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viernes, 5 de abril de 2013

Escarches y lo miserable que es uno

Voy a hacer una confesión de esas que relatan las partes más oscuras del alma de uno que reservaba para cuando publicara mis memorias, o mi carrera editorial necesitara de un artículo polémico que me diera popularidad. Al hilo de una escena relatada por Enric González dándole vueltas al tema de los escarches y su relación con el terrorismo nacionalista vascomusulmán he caído yo también en el asunto. Él la nombra de refilón, para ilustrar el tema principal, pero a mí me ha recordado bastantes reflexiones y sombras morales mías previas. La primera vez que la vi fue ficcionada en la ultra-mega-magistral-must serie Hermanos de Sangre (Band of brothers), que narra el frente europeo de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Ya avanzada la temporada, cuando allá por Holanda y tal, el ejército estadounidense va liberando pueblos de la ocupación nazi (¿SPOILER?). Posteriormente la he vuelto a ver en artículos, libros, y mucho más explícitamente, en documentales. Y al final, siempre acabo pensando lo mismo. En el fondo (o más bien superficialmente), me acabo dando bastante asquito a mí mismo. Pero qué se le va a hacer.

No, la cosa no va de judíos. Es el rapado y exhibición pública subidas a un camión de las vecinas que habían estado congraciando y follando con los nazis en la ocupación belga, holandesa y francesa. Éstas, en su mayoría jóvenes y agraciadas, bien por amor o por puro instinto de supervivencia, y como ya he comentado elegantemente, se follaban al enemigo. Voluntariamente, no forzadas. Que eso es otra historia. Al enemigo que en la misma ocupación de su ciudad (no un enemigo abstracto, propagandístico), saqueaba, explotaba, humillaba y asesinaba a sus vecinos y destrozaba sus edificios y sus calles. Cuando los Aliados llegaban y liberaban las ciudades, los supervivientes, resabiaos ellos, les daban el mencionado paseillo. Y ya en la calle los hombres les pegaban, los niños les escupían y las amas de casa les tiraban fruta podrida. Les perseguían, les gritaban, atacaban sus casas, les insultaban, las marcaban. Esta moda se inició en los Países Bajos y fue avanzando con la línea del frente hasta Francia. Y paradojas de la Historia, era una situación análoga a la que realizaban de forma espontánea los vecinos rusos, bielorrusos e ucranianos en sus respectivas liberaciones con sus respectivas concubinas germanófilas. Cosas de la condición humana, me imagino. 

Eso está mal, y es un mal absoluto. Lo veo y lo sé. Reconozco en las imágenes el rencor, el odio, la venganza, la humillación. Todo muy desmedido. Son almas humanas vomitando una bilis negra y ponzoñosa que sólo empeora la injusticia que pretende arreglar. Y sin embargo, no me dan ninguna pena esas zorras. Lo siento en el alma, pero no. Lástima sí, claro. Pero no me sale un yo muy digno de mis adentros que les gritara a la plebe enfurecida no tíos no, no hagáis eso, que también son seres humanos y merecen sus dignidad. Será empatía. Por la plebe, digo, no por las muchachas. Pero no. Y lo escribo ahora, lo releo y me encojo de hombros. Lo único que estoy haciendo es confesarme sin un ápice de propósito de enmienda. Como comentario sociológico, nada más. Así que ahorraos la moralina, porque es que no puedo asegurar, por mucho que yo sepa que está mal, que de vivir yo allí no disfrutaría rapando y escupiendo yo mismo a cualquiera de esas putas. Será que no tengo yo una moralidad a prueba de bombas (quizá ni acaso de petardos), que la propaganda me ha calado hasta los huesos, que tengo una visión muy depurada de lo que es una guerra y la humanidad o que de esta última no tengo ninguna. Y quiero creer, seguramente porque me veo obligado a ello, que de haber ostentado algún tipo de cargo de autoridad en tal situación habría hecho algo por detenerlo. General, comandante, alcalde o algo así. Más por defender unos principios universales en los que se supone que creo que por sincera piedad. Pero como no, como hubiera sido un manolo más, hubiera disfrutado dándole yo mismo el primer guantazo. Igual aquí la pregunta definitiva es si hay odios legítimos, porque que el odio habla es una evidencia. Yo para ciertas preguntas no tengo respuestas. Pero tengo intuiciones, y a falta de algo mejor son las que dejo que me guíen.  Así que hoy vuelvo a ver una nueva versión de dichas imágenes, que al final es una historia más vieja que las piedras, y me quedo igual. Lo dicho. No me dan ninguna pena esas zorras.


sábado, 16 de marzo de 2013

Con la gracia en paro

El escritor que no escribe es o porque no tiene nada que decir, o porque es demasiado flojo como para decirlo. Ese es el Primer Axioma. El Segundo Axioma es que el buen practicante debe ejercitarse con una media de 500 palabras al día, y el Tercer Axioma es que de lo que se come se cría. Partiendo de la base de que en cuanto ejercicio llevo atrasado aproximadamente el equivalente a dos o tres producciones completas de Proust, que mi bloqueo creativo no es sólo expresivo, sino que también presento una incapacidad receptiva equivalente al Ministerio de Finanzas griego, y que hace mucho tiempo que sospecho que en el remoto caso que yo tenga nada que aportar al negro mundo de la opinología esto muy bien podría no importarle un nabo a nadie, debo reconocer que no estoy nada contento con esta situación.

En realidad yo diría que el problema radica en mi ordenador nuevo. Me da a mí que yo le tenía el punto cogido al teclado antiguo y con este no me termino de sentir cómodo. Yo creo que está relacionado con la postura de los brazos o de la espalda, que me queda muy rígido, y claro, así no se puede crear. También es cierto que la llama que lame mi mano más que llama va tirando a agua tibia, y que la patrulla de búsqueda que envié a las últimas esquinas de mi sangre en búsqueda de un duende me reporta no sólo una severa duendopenia sino un estado de degeneración física y lipídica que debería mirarme antes de que la panza que estoy criando me impida la visión de mi mismo pito. Lo mismo es que el fuego interior que uno creía tener se apagó, quizá definitivamente, igual hasta víctima de mi exilio asturiano. Es curioso, porque allí, creativamente encadenado y sujeto a una condena de opositor creí sentirlo varias veces. O puede que fuera fiebre. A ver si tengo suerte y conservo algún ascua o alguna brasa, y a base de avivarlo y prenderlo con magia de la de Cortázar y otros dioses quemo algo de imaginación o alguna experiencia pasada y me sale algún textillo. Mientras tanto protesto, que es lo único que se me ha dado bien en mi puta vida y con eso, de paso, practico un poco.

Plano. Planísimo. Como un rollo de cinta adhesiva al que se le ha perdido el extremo y vas recorriendo deseserado con la yema de los dedos en busca de algún doblez o algún escaloncito para sacarlo de nuevo. Y lo intentas y nada y pasas a rapiñar con la uña otra vez el rollo entero a ver si sacas ese apéndice útil de su fusión. Más o menos así me siento yo ahora mismo. Y nada. Que no me encuentro yo el extremo. O por poner otro ejemplo, como una manga pastelera rellena hasta arriba en la que te lías a apretar y apretar pero resulta que no sale nada porque del desuso se le ha taponado el boquete de chocolate así como reseco. En fin, supongo que lo único que me queda es apretar como un loco, a base de motivación y fé (a ver si las encuentro), hasta que una de dos, descongestione el boquete o me reviente  la manga pastelera en las manos. Claro que nadie me asegura que lo que haya dentro esta vez en lugar de chocolate no sea mierda.

Pues eso, que al menos me quejo. Y con esto me marco una publicación más en el blog, refresco a base de destrozarlas las lecciones más básicas de la gramática y la ortografía y quieras que no, por primera vez en año y pico, cumplo uno de los Tres Axiomas. Torbellino. Lluvia. Caballo. Pollino.


PD: Hola y tal.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Esclavos

Somos esclavos. Esclavos de poderes políticos que nos manejan con su manipulación ideológica, esclavos de los poderes financieros que nos acucian en pos de beneficios propios, esclavos de un sistema caduco que hasta el más necio de los tontos puede comprobar que ha sido consumido, esclavos de unos medios de comunicación que trabajan detrás de las ideas de los poderes financieros y políticos pero los sobrepasan en influencia, en el contacto directo invisible tan difícil de descubrir. Somos esclavos del S.XXI, diferentes pero esclavos al fin y al cabo, reducidos por la deshumanización, absortos, rendidos, obedientes. Soldados del sistema, luchadores incansables sin autonomía propia. Y lo peor de todo, somos esclavos de la egoísta naturaleza humana, identificable como única e incapaz de ejercer en común con el prójimo como bandera.

Eso es lo que demostramos a cada momento, en cada situación política crucial de nuestra vida. Es lo que vamos a demostrar mañana.

Porque si no fuésemos meros esclavos del sistema no nos costaría darnos cuenta de que somos la coartada de los tres grandes jefes. El débil al que responsabilizar ante el fallo, el ignorante que parte con la desventaja de no saber qué es lo que verdaderamente ocurre, el animal manipulable y manipulado. La cabeza del alegato, los culpables y las víctimas.

Si no fuésemos esclavos nos pondríamos de parte del humano, porque el único humano que no es culpable, el hombre irresponsable, el que no ha llegado a la corrupción es el ser humano común, el hombre de la calle. No sólo el trabajador, no sólo el parado, no sólo el pobre. El hombre que no esté en la cúspide de alguno de los tres sistemas que nos miran desde la atalaya de la jerarquía. Da igual su función, su labor, su estatus, su clase. El empresario, el obrero, el jefe, el trabajador. Somos todos esclavos de las miras, y si no lo fuéramos no atenderíamos a clasificaciones.

Si no lo fuéramos no nos importaría tener joyerías, trabajar en la Junta, estar parados, ser dueños de dos bares, ser de izquierdas, ser sindicalistas, recoger uvas, ser estudiantes, ser de derechas, vivir en la ciudad o vivir en el campo. Si no fuésemos unos putos esclavos de un sistema caduco, corrupto y manido mañana sería un buen día para protestar, como también lo era el 15 de mayo o el 19 de septiembre. No para protestar contra la reforma laboral del PP, sino para protestar contra ese Gran Hermano que nos atosiga y que día tras día se parte de risa en su despacho contemplando desde su vidriera cómo nos peleamos entre nosotros, y descojonándose al recordar cómo nos llaman a la paz desde su sistema democrático, que nunca tuvo tan poco de democracia.

viernes, 23 de marzo de 2012

Secuestro electoral

Pues sí, resulta que aquí tenemos elecciones en dos días. Y así es como estamos, atados de pies y manos por unas papeletas que nos llevan en cadena por un camino predeterminado y que además, dan bastante asquito. Apestan, vaya. El sentimiento generalizado, o al menos el que yo puedo percibir, es que por estas latitudes no nos hace ninguna ilusión eso de tener que ir a votar el domingo. Es una especie de pa qué muy grande y muy desagradable en que vamos con las cartas marcadas y en el que Andalucía se ve obligada a elegir entre lo malo y lo peor. Cuando Camps ganó las pasadas elecciones Valencianas, muchos de allí dijeron que si los valencianos fueran hobbits, habrían votado a Sauron. Puestos a seguir con ese símil, podríamos decir que los andaluces fuésemos los hobbits ahora, tendríamos que elegir quíen preferimos que nos proteja: si Sauron o una piedra. Desde luego que uno tiene peor pinta que el otro, pero... ¿¿¿qué coño va a hacer una puñetera piedra por nosotros??? Bah, dejadlo. Probablemente si la mejor opción que tenemos para velar por nuestros intereses es un cacho de roca, la mayor parte de la culpa sea nuestra. Y lo que me jode no es que muchos vayan a optar por ella, sino el Club de Fanáticos Adoradores de la Piedra que se monta en torno a ella. Si yo pudiera, optaría por lo adoradores de la sandalia (todo el mundo sabe que aparecieron antes que los adoradores de la calabaza), pero desgraciadamente no se presentan en Andalucía. Tampoco el Frente Judaíco Popular, ni el Frente Popular de Judea. Eso facilitaría en algo las cosas. Pero no, ellos prefieren quedarse con sus cosas y olvidarse de nosotros.

Asumámoslo. Incluso antes de plantearnos el voto. A estas alturas de la película, aquí ya sólo tenemos tres opciones posibles para la noche de la jornada electoral. O gana el PP por mayoría absoluta, o no consigue esa mayoría absoluta y el PSOE pacta con IU, o una última opción posible pero muy poco probable, que UPyD saque escaños suficientes para darle el gobierno a PP en caso de que no llegue a la dichosa mayoría absoluta. Visto así, ¿quién prefiero que gane? Bueno, la respuesta es obvia. Nadie. ¿Quién me da, entonces, más miedo que pueda hacerlo? Uf, sabe Dios. Hay que elegir entre los corruptos que se han llevado nuestro dinero (y mannda cojones que la cosa sea tan repugnante como para que ellos sigan siendo una opción), o los que ya han empezado a podar por el resto del país y se guardan la traca final para cuando las elecciones acaben. Es completamente cierto que 30 años de socialismo son demasiados y es imperativo un cambio, pero precisamente ahora... No sé, lo mismo no sea tan malo aguantarlos cuatro añitos más a cambio de conservar la sanidad pública y gratuita, las becas escolares (Andalucía es la que más ofrece) y la apuesta por las renovables. Y sí, estoy diciendo que quizá no sea tan malo soportar a esos a cambio de conservas esas cosas. A los que han robado el dinero de los despidos, han dado contratos a sus familiares y se gastaban nuestros recursos en kilos de cocaína. Si para alguno es difícil leerlo, imagínense para mí que lo estoy escribiendo.

¿Votaré al PSOE entonces? Ni de coña. Sólo decía que entiendo que visto lo que se nos viene encima, para algunos continúen siendo una opción. Pese a que yo les deseo el mayor de los fracasos. ¿Votaré pues, al PP? Los cojones. Pero vista la alternativa, pues me parece lógico hasta que ganen. Entonces, si lo que temo es perder esas conquistas sociales de las que gozamos aquí... ¿Debo votar a IU? No. Ya he dicho que no voy a votar al PSOE. Y aunque a nivel nacional aprecie con sinceridad lo que está haciendo ese partido, no puedo votar en conciencia a alguien que ha demostrado la falta de independencia más absoluta en nuestra comunidad. Bueno, parece que la mejor opción posible sería un gobierno del PP en minoría con UPyD. ¿Es la mejor opción de voto entonces? Venga hombre, imposible. ¿Cómo voy a votar a un candidato tan jodidamente feo y con esa cara de pollo? ¿Qué pasa? ¿Por qué me miran así? ¿Ellos se pasan todo el año repartiendo argumentos populistas y oportunistas y yo no puedo usar uno ahora?

Total, señores que yo ahora mismo me debato entre tres opciones. O voto a EQUO (siempre fui un enamorado de las causas perdidas), o voto a Ciudadanos en Blanco (el único voto realmente útil, la verdad) o me cojo un papeleta del PP (ya que va a ganar), me limpio el culo con ella después de cagar, y la meto impregnada de mierda en el sobre para demostrar mi más sincera opinión sobre nuestro sistema democrático y las opciones que contamos. Ya lo decidiré sobre la marcha. Según cómo tenga de suelta la barriga el domingo.

                                                                     ¡VOTE PIEDRA! ¡No somos tan malos como los otros!

sábado, 4 de febrero de 2012

Decrecimiento

Somos muchos los que hemos visto la luz en estos últimos tiempos, la luz que nos ciega con su ambición, su corrupción y su fallo. Hemos visto como nos estamos dirigiendo hacia la infinitud de un mundo finito, hacia la confirmación de unos objetivos sociales que visto está que no aportan nada bueno ni al hombre ni al mundo. Hemos (pre)visto el fin de aquello que nos vendieron como solución definitiva, y vemos con pavor como el movimiento pendular que tantas veces ha demostrado existir a lo largo de la historia nos introduce en el entreacto de esferas políticas que juramos no volver a repetir. Sin embargo, existen corrientes que luchan para frenar este bólido de carreras que se aproxima a 300 km/h hacia una tapia fijada.

¿Que qué es el decrecimiento?

No sé si es mejor buscarlo wikipedia o entenderlo con un ejemplo. Yo pongo la anécdota, el enlace buscadlo vosotros:

En un lugar perdido de la Amazonia brasileña, unos misioneros se adentraron en esa región hasta encontrarse con unos indios que dedicaban su labor a cortar leña con instrumentos primitivos. Los misioneros en pos de ayudar a los indios les obsequiaron con unos cuchillos inoxidables de fabricación norteamericana, aceptados con extrañeza por los últimos.
Un par de años más tarde los misioneros regresaron a la tribu brasileña y les preguntaron por los cuchillos, a lo que los indios responden que les va muy bien desde entonces, que tardan diez veces menos en cortar la leña. Ante eso, los misioneros comentan que se imaginan que la producción, por lo tanto, será diez veces mayor. Pregunta que sorprende a los nativos, que perplejos replican diciendo que no, que ahora tienen diez veces más de tiempo libre para dedicárselo a aquellas cosas que les hacen más felices.

miércoles, 25 de enero de 2012

Con la venia de su CALAÑA

“Alarma social”. “Gran alarma social”. Con esas palabras ha presentado hoy el Ministro de Justicia, Alberto Ruíz Gallardón, el cambio de ciclo que se está empezando a gestar en España, un cambio de ciclo generado por la inquina y el resentimiento. Un movimiento surgido de la venganza popular, de la sinrazón vengativa carente de los elementos objetivos necesarios para construir un ordenamiento jurídico no ya justo, sino lógico. Lógico con el progreso, con la equidad, con los valores que han convertido al mundo en un sitio, dentro de su miseria, mejor de lo que era antes.

Pero, ya sabemos, el dolor y el miedo traspasan fronteras, y la idea de alternación de posiciones es, incluso, algo coherente con las tendencias semirradicales. Vamos, que puedo llegar a entenderlo en una situación límite a pesar de mi condena. No es menos cierto que me duele comprobar como la noción de justicia se ve menoscabada por gente que la utiliza como sinónimo venganza, afortunadamente hasta hoy consideraba que de lo poco bien que se hacía ahí arriba, en ese púlpito de dioses políticos que hacen y deshacen a su antojo, era no tolerar la intervención popular en el poder legislativo, en el poder judicial.

Hoy eso ha muerto.

Hoy el pueblo ya no es sinónimo de libertad (si es que alguna vez lo fue). Es sinónimo de masa enfurecida, de tropezones aderezados con el calor de las antorchas que claman “JUSTICIA, JUSTICIA” intentando derribar las puertas del castillo, donde el asesino espera.

Se ha muerto la relación de causalidad, ha muerto la igualdad tipificada. Si la intención expuesta por el Ministro Gallardón sigue adelante, la objetividad de los requisitos penales ha dejado paso a la subjetividad y a la popularización de la justicia.

Alarma social, es decir, cuando los medios de comunicación quieran. Cuando la vox populi salga de la cueva movida por el morbo y la influencia. Entonces ahí se podrá aplicar la “prisión permanente revisable”. Sí cuando la víctima del homicidio sea una niña con cara de ángel, no cuando la víctima del asesinato sea un vagabundo. Sí cuando el asesino sea un asesino en serie, no cuando el asesino sea un asesino de traficantes.
La alarma social, el concepto que desde hoy se utilizará como algo nuevo que ya existió, y que me acerca poco a poco, idea tras idea, al verdugo, a la plaza y a la horca.

jueves, 12 de enero de 2012

Aviso de bomba

Algunas veces, un grupo terrorista hace una llamada de advertencia después de colocar un artefacto explosivo. "Aviso de bomba", lo llaman. En esos casos, lo normal es que la policía desaloje el lugar, el artefacto explote y no haya víctimas mortales. De eso se deduce que el final último de ese atentado, y el de todos los actos terroristas, no es el mero asesinato. Qué va, eso es sólo el medio del medio. El verdadero fin del medio es el miedo. Ellos quieren conseguir sus objetivos finales a traves del terror, inclulcando ese temor en lo más profundo de la mente y el ánimo de la gente. El terrorismo sueña con llegar tan profundamente al corazón de la sociedad, que ese miedo llegue a condicionar sus acciones y sus decisiones. El terrorismo empapa de miedo y cala hasta los huesos con su pesadilla, infiltrándose en el ánimo general como un cáncer penetra y se expande por el tejido de un organismo sano. Quiere que miremos debajo de los coches, que caminemos deprisa por un lugar amenazado, que desconfiemos de todos, que aceleremos el paso cuando volvemos solos de noche a nuestras casas y que giremos la cabeza al doblar las esquinas. Y que cuando ponen una gran bomba en algún lugar concurrido, avisan y esta explota pero no se lleva por delante a nadie, pensemos "ufff... menos mal. No ha pasado nada, pero podría haber pasado". No ha pasado nada, pero podría haber pasado. Podría. Y si no ha sido así, es casi casi porque ellos mismos no han querido. Porque podría haber pasado. No obstante, al final, haya ocurrido o no lo peor, los terroristas son perseguidos, y si los pillan, castigados. Castigados ejemplarmente incluso cuando no han sesgado ninguna vida, porque no se puede hacer terrorismo. No se puede usar el miedo como método de dominación de la gente. Está prohibido.


Algunas veces, un Gobierno hace un esfuerzo y habla claramente a los ciudadanos. Normalmente esto sólo pasa en determinados países. Un pequeño porcentaje de todos los que hay en el mundo, en realidad, cuando su población ha alcanzado ciertos nivéles mínimos de democracia". Pero bueno, esto no es lo que nos ocupa, así que desarrollemos este minoritario caso. Decíamos que, a veces, un gobierno hace un esfuerzo y habla claramente a sus ciudadanos. La cosa está muy mal, dice. Muy pero que muy mal. De verdad, tenéis que ser conscientes de lo jodidos que estamos. Todos. Vosotros y nosotros. Vamos a tener que hacer grandes sacrificios para salir de esta. En serio, la cosa está malísima. Y si no conseguimos salir de esta, nos espera lo peor. Hay que pasarlo un poco mal ahora para salvarnos, porque esto se hunde. Como no lo arreglemos, hacemos crak. Nos vamos a pique. Adios. Arrivederci. Good bye. Vamos a tomarnos unos días para reflexionar profundamente y ya el viernes os decimos qué tenemos que hacer para salvarnos. Pero de verdad, no sabéis lo tremendamente mal que estamos. De hecho, ni siquiera estamos completamente seguros de que tenga solución.


Durante una semana, el pueblo contiene la respiración y espera lo peor. Los diarios y los políticos van soltando ideas, el apocalispis está más cerca que nunca y la gente se va cagando por las esquinas. Y así llegan al susodicho viernes (este día es intercambiable, ojo, sólo es un ejemplo ficticio), con la población ya anóxica perdida, y anuncian lo que han pensado en el cónclave. Todo ello, son "medidas temporales, aunque no definitivas, consecuencia de la terrible y extraordinaria situación que estamos atravesando" (por mucho que esto sea un ejemplo ficticio lleno de variables, es asombrosa la constancia de ese elemento). Entonces el pueblo respira al fin, aliviado, y piensa "ufff... menos mal. Vale, es una putada, pero la cosa es que está muy mal, así que podría haber sido peor".  Nadie lo duda, podría haber sido peor. Es cierto que aquí siempre pagan los mismos y siempre hay gente que nunca paga, pero ey, podría haber sido mucho peor. Fíjate, macho, que con lo mal que estamos aún conservamos la mayoría de la sanidad y la educación pública, la justicia que nos queda es gratuita, y sólo van a esclavizarnos un poquito. Y que con la que está cayendo, que sólo nos esclavicen un poquito es una suerte. Porque, já, al menos pueden hacerlo. Si no trabajáramos, ni podrían. Luego, haciéndo un mínimo y sutil juego malabar con el lenguaje y la lógica... ¡Es una suerte que puedan esclavizarnos! ¡Y encima sólo un poquito! ¡Qué buenos son nuestros amos! ¡Azótennos con látigos de terciopelo! ¡Golpeennos con los guantes puestos! ¡Córranse en nuestas bocas! ¡Disparennos con balas de fogueo!


Y así, asombrosamente, el pueblo acepta cosas que hace un par de años hubieran incendiado el país mientras los que hicieron el aviso de bomba los esperan en vano mientras sus huesos se van pudriendo en la cárcel y los libros de historia del siglo XX  reposan tranquilos en las estanterías de los estudiantes.



lunes, 24 de octubre de 2011

"Adiós, mafiosos, adiós", Pablo Ordaz

Si algún día de estos, mareados por la lógica alegría, se olvidan de quiénes eran y a qué se dedicaban los tres pulcros encapuchados que salieron ayer en televisión, llámenme y charlemos. Ahora estoy en Roma, pero tengo buena memoria y aquí el café es excelente. Es verdad que no retengo demasiado bien las fechas, pero sí las caras y los olores. Las caras de Alberto y de Asen, por ejemplo. Regresaban de madrugada a su casa de Sevilla cuando un terrorista los mató a los dos, dejando a tres niños solos para siempre. También recuerdo el rostro de Joseba, que en el sótano de la Casa del Pueblo de Andoain me enseñó -qué valiente era aquel tipo- una llave gigantesca hecha con corcho blanco y papel de plata que pensaba entregarles a los que, con la nocturnidad de los cobardes, le habían quemado el coche y colocado una llave de verdad en su buzón para advertirle de que en cuanto quisieran se lo cepillaban. Lo hicieron, malditos sean, unos días después. También recuerdo la angustia que me embargó aquella mañana en Rentería durante el pleno de condena por la muerte de José Luis Caso. Un hombre sentado junto a mí movía la pierna con nerviosismo. Su rodilla golpeaba la mía. Le pregunté qué le pasaba, me dijo que José Luis era su amigo, que fue él quien lo convenció para que se metiera en política, pero que ahora lo habían matado y que él tenía que ocupar su puesto de concejal del PP. Le di un abrazo y le deseé suerte. Dos o tres semanas más tarde fui a su entierro. A Manuel lo asesinaron cuando regresaba de comprar el pan. Nadie vio nada. Nunca nadie veía nada. En aquellos tiempos no tan lejanos, solo la mafia lo veía todo.

Gracias a esa gente que vivió con sus ideas a cara descubierta, aunque le fuera la vida en ello, estamos celebrando ahora la derrota

Así que fíjense, aquí en Roma, tomando café en el San Eustaquio -tal vez el mejor café del mundo- y recordando a los hombres y a las mujeres valientes. Gracias a ellos, no se líen, estamos celebrando ahora la derrota de la mafia. A esa gente que vivió con sus ideas a cara descubierta, aunque le fuera la vida en ello. Nada que ver con los de las capuchas o los que, desde las ventanas cerradas del miedo o la complicidad, siguieron viviendo cómodamente mientras a otros se les caían las llaves para mirar disimuladamente si les habían puesto una bomba en los bajos del coche. Pero dejémoslo, no es día de rencores sino de alegrías. Hoy es un día mucho tiempo soñado, así que ya no les cuento que Silvia tenía seis años cuando la asesinaron o que se me saltaron las lágrimas cuando, camino de Ermua, me enteré de lo de Miguel Ángel. ¿Se acuerdan de aquella imagen del padre llegando a su casa con la ropa de trabajo manchada, agarrotado por un presentimiento, sin saber todavía que a su hijo, al que había conseguido dar una carrera después de una vida de desarraigo y estrecheces, lo habían secuestrado para matarlo? En fin...

Dejemos el café y pidamos una grapa o un chacolí de Getaria o una manzanilla de Sanlúcar o, casi mejor, un tequila de mi adorado México y brindemos por la derrota de la mafia. Ah, pero antes les dije que tenía buena memoria para los olores. Y de aquellos años que me tocó escribir de los verdugos y las víctimas recuerdo un olor en especial. El olor a quemado de las Casas del Pueblo. Déjenme que les cuente. Durante aquellos años oscuros en que ETA puso en marcha lo que vino en llamar con ese lenguaje suyo tan ruin "la socialización del sufrimiento", en muchos pueblos del País Vasco solo quedó una lucecita encendida, un voluntarioso y heroico faro en medio del temporal. El de las Casas del Pueblo. Al atardecer de sus vidas, jubilados de los Altos Hornos o de La Naval, algunos con apellidos interminablemente vascos y otros con el sur del que emigraron acariciándole el acento, se juntaban en la Casa del Pueblo para retarse al dominó o a las cartas. Vistos desde fuera -desde los cristales blindados de la mil veces quemada Casa del Pueblo de Hernani- parecían jubilados corrientes, café corriente, coñac corriente, achaques corrientes, batallitas corrientes. No era así. Se lo digo yo que los observé durante tardes enteras. Hacían como que tomaban café, pero a lo que se dedicaban verdaderamente era a la política. Resistencia civil frente a la mafia. Lo habían hecho en sus años mozos frente a Franco y lo hacían ahora frente a los nuevos dictadores del terror. Los jubilados jugando a las cartas entre los restos de una Casa del Pueblo que acababan de quemar fue durante mucho tiempo la estampa más conmovedora y más democrática. La única que rompía el paisaje ultranacionalista que la mafia quería imponer.

Así que disculpen la plática y, ahora sí, brindemos ya por ellos a la sombra del Panteón. Ellos son hoy los protagonistas. Esta paz fue construida día a día, durante años, por un jardinero de Zarautz que iba al trabajo con escolta, que no podía bajar la basura y que los fines de semana se tenía que ir de Euskadi para poder pasear a solas con su hijo. No, nunca, jamás, por un pistolero con su ridícula capucha. Brindemos lo que haga falta, pero sin olvidar ese pequeño detalle.

...................................................................................................................Pablo Ordaz 

jueves, 25 de agosto de 2011

Carta de un exiliado

Seamos honestos y comencemos por una obviedad: como exilio es una puta mierda. Huir a Italia por escapar de España es hacer bueno el ancestral dicho de salir de la sartén para caer en las brasas. Al menos, en la Italia en la que yo me encuentro, pues trazando una línea imaginaria que pase justo por debajo de Florencia, y tirando parriba, comienza otro país totalmente distinto, bastante más digno, pero que, cosas de la vida, resulta que se llama igual.

Nos vamos acercando, sin embargo, a tiempos en los que cualquier destino es bueno para huir de nuestro país. Pero insisto, seamos honestos, poco tiene que envidiar en materia de calamidad la bota al toro. Para empezar tiene a un Belrusconi que nadie quiere y al que nadie ha votado en su vida, pero eso da para otra carta. Por lo demás, la miseria, la mierda, la prostitución social y cultural y la absoluta indiferencia por todo son tremendamente superiores aquí. Aunque es cierto que la cosa no está tan malita, que se les ve felices y que los dineros no están aún tan mal. Podríamos decir que Italia es una gran mierda a flote, mientras que la nuestra, aunque ligeramente más pequeña, hace ya tiempo que se hundió.

Total, que me exilio aquí pensando que va a ser Inglaterra y me encuentro con que ni mijita. Y aún así, tan mejor que España. Y van pasando los días, y ni siquiera este ambiente de estar paseando por un Titanic llamado Atenas justo antes de irse a pique me hacen ver la silueta de mi país en las nubes ni contar las gaviotas del destierro. Sólo he claudicado en una cosa: me prometí a mí mismo no interesarme por nada de una España que hace ya tiempo que empezó a ignorarme a mí y a tantos otros. Pero no pude hacerlo.

Tanto en italiano como en español podría definirse nuestra situación actual y todo lo que me he perdido: un presidente inútil que se da cuenta de su desnudez y se bate en retirada, un nuevo candidato prometiendo el oro y el moro que ha negado y retirado mientras estaba en el gobierno, otro imbécil desnudo limpiando el trono y haciendo llamar al sastre para que vaya confeccionando el traje de gala de tela invisible, y tal y cual. El fluir ancestral de nuestra España. Sin embargo, incluso estas lenguas presentan sus limitaciones. Por ejemplo, en todo vocabulario romance no disponemos de ninguna palabra que pueda expresar con la certeza y verosimilitud lo que expresa la voz nipona "bukake". Que es, precisamente, lo que se está cocinando ahora mismo en nuestro parlamento: un grupo de unos 250 diputados dándose placer ellos solos a base de palabras bonitas y manotazos prepuciales a puntito de descargar el santo producto de sus cojones sobre una pobre dama humillada, pasiva y desvalida.

Puede haber cierta controversia sobre quién es la dama de la metáfora: solamente la Constitución o quizá todos nosotros bajo el nombre de España. Pero al final el resultado es el mismo. Si la reacción, indignación y el movimiento social no lo impide, es lo que vamos a tener. Doscientos cincuenta diputados, políticos de profesión, corriéndose de sinvergonzonería pura sobre nuestras cabezas. A tragar todos semen caínita por orden de Alemania. Y van los 250 mandaos orgullosos y fanfarrones, tocándose la polla como unos machotes. Y nosotros a abrir la boca. Así, sin referéndum ni nada.



jueves, 16 de junio de 2011

Vienen nubes negras

Me niego a seguir viendo los telediarios de Antena 3. Me parece una putísima vergüenza el viraje tan descarado que vienen haciendo desde hace unos meses hacia la bragueta del señor Rajoy. Una cosa es que busque la pluralidad escuchando la otra versión de las noticias, y otra muy distinta que aguante esa sensación que tengo cada día desde hace ya muchas semanas, de que poco a poco nos están metiendo un carajo bien gordo desde esa cadena, con dos enormes pes tatuadas en el glande. Algunos dirán que sigo escuchando La Brújula, Las Mañanas de Carlos Herrera, o leyendo las columnas del El País. Exactamente, porque cuando busco opiniones, las quiero escuchar desde todos los bandos. Pero cuando lo que quiero son noticias, exijo que al menos aparenten ser neutrales. Usar un espacio como el telediario para ir dilatando el ojete de los espectadores con nocturnidad y alevosía me parece, como mínimo vomitivo.

Evidentemente, algo ha cambiado cuando hacen cosas que meses atrás no. Supongo que ya ven irremediablemente cerca el advenimiento de su líder, y un medio que no siempre le ha respetado a nivel personal buscará congraciarse y dejar bien claro qué testículo cuelga más. Desgraciadamente, ahí veo yo el origen de todos nuestros males, en unas elecciones que ya sean en octubre, noviembre, marzo o cuando el demonio quiera mandarnos nuestro propio apocalipsis, ya están ganadas. Una etapa más de nuestro asqueroso “Turnismo (im)pactado”, que supone un avance con respecto al sistema de Cánovas y Sagasta. Si estos dos al menos se ponían de acuerdo en cuándo le tocaba a cada uno, el sistema de ahora consiste simplemente en sentarse a esperar que el otro se estrelle solo y sin ayuda de nadie, para levantarse entonces a recoger los restos y ocupar el sillón de presidencia. Nuestro “Turnismo esperado”. ¿Cuándo hay que soportar en la oposición? ¿Cuatro años como Zapatero? ¿Ocho como Aznar? ¿Diez como Rajoy? No pasa nada. Ancha es Castilla y cómodo el trono.

Qué quieren que les diga, ya que el PSOE nos ha sumido en un inmenso pozo de mierda en el que cada vez nos hunde más, así que lógico pensar que lo suyo es dar una oportunidad a los otros para ver si con sus métodos nos sacan. Pues lo peor que puede pasarnos es quedarnos igual, y eso lo tenemos ya asegurado con los que están, y al menos tienen la incógnita de la eficacia. Esa mentalidad, no exenta de su razón, es la que va a llevar al PP a Moncloa. Sin embargo, a poco que me paro a pensar, se me cae el alma al suelo. En tío que invariablemente va a gobernarnos dentro de unos meses no deja de ser el mismo que lleva tres años callado, siendo su principal baza estratégica no abrir una bocaza que pueda hacer a la gente pensar y restarle votos. Es el mismo tío que hace ruedas de prensa con guiones y sin aceptar preguntas (ayer mismo, la última). Es un orador pésimo, un comunicador asqueroso (“mmme ha pasado algo verdaderamente notorio…. Ehh…”), y un político denostado por la mayoría de los españoles (a su nota media en las encuestas me remito). Y sin embargo, va a ganar, porque parece la opción menos mala. Y es triste en un país con oradores políticos tan notables como Albert Rivera, Rosa Díez, Antonio Basagoiti, Julio Anguita, Duran i Lleida y Joaquín Almunia, vaya a ser presidente del gobierno semejante patata.

La única esperanza que tengo es que no consiga una mayoría absoluta que le dé total impunidad, y pueda verse un poco controlado por algunos partidos de los que dependa. Pues yo soy de la opinión de que en España no manda el que duerme en la Moncloa, sino el que le quita el sueño al que duerme en la Moncloa. Y sobre todo, me da fuerza creer que esta puede ser la última vez que vayamos a las urnas con una ley electoral avocada al bipartidismo, gracias al reciente despertar de nuestra sociedad y las exigencias que puedan plantearle esos otros grupos de los que dependa. Así, confieso que veo irremediable que Marianico llegue al gobierno, aunque no con mi voto (lógicamente, si el PSOE sobrevive y puede hacer algún tipo de oposición, tampoco contará con el mismo). Sin embargo, vuelvo a hacer la misma llamada que hacía al principio. Acuérdense de la última vez que abrió la boca el pollo que nos va a gobernar. ¿Les viene algo a la mente? Quizá sacando curas a la calle junto a señoras con sus collares de perlas contra los derechos de los homosexuales. Quizá los mismos curas contra el aborto, quizá los mismos curas contra cualquier otra cosa, portando y haciendo suyas una bandera que es de todos. ¿Van haciendo memoria de lo que dijo la última vez que habló? Quizá todas esas cosas. Quizá junto a todas aquellas que vinieron después. O quizá ninguna, porque quizá no fue más que una triste pesadilla.

martes, 24 de mayo de 2011

LLAMAMIENTO A LA PLAZA (crítica constructiva a la acampadacadiz)

Cuando miles de españoles salieron a la calle aquél glorioso domingo quince de mayo en el que despertamos, lo hicieron sin chaquetas, sin bandos, sin fusiles de uno u otro partido. Salimos a la calle indignados, gritando un sonoro y rotundo NO a aquellos a los que votamos hace tres años para dejar que les gobiernen otros. Teníamos muy claro lo que pedíamos: pedíamos Democracia Real. Estamos cansados de una democracia que es representativa en lugar de participativa, y que encima de todo, ni siquiera nos representa. Salimos a la calle con consignas claras: si votamos a políticos no queremos que nos gobiernen mercados, no entendemos porque en una estado “democrático” todos los votos no valen lo mismo, los políticos tienen privilegios que niegan a sus electores y los tres poderes no están separados. Salimos a la calle rojos de ira, porque entre los dos partidos que tratan de bipolarizar patológicamente nuestro Parlamento, acumulaban en sus listas más de 200 imputados por corrupción. No éramos ni de izquierdas ni de derechas. O mejor dicho, sí lo éramos, pero allí estábamos todos juntos pidiendo lo mismo. Fue la magia de aquél quince de mayo, que yo pudiera estar manifestándome justo por detrás de los miembros de Izquierda Anticapitalista, junto a amigos comunistas y capitalistas, a la vez que familias democristianas o conservadoras. No había color en Cádiz aquél domingo, sólo gritos de indignación pidiendo lo mismo: cambiemos las reglas del juego. Jóvenes, adultos, hombres, mujeres, trabajadores, empleados, estudiantes y parados no queríamos destruir el sistema. Queríamos cambiarlo, hacerlo más justo. Tal vez, para que la próxima vez que quisiéramos jugar a la Democracia, pudiera servir para algo.

España siguió así una semana, desde que el primer grupo de valientes conquistara la plaza de Sol y la hiciera bastión de nuestras protestas. Desde aquél lunes, miles y miles de ciudadanos, espoleados unos por los otros, gracias a aquella chispa recogida por las acampadas y prendida en viva llama, continuamos exigiendo lo mismo. Queríamos Democracia Real. Más plazas conquistadas surgieron como setas en todo el país, y más tarde, en Europa. En ellas la gente protestaba, tomaba el megáfono en las asambleas, decoraba los espacios con sus carteles, sus situaciones, sus frases. El pueblo salió a la calle y vertió todo su arte en ellas. Y el pueblo hablaba. Charlaban los unos con los otros, mientras los políticos hacían oídos sordos y a nosotros ya ni nos importaba. Como el prófugo de la caverna de Platón redescubrió sus ojos, nosotros nos encontramos con nuestras voces, y el gozo que nos producía escucharnos era estímulo suficiente. Las acampadas eran limpias, cívicas, educadas. Ejemplares en su mayoría. Comisiones cuidaban de los niños mientras los padres debatían, organizaban limpieza, recibían comida y mantenían el orden. El ejemplo, trabajo y estímulo realizado por tantos ha sido, sin duda, impagable. Gracias a todos, acampados o no, que han alimentado y mantenida viva la llama olímpica que ha incendiado España. Con un solo grito, ASÍ NO. Con un solo objetivo, CAMBIEMOS LAS REGLAS DEL JUEGO.

Sin embargo, como un corredor de maratón sin un recorrido marcado, el movimiento ha seguido corriendo sin saber exactamente donde va. Y lo que es peor, olvidándose de dónde tomamos la salida. Fue el domingo quince de mayo en el que, gracias a un movimiento sin ideologías, sin interés individuales, sin partidismos, se tiró la primera piedra. Pero ahora se habla de más cosas en las acampadas. Y hablar de ecologismo, feminismo, fuentes de energía, y posicionarse de una u otra forma ante tal ley mercantil es tomar partido por algo, desde una trinchera determinada. Es hablar de ideologías, de posturas. Todo lo contrario de lo que gritamos el día quince. Eso está pasando en muchas partes, en Cádiz también, y todos lo estamos viendo. Preocupado por lo mismo ayer fui a la asamblea de las ocho, y pedí el turno de palabra, y tomé el micrófono. Sí, era yo aquél chiquillo, por si algunos de los asistentes lee esto y lo recuerda. Avisé de que no éramos ni los primeros ni los últimos en levantarnos. Porque las revoluciones empiezan y acaban, y no siempre consiguiendo aquello para lo que nacieron. Para ver revoluciones, sólo hay que abrir un libro de Historia. Y esa en la que tanto nos inspiramos, el Mayo francés del 68, acabó muriendo de vieja, apagada poco a poco, sin ver cumplido muchas de sus reivindicaciones. Al menos se despertaron, dirán algunos. Y es cierto. Y aquí, pase lo que pase, al menos nos hemos despertado, dirán otros, y eso de por sí ya es un tremendo triunfo. Eso es aún más cierto. Pero estamos rozando con la punta de los dedos un éxito aún mayor, y es ver traducido todo el movimiento que empezamos hace una semana en cambios concretos. En cambios en las reglas del juego. Lo único que tenemos que hacer, todos los que deseamos algo así, es sentarnos en nuestras plazas, y gritar con una voz única: señores políticos, esto es lo que queremos: cambiar la ley electoral, eliminación de vuestros privilegios, mayor control del sistema financiero y separar los poderes legislativo y judicial. Eso, o lo que sea. El consenso de mínimos al que se llegue. Pero que sea aquello que podamos gritar entre TODOS con una sola voz, unidos codo con codo tantos tan diversos, y aún más, como en aquella manifestación. Esa fue mi propuesta a la asamblea, y me senté.

No demasiados pensaron como yo. Casi todos los que hablaron después opinaron, incluidos algunos de los organizadores de la acampada que tomaron la palabra, cosas como “cambiar la ley electoral ya no es una de las prioridades”, o ”Yo antes que quedarme en un detalle como la ley electoral prefiero intentar cambiar el mundo en el que vivo, que es una puta mierda”. Y continuaron hablando de feminismo, ecologismo, debatir tal ley mercantil, qué posición tomamos ante tal problema de tal barrio. Desgraciadamente, en eso es en lo que se han convertido acampadacadiz, y muchas otras. Ojo, que me parece que querer cambiar el mundo, y luchar por ello, el algo tremendamente lícito. Y hermoso. Y cada cual que lo haga desde la postura que en su conciencia crea conveniente. Pero ni yo ni los que salimos a la calle el día quince fuimos convocados por la plataforma Democracia Real Ya para cambiar el mundo. Gritamos indignados para pedir Democracia Real. Gritamos indignados para cambiar las reglas del juego. Y para que después, en igualdad y justicia de condiciones, y según lo que su conciencia le dictase, jugase su partida.

domingo, 15 de mayo de 2011

Mi último café con Bin Laden (Café Talibán I)

El café de ese domingo tuvo una compañía inesperada: miles de estadounidenses echados a la noche de las calles portando banderas, sonrisas, gritos y felicidad. Los luminosos de la Gran Manzana dejaban correr la noticia por sus pantallas: “Osama Bin Laden was killed by USA Army”. Cada vez que estas palabras parpadeaban, arreciaba la alegría. Me puse a estudiar una hora más tarde de lo previsto, pero supongo que mereció la pena. Fue un café recalentado un par de veces, pero un café histórico al fin y al cabo. También fue un café extraño. Esa fue mi primera reacción, una vez hube asimilado la muerte del líder de Al Qaeda y lo que eso pueda significar: había cientos de miles de ciudadanos celebrando la muerte de un hombre. En aquél momento ni lo censuraba ni lo dejaba de censurar. Simplemente, no sabía qué pensar de aquello. Sólo eso: extraño. A muchísimos de los que hemos recibido una educación basada en la moral occidental (y por tanto, cristiana), algo nos incomodaba en la conciencia al ver aquello. Como una astilla recién incrustada en un dedo. Celebrar la muerte de un hombre, y con aquellas muestras tan exageradas de alegría. ¿Pena? No creo que nadie sintiera pena por semejante perro. Simplemente, supongo que todos compartimos la misma duda: ¿está bien eso? Se supone que no hay que alegrarse de la muerte de ningún ser humano, dice el precepto. Desgraciadamente, temo que esa frase sea más útil como lema que como norma. Lo pensé fríamente (supongo que por solidaridad con mi café). Con la honestidad por delante: si hubiera estado vivo cuando murió Franco, habría salido a celebrarlo. Si hubiera estado vivo cuando murió Hitler… madre mía, creo que eso debió ser el éxtasis. Lo mismo con Mao y Stalin. Me alegré el día que Pinochet la espichó. Y me alegraré cuando Castro, los coreanos, Teodoro Obiang, Gadafi y alguno más pase al otro barrio. Supongo que hay que ser americano para sentir esa alegría. No hay que olvidar que a ellos les sesgaron más de tres mil vidas en un atentado que acertó en el mismo centro de Nueva York, además de los intentos del Pentágono y el que se estrelló en Pensilvania. Y aquellos más de tres mil, con derrumbe de las torres incluidos, no eran militares, soldados ni políticos. Era gente, normal y corriente, que iba a trabajar la última mañana de su vida. A ellos les dolió, y su país empezó una guerra por eso. Contra ese hombre. Y ahora estaba muerto. Ni lo censuro ni lo dejo de censurar. Simplemente, lo comprendo.

Otras dudas daban vueltas en mi café. Objetivo eliminado de un tiro en la cabeza. Dicen, claro. En lo que a mí respecta, puede estar vivo y preso, vivo y libre, o muerto y en EEUU. Ayer mismo yo cacé un unicornio, e incluso le hice fotos. Pero no pienso enseñároslas, y además, me deshice del cadáver tirándolo al mar. Por otro lado, la gran cuestión de aquello no es qué pasó con el cuerpo. Es si fue lícito. En mi opinión personal, lo fue. Los atentados del 11-S conllevaron a una declaración de guerra en toda norma a Afganistán y Al Qaeda. Una vez depuesto el gobierno talibán, e instaurado uno “democrático”, queda la otra parte de la guerra, cuyo grueso se libra en el mismo país, y nuestra Ministra de Defensa y el presidente del Gobierno llaman, muy amablemente, “Misión de Paz”. Se ve que más que balas lanzan pétalos de rosas, y en el manual básico de conversación pashtí de los soldados la frase más socorrida es: ojos negros tienes, moreno. El mundo ha cambiado, ergo la guerra ha cambiado. El enemigo son los Talibanes, cuyo objetivo es matar, destruir y conquistar occidente (así consta). Ya no se lucha contra un estado. Ni siquiera contra una nación. Es un grupo terrorista, o varios, ubicado en países distintos que no sólo no los apoyan, sino que los combaten. Por cierto, Bush firmó un acuerdo con Pakistán que autorizaba a este a actuar militarmente de manera unilateral en caso de conocer el paradero de Bin Laden, dato no lo suficientemente aireado. En fin, Llamémosle guerra supranacional, anacional, o como queramos. Pero llamémosle guerra. Y en ese contexto, considero lícito matar al contrario. Es legítimo eliminar al enemigo, y considero la muerte del pollo aturbantado un acto de guerra. ¿Capturarlo y juzgarlo? Habría estado bien. Pero entiendo que no fuera la prioridad: ni por permitir que se escapara, ni por poner vidas de soldados en riesgo, ni por las consecuencias que podría traer. No creo que un juicio fuera prioritario. Si se puede, se hace. Si no, pum. Lo fundamental era detenerlo (en un sentido físico, no legal). No hace falta un juicio para que alguien sea culpable, el juicio es necesario para la condena judicial. Pero la culpabilidad es intrínseca a los actos, y es determinable por una investigación. Y en una guerra, en el campo de batalla, no es la condena judicial el modo de actuación. Esta tiene sus propias normas, las cuales hacen cumplir soldados y armas, no jueces y policías. ¿La guerra es el fracaso de la civilización? Lo es. ¿La defiendo? No. Simplemente, asumo sus consecuencias. Lo comprendo.


lunes, 9 de mayo de 2011

Hasta Mafalda pudo

Algún publicista ingenioso ha reinventado una palabra que define a la perfección mi estado del último mes: infoxicado. Condenado a ir a la zaga de la noticia, y no a la par, como se empeñan los directores de periódico que exigen a sus becarios sesudos análisis de la actualidad instantáneos, el análisis y la comprensión necesitan de un tiempo que los eventos de los últimos treinta días no nos han dado. Una guerra enquistada, un presidente yemení que se va, un nuevo amanecer palestino con un ansiado pacto entre Fatah y Hamas, un presidente yemení que dice que ahora no, que fue un error, un contador del paro aproximándose peligrosamente a los cinco millones, un dictador sirio asesinando en las calles a más gente que el pollo aquél del Gadafi del que nadie se acuerda, un presidente del Gobierno diciendo que ya la cosa está tan mal que sólo puede estar tocando techo, mientras el líder (¿líder?) de la oposición calla cual mujer de mala vida, y sus secuaces se encargan de ir desencajando las placas de pladur, una Batasuna que es ETA que no se presenta a las elecciones, un voto mío más indeciso que un cura en un Imaginarium, un yemení que dice que no sabe, una Europa en la que tanto creí y que tanto se muere, un sirio que sigue asesiando, unos libios que siguen muriendo, unos batasunos que ya no son ETA que resulta que al final sí, una Edad Media que nos reinvade a pasos agigantados con sus reliquias de santos y sus bodas de postín y principesco y sus peleas por qué Dios es más verdadero, su...

"Hoy la vida parece demasiado hermosa como para estropearla con la realidad", dice Mafalda en una de sus viñetas, justo antes de apagar la radio y disfrutar de una naciente primavera. Una lección más del maestro Quino. Y si ella puede, que es de ficción, yo también. Así que, a lo que es a mí, este último mes apagué el wifi y me he dedicado al hockey, viajar y al arte. Con el más profundo convencimiento de que, si algún día me preguntaran, votaría sin pensarlo por la opción de que el mundo explote y la raza humana se vaya al mismísimo carajo. Y si podemos, mejor nos matamos entre nosotros. Dejamos así un planeta hermoso, con sus glaciares, sus mares, sus animalitos y sus plantas todas ellas. Sin el maldito cáncer que somos nosotros.

Sin embargo, no he podido evitarlo. Habrán notado los aviesos lectores un importante acontecimiento ausente en la lista de arriba. Efectivamente, parece que despues de una guerra empezada hace diez años por un chimpacé infraevolucionado, al presidente negro se le ha ocurrido dejar de tirar bombas a las montañas e ir a preguntar si cierto talibán está en su casa. Pim pam pum, tirito en el pecho (dicen que fue en la frente). ¿Y saben en qué se diferencian ahora Bin Laden de Bob Esponja? Pues absolutamente en nada. El líder de Al Quaeda eliminado ("suprimido", creo que es en argot militar), excursión militar a Pakistán sin aviso previo, y gente que sale a la calle a celebrarlo cual final de la Super Bowl, pero sin pecho de la Jackson incluído.

Juro por todo lo jurable que me había mentalizado mucho esta noche. Que tenía en mente un artículo serio sobre lo del tío del turbante. Y que no son pocas las reflexiones que me angustian sobre lo que he visto la última semana. Ayer tuve una genial conversación con un grandísimo amigo que me ayudó bastante a aclarar mis ideas sobre ese antes, durante y después de lo que ha sido la muerte más celebrada desde Hitler. Es el momento de hablar sobre eso, me he dicho esta mañana, ahora que tengo las ideas más o menos claras y he reposado suficiente la información.

Pero qué quieren que les diga... Hacía un día de putísima madre, la primavera está en plena efervescencia, la Calle Real estaba pidiendo a gritos que alguien pasara una bici por encima, encima Alonso ha hecho podio, y este año la feria del libro de Cádiz está dedicada al maestro Borges ("siempre soñé que el paraiso debía ser alguna especie de biblioteca", con las casamatas del Baluarte de la Calendaria plagadas de libros mirando al mar). En serio, háganme caso: si Mafalda pudo, nosotros podemos. Si tienen alguna duda, yo se la aclaro ahora mismo: no. No tenemos remedio. Y no se lo planteen más: muy probablemente, voten a quien voten dentro de dos semanas, al final los mismos de siempre les van a robar lo mismo. Así que apaguemos la radio. A veces la vida parece demasiado hermosa como para estropearla con la realidad.




lunes, 7 de marzo de 2011

Fermín, el enfermero

Se llama Fermín, y es enfermero. Cuando nos conocimos, trabajaba en la tercera planta del Hospital Universitario de Puerto Real. Fermín rozará los treintaylargos, es grande y fuerte, tiene la voz grave y profunda, el pelo negro y largo y una buena barba. Si lo vierais una noche cualquiera tomando una cerveza en la barra de un bar, pensaríais que podría tratarse perfectamente de un batería de un grupo de rock –imposible, él toca la guitarra eléctrica–, un leñador de Seattle o un cazador de osos de Alaska. Pero no. Inexplicablemente para mí, ha cambiado la camisa a cuadros y el hacha por un montón de jeringuillas y un pijama blanco. Aunque pensándolo mejor, nunca podría haber sido cazador de osos en Alaska. Seguramente, de intentarlo alguna vez, habría acabado haciéndose colega del oso y yendo a tomar una caña con él a cualquier tasca de madera alaskeña, a charlar sobre la vida, la música y las mujeres. Un fracaso de cazador. Y es que Fermín es un cachito de pan. Yo le caigo bien, creo. Siempre que me ve me sonríe, no le importa detenerse a charlar conmigo, interesarse por mi vida o gastarme alguna broma. También ha intentado enseñarme a sacar sangre, a tratar con según qué gente, e incluso alguna vez me ha echado un cable, así de escaqueo, cómo para que yo no me de cuenta, a reconducir alguna que otra historia clínica de algún paciente que me lo estaba poniendo bastante difícil.

De él he aprendido muchísimo. De los que más. Quizá el segundo. Y también de otros muchos enfermeros y residentes –más que médicos, aunque también los hubo–, que se han esforzado en enseñarme cosas mucho más útiles e importantes que esos interminables tochacos teóricos que algún día no muy lejano olvidaré. Fue él, precisamente, el que me descubrió hace algunos meses dónde está la heroicidad en un hospital. Seguramente ni se daría cuenta, pero lo hizo. Desde el día que lo descubrí y aprendí a reconocerlos, ando siempre por el hospital con los ojos muy abiertos, dispuesto a distinguirlos de los demás. Y hay unos pocos, se lo aseguro. Nobles, leales y sucios héroes de trinchera en los que nadie repara. No son héroes gloriosos. Ni siquiera héroes victoriosos. Ellos juegan en el terreno de la muerte, de la enfermedad, del dolor, del sufrimiento.

Son héroes porque día tras día se enfrentan cara a cara con todo eso, y miran a los ojos a la parca cada mañana, cuando aparece por los pasillos del hospital afilando su guadaña. Y son héroes, porque cuando lo hacen, no hay atisbo de vanidad, de prepotencia, de triunfalismo en su mirada. Lo hacen con humildad, de tú a tú. Tratando con respeto a una vieja compañera más que aparece cada jornada, como ellos, a hacer su trabajo y a obligarnos a todos a seguir las leyes de la vida, por mucho que nos esforcemos en luchar contra ella y contra ellas. Sabiendo que allí muchos parten de haber perdido, y todo lo que se consiga es una victoria, en parte inesperada. Así que extienden el tapete verde y se reparten las cartas, echan la partida diaria, y que Dios, nunca mejor dicho, reconozca a los suyos. Para eso, con lo único que cuentan es con su sonrisa, paciencia, una palabra de consuelo, sus brazos y sus hombros. Lo hacen así porque han aprendido, y me han enseñado, que este mundo y esta vida son así, joder. Que la gente se muere. El aliento se acaba y el alma se escapa. También enferma. Sufre. Padece cosas que duelen. Que duelen muchísimo. Que aunque ya no salga en la tele, el SIDA sigue existiendo. Que el que nace en un mal sitio, en una mala familia, suele acabar jodido. O que a muchos nos llegará el día en que, hayamos perdido al cabeza o no, nos fallarán los brazos o los esfínteres, y a lo mejor no tenemos manera de llevarnos la comida a la boca o limpiarnos el culo, y yacemos tirados solos y abandonados en una aséptica cama de hospital esperando que la muerte venga a buscarnos. Pero que cuando eso ocurra, habrá héroes que acudan a intentar curarte, aliviarte, a consolarte, a darte de comer, o limpiarte la mierda. Porque tú no podrás hacer ninguna de esas cosas solo.

Fermín hizo un día algo así, y desde entonces lo admiro. Fue algo tan tremendamente simple y humano, que a ningún otro de los que habían pasado por ahí se le había ocurrido hacerlo. Yo estaba con un paciente, historiándolo, y en la cama de al lado, un viejo ya demente, calvo y gordito, luchaba por deshacerse de la máscara de oxigeno que aún le permitía dar a sus pulmones un mínimo de uso. Entonces llegó él a la habitación para controlar a su enfermo. Otro enfermo. Y cuando vio la escena, se detuvo ante aquella cama unos instantes. Callado. Serio. Se acercó al cabecero, le volvió a colocar la máscara, acaricio la cabeza de aquel pobre abuelo, y le dio un par de palmadas en el hombro, apretándolo con cariño. Las mismas palmadas que le hubiera podido dar a su padre. Las mismas palmadas que me gustaría que me dieran a mí si el día de mañana, cuando ya esté viejo y haya perdido la cabeza, lucho inconscientemente, abandonado en una habitación de hospital, por deshacerme de lo único que me mantiene con vida.


lunes, 28 de febrero de 2011

Lo siento Gadaffi picha, pero si tienes que mear hazlo ya, porque no paramos más

Los jóvenes que están matando a los libios están drogados y manipulados por Al Quaeda, (…) cualquier periodista extranjero que entre en Libia sin nuestro consentimiento será considerado colaborador de Bin Laden. Son las palabras de Gadafi, dictador que de esa manera trata de justificar ante su pueblo lo injustificable, y al que espero sinceramente no le quede más de una semana de vida.

Si tuviera que quedarme con algo de esta última semana de todos los artículos que no he terminado, es con eso. Ni siquiera es una mentira, eso roza ya el delirio. Son declaraciones que harían caerse de culo al mismísimo Kim Jong Il. Y digo artículos que no he terminado, porque me ha pasado precisamente eso. Llevo varios días intentando (y deseando) escribir algo sobre lo que está sucediendo el Libia, pero ocurre que los empiezo por la mañana, y por la noche, cuando intento retomarlos después del estudio, las cosas han cambiado drásticamente. Ya no vale. Así, se me han ido colando por el sumidero de la actualidad el inicio del levantamiento, la una vez más torpe reacción europea, el inicio de una guerra civil, el cerrojazo informativo, las deserciones del ejército y, finalmente, la resolución del consejo de seguridad de la ONU.

Ahora mismo (y debo darme prisa en terminar esto, pues los rebeldes están cercando Trípoli y el informativo de las tres puede abrir la edición con el inicio de una batalla que en realidad nadie desea), las cosas están así: al final, Europa no fue tan torpe como yo me temía y reaccionó antes y mejor de lo que yo esperaba, la ONU respondió con pasmosa rapidez y eficacia (diez días es todo un record para una institución que tardó cinco años en darse cuenta de lo que pasaba en los Balcanes), y sobre Gadaffi cae una orden de detención internacional para que sus huesos acaben en las mismas celdas en las que han de acabar los huesos de Karadzic, sin cuarenta vírgenes que lo custodien, rubias y voluptuosas enfermeras noruegas y pobres y nómadas jaimas de millones de dólares.

En Libia hay, actualmente, una guerra civil. Pero esta vez, el pueblo y los inocentes son los que se han levantado. Pero al caso, lo que hay son dos bandos de hermanos de un mismo país matándose y muriendo, con armas y ejércitos propios, usando distintas banderas y aceptando distintas autoridades (los rebeldes han establecido su propio gobierno paralelo). A los que pretenden escribir algo, aunque sea de forma aficionada, les es imposible hacerlo con un mínimo de documentación y reflexión (me río yo de los sesudos análisis exprés con faltas de ortografía que copan las portadas de las ediciones digitales de los periódicos). Cuando la rueda de la Historia se pone en marcha es imposible seguirla. Ésta no se va a detener para que nosotros la analicemos, pero tampoco lo hará para otras cosas. La Historia no se detuvo para preparar a Ben Ali. No lo hizo con Mubarak. Ni lo hará con Gadaffi, ni con los que vengan después. Y gracias al que sea, aquí estamos nosotros, los que creemos que aún vivimos en un mismo planeta, sino para escribirlo, sí para verlo. Para vivirlo. Historia pura. Historia en movimiento.

jueves, 20 de enero de 2011

Menos mal que se han dado cuenta

La prensa, diría un idealista, es esclava de la verdad. Un mero objeto, un “medio” (nunca mejor dicho) para mostrar en su pura crudeza la realidad a la población. Al pueblo. La antorcha que porta la llama, puesta en la mano del hombre. La prensa debe servir para poner coto al poder político, denunciar las injusticias, controlar la corrupción. Vigilante, siempre vigilante. O al menos, eso diría un idealista.

George Orwell, citando por enésima vez a uno de mis ídolos, habla de esto durante prácticamente toda su obra, pero muy especialmente en su libro “Rebelión en la granja”. Concretamente en un magistral artículo que le sirve de prólogo, titulado “Libertad de prensa”. En él, critica muy duramente la hipocresía de los mass media británicos de la época, por auto-imponerse (y esto es lo que más le duele, no una censura impuesta desde fuera, sino voluntariamente, por agradar, para no molestar, no vayamos a quedar mal) una censura previa en todo lo referente a la Unión Soviética, a fin de no mosquearles justo en ese momento que acababan de aliarse con el Reino Unido para derrotar a Hitler.

Así, Orwell denostaba a esos editores y periodistas que de un día para otro se olvidaron de que Stalin no era más que otro dictador, a la larga tan cruel y sanguinario como Hitler. De un día para otro, desapareció de la mente de los informadores, y de la memoria de los informados, la situación que vivían en Rusia y el resto de Repúblicas de la unión: la fuerte censura, la manipulación propagandística, las persecuciones trotkistas, las purgas stalinistas, las corruptelas comunistas, el control del parlamento…

Me acordaba yo precisamente de ese artículo viendo ayer la televisión. Cuando comprobaba una vez más (confirmado por su repetición en el resto de cadenas y periódicos de cualquier signo político) como llamaban a Hu Jintao “el Presidente de China”. Es curioso, me dije a mí mismo, lo bien que le va a este hombre. Hace un año, para las mismas televisiones y periódicos, no era más que el Dictador de China, y ya le han ascendido a presidente. Y exactamente lo mismo, pero al revés (graciosa paradoja), ha ocurrido con cierto pollo llamado Ben Ali, ahora perro exdictador del pueblo tunecino, y hace un par de años, cuando yo visité Túnez, era el muy respetable Presidente de la República Tunecina y amigo de occidente. Por lo que pude yo informarme.

Y esto, una de dos: o se trata de una nueva actualización de nuestro poder mediático, tan propenso como es a la felación pública con bukake incluido y a cargar el testículo del lado que mejor le venga según sople el viento; o de una certera corrección a tiempo de una antigua información, qué duda cabe, mal documentada. Y me puedo imaginar yo al director de cualquier gran periódico (Dios me libre a mí de acusar a ninguno en Público, ya sea de El País, o de todo El Mundo, de no ser más de perrillos falderos y voceros del poder, a riesgo de faltarme La Razón al decirlo, pues eso esto estaría fuera del ABC más básico de toda ética) leyendo una noticia tranquilamente en su despacho, gritándole a los subordinados Menos mal que me he dado cuenta, chavales, que os habéis equivocado con lo del chino, que si no se nos cuela el gazapo. Y todo eso, mientras el becario no encuentra el momento de preguntarle si lo de Guantánamo y la pena de muerte se considera respetar los derechos humanos. Más que nada por no cagarla cuando haga el artículo de la comida del Nobel de la Paz y el Presidente chino. La que tuvieron entre ellos, digo. No la que le vamos a hacer todos.


sábado, 27 de noviembre de 2010

Vibrio Cholerae



Normalmente en este blog primero preparamos la entrada, y al final añadimos alguna imagen más o menos relacionada con el tema. Hoy vamos a hacerlo al revés. Primero vamos a escoger la imagen, y después intentaré escribir algo que refleje, más o menos, de acuerdo mis limitaciones, lo que ella muestra. Así que antes de seguir leyendo, deténganse un instante. Obsérvenla bien. ¿Qué ven?

Seguramente les suene. Esa fotografía fue, hace una semana, portada en los principales periódicos y telediarios del país. Lo que muestra es a una mujer moribunda -que no muerta- tirada en una calle de Puerto Príncipe, Haití. Por el periodista que la tomó, sabemos que esa mujer padece cólera, y que está a muy pocos metros de las puertas de uno de los improvisados centros sanitarios instalados en la capital.

Si nadie la ayudó entonces, esa mujer sin nombre que ahí yace forma parte de una lista. La de casi dos mil muertos por cólera desde que estalló el brote en esa parte de la isla. En apenas un mes. Una vez escuché a un médico decir que mil muertes son una estádistica, pero una muerte es una tragedia. Pues ahí la tienen, una de esas casi dos mil personas. Con su rosotro, su dolor, su color de piel, sus vecinos observándola y su miseria. Una de las más de mil tragedias.

De lo que están muriendo ahora en Haití, terremoto y pobreza crónica mediante, es, como ya hemos dicho, de cólera. Pero... ¿qué es el cólera? Quizá, para entender bien la magnitud de esta fotografía, convendría saberlo. Es cólera es una enfermedad causada por una bacteria, el Vibrio Cholerae. Hay muchas cepas distintas, en función de su gravedad, y en las más peligrosas de ellas se calcula que alcanza un 60% de mortalidad en los casos que evolucionan sin intervención médica. Es extremadamente difícil su contagio entre humanos, y su vía de propagación e infección es, principalmente, a través de alimentos y agua contaminada por la bacteria: ríos, charcos, lagunas, embalses, tuberías... Y cuando mata, lo hace de una forma cruel. Invade el intestino de los enfermos, afectándolo y desestructurándolo de tal forma que les induce una diarrea tan brutal que acaban perdiendo más agua en sus heces de lo que sus organismos pueden resistir, y mueren deshidratados en muy pocos días. Tan escatológico y duro como suena.

Ahora bien, si el cólera se ha cobrado casi dos mil vidas en un mes en Haití... ¿saben cuantas almas ha sesgado en España en los últimos años? Cero. Casi treinta casos desde los años ochenta, con ninguna muerte. Eso no es sólo porque el vibrio pueda eliminarse del agua contaminada y controlarse perfectamente. Que va. Es porque el cólera se cura. Y muy fácilmente. Tan sólo hace falta reponer al enfermo los líquidos que ha perdido y, en algún caso, un antibiótico. Nada más. Así, mientras en el mundo civilizado no pasa de ser una anécdota, ahora mismo mueren por millares en el resto del planeta. Que por cierto, es la mayoría del Mundo. Lo mismo con cientos de enfermedades. Y en Haití van cayendo como moscas, y ni los muertos encuentran descanso porque les da miedo enterrar los cadáveres, que se pudren en las calles.

Hace pocos días, las "inexplicables" revueltas organizadas de cientos de haitianos en contra de los Cascos Azules y el personal de la ONU allí presente también fue portada en los medios. Con palos, piedras y pistolas, mientras sus familiares y vecinos morían, les acusaban, haciéndoles representantes del resto de la humanidad, de ser responsables de sus desgracias. Y todo eso lo hacían sin saber, en el fondo, la razón que tenían...

martes, 23 de noviembre de 2010

Equipazos

A eso es lo que yo llamo potencial de mercado, poder logístico suficiente como para reforzar tu plantilla sin la necesidad de invertir demasiado capital. Tienen capacidad de convicción, atraen a los jugadores a sus plantillas a base de falacias convertidas en verdades universales, de discursos vacuos disfrazados de libertad o de igualdad. Promesas adornadas de comunión y progreso. Y consiguen lo que quieren, un grupo de componentes ensamblados, unidos por una misma idea, que se mueven por el campo desatando a la perfección sus funciones y convirtiendo a las instituciones resaltadas en máquinas invencibles, en conjuntos invictos.

Así van moviéndose los dos grandes partidos políticos, atrayendo con sus posibilidades y su omnipresencia a todo jugador válido (a todo jugador) para poseer un proyecto indestructible de cantera. Sin contratos, pero con palabras.

Y bueno, uno puede darse cuenta con facilidad y casi admirar como funciona el engranaje de esas potentes plantillas. Puedes acercarte a un corrillo universitario que hable en la cafetería de la Facultad, a la mesa de algún pub irlandés o puedes ir dando saltos entre blogs buscando el juego de estos deportistas de las palabras.

Pero normalmente juegan a escondidas. Te dicen (si les preguntas): “No, yo no soy un borrego. Yo tengo capacidad de crítica. Yo sé diferencias lo positivo y lo negativo de cada partido. Yo no soy pepero. Yo no soy socialista español. Yo soy liberal. Yo soy de izquierdas. Yo no tengo claro a quién votar pero sí a quién no votar. Yo. Yo. Yo. Yo. Yo.”

Todo eso para luego competir tan descaradamente que es inevitable que uno no pueda darse cuenta de en qué equipo están jugando, de en qué liga se encuentran. Luego los escuchas, los ves jugar y te encuentras con un engranaje perfecto, con la maquinaria que trabaja a destajo día a día bajo el sol de las mismas ideas. La línea no falla, el antitaurino es de izquierdas, el pro taurino de derechas. El propalestino de izquierdas, el proisraelita de derechas. El prosaharaui de derechas, el que defienda a Marruecos de izquierda. Se autodenominan equidistantes y el de izquierdas sólo habla de Irak, de Camps o de Fabra. El de derechas sólo de Gal, Guadalajara y la crisis. Trabajan a destajo hablándote de todo lo que les inculcó su entrenador, te intentan convencer aportándote datos, fechas y épocas donde la corrupción, la guerra o la mentira de su rival se convirtieron en hechos. Y te dicen de nuevo que son equidistantes. Pero te comparan. El cien por cien de las veces comparan y decantan la balanza hacia su lado. Con datos en las cafeterías, con gráficos en lo blogs. De la forma que sea.

Y después acusan a la masa de inculta y de no informarse, de no jugar en primera división con ellos, sin darse cuenta de que no son más que esclavos de unos chupópteros que les hablaron de equipo, de capacidad, de cultura, de crítica. Pero que nunca mencionaron que no eran más que soldados inertes de un ejército de tiniebla de política y de bipartidismo férreo. Sin darse cuenta de que la observación, la opinión propia y la verdadera libertad erradicaría el totalitarismo de esos dos grandes equipos, convirtiendo nuestra Liga en algo más justa de lo que es ahora.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Tan solo arena

Nadie va a ayudarles. Porque bajo sus pies, tan solo hay arena. Son los desheredados de un continente de desposeídos. No esconden en su suelo petróleo, gas, coltán, diamantes o ningún otro recurso mineral valioso. Tampoco suponen un estratégico punto geopolítico, forman paso de una posible nueva vía comercial ni pueden ofrecer nada lo suficientemente importante como para despertar la desinteresada ayuda del primer mundo. Bajo sus pies, tan solo hay arena.

En realidad, poniéndonos cínicos, tampoco pueden quejarse tanto. Estos al menos no van a morir de hambre. No van a pasar sed, no van a morir víctimas de enfermedades inocuas, poseen cierta esperanza de vida, expectativas de mejora en el futuro, algunas garantías legales, un poco de libertad individual y una calidad de vida más o menos razonable. Lo único que piden es libertad. Libertad como pueblo, como nación, para poder escoger por ellos mismos y equivocarse solos. O por lo menos, más respeto y justicia. Y de lo único que protestan, en esencia, es de ser una nación invadida y sometida militarmente por un país extranjero. Qué quieren que les diga. Eso, según en que lado del mundo vivas, es para firmarlo con los ojos cerrados. Y ellos viven en el lado malo.

Mientras tanto, aquí en España, su antigua nación sigue vomitando la borrachera de su imbecilidad sobre su propio regazo. Ahora, los que años atrás decidieron invadir Irak se ponen detrás de las pancartas clamando por la libertad, la dignidad y los derechos humanos, codo con codo con unos sindicatos vendidos y corruptos que no defienden a los españoles pero sí a cualquier otro que le permita desfogar en público su buenismo reprimido. Y si encima son del color de su bandera pirata, mejor. Más solidarios todos. Así está el país interpretando su último esperpento. A los cinco gatos mal contados que llevan años defendiendo y manifestándose por los saharauis –dos partidos políticos nacionales que no suman cuatro escaños y las sempiternas y férreas ONGs–, ahora se le suma cualquier narcisista con ansias de onanismo automotivado que vea la posibilidad de salir en una foto.

Y entre tanto, los que mandan aquí, callan. Los mismos que cuando no había problemas se adornaban con pegatinas del Sáhara Libre, o claman al cielo cuando un palestino sufre un agravio sionista, no tienen más remedio que hacer gala de la más sincera cobardía cuando tienen los problemas en el mismo patio de su casa, escondiendo como perros la cabeza entre las piernas. Ni tan siquiera el asesinato de un niño de catorce años les hace reaccionar. Ni de un español. Mientras Marruecos impide la entrada a la prensa internacional a la zona, nos acusa de embusteros, racistas e incendiarios en su prensa oficial, los pocos testigos que permanecen escondidos denuncian desde detenciones masivas e indiscriminadas hasta genocidio, y la Cruz Roja no tiene permiso para acceder, los que nos mandan esconden la cabeza entre las piernas… entre las piernas del Rey Mohammed, por supuesto. O entre sus genitales, concretamente.

Todo esto sucede mientras desde la ONU –ese gran club de amigotes que en realidad no se soportan–, la UE, y otros foros internacionales llaman a los saharauis a la calma y a la paciencia, y les piden que confíen en la opinión y presión internacional. Y lo hacen con tranquilidad absoluta, sin despeinarse. Les piden que confíen en esa misma presión internacional que permite que existan dictaduras atroces como Cuba, o como Corea del Norte, desde hace más de cuarenta años. La misma presión internacional que convive con Somalia, con la muerte de millones de niños por un virus que en el Primer Mundo no causa más que una ligera diarrea en recién nacidos, o con una China con sus penas sumarias de muerte. La misma presión internacional que necesitó ocho mil muertos en Srebrenica en un fin de semana para pronunciarse sobre la guerra de Bosnia, o la misma que miró para otro lado en Georgia hace dos años, o en Irak, o en toda África desde siempre y por siempre.

Nadie les dice que no, que no esperen. Que si tienen de verdad algo por lo que luchar mejor será que lo hagan con palos y piedras a esperar una ayuda que nunca les va a llegar, porque no tienen nada que ofrecer a cambio. Y que si deciden al fin pelear por lo que es suyo, que se preparen a sonreír de pura náusea cuando la Presión Internacional les reproche no haber tenido la paciencia suficiente como para esperar a que ellos lleguen a arreglarlo. Con lo buenos que somos todos, carajo.

jueves, 14 de octubre de 2010

Cementerios

Que cómo coño se me ocurría decir eso, me preguntaron hace poco tiempo. Que sí, insistí yo, que es como todo, sólo depende de la forma de ver las cosas. Perplejos, así se quedaron, con una absoluta actitud sorpresiva ante mi breve afirmación. “Los cementerios pueden ser bonitos”. No era para tanto desde luego.

Y es que puedo garantizar que esto en París ocurre, pasear por el cementerio de Montmartre es una grata experiencia, avanzar al paso de los gatos negros y torcer el cuello adivinando ver aquella tumba que reluce detrás de aquella que gusta. Internarte sin rumbo por las orillas de las lápidas, allí donde ya no hay acera, donde te preguntas si andar por encima de un cadáver es respeto o herejía. Una atmósfera entre marrón y verde, tonalidades que deberían ocupar un espacio en la tristeza pero que por concordancia dejan el estado de ánimo en status quo.

Luego, cementerio Montparnasse, es decir las celebridades bailando quietos en sus tumbas. Cristianos y musulmanes, musulmanes y judíos, judíos y ateos. Todos juntos, no por creencias, no por fe, sólo por amor, amor a la vida. Y a la gente, a aquellos que quieren poder seguir admirando a los genios que lamentablemente no perduraron lo que debieron perdurar. El cementerio de la admiración, del recogimiento entre sonrisas, el cementerio de Cortázar, de Sartre, de Ionescu, de Vallejo, de Baudelaire, el de las conjunciones de los talentos inmortales y las rosas en los suelos. El de los huecos en las lápidas y los laberintos descubiertos.

O se puede ir hasta Pere Lachaise, y entrar en el cementerio más grande de la antigua Lutecia, y andar y andar y andar y andar. Andar sin prisa pero sin pausa, superando la preciosa entrada de rue Roquette y entonces, ahora ya sí, sentarte y sacar tu café y tu manzana como hacen los parisinos y respirar aire de muerte. Moverte por la gente, ver las colillas que lanzó con desprecio Jim Morrison antes de morir y unirte a la cola de ansiosos fans que pululan alrededor de su tumba, pasar del algarabía y girar para encontrarte de frente con la tranquilidad en rosa de Edith Piaf o con el descanso tragicómico de Moliere. Llegar a la vida por la muerte.

No ser creyente, no pensar en nada más, saber que no existe el resto. Sólo pasear feliz sabiendo que lo que rodea París por norte, sur, este y oeste son cadáveres, afirmando que aquello que allí nos encontramos es sin duda el final. Pero, ¿y qué?, ¿cuántos finales tan bonitos como esos nos encontraremos el resto de nuestra vida?. Ya respondo yo, pocos.