que sea por esa tirria automática que me envuelve cada vez que un deportista español es elevado a los altares divinos, porque me repatea que lo lancen hasta cotas inalcanzables para el resto de los mortales. Me mata que le mimen, le quieran sobre todas las cosas y en perjuicio de ellos (y digo ellos porque esto es aplicable a los principales deportistas españoles) falten al respeto al rival que tenga, sea la vez que sea.

Tampoco es el tenis mi deporte favorito, hay muchísimas especialidades que colocaría con predilección antes que la práctica de la raqueta. Digamos que sólo me cito con el televisor y la red ante los grandes partidos, las semifinales y finales, los grandes slams y los masters mil.

Y puestos a opinar, no es el de Nadal mi tipo de juego favorito, prefiero un tenis más directo donde los puntos sean más rápidos y se den éstos más por calidad que por cantidad, lo cual no quiere decir que considere que estamos ante un deportista sobrevalorado, nada por el estilo. Sólo cuestión de gustos, las cosas en su lugar.

Sin embargo, cuando llegan esas ocasiones en las que el cuerpo me pide ver alguno de esos importantes partidos, el cabrón siempre está por en medio. Y cada vez que lo veo, y a pesar de que no caerme excesivamente bien, no puedo evitar quedarme maravillado. Sin embargo no es por su juego, es simplemente por su personalidad.

Y es que, sinceramente, no creo que lo de Nadal sea sólo cuestión de haber nacido con una habilidad innata por el tenis. Qué va. Yo me atrevería a decir que sin importar a qué se dedicase hubiera sido igual de jodidamente bueno. Seguramente si el tío este hubiese perdido un brazo de joven ahora sería un magnífico corredor de 400 metros, y si hubiese perdido las piernas sería el mejor jugador de baloncesto en silla de ruedas. Y si sus padres le hubiesen prohibido el tenis, podría ser el mejor jugador de hockey de la historia española, o un gran jinete, o un valorado soldado, o el mejor mecánico de Europa, o un abogado de Garrigues&Walker. A saber qué, pero seguro que el mejor.

Porque cuando me siento a ver a Nadal me doy cuenta de que por su venas corre una sangre especial, una mezcla perfecta de frialdad y sangre caliente. La capacidad de resolver, de tener la bola decisiva y normalizar la situación, la imposibilidad de poder ver agarrotamiento en sus brazos. Crecer donde los demás disminuyen. Mirar cara a cara a su rival, sin importarle quién sea, y exclamar sólo con gestos, “soy invencible”. En la adversidad de un ambiente hostil o en la algarabía de apoyo incesable, da igual, a él los factores externos no le afectan. Ahí anda él, detrás de la bola, corriendo como un jabato donde otros se frenarían, luchando y buscándola en inferioridad, porque sabe que ganar cuando se juega o cuando sé es mejor es relativamente sencillo, pero tocar y luchar, adentrarse en las arenas movedizas de aquel que está siendo superior a ti, de aquel que está metiendo sus golpes en las esquinas, de aquel que te saca y te volea a la perfección, y aun así sobrevivir para luego asestar es el territorio de donde nace el invencible, de donde nace la leyenda.

Por eso no tengo más remedio que dejar de negarlo. Nadal no es el mejor por ser tan bueno, es que es tan bueno por ser el mejor. Porque tiene El Gen, el mismo que tenían Eddy Merckx, Sebastian Coe o el Michael Jordan, mi gen favorito. El del ganador nato.

jueves, 17 de junio de 2010

Tracy can flow and Tracy can crash

Be Tracy, my friend.
Y es que hay veces que existen seres que parecen desorinarse en todo lo estudiado por Darwin. No preguntéis por qué, pero me apetecía muchísimo hacer un texto así, sobre uno de mis jugadores de baloncesto preferidos. Esto es un texto sobre Tracy McGrady y sobre los vellos de punta.
Nos ponemos en situación.
Para el que no lo sepa, T-Mac era el primo de la estrella de su equipo. Un jugador sin trascendencia que medía 2'05, pesaba apenas unos insuficientes (para jugar de, todavía, ala-pívot) 94 kilos y tenía una envergadura de 2'10. Era indolente, frío, bracilargo y enclenque. Es cierto que empezó a despuntar, a anotar, a dejarse ver por el perímetro, por el concurso de mates... pero nada, era uno más en el mundo.
Hasta que un traspaso lo llevó lejos. Y llegamos al momento en el que ese 2'05 se convierte en un versátil escolta (o lo que quiera, señora) que asume la responsabilidad de subir el balón y de llevar el peso anotador de su equipo.
Y otro traspaso lo llevó aún más lejos.
Aquel McGrady hacía dudar de la teoría de la evolución. Su cuerpo parecía estar diseñado al milímetro para hacer exactamente lo que estaba haciendo: jugar al baloncesto. Nadie puede pensar que el tiempo y la selección natural podían llevar al ser humano a especializarse tanto.
Tracy se convierte en poco tiempo en un jugador muy móvil y difícil de defender.Ese espigado cuerpo en movimiento, siempre flexionado, siempre erguido, siempre vertical, se movía entre los defensas dando la sensación de que era un río fluyendo alrededor de impotentes rocas. No había forma de parar aquel torrente que sin mucha prisa iba acercándose al aro de forma continua e inexorable. No hablo de un manejo de balón fuera de lo común (que lo tenía), de un tiro letal (que también) o de un físico privilegiado (¿alguien lo duda?). No. Hablo de un hombre fluyendo por una pista de baloncesto, licuándose para colarse por cualquier rendija y haciéndose sólido de nuevo, únicamente, para castigar el aro.
Unas rodillas intentando seguir tan endiablado ritmo y, sobre todo, una espalda maltrecha nos han privado de ver durante mucho tiempo las afluencias a canasta de ese extraño ser. Menos mal que siempre nos quedará...



P.D: Perdonen, me apetecía.

"Siéntete como un privilegiado. Estarás igual de jodido, pero satisfecho."

martes, 25 de mayo de 2010

Rosell tiene atado a Fábregas

Aquí la noticia.
Y aquí tenéis una pequeña interpretación libre que mi mente enferma hace del titular:



P.D: Como decía Anthony Blake: "No le deis más vueltas, no tiene sentido".

"Transgresor es el que quiere, revolucionario es el transgresor con amigos sin personalidad."

martes, 23 de febrero de 2010

Ya van ganando

Son las noséqué del día nosécuánto. Hoy juega el Celtic. Ya ha anochecido en Glasgow, y el cielo anuncia, con esa tonalidad anaranjada, la proximidad de una áspera lluvia. El viento, sin embargo, ya ha aparecido. Celtic Park está lleno, como casi siempre, y el equipo hace ya un rato que se ha retirado a los túneles de vestuario. Los aficionados aguardan estos minutos de diferente manera, alguno charlan animadamente, otros apuran su último cigarro antes de concentrarse en Ellos, los padres convencen a los niños para que dejen de chillar. Y todos, absolutamente todos, murmuran ante cualquier indicio que les resulte indicador de la posible salida de su equipo. Están absortos en un estado de impaciencia continua, porque saben que en cuanto la bota del capitán pise la fresca alfombra verde, sus jugadores se habrán puesto por delante en el marcador.
Y por fin aparecen, y con ellos comienza a sonar el áurea de victoria en forma de canción. La megafonía atrona, y al mismo tiempo se desata un férreo temporal sobre el Estadio. Una pequeña nube que rodea perfectamente el perímetro de Celtic Park, el viento se multiplica y los chuzos se precipitan con fuerza. La afición mantiene la cabeza alta y las bufandas llegan al techo, y sin dejar de mirar al terreno de juego, vislumbran que allí, a lo largo de la nube, se encuentra la luz del sol.
Por fin el momento se cohesiona, termina de surgir el once inicial, y las estrofas de su himno llegan a la parte donde la música le deja paso a alguien más importante, a la gente. A capella, sin estridencias, suena, ahora sí, el grito de guerra. Nadie es capaz de contemplar a su vez el entorno, se quedarían perplejos, ni siquiera son capaces de comprender que allí, partido tras partido, nace algo grande. Hay eco, pero no procede de la concavidad del campo, son las voces rebotando en las uniformes bufandas.
Abajo, los jugadores no son protagonistas, sin embargo están viviendo un sentimiento de extraña excitación. No es la excitación guerrera, ni la motivación agresiva de rabia espumosa. Es diferente, es un sentimiento de liberación ante la responsabilidad, el momento en que saben que van a vivir una importante situación, y en la que aún así no serán juzgados, sólo apoyados. Por eso van a correr como nunca, pero lo van a hacer levantando la cabeza, porque van a quedar entremezclados en la perfección de los que saben alentar.
Termina el You´ll Never Walk Alone, y por primera vez hay un chillido, que de unísono que es parece ensayado. Va a comenzar el partido. El Celtic ya va ganando.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Competitividad

Comenzaba a notar la extenuación a pesar del resultado, un dulce cansancio que se asomaba ligeramente a su estado físico pero que no dejaba de haberse quedado atrás con respecto a su estado mental. Era el ascenso del ganador, la prolongación de la racha del que se sabe vencedor desde el primer momento. Eso es lo que había notado él, era uno de esos días en los que le entraba todo, había estado calentando antes de la cita, mentalizándose (si es que era necesario) en la importancia de lo sobrevenido. Así era, para el resto había partidos y partidos, pero ese planteamiento le parecía cosa de mediocres, para él todos los choques eran precisamente eso, choques, todos iguales de vitales, todos tan necesarios como el anterior. Es más, sí que había un encuentro clave en su vida, el siguiente, siempre el siguiente. Luego esquematizaba, era capaz de formatear todas sus victorias, que según decía, recordarlas no hacía más que caer en el error de conformarse con lo pasado. Sin embargo, tenía grabada en su mente cada resultado, cada minuto, cada rival, cada detalle (de la pista, de la pelota, de la gente) de todas las derrotas que había cosechado, si hubiese sido boxeador su memoria reflejaría un ranking de un 0-14.5 (aún no tenía claro si el partido contra T.M había nacido desde la total “imparcialidad). Y sí, por qué no negarlo, no era un buen rival, la fiereza de su comportamiento y la intensidad sempiterna conseguía que fuese considerado como un competidor ilegítimo, en primer lugar porque nunca creyó que la trampa y la arana debieran de quedar excluidas de la liza, para eso había acuñado una famosa frase que desquiciaba la moral de sus adversarios: “Ni siquiera me ha hecho falta hacerte trampas”. A su dudosa forma de actuar en relación a la adaptación de las normas de juego, había que añadirle su famoso mal ganar, su lengua, su palabra, su dedo corazón y sus brazos se aunaban en ocasiones para hacer ver a su contricante la importancia y la humillación de la derrota (si es que todavía no había conseguido reaccionar con tanta intensidad durante el juego). Mentalidad y físico, por eso era casi imbatible, casi invencible, casi inmortal, porque había moldeado su cuerpo de competidor adaptándolo a su mente de competidor, porque no importaba que realmente no se dedicase a todo ésto, él había dedicado su tiempo libre a alcanzar su cenit, a ampliar y fortalecer su espalda, sus brazos, su tronco, sus piernas, añadiéndolo a su ya de por sí imponente envergadura, y a su experiencia tornada en mil batallas, labrada en años de mejora, en años de entrenamiento. La potencia del vencedor nato, del que se entrega día a día hasta la debilitación total, del que muerde, ladra y gruñe con lo que cede. Del que grita, silba y levanta los brazos con lo que consigue. Carácter yugoslavo, procediera de donde procediese.

Un corte de mangas y un grito en la cara, lo acababa de volver a conseguir, el triunfo se había decantado de su lado por enésima vez en tal crucial batalla. Había vapuleado, humillado y asestado un veintidós a CERO a su rival en uno de sus deportes favoritos, el de la canasta. Nada más y nada menos que veintidós a CERO como repetía insistentemente ante la ingenua mirada de su joven nieto. Un último grito de fondo sin respuesta: “Lo de que tengas tres años no es una excusa”.

lunes, 27 de julio de 2009

El infierno en el cielo

El ciclismo es el culmen de las gestas deportivas, eso no cambiará jamas. Sin embargo, el ciclista está en vía de extinción. El entorno tiende a establecer conclusiones precipitadas, y el fantasma del dopaje invade al espíritu de las dos ruedas. Bien es cierto que el enorme número de precedentes son motivo lógico (mejor que decir justificado) para un determinado control, pero lo que no es de recibo es el seguimiento férreo y titánico del ciclista, que es abocado a diario al robo de uno de los derechos humanos fundamentales, la presunción de inocencia. El doping existe, grandes héroes rompieron la confianza de sus aficionados en infinidad de ocasiones, ya hay testimonios en las década de los 40 de formas de aumentar el rendimiento de los participantes y todo ésto ha terminado convirtiéndose en un tremendo negocio. Pero el ciclismo es bello, obviemos los procesos, disfrutemos de él en todo su esplendor. Qué lujo poder seguir vibrando ante un sprint, ante una testaruda escapada de uno contra el mundo (o el pelotón), ante un cohete batiendo marcas tiránicamente en los puntos intermedios de las contrarrelojes, ante el vaivén de un ligero ciclista haciendo de legendarias montañas sin dueño una posesión duradera. Qué bello es el ciclismo, un veterano gregario venciendo por primera vez en su carrera, el puño alto del cuadragésimo-octavo en llegar a meta al ver como su compañero consiguió alzarse con la victoria, un podium y una sonorosa melodía anunciado la entrada de dos bellas azafatas. Eso es ciclismo, el culmen de las gestas deportivas.

Y es que ésto ha sido tantas veces demostrado.

Corría el año 1988, el Giro transcurría con “normalidad” y se llegaba a la etapa 14. Chioccioli andaba con la maglia rosa enfundada, y los grandes favoritos ocupaban las posiciones perseguidoras. Perico Delgado, que había explotado en Capito Matese pero que buscada una progresiva remontada: Andy Hapstem, un escalador de raza; su compañero de equipo y por aquel entonces promesa emergente Erik Breukink; el también joven Tony Rominger, que dilapidó todas sus opciones al perder 16 minutos en la ascensión a Selvino. y el protagonista y mayor damnificado de lo que sucedería aquel 4 de Junio, Van der Velde.
Las previsiones meteorológicas agoraban una jornada dura, se anunciaba tormenta de nieve y ésto en una etapa de montaña no podía conllevar nada bueno. Aún así, nadie se esperaba el tremendo destrozo sucedido.
La etapa era corta, adaptándose así a su dureza, siendo por lo tanto, en principio, una jornada más de alta montaña. Se subía el Aprica y tras su descenso se tomaba la ascensión al temible Paso di Gavia para lanzar su descenso a la línea de meta. El día se desarrolló con normalidad hasta el inicio del Gavia, una fuga compuesta por dos corredores hasta ese momento. El grupo de favoritos comenzó a moverse a tenor del ataque de Van der Velde, sin embargo, éste último consiguió abrir hueco y ascendió en solitario. Progresivamente la altura va haciendo las condiciones climatológicas más abrumadoras, y determinados corredores optan por subir a ritmo intuyendo lo que podía suceder.
Por detrás de Van der Valde arrancaba Hampstem en busca del triunfo de la general, y sólo podía seguirle el joven Breukink. El durísimo frío iba convirtiéndose en inaguantable y soplaba una gélida ventisca. Si la subida era terrorífica, peor era la bajada. Van der Velde cometió un vital error, no se abrigó en demasía y tras coronar en cabeza sólo pudo aguantar dos kilómetros de descenso. En ese punto decidió parar al ver en riesgo su vida, y fue resguardado por caravanas de los tifosi que por allí se encontraban. Otros ciclistas toman la misma decisión que Van der Velde y deciden dar por finalizada su etapa antes de tiempo, coches que trasladan a corredores hacia la línea de meta y espectadores frotando las manos de los restantes.
Sólamente algunos valientes aguantaron el tirón y pudieron acabar el día de la forma habitual, Hampstem había abierto hueco con respecto a Breukink, pero aún quedaba la reacción de éste último, que fue recortando diferencias y pasó al americano fugazmente para vencer en Bormio sacándole a Hampstem 7” en línea de meta. Van der Velde, el cual había coronado en cabeza con un minuto de diferencia, termina la etapa con respecto al primero a ¡46 minutos!. Van der Velde nunca volvió a ser el mismo tras este día. Las diferencias son abismales y demuestran el error de la comisión del Giro de haber dado vía libre a esa locura.
Las imágenes en Bormio son escalofriantes, ciclistas temblando violentamente, muchos de ellos llorando e intentando desentumecerse ante los terribles dolores musculares. Un día de locos que afectó más que nunca las condiciones anímicas y físicas del corredor.

“Dejé de pedirle Dios que me ayudara, ya me había ayudado bastante dándome el privilegio de competir. En vez de eso empecé a especular lo que estaría dispuesto a negociar si el diablo aparecía”. Andy Hampstem

sábado, 7 de marzo de 2009

El ganador nato

Ganar, ganar, ganar. Triunfar, triunfar, triunfar. Afrontar, afrontar, afrontar. Es alguien especial, se le repiten sistemáticamente las ideas tres veces, una de información, otra de asimilación y una última de insistencia. Los hombres de este tipo son aquellos que carecen de cualquier tolerancia, son gran cantidad de situaciones las que no aceptan, y sin embargo sus lacayos no tienen más que recordar en condición sine qua non todas éstas. Y nadie sabe que le puede hacer satisfacer plenamente, unos aseguran que nunca existirá tal momento, que ni la perfección más absoluta haría ceder a este coronel del deporte ante sus subordinados. Otros se atreven a aventurar que el encuentro con la Diosa Victoria le hace creer en el resto, abandonaría él en primer lugar (siempre él por delante) tal paupérrimo estado, el de la derrota, y con suerte podrán colgarse tres o cuatro de su perfil cuando escape tan pronto sea posible de allí. No, está realmente claro, no lo permitiría. No existe ni la perfección ni sus tres siguientes niveles. Ganar es una obligación, conseguirlo no reporta más que la tranquilidad del que cumple eficazmente su rutina y no hacerlo es algo inconcebible, y sigue siéndolo más a lo largo de su experiencia.

Cumplir, cumplir, cumplir. Batir, batir, batir. Humillar, humillar, humillar. Y se lo recuerdan y no comprende producir tanto interés. A él le enseñaron a ser así, no desfallecer, y liderar y transmitir sus principios. Él es argentino, y aún así no habla castellano, solamente es capaz de comunicarse en un idioma, el de la seguridad y el triunfo. No le importa el rival en absoluto, no es más que un obstáculo al que sobrepasar rápidamente. Cuando quede atrás no será más que algo obsoleto, y cuando esté enfrente habrá que pisarlo (al enemigo...).

Aguantar, aguantar, aguantar. Trabajar, trabajar, trabajar. Rendir, rendir, rendir. Aterriza el Narigón con SU selección en México, las esperanzas que habían servido como aliciente se tornaban de repente en responsabilidades que cargar. Pero eso a él no le importunaba, es más, le motivaba. Paso a paso se cumplían las expectativas, cuanto mayor era la dificultad para el resto más sencillo le resultaba al Jefe. Si tocaba Italia, favorita y actual campeona, y provocaba el pánico en los seguidores de la albiceleste, llegaba y afirmaba que era el partido más fácil que tendrían. Era uno de esos tipos que mueren llevando la contraria, si tú dices negro, él dice blanco. Si te convence y reconoces la blancura, él cambia de opinión y defiende la negrura. Sin embargo, quiere tener plenitud en sus pronósticos, sabe que encender la ira del guerrero puede convertir a un cáustico conjunto en una máquina invencible. La noche anterior al día del encuentro, los componentes de la selección reciben un aviso anónimo, en la puerta del hotel donde se alojan ha sido quemada su enseña nacional, los novatos activan su odio, dispuestos a salir a morir y matar contra los malditos italianitos. Los veteranos no se inmutan, saben categóricamente que el Narigón ha sido el autor de tal suceso. Obviamente sellan sus bocas.

Combatir, combatir, combatir. Derrotar, derrotar, derrotar. Persistir, persistir, persistir. Con él todo es más fácil, tenía razón en su pronóstico. Vencen, y solo una fase le separa de la gloria eterna. Momentos épicos han antecedido a tan importante día, su estrella extendió una mano y convirtió por siempre al aranero en artista, la estrella regatea impasiblemente ingleses con suma facilidad, y convierte al artista en Dios. Todos se confirman y crecen en unidad. Les esperan los temibles germanos, generaciones de argentinos esperan la cita con impaciencia, ni siquiera el grupo campeón del 78, liderados por un implacable matador del área, Mario Kempes, provocó tal inmovilización en el país criollo. Salen lanzados, en el min 70 dominan con claridad y los dos goles de ventaja que señalan el marcador parecen una buena barrera para su confianza. No obstante, dar un sólo segundo a Alemania es caer en su red, el magnífico Rudi Voller iguala la contienda, sendos tantos han sido logrados de la misma forma, a balón parado. Y a cinco minutos del final todo indica que se llegará a la prórroga.

Sufrir, sufrir, sufrir. Y sobre todas las cosas, GANAR,GANAR, GANAR. Estalla Argentina, Burruchaga logra el gol a dos minutos del final, no hay tiempo de reacción. El carácter adoctrinado no yerra en los momentos claves. Se acaban de proclamar campeones del mundo, todo el esfuerzo tuvo su recompensa, las celebraciones de los jugadores son orgásmicamente indefinibles. El vestuario se alza como escenario de las mismas, y en un rincón se halla el Jefe, su cara denota un tremendo enfado, todos creen que no es más que el producto de la emoción. Y corren a buscarlo, decididos a sacarle del shock. Antes de que abran la boca el Narigón se levanta indignado, y haciendo cantidad destacable de aspavientos declara en chillidos: “No me hablen, no me hablen, !nos hicieron dos goles a balón parado!”. La satisfacción había sido efímera, ya pensaba el Jefe en su próximo compromiso, dispuesto a volver a cumplirlo como había prometido, como siempre había hecho. No hay tiempo para la alegría, han de seguir su camino.

Carlos Salvador Bilardo. Genio y figura. Ganador nato.

miércoles, 14 de enero de 2009

Un héroe en la pista

A pesar de ser un apasionado supremo de todos los deportes y tener información a raudales que compartir, sé que es un tema un poco restringido y no del agrado de la mayoría de gente. Sin embargo, la gesta que voy a contar hoy no está exclusivamente relacionada con la competición. Es principalmente una referencia histórica, un momento cumbre en el S.XX en lo referido a la crítica social, una reivindicación racial y una de las protestas más bellas que puedan ser recordadas. La historia de Tommie "Jet" Smith, un héroe.




Thomas Smith nació en Clarksville, Texas en 1944. Familia de doce hermanos, su padre se dedicaba al cultivo de algodón para un capataz blanco que los mantenía en esclavitud. Sólo a partir de que Tommie cumpliera seis años, y debido al traslado de la familia a California, los Smith empezaron a cobrar (cifras pequeñas obviamente) por su trabajo, aún así seguían perteneciendo al gremio de los esclavizados. Fue en California donde el séptimo hijo de esta familia empezó a tomar contacto tanto con el atletismo, como con los movimientos activistas en contra del racismo. Pasó su época universitaria al ritmo de los duros entrenamientos y de las reuniones mantenidas por medio de las OPHR (Proyecto olímpico para los derechos humanos), liderado éste por un sociólogo con ideas Malcomnianas,Henry Edwards. Éstas se expandían por toda la nación, y nuestro otro protagonista (compañero de pruebas de Tommie) John Carlos, también asistía a estos encuentros.

"Jet" (llamado así por las facilidad que tenía para despegar en los últimos metros) avanzó en relación a su enorme potencial, y antes de llegar a los JJOO de 1968 era de los mejores velocistas del mundo. Pero este mencionado año le cambió la vida.

Eran tiempos de revuelta social en América, el asesinato el 4 de Abril de Martin Luther King fue el detonante de la explosión execrativa contra los prejuicios raciales. Épocas de protestas contra la Guerra de Vietnam, y de los primeros movimientos sociales estudiantiles en EEUU. Los Juegos Olímpicos de México notaron este hecho, diversos atletas americanos de color suspendieron sucintamente su presencia en los mismos, deportistas afectados con la causa como el baloncestista Lew Alcindor (posteriormente Kareem Abdul-Jabbar) decidieron, sin la menor de las dudas, renunciar a la participación.

Ni Jet Smith ni John Carlos decidieron tomar parte del boicot, sin embargo, tenían preparada una protesta aún más efectiva y dinámica. Anteriormente, atletas como Jessie Owens habían plantado cara al nazismo en la propia Berlín, en lo que eran los juegos preparados por Hitler para convencer al mundo entero de la superioridad aria, pero nada comparable a lo acaecido aquel 16 de Octubre de 1968.

La carrera fue limpia, Carlos partía como favorito en los 200, en los Trials que antecedían a los Juegos había vencido a Smith con plusmarca mundial. Entraba en los últimos 100 metros con una ventaja que debía bastarle, pero Jet demostró sus enormes aptitudes y sobrepasó fugazmente a John. Éste, desfondado, también se vio superado por el australiano Peter Norman. Smith entró en meta con una marca de 19.83, primera vez que se bajaba de 20 segundos.

Habían conseguido su propósito, el propósito realizado en una pista menos deportivo que jamás se había hecho. Tanto Smith como Carlos podían efectuar esa conjura con la que tanto habían soñado, y por si fuera poco, se vieron acompañados solidariamente por el australiano medalla de plata, que se colocó una pegatina en contra de la discriminación racial en la solapa. Los dos estadounidenses se enfundaron un guante negro, Smith en la derecha y Carlos en la izquierda, y salieron al podio sin zapatos, con unos altos calcetines negros totalmente extendidos (símbolo de pobreza) y la misma pegatina que lucía Norman. Sus cuellos se veían rodeados por un pañuelo negro.

Ante la primera nota de su himno nacional alzaron el brazo poseído por el guante y agacharon sus cabezas, la protesta se estaba consumando. La escena se emite en directo en todo el mundo, la grada transmite un ruido ensordecedor, chillidos racistas toman el estadio, y los tres atletas tienen que retirarse escoltados debido a la agresividad del ambiente. El presidente del COI, Avery Brundage, encoleriza en la grada. En una decisión inmediata decide expulsar a los dos atletas de la Villa Olímpica y despojarles de la presea limpiamente obtenida.

Sus vidas a partir de aquel entonces cambian radicalmente. Sus amistades se alejan por el miedo, pierden el derecho a seguir compitiendo, reciben a diario multitud de amenazas de muerte, sus familias quedan en el paro. La mujer de Smith pide el divorcio, y lo que es peor, la de Carlos (que fue la persona que compró los guantes objetos de la protesta) no puede aguantar la presión y decide acabar con su vida. Tommie Smith, plusmarquista mundial y medalla de oro olímpica, tiene que subsistir lavando coches por tres míseros dólares al día. Ningún organismo actuó en su defensa.

Afortunadamente, el tiempo pasó, con la adaptación social y el fin (lamentablemente, nunca total) de la discriminación Smith fue contratado como entrenador para una universidad del estado de Georgia. Hoy en día la foto del podio olímpico preside su despacho por donde pasan miles de jóvenes atletas. Éstos suelen preguntarle a Smith si es él el de la instantánea, él afirma siempre con tranquilidad.

"Ese gesto destruyó mi vida, pero ayudó a construir mi patria".